¿Quien podría dudar...?

Breve elegía

Comienzo

 

 

 

 

¿Quién podría dudar...?

I

 

¿Quién podría dudar

de tus ensueños tristes,

de tus manos dolidas,

de tus ojos llorosos?

 

Hay gemas sin engaste,

aventadas al agua,

que ningún niño encuentra.

 

Nadie que no te amara

sufriría contigo,

corazón rumoroso, plinto

de estatua rota.

 

¿Qué tragedia sin grados

suplantó tu destino?

¿Quién trajo a tu estatura

el ácido voraz que te corroe?

 

Por mi alero te sigo,

te doy mi mano, canto

tal si no hubiera aves de madrugada,

por restañar la sombra lacerada

que te separa en vano de mi cuerpo.

 

II

 

Persistiré en tu labio.

En tu oído, mi lengua

dirá sus hemistiquios

pasionales, sin término;

y, cuando por tu rostro

ya no haya rosicler,

te rogaré que vuelvas

a que nunca muramos.

 

III

 

Va hasta mi corazón este dilema

inverso:  la mirada de ver tu rostro

trunca, en cada vislumbre, abnegada

y golosa, la caricia o el beso

que duerme tus palabras.

No podrás madrugar si no recuerdas,

de antes del sueño, como aire florecido,

toda la luz que derraman los ojos

después de nuestro abrazo desvelado.

Ni habrá paz a mi paso

o donaire en tu cuerpo,

si antes de cada marcha

faltara a mi caricia

tu piel sedosa y blanda.

 

Cuéntate entre las hojas

que marchita el verano

si faltas a la lumbre

que se irisa en tu sangre

orlada por mi pálpito.

 

IV

 

¡Habría tantas canciones

que llenarían la noche

si moviese mi lengua!,

pero a ese corazón adosado a mi pecho

duele el latido de tu origen mítico,

que es como una cadena de luces

más allá del crepúsculo.

Como si atardeciera para siempre,

se duerme en la catástrofe del horizonte

ese crimen sangriento

que victima a mi voz

en su estreno constante.

 

V

 

Me das toda tu fuerza

y, al fin, enervas mis impulsos,

al encuentro en que eres

todo y paisaje

que absorbe mis sentidos.

Mi corazón responde como una

loca bandera de lucha contra el viento,

sin lograr eludir el suave arrastre

de tu frontera,

en que caerá,

sin duda,

desterrado.

 

VI

 

No digas más. Cada uno

ocupe su sitial, su madriguera,

su pequeñez sin lumbre o brillo,

su delirio infantil, como una ligadura

para atrapar el alma.

Porque, aunque estás aquí

y ahora, ya habrá quien acometa

obstruir la lucerna de tus ojos.

Cuenta con mi palabra, amiga, hoy

que está abatida en ti mi mano,

para que yo no sienta

que ha enlutado el recurso de la sangre,

tú que tienes la flor que te perfuma,

el color que te adorna,

la risa que te alegra,

que determinas las horas de la luz

y reduces la noche a tu sistema.

Dime tu plan, espera

por mi turno adelante:

si despegas tu aliento de mi rostro,

mi labio de tu oído,

sería pozo reseco mi corazón.

No habría luz en el día

ni en mis horas.

 

VII

 

Y ¿por qué cambio el mar

por esta orilla?

Por seguirte,

por dibujar tu paso

al ritmo de las aguas

en los cauces henchidos.

¿Quién diría hoy mi nombre

con mi pobre palabra ya aterida?

No podría decir que vas conmigo

si no escucho tu voz.

Soy como un ciego en una ciudad nueva.

¿Dónde tocar, que no lacere el viento

¡aun el viento!

mi mano a tientas para hallar tu cuerpo

yo que celo a la luz

de la llovizna?

                                                                     Tomado de Guajana, en internet.

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Breve elegía              

  

para Edwin Reyes Berríos

Amigo, ya sabías —condición del destino:

la vida es pedregosa y afila su puñal.

Perdiste el tanto escaso que tuvieras a mano

y apostaste la vida para poder jugar.

 

Ahora, al otro lado del aire, solo miro

sorda y oscura sombra que induce a tropezar.

Esa brasa que fulge es el recuerdo, apenas,

y el lábaro elocuente de tu palabra leal.

 

De veras, yo pensaba que la luz no ardería

sino por los gozosos que la harían arder,

que, si vieran el rastro dudoso de su origen,

no volverían los pasos hacia otro rosicler.

 

Ahora sé que la lumbre retorna a su ceniza;

que, como oíste un día, el polvo vuelve a ser;

pero aún no comprendo por qué ya te has marchado

a esparcirte en el viento para nunca volver

 

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Comienzo                                

 

Y ahora el corazón

rebasa su latido. Todo

es sencillo y puro,

como el agua

que cae sin recibirse.

Porque el amor

ha entrado en esta sombra

igual que una mañana

por las rejas. Todo fluye

como en un río aéreo

de dulzura, como una rama ante la brisa

en la frescura

de su misma gracia.

No

hay alborozo ni temblor ni grito.

Hay un fluir

que se confunde con la piel

en los oídos.

Hay una

comunión mística y sola

de esto aquí

que nos está  bullendo o sigue mudo

y el tiempo que se alarga

sin comienzo...

Pienso que el coraz¢n

rebasa su latido. sensación que no se alcanza

a definir, como una paz

de cojines tranquilos.

No hay canto.

El amor...

 

                           Arriba

 

 

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