ANTROPOLOGÍA EN XOCHIMILCO
Laura Luvina Muñoz Zempualtecatl
COPALHUACAN,
LUGAR DONDE NO SE DIÓ LA RELIGIÓN
“La
gente pensó que el santo patrón de
San Andrés quería estar en la parte baja”
(dicho popular de San Andrés Ahuayucan)
En un pueblo de montaña, pueblo de Xochimilco, surge,
ante una negación, en
Copalhuacan, el principio de la posesión de una
religión que se entremezcló
con el origen y edificación de San Andrés
Ahuayucan. Una avenida destruyó este
inicio y en la parte baja del territorio se construyó lo
que es el actual San
Andrés Ahuayucan (lugar de encinos).
En Copalhuacan, se inició lo que sería la iglesia
del pueblo pero llegó una
avenida y destruyó el lugar quedando tan solo los
cimientos y el recuerdo
colectivo del inicio de su identidad. De momento cayó en
el olvido la parte
alta del territorio debido a la urgencia por buscar un lugar
donde vivir. Pero
Copalhuacan resurge como el mito fundacional, mito de arranque
para la
identidad de San Andrés.
Es en la parte llana, parte más baja dentro de la
montaña, donde se construyó
lo que es el actual San Andrés Ahuayucan, lugar de
encinos, algunos de los
cuales aún siguen de pie, aunque ya no con la abundancia
de otros tiempos.
Siguen de pie los encinos y sus habitantes, muchos de los cuales
ven con
resignación la integración de su pueblo a la
mancha urbana; esa mancha que
apuntala el desapego hacia lo colectivo, que anuncia la
sustitución de sus
costumbres. Sin embargo en la voz de otros y en la sustancia de
muchos de sus
actos se muestra que no es una resignación completa,
porque lejos de
entregarse a esta, se combate para no verse envueltos en la
indiferencia ni en
el olvido de quienes son, de donde vienen y adonde viven. En San
Andrés me
recordaron la frase aquella que dice: " cuando no sepas donde ir
voltea y mira
de donde vienes". La frase les queda como anillo al dedo; a ese
origen voltean
y en él se fundan.
La fiesta de San Andrés es un frente contra el olvido, es
un punto de
encuentro, un frente creado y sostenido como parte de su vida
cotidiana. La
iglesia de San Andrés Ahuayucan es parte central en la
fiesta. Es una iglesia
que le ha costado al pueblo, una iglesia edificada a finales del
siglo XVII,
mismo siglo del que provienen algunas de las figuras de sus
oleos y de sus
santos. La iglesia es de fachada blanca y alguna vez tuvo por
jardín un
panteón, el cual por negarse a compartir créditos
con ésta (pues era adorar al
mismo tiempo a dios y a la muerte), fue reubicado a una cuadra,
dejándolo
junto al deportivo del pueblo. Un panteón que susurraba
nostalgia y calma dejó
su lugar al jardín, que a diferencia de aquel, invita a
sentarse en unas
bancas austeras y cómodas a todos los cansancios, que se
encuentran al paso de
la entrada de la iglesia. Desde sus corredores que forman las
jardineras, uas
jacarandas melancólicas dejan caer suavemente sus flores
violetas.
En el jardín cada 30 de noviembre se canta y se disfruta
lo que en un tiempo
no se pudo y que solo algunos, los más ricos,
podían hacer jactándose de su
propia abundancia. Llegó la democracia al jardín y
decidieron hacer colectivos
el gozo y la alegría. Formaron entonces las
mayordomías, allá por el año de
1953. Fué entonces el turno de los demás, el turno
de saber lo que es ser
mayordomo o fiscal, de saberse parte de un pueblo .
Por gusto o por obligación, todos se incorporan a la
fiesta patronal y tratan
de incorporar a todos aunque solamente sean vecinos recientes
del pueblo.
Barrios y asentamientos de San Andrés como El
Cajón, Calixpa, Atlote,
Tlacomulco, la cerrada de las rosas, Barrio de Chapultepec y El
Calvario
participan activamente. Estos dos últimos barrios son los
más antiguos del
pueblo, 100 años los respaldan.
Pero no todos en San Andrés Ahuayucan comparten el mismo
origen, es el caso de
Las Malvinas y San Isidro Labrador, comunidades que están
dentro del
territorio de San Andrés pero geográficamente
separadas por el pueblo de Santa
Cecilia y algunas zonas extensas de cultivo. Estas comunidades
construyeron su
propia historia y origen, casi paralelamente con la de San
Andrés. El hecho de
que estén separadas, enriquece a San Andrés porque
crean vínculos diversos,
como las promesas para asistir a la fiesta de San Isidro o
viceversa las
cuales forman también parte de la misma.
En San Andrés están unidos por sangre, por bailes
y por fiestas. Las
mayordomías de San Andrés se generan familia por
familia , casa por casa y
calle por calle. Cada año las mayordomías se
renuevan visitando, casa por
casa, a quienes son propuestos por la comunidad. Se forman dos
grupos de 20
integrantes, cada uno de los cuales visitan a cada uno de los
propuestos, en
un largo recorrido que hacen a pie por las calles empedradas o
asfaltadas
(como es el caso de calle principal), adornadas con jacarandas.
Calles que la
mayoría de las veces están solas, carentes de
gante aunque no por eso dejan de
transpirar vida, ventiladas por un viento las mayoría de
las veces muy frío.
La visita a los mayordomos propuestos discurre dentro de una
verdadera
celebración, la cual se acompaña de un fondo
musical, música de banda o al
gusto de los mayordomos que se visitan. Llevan para cada uno,
una cruz de
cañuelas secas, adornadas con flores. La cruz y una diana
son símbolos que dan
a conocer que el visitado es ya mayordomo. Al final de las
visitas todos se
reúnen en la iglesia para cerrar el acuerdo. Se
reúnen en la iglesia para que
el santo patrono quede como testigo.
En la fiesta de San Andrés no es suficiente estar
presente, se tiene que
sentir, sentir compromiso por lo que se hace, porque de otra
manera la misma
fiesta excluye; esta tiene reglas pero no escritas, reglas de
sinceridad y
humildad. No obstante la competencia es feroz. Se compite por
hacer la mejor
celebración, por quemar el mejor castillo, por atender
mejor a los invitados y
por todo lo que gira en derredor de la fiesta. Incluso antes de
que la fiesta
se lleve a cabo existe competencia dentro de los dos grupos de
mayordomos, ya
sea por lo que lograron juntar o por lo que dejaron para el uso
de la fiesta
patronal siguiente. En tal caso hay sinceridad, abiertamente se
compite; si
van hacer comida, se debe ofrecer sin reparos: esa es una regla,
la gente de
San Andrés lo sabe, sabe que no se tiene que razonar, eso
no sirve , sirve
sentir, intuir percibir. De otra manera todo el trabajo no vale
la pena, tiene
que haber compromiso y responsabilidad, empezando con uno mismo
y terminando
con los demás.
Me decía un vecino de San Andrés: "la fiesta hay
que sentirla, involucrarse
con la gente, correr tras los cuetones, estar en toda la fiesta:
desde ver al
santo hasta oír a los músicos. Por eso me
dolió dejar la fiesta. Tuve que
pasar a ser un organizador para animar a la gente a participar.
Es otro nivel,
mas calmado pero así se puede seguir con la
tradición". Ese es el nivel de
responsabilidad e involucramiento que se adquieren.
Un compromiso que se va reforzando o debilitando según
cada quien, según la
voluntad que se manifieste; una manera de obtenerlo es
asumiéndose como casado
o formando una pareja. En el momento en que se tiene la
responsabilidad de una
familia, en ese momento se es candidato a una mayordomía,
una fiscalía o algún
otro grupo. No se necesita estar casado por las leyes del hombre
o la de Dios,
basta reconocerse como parte de una familia propia para obtener
el estatuto de
"casado".
En San Andrés la mayoría se conoce, eso al
menos en el centro del pueblo y en
sus alrededores cercanos; si no se recuerda el físico, se
recuerda el
apellido: esa es la carta de presentación. Las calles son
libros, sus casas el
contenido; algunas pintadas de dos colores (las que están
en la calle
principal son así).
A grandes rasgos así es la fiesta de San Andrés,
como entretejida con la
cotidianidad y con la sociedad. Es San Andrés un pueblo
de montaña que aun no
es absorbido por la gran urbe que es México. Conserva
aún su identidad y sus
tradiciones pese a estar sometidas a un constante acoso. Las
calles, sus
casas, su gente , sus perros callejeros tan diferentes unos de
otros y tan
iguales en las fiestas; todo ello se entremezcla con el aroma de
las plantas,
se mezcla con la brisa dejando oler el humor de San
Andrés Ahuayucan, olor a
pueblo.