El resentimiento sutil
Cuando llega el momento del desengaño, cuando pese a nuestras resistencias nos damos cuenta de que la mayoría de la gente que conocemos, nuestros amigos e incluso nuestros seres queridos actúan en base a pequeñas y grandes infamias, entonces estamos instalados ya en el resentimiento.
Siempre postergamos ese momento porque dudamos tener el derecho a arrojar la primera piedra. Nos negamos a reconocer esa evidencia porque tememos equivocarnos. A veces es la cercanía de la amistad o la del ser amado la que nos pone la venda en los ojos. Siempre estamos dispuestos a perdonar u olvidar pequeñas y grandes infamias de la gente que nos rodea, ya sea porque "nos parece que nos deben parecer" cosas sin mucha importancia o porque creemos que debemos impedir a toda costa que cosas sin importancia echen a perder una buena relación, negocio o situación.
Ese momento es el del resentimiento sutil, porque no supimos que ya nos instalamos en él, no nos dimos cuenta que el corazón se nos empezó a gangrenar. El resentimiento se nos cuela de mil maneras y se manifiesta igual.
No hay diques para el resentimiento a menos que podamos localizarlo antes de que se nos vuelva norma de conducta, antes de que lo normalicemos y lo entreveremos en nuestra cotidianidad.
Al instalarse en nosotros el resentimiento no solamente nos hace la vida imposible de sobrellevar, sino que nos hace odiosos a los ojos de los demás. Entonces la vida pierde sustancia. La existencia misma torna sin sentido y el desaliento se desparrama en todas nuestras empresas. ¿Tiene sentido la existencia rodeado de insidias, malos humores, agandalles y todo el catálogo de perversidades que la humanidad ha inventado? Definitivamente no. Solamente un vicioso de la existencia, un santo, un cínico o un loco podrían vivir en esas circunstancias.
El resentimiento es de por si nocivo para la vida, pero el resentimiento sutil es aún más pernicioso, porque nos hace monstruos. El desencanto que sufrimos de la gente nos lleva directamente al egoísmo. Si nada vale la pena, entonces automáticamente se legitiman mis verdades y con ellas mis delirios y mis más funestos furores. Mis delirios tornan caminos legítimos porque si de alguna forma se ha de seguir vivo: ¿Por qué no he de seguir los caminos que mis verdades y voluntades me indican?
Mecánica simple: Si estoy rodeado de culeros entonces es legítimo hacer lo que yo quiera sin tomar en cuenta a los demás.
Una vez instalado el resentimiento sutil, se hace lo que se hace porque se desea o porque divierte, no porque valga la pena para el colectivo o para el individuo o porque forme parte de la existencia. La acción se enajena de la vida del individuo y se instala en su volitividad. La voluntad se yergue soberana por sobre la vida y el ser mismo. El hombre deja de ser circunstancia y devenir y se vuelve pensamiento puro: arbitrariedad y estupidez se confunden. Es quizá ese el momento del nacimiento del tirano, del monstruo de egoísmo y de maldad. De esos monstruos que la historia nos ilustra con profusión yendo desde la ridiculez de Hitler hasta la parsimonia de Fidel Castro, pasando por los visionarios, los genios y los héroes nacionales.
El resentimiento sutil se instala entre el desencanto y la convicción o el ideal, es el resultado lógico de esa convivencia. Es la resistencia del ideal a morir y el freno del desencanto.
Atrás queda la tolerancia y la consideración del otro, ya solamente hay tolerancia y consideración si así lo requieren ideales, proyectos o intenciones propias. El voluntarismo toma entonces carta de naturalización. Atrás queda el otro, la gente y ya solamente existe el delirio.
Nunca la ingenuidad o el descuido han producido situación más nefasta; porque se llega a ser un resentido aún como despropósito, en contra de nuestra voluntad explícita.
El resentimiento sutil obnubila: la contrariedad se percibe como mala fe o como obstáculo a nuestros proyectos o intenciones nunca como otra posibilidad de vida, de despliegue de la vida con pleno derecho a ser.
El obstáculo que el otro nos pone, el ataque que nos hace ya no puede ser visto como una consecuencia natural del choque de dos posibilidades de vida discordantes, se percibe como pura maldad, como mera incongruencia.
El resentimiento sutil da origen a la intolerancia sutil y viceversa, no por nada en nuestra época de narcisos el arrabalerismo de sonrisa fácil ha sentado sus reales como norma de conducta. Quizá no haya los aceleramientos que Baudrillard plantea, quizá solamente sea que el resentimiento sutil ha tornado en la norma de conducta de la contemporaneidad.
El resentimiento es un impulso vital, pero no todo impulso vital pasa por el resentimiento. De hecho el resentimiento es un muy eficaz auxiliar en el desglose de la vida pero no pasa de ser un mero auxiliar, independientemente de que en la pasmosa mayoría de los hombres es el impulso vital primordial.
El principal impulso vital proviene del desglose de la existencia en la cual cada nodo genera sus propias posibilidades de devenir. El impulso vital nacido del resentimiento nada tiene que ver con la vida. En un caso es lo turbio, en el otro es el cosmos desdoblándose .
Jorge Luis Muñoz H.
2000-10-21