Como Ernesto Lecuona en el ámbito masculino, Rita Montaner constituye el exponente más universal de las artistas cubanas. Cantante y pianista de estirpe, actriz de alto vuelo, a 44 años de su muerte continúa siendo "la única". Libertad Lamarque en Argentina, María Félix en México, Carmen Miranda en Brasil, Edith Piaff en Francia, y Rita en Cuba. Jamás una artista representó, como ella, los ideales más caros de un país, el súmum de todas las artes, el alma nacional. En el caso de la Montaner se da como en el poeta Nicolás Guillén
la feliz coincidencia de la consagración de la mulatez, pues ambos
son el resultado de la unidad entre Europa y África, entre lo blanco
y lo negro. La joven creció en la tradición musical más clásica que conoció desde su infancia, y también entre los toques de los tambores en las fiestas de los lucumíes o congas, el ritmo y colorido de las comparsas que desfilaban por las calles guanabacoenses. Estudió el piano a la perfección, dominaba el pentagrama, cantaba lo culto y lo popular con excelencia porque era desprejuiciada y contaba con un concepto universal de la cultura. De ahí su magnificencia, alto vuelo, vigencia y trascendencia. La cantante era mimada por los mejores compositores cubanos y extranjeros, quienes le daban la primicia de sus partituras, como Gonzalo Roig (Cecilia Valdés), Moisés Simons (El manisero), Eliseo Grenet (Ay Mamá Inés), Ernesto Lecuona (El cafetal), Gilberto S. Valdés (Ogguere), y los norteamericanos Al Jolson y Xavier Cugat.
A su muerte prematura, debido al cáncer, en abril 17 de 1958, el maestro Rodrigo Prats, célebre por su obra 'Amalia Batista', se expresó así: «Todos los compositores cubanos le debemos uno de nuestros éxitos». Y el escritor Francisco Ichaso afirmó: «Rita se convierte en una lección de rigor para todos los artistas». |