México
Desde aquí, desde arriba, se ve bonito, hasta parece un mar de calma. Da la impresión de que se puede uno echar a caminar por cualquier calle y que el aire le va a soplar en la cara así como aquí acaricia a las ramas de los árboles. Hasta me siento fresco andando por el centro. Mirándolo desde acá hasta parece que no hubiera gris en la ciudad, que el sol calienta y quema como aquí en el cerro.
Es cierto que no es lo mismo mirar a México tumbado en la hierba bajo la sombra de un pinabete, que sufrirlo montado en un pesero con gente pisándote los callos y mirándote feo quesque porque los apachurras. Es cosa de subirte y aguantarte que el chofer te cobre de más y que suban los rateros y ahí te tengan con tus cuatro pesos en la mano que luego ni te quieren agarrar, como si les indignara tomar el dinero de un jodido, que de tan poco ni vale la pena cansarse en estirar la mano.
Tampoco es lo mismo caminarlo por esas calles que dios ha dejado que huelan a humo y que nunca estén en paz, con alguien gritando que vende algo en medio de un barullo que se parece al de un hormiguero marihuano. Siempre es mejor mirarlo desde acá, porque si se llega a ofrecer siempre lo recordarás bonito, así como recuerdas tus amores de joven, como si nunca los hubiera achicharrado el tiempo.
Yo lo he caminado y andado en carro y es lo mismo. Siempre un zumbido en la oreja de alguien que pita o grita para ofenderte, como si con una mentada te pudiera sacar los ojos. Es cosa de acostumbrarse a la mala vida para seguirla viviendo a tropezones, para seguirla arrastrando como vicio. Lo miro y vuelvo a ver y me parece mentira verlo tan quietecito. Se que es domingo y debe de por si estar calmado, o al menos no tan agitado como siempre. No parece un gigante dormido, sino más bien un llano con rayitas y cosas que a lo lejos se te antojan curiosas, como si las pudieras alcanzar con la mano y no espinarte. Ni siquiera te acuerdas de la soledad que te acompaña nomás entrar a la ciudad, esa soledad que te escuece, que te duele y que no hallas como sacudirte, ni en el cine, ni con las putas ni borracho ni dormido ni despierto. Esa soledad que solamente te deja cuando te haces hombre o de plano te haces pendejo. Algo así como la excepción y la norma.