La lucha por el ser
La posesión de esa vaguedad llamada YO nos involucra en una lucha a veces sin esperanza. En esa lucha está involucrada la mayoría de la gente: la lucha por el ser. De ese batallar se desprende que se llegue a ser solamente un amasijo de carne y huesos o lo que se reconoce ahora como hombre. No es que el hombre DEBA SER, es solamente que SER es una exigencia del mundo moderno.
A lo largo de la existencia uno enfrenta múltiples obstáculos que atentan directamente contra la vida, contra la expresión de lo que se es o puede llegar a ser. Pero la lucha por el ser, es la lucha por excelencia del jodido, del condenado a permanecer como apéndice de lo que sea, no por incompetencia o destino, sino simplemente como contraparte del SER o como su sirviente. El jodido ni puede ser bueno ni puede ser malo, ni bestia ni ángel: simplemente NO ES.
La lucha por el ser corresponde a una moda de hace apenas unos pocos miles de años. Son quizá los súmeros quienes inauguran el ser. Son ellos al parecer quienes logran construir los primeros circuitos neuronales autoreflexivos que inician eso que se llama conciencia y con ella el YO y el SER. No puede ignorarse que ese suceso corre paralelo con el desarrollo del poder. El poder necesita algo sólido para asirse. Así pues, parece que SER y PODER surgen paralelos.
El ser no aparece en los niños lobo ni parece tener mucha importancia entre gentes consideradas primitivas, tales como los campesinos. En ese sentido, la lucha por el ser es una lucha por entrar en la moda; ya que si se es, se es para algo: para el ser, para el auto, para la fama, el poder o el dinero; ser para el arte, la nada o lo que sea. Se puede ser lo que sea menos no ser.
Los jodidos se presentan de forma dual: como una reserva de entes susceptibles de SER (de formarse de acuerdo a necesidades de quienes SON), o como entes que por no ser, resultan subversivos.
En la primera forma el jodido representa una reserva humana susceptible de ser moldeada o simplemente SER, ejercicio que se aspira se cumpla en el penoso pasaje de la educación oficial o en la simple capacitación.
En la segunda acepción, el jodido resulta subversivo en tanto que a pesar de NO SER, sobrevive, y sobrevive de cualquier modo, hecho insólito para alguien que NO ES. En esa sobrevivencia llega a SER de todo, a la vez que nada ES. De alguna manera se las apaña para mantener la vida y en ese proceso inventa las más variadas formas de SER, a veces tan fugaces como un instante, una hora, un día o una cultura perdida en las inmensidades del olvido (tal cual hacen los indios).
Así pues, la lucha del jodido se despliega en dos vertientes: pugna por entrar a la moda del ser, y por otro lado golpea al ser exhibiendo su carencia de sentido, al desplegar formas más o menos fugaces más o menos duraderas que escapan a la lógica del ser e incluso a toda lógica. La lucha del jodido se mueve entre el ser y el no ser, está atascada en la ajenitud del ser y por tanto del no ser. Lucha por el SER cuando pelea por el DEBER SER y lo hace contra el SER cuando defiende lo que pudo ser y que de ninguna manera puede SER. O sea, En realidad el jodido ni es nadie, ni siquiera NO ES.
Sabemos que la situación de no ser del jodido está presente cuando más ausente del discurso percibimos esa lucha, cuanto el cuerpo sustituye al argumento. Cuando el silencio cede el lugar a las palabras y cuando las actitudes sustituyen a las posiciones. El argumento es peligroso, la indiferencia: letal. La toma de posición fija reglas de confrontación, la actitud, la indiferencia obligada las evade a la vez que diluye el espacio de enfrentamiento.
El jodido se instala en las sobras del ser, en resquicios abandonados del ser, en donde pudo, en donde lo dejaron, a donde se vio reducido o recluido, sea esta una ciudad perdida, un rancho olvidado, un pueblo encumbrado en la selva o la montaña, un manicomio, su propia pendejes o miseria espiritual.
En esos resquicios y por el sólo hecho de conservar la existencia, el jodido desarrolla vidas que se antojan desde inverosímiles hasta absurdas pasando por miserables o pusilánimes. Esas posibilidades, desde la perspectiva del ser se antojan sin ton ni son y ni siquiera son merecedoras de comprensión. Por ello el jodido aparece como de extrema derecha o izquierda. De derecha cuando encubre gobiernos como los del PRI o la derecha francesa. De izquierda cuando impulsa movimientos revolucionarios como los de 1910 en México.
Las grandes luchas actuales se inscriben en ese choque sordo que no produce muertos ni heridos. En ese marco, las luchas parlamentarias y políticas por el poder no son sino parodias grotescas protagonizadas por aquellos que Reich llamó pequeños hombrecitos.
SER, ese término hueco, ambiguo, oscuro, carente de asideros que al igual que Dios, cada vez que se llena de algo resulta más vano. Militantes de nada, los jodidos son dinamiteros involuntarios de ese sistema de vanidades en que se ha convertido la modernidad.
Ubicados como terroristas extremos, a los jodidos hay que llenarles la panza de plomo o de comida. Son la conciencia clara de que polvo somos y que de incompetentes trabajamos. Esa conciencia ya empieza a producir los primeros megadelirios demenciales de la época: los de una minoría soberana gobernando sobre el planeta y una mayoría de jodidos renuentes a cooperar muriéndose voluntariamente.
Oct del 2000
Jorge Luis Muñoz Hdz