
I
¿Quién podría dudar
de tus ensueños tristes,
de tus manos dolidas,
de tus ojos llorosos?
Hay gemas sin engaste,
aventadas al agua,
que ningún niño encuentra.
Nadie que no te amara
sufriría contigo,
corazón rumoroso, plinto
de estatua rota.
¿Qué tragedia sin grados
suplantó tu destino?
¿Quién trajo a tu estatura
el ácido voraz que te corroe?
Por mi alero te sigo,
te doy mi mano, canto
tal si no hubiera aves de madrugada,
por restañar la sombra lacerada
que te separa en vano de mi cuerpo.
II
Persistiré en tu labio.
En tu oído, mi lengua
dirá sus hemistiquios
pasionales, sin término;
y, cuando por tu rostro
ya no haya rosicler,
te rogaré que vuelvas
a que nunca muramos.
III
Va hasta mi corazón este dilema
inverso: la mirada de ver tu rostro
trunca, en cada vislumbre, abnegada
y golosa, la caricia o el beso
que duerme tus palabras.
No podrás madrugar si no recuerdas,
de antes del sueño, como aire florecido,
toda la luz que derraman los ojos
después de nuestro abrazo desvelado.
Ni habrá paz a mi paso
o donaire en tu cuerpo,
si antes de cada marcha
faltara a mi caricia
tu piel sedosa y blanda.
Cuéntate entre las hojas
que marchita el verano
si faltas a la lumbre
que se irisa en tu sangre
orlada por mi pálpito.
IV
¡Habría tantas canciones
que llenarían la noche
si moviese mi lengua!,
pero a ese corazón adosado a mi pecho
duele el latido de tu origen mítico,
que es como una cadena de luces
más allá del crepúsculo.
Como si atardeciera para siempre,
se duerme en la catástrofe del horizonte
ese crimen sangriento
que victima a mi voz
en su estreno constante.
V
Me das toda tu fuerza
y, al fin, enervas mis impulsos,
al encuentro en que eres
todo y paisaje
que absorbe mis sentidos.
Mi corazón responde como una
loca bandera de lucha contra el viento,
sin lograr eludir el suave arrastre
de tu frontera,
en que caerá,
sin duda,
desterrado.
VI
No digas más. Cada uno
ocupe su sitial, su madriguera,
su pequeñez sin lumbre o brillo,
su delirio infantil, como una ligadura
para atrapar el alma.
Porque, aunque estás aquí
y ahora, ya habrá quien acometa
obstruir la lucerna de tus ojos.
Cuenta con mi palabra, amiga, hoy
que está abatida en ti mi mano,
para que yo no sienta
que ha enlutado el recurso de la sangre,
tú que tienes la flor que te perfuma,
el color que te adorna,
la risa que te alegra,
que determinas las horas de la luz
y reduces la noche a tu sistema.
Dime tu plan, espera
por mi turno adelante:
si despegas tu aliento de mi rostro,
mi labio de tu oído,
sería pozo reseco mi corazón.
No habría luz en el día
ni en mis horas.
VII
Y ¿por qué cambio el mar
por esta orilla?
Por seguirte,
por dibujar tu paso
al ritmo de las aguas
en los cauces henchidos.
¿Quién diría hoy mi nombre
con mi pobre palabra ya aterida?
No podría decir que vas conmigo
si no escucho tu voz.
Soy como un ciego en una ciudad nueva.
¿Dónde tocar, que no lacere el viento
—¡aun el viento!—
mi mano a tientas para hallar tu cuerpo
yo que celo a la luz
de la llovizna?
Tomado de Guajana, en internet.
para Edwin Reyes Berríos
Amigo, ya sabías —condición del destino:
la vida es pedregosa y afila su puñal.
Perdiste el tanto escaso que tuvieras a mano
y apostaste la vida para poder jugar.
Ahora, al otro lado del aire, solo miro
sorda y oscura sombra que induce a tropezar.
Esa brasa que fulge es el recuerdo, apenas,
y el lábaro elocuente de tu palabra leal.
De veras, yo pensaba que la luz no ardería
sino por los gozosos que la harían arder,
que, si vieran el rastro dudoso de su origen,
no volverían los pasos hacia otro rosicler.
Ahora sé que la lumbre retorna a su ceniza;
que, como oíste un día, el polvo vuelve a ser;
pero aún no comprendo por qué ya te has marchado
a esparcirte en el viento para nunca volver

Y ahora el corazón
rebasa su latido. Todo
es sencillo y puro,
como el agua
que cae sin recibirse.
Porque el amor
ha entrado en esta sombra
igual que una mañana
por las rejas. Todo fluye
como en un río aéreo
de dulzura, como una rama ante la brisa
en la frescura
de su misma gracia.
No
hay alborozo ni temblor ni grito.
Hay un fluir
que se confunde con la piel
en los oídos.
Hay una
comunión mística y sola
de esto aquí
que nos está bullendo o sigue mudo
y el tiempo que se alarga
sin comienzo...
Pienso que el coraz¢n
rebasa su latido. sensación que no se alcanza
a definir, como una paz
de cojines tranquilos.
No hay canto.
El amor...