Pastores de Nubes
La vida le había parecido un tanto aburrida desde que dejó las calles llenas de leperadas. Había sido un vago imitador de Cantinflas y Tin Tan, contento de hablar como vago, pensar como vago y actuar como tal. Ahora se presentaba una oportunidad que por ella sola era capaz de extasiarlo. Le gustaba tanto como burlarse de algún ricacho de esos que creen que su suerte la deben a su inteligencia o a su cercanía con Dios. Acarrear tormentas. Eso le habían dicho y con tan solo escuchar la propuesta se puso a divagar, soñó de inmediato en el día en que se pudiesen acarrear huracanes; los desiertos florecerían, el agua abundaría y se acabaría el hambre que era un flagelo ahora que el sistema capitalista alcanzaba su paroxismo. Cincuenta mil millones de personas reclamaban alimento en el mundo. Todas ellas apiñadas en ciudades infectas y campos contaminados mientras los desiertos conservaban una discreta virginidad.
Desde que escuchó la propuesta sabía que se estaba escribiendo historia, después de acarrear tormentas algún día se podrían acarrear huracanes, maremotos y por que no, glaciares, después de todo ya se producían huracanes de manera ordinaria, cierto que se hacían clandestinamente con fines geopolíticos, pero tal manufactura ya era un secreto a voces que el gobierno norteamericano no encontraba forma de acallar. De hecho la propuesta vino a raíz de una serie de meteoros que se sabía produjo EU para golpear a la naciente república autonomista de México.
Algunos huracanes solían arrasar costas y penetrar el continente produciendo destrozos. Desde el huracán Gilberto, que golpeó duramente a fines del siglo XX, se supo de las posibilidades de poder guiar tormentas tierra adentro. Ahora se intentaría como si fuese una rutina de pastoreo de nubes, se trataba de encubrir la operación para ahorrarse los costos de producción de un huracán, ya que los norteamericanos se empeñaban en estarlos produciendo ahora que la dinastía Fox-Madrazo había sido depuesta del poder. Ni que decir que la dinastía Bush, encabezada por Noham Bush VI, se empecinaba en hacer naufragar a la nueva república. Por suerte, después de tantos huracanes la población había aprendido a torearlos y los destrozos no se resentían tanto, de hecho, el gobierno de la nueva república autonomista alentaba con bravatas a la dinastía Bush para que siguiera produciendo tormentas, huracanes, tornados y todo tipo de meteoros, ya que había echado a andar un plan económico basado en la necesidades de reconstrucción producto de los desastres. De hecho, ese era el plan Bushiano, pero para beneficiar a las empresas que sostenían a su gobierno. Por suerte no habían aprendido gran cosa desde que los echaron a patadas en el trasero de Irak. Trabajaban duramente para beneficiarse con los desastres que provocaban, pero no contaron con que la nueva ideología autonomista fuese a ser tan atractiva para la población mexicana, la cual se había hecho ley mediante el referéndum de más del 80% de los votantes.
Tenía algún tremor que se le entremezclaba con la idea de cubrirse de gloria y celebridad. Pesaba un tanto inaugurar una nueva etapa de la historia. Sabía que de tener éxito acarreando al nuevo meteoro producido por los yankis, la república autonomista se consolidaría a la vez que se abrirían perspectivas insospechadas de desarrollo humano. Pensó en la tierra de sus antepasados cubierta otra vez de verdor, imaginó de nuevo a los dinosaurios corriendo por lo que todavía era el pequeño pueblo de General Cepeda. Imaginó océanos de agua dulce recorridos por una suave brisa por todo el Bolsón de Mapimí.
Si, definitivamente valía la pena. Tendría que mentalizarse, habría de abandonar su idea de ser simple ovejero de nubes. No iba a ser lo mismo. Normalmente se reunían cuadrillas de aviones termo con helicópteros cool. Los primeros calentaban la atmósfera conforme se acercaba el torrente de nubes que circulaban por donde los helicópteros cool habían enfriado. La operación tenía que ser muy rápida, ya que una vez que se conseguía engañar a las nubes creando una falsa baja presión, había que calentar de inmediato el sendero abierto para evitar que las nubes rompieran en lluvia antes de llegar a su destino. La operación aunque se antojaba simple no dejaba de tener sus riesgos ya que las nubes enloquecen cuando detectan bajas presiones, les encanta circular por ellas, se regodean y acaban su festejo en medio de tormentas. Ese era uno de los riesgos mayores, ya que los cúmulos de nubes demasiado grandes solían anular a las bajas presiones artificialmente creadas en su goloso afán de ir por ellas. No eran pocas las ocasiones en que la glotonería nubil les había echado a perder toda una jornada de trabajo. Ni que decir de las impertinentes corrientes cálidas o frías que intempestivamente aparecían y desbarataban las bajas presiones creadas. Alguna vez habían tenido que arreglar problemas producidos por tormentas involuntarias cuando las bajas presiones habían salido de control. Eran los riesgos medidos ahora que la iniciativa privada se ocupaba de la economía basada en tecnología de punta, en tanto que las comunidades autónomas se encargaban de la economía tradicional. Esa convivencia había mostrado su eficiencia y daba bases sólidas a la república autonomista.
La iniciativa privada asociada a comunidades autónomas de los desiertos habían concebido el plan y estaban financiando el proyecto con apoyo gubernamental. Se ejecutaría en el norte, en el Bolsón de Mapimí, esperando que los efectos de la tormenta se extendieran al sur de Coahuila, norte de Durango y territorios colindantes con Nuevo León y Chihuahua.
Muchos de los huracanes entraban por Veracruz o Tamaulipas después de devastar el sureste e iban a morir al centro de Nuevo León. El proyecto comprendía atraer al huracán, ya convertido en tormenta tropical, hasta el centro de Coahuila, aprovechando la colindancia de este con Nuevo León. Si se lograba podrían entonces atraerse tormentas hasta los desiertos de Chihuahua y a todas las áreas devastadas por las trasnacionales durante los gobiernos de la dinastía Fox-Madrazo y sus antecesores.
Para el proyecto de había utilizado viejas ideas del Ing. Heberto Castillo, quien propuso originalmente la construcción de ventiladores gigantes que ayudarían a desalojar la contaminación del valle de México por horadaciones que se practicarían en la serranía del Ajusco. Idea simple que ahora se pondría en práctica.
Agosto fue el mes clave para empezar la operación, ésta se realizaría de un solo golpe. Cuando los norteamericanos cayeran en la cuenta ya estaría resuelta. La mayoría de las cuadrillas de nuberos se concentrarían en los límites de Nuevo León, Tamaulipas y Veracruz para atraer a la tormenta y encaminarla por las canalizaciones que se abrirían entre las montañas, iniciando en la Biosfera El Cielo, la cual se alzaba hasta 2,200 metros sobre el nivel del mar constituyendo una formidable barrera natural contra los vientos. Los yanquis obviamente dejarían de producir huracanes, pero una vez demostrada la viabilidad del acarreo de tormentas, fácilmente se financiaría su producción en lugares más convenientes. De modestos nuberos, pasarían a huracaneros.
El huracán proveniente del Mar Caribe se internaría por el norte de Veracruz y el sur de Tamaulipas. Siguiendo su curso natural el meteoro entraría por la huasteca, siguiendo hasta ciudad Mante y estrellándose en la sierra madre oriental justo en la reserva de la biosfera El Cielo para repartirse por toda la sierra hasta disolverse en nuevo León y parte de Coahuila provocando breves lluvias torrenciales y crecientes intempestivas en ríos que permanecían secos durante la mayor parte del año. Ahora se trataba de canalizar ese empuje, crear corrientes que llevaran hasta el Bolsón de Mapimí a la humedad que traería el huracán ya degradado en tormenta.
El huracán había alcanzado la categoría 4, golpearía bien. Se llamaba “George” pero le habían puesto el mote de “Bush” porque a su paso arrasaba todo con furia inusual. Bush era un santón que el pueblo había obligado a que se retirara del santoral de la iglesia autónoma, sentando el precedente de rechazar decisiones de la jerarquía eclesiástica, todo ello motivado porque el santo susodicho provenía de la dinastía Bush. La gente también había impulsado la beatificación y postrer santificación de Marcos, para responder a la pretendida canonización de los beatos Roberto y Vicente, que la iglesia autónoma pretendía venerar hasta en la capilla más humilde que dependiera de ella.
El rugir de motores traspasaba las protecciones auriculares de los tripulantes. Era infernal la batería de helicópteros cool, rugía en la Biosfera el Cielo creando una falsa baja presión, en el mismo instante la Sierra Madre Oriental se cimbraba con explosiones que abrieron canales entre la cadena montañosa por los que se precipitaron los vientos de la tormenta.
En tierra también rugieron las turbinas Castillo induciendo las primeras corrientes en los canales serranos recién abiertos. No fue necesaria la intervención de los aviones termo, los cuales tuvieron que salir precipitadamente del teatro de operaciones antes de que las fuertes corrientes de nubes los arrastraran.
En el nacimiento sur de Nuevo León cuadrillas de nuberos esperaban. Ahora todo se reducía a la rutina de acarrear las nubes que pasaban por la sierra madre hasta los desiertos, siguiendo un camino que a partir de entonces ya era natural.
Por la radio se oyeron reportes de rutina. “Río Santa Catarina con corriente moderada, lluvia ligera sobre Monterrey y municipios aledaños”, “biósfera1, fuertes lluvias, vientos fuertes pero controlables”… Ya estaba hecho, ahora solamente restaba prevenir algunas avenidas de cauces imprevistos. De suyo eran tan escasas las lluvias en el Bolsón de Mapimí, que ahora que lloviera con alguna regularidad, antiguos ríos, hoy ocultos por el desierto no dejarían de mostrar su rostro. Pero ya no era su tarea prevenir imprevistos.
Acabada la faena vendría un capítulo que les tocaba mirar de lejos. Seguía rumiar en el desagrado y la impotencia los clásicos abusos de los poderosos. Algunos diputados, senadores y funcionarios contrarios a la república autonomista intentarían asignarse partidas millonarias “para ir a visitar al nuevo vergel y tomar las medidas pertinentes”. También se tendría que tolerar a los infaltables latifundistas que ya desde hoy acaparaban mediante artilugios legaloides algunas de las mejores tierras que se beneficiarían con las nuevas lluvias. Nuevos políticos surgirían como los hongos reclamando viejas y manidas justicias, vendrían caudales de salvadores reclamando los antiguos desiertos. Poco se podría hacer ante esa tormenta, al menos ellos podrían poco.
Sin embargo sabía que dentro de esa cauda de sinvergüenzas, la nueva república podría aprovechar la tierra para que se trabajaran los nacientes vergeles en provecho de la gente, sin tener que explotar jamás a un semejante y sin convertir al empleo en trabajo esclavo.
La tarea más ingrata consistiría en soportar a los infaltables periodistas dawn que los acosarían con preguntas bobas y con las más absurdas exclamaciones “¿Cómo se siente ahora que son héroes nacionales?”, “y díganos, ¿Fue una labor difícil?, ¡México está orgulloso de ustedes!… Arriar nubes no había sido tan duro… aquella cháchara también era parte del oficio.
Caminaba por los desiertos olorosos a gobernadora, salpicados de brotes verdes ahora que caía una fina lluvia. Quiso grabar en su mente la imagen de sus desiertos ahora mojados y que pronto cederían al verdor. Un correcaminos desconcertado paro su trotar, volteó a mirarlo y en otro instante había desaparecido, quiso seguirlo con la mirada pero no pudo, ahora ni polvo quedaba. Lo asaltó la duda de si el peyote propio de esas tierras sobreviviría, no tuvo respuesta, nada volvería a ser igual.
No había resistido la tentación de aterrizar en el desierto. Aprovechó la inspección que se realizaba de rutina para despedirse de la tierra de sus ancestros. Caminó por las tierras que tanto amo y que un día incorporó a su la sangre, grabó en la mente y en todo lugar donde tocó su cuerpo