AMAR
Amar sin ser amado, es como limpiarse el culo sin haber cagado” con ese refrán escatológico mi hermana citaba a un tal don Martín, al que describía como un viejo gordo y mal hablado con el que trabajó en el mercado de dulces Ampudia al lado del mercado de la Merced. Ese refrán lo he tenido siempre presente. Quizá por ello he dejado muchas veces de escribir.
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Hoy me encontré una pequeña teoría sociológica que escribí allá por el 89 y que ni siquiera recordaba. ¿Para qué escribir? ¿Para placer de quién? Yo escribía pensando en que alguna vez lo escrito iba a dar como resultado alguna discusión que me embarcara en nuevas investigaciones, empresas o meditaciones. Pero a nadie le importaba ni importa nada. De hecho ni a mí. Ahora importa lo que te deja en esa semiinconsciencia deseante o te lleva a lo que anuncia la TV.
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Toda palabra tornó vana, todo pensamiento insustancial. Occidente paga el precio de haber sobreexplotado esa vertiente de la capacidad cerebral. En adelante habrá que rescatar las bondades del pensamiento. Esa de hecho será la lucha principal en el mundo de barbarie al que nos hemos adentrado al privilegiar el pensamiento por encima del resto de las capacidades cerebrales.
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Soy de los arrepentidos. Soñé con un mundo como el que estamos viviendo. Deliré por esta barbarie en medio de mis furores contra el mundo burocrático que me tocó vivir. Entonces odiaba a los burócratas que solamente tenían dos preocupaciones: checar a tiempo y tener a donde ir el fin de semana. Odié a esos burócratas y de hecho los sigo malqueriendo. Nunca concebí un mundo anquilosado aunque habría que admitir que el de ahora lo es por sistema no por falta de movilidad. Antes el sistema nos volvió cerdos de engorda, hoy nos ha convertido es cerdos de engorda espantados, sin esperanza de nada, sin ambición de nada, sin nada de nada. Un mero apéndice del sistema, unas gallinas descabezadas, que por un lado se alimentan y por otro cagan producción y ganancia.
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Aunque sospecho que ningún mundo que resulte de donde salga, que venga de donde venga, jamás me gustará ni gustará a nadie, aunque nos lleguemos a encontrar en él de lo lindo. Y no nos gustará por la elemental razón de nuestra elementaridad: como humanos que somos no nos hemos podido desprender de nuestras limitaciones. Somos demasiado limitados, incluso deliciosa o siniestramente imbéciles.
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Cuando la barbarie burocrática, bastaba instalarse fuera del sistema para poder soñar. Ahora todos estamos fuera y solamente nos entretenemos soñando ñoñadas. Eso lo sabemos, antes lo ignorábamos. Nunca, ningún tiempo pasado será mejor, o si se prefiere: jamás se será lo mismo. Nos entreteníamos haciéndole al imbécil porque teníamos oportunidad de discutir nuestras pendejadas, e incluso había quien pensaba que lo que decíamos valía la pena. Éramos adorables y vivíamos felices. Ahora ya no hace falta hacerse viejo para darse cuenta del valor de lo que decimos o hacemos, los jóvenes sin disparar un tiro empiezan a enterrar al mundo de las ilusiones. Fin del romanticismo con el nuevo siglo. ¡Que alivio! Un nuevo tiempo de pendejadas asoma. Pero parece que ahora serán pendejadas en crudo, quizá así nos aprovechen mejor.
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Al romper la vida colectiva, rompieron nuestros pies descalzos, nos fracturaron la madre, hasta la patria madre salió dañada, ahora cualquier pendejo, cualquier pelón la pone a remate. Hoy deambulamos huérfanos en busca de algún salario o de un metro por uno para instalar un puesto ambulante. De burócratas soberbios saltamos a pedigüeños de salarios. Así nos encontrará la madre de todas las guerras, la que discurrirá en reyertas, la que se peleará sin disparar un solo tiro.
Abril 1 del 2002