«Yo elegí la música cubana, sin que nadie me lo pidiera. Nací en Cayo Hueso, en la calle Neptuno, esquina a Hospital. Una zona bien popular. En mi casa, abuela acostumbraba a hacer almuerzos y comidas criollas. Venían sus hijos y parientes. Y al terminar se hacía un guaguancó de cajón, tocado con cajas de bacalao. Esa fue la música que oí en mi casa. Además, mi padre cantaba con Los Roncos, un coro de clave de Ignacio Piñeiro. Él no quería sin embargo, que yo fuera artista, por eso de las tradiciones familiares, donde ser artista era mezclarse con lo más malo. Ellos recorrían los barrios, apostando con otros coros, para determinar cuál cantante versaba gramaticalmente bien. Y eran muy cuidadosos. Llegaban a las casas y se regalaban moñas con cintas de colores. Luego, completaban la fiesta con un tremendo guaguancó de cajón. Yo, callada, mirando. Cuando celebraban algún cumpleaños por los alrededores, me proponía para cantar y bailar. La gente se encargaba entonces de convencer a mi mamá. Y ella, regañándome. Otras veces, mientras la acompañaba a las compras, de pronto me desaparecía de su lado. «¿Dónde está Merceditas?», preguntaba a los conocidos, y yo andaba, seguro, recostada a una ventana escuchando la radio, o interpretando algún número del momento, como una bijirita en medio del ruedo que armaban enseguida los transeúntes. Para colmo, al lado de casa ensayaba el grupo de Bienvenido Julián Gutiérrez, el autor de Convergencia. Al regreso del colegio, me aseguraba que mi padre no estaba y pasaba buenos ratos oyéndolos. Hasta un día en que decidí pedirles que me dejaran tocar las claves: «Esos palitos», les dije. Se rieron, porque no tenía más de ocho años. Pero toqué sin salirme del ritmo, y entonces de la risa pasaron a la sorpresa. Y empezó la aglomeración de curiosos frente a la puertas para ver a esa niña tocando como si lo hubiera hecho siempre, junto a esos siete hombres que le doblaban la estatura. Y en eso se asomó mi padre. Entró y averiguó quién me enseñaba a manejar las claves. Le contaron lo sucedido, pero a él no lo convenció la idea de ver a su hija convertida en artista. Y siguió prohibiéndolo. Mas yo continué con mis escapadas e imitando a Rita Montaner, mientras jugaba con las muñecas». La única fue su máximo ejemplo. Su ostensible admiración quedó evidenciada una mañana cuando la chiquilla vio por la calle a su ídolo. La persiguió en silencio por varias calles, hasta que Rita se viró y la interrogó: «¿Cómo te llamas?» «Yo, Merceditas.» «Pero tú me vienes siguiendo, ¿no?» «Sí, porque a mí me gusta mucho como usted canta.» Y la gran artista se quitó uno de sus pulsos y se lo regaló, despidiéndose. Años después, el maestro Enrique González Mántici creó un programa radial nombrado Rapsodia Negra, con el propósito de que lo protagonizara Merceditas. Cada audición contaba con la presencia de un creador prestigioso, en calidad de invitado. Un día estuvo Rita Montaner y la anfitriona del espacio le recordó la historia de la niña y el pulso. Esa noche, Merceditas sintió su voz invadida por la emoción. Su anhelo se cumplía: estaba parada frente al micrófono junto a la artista que más apreciaba, que había sido y será su ideal interpretativo. En ese instante fue muy feliz. «¿Cómo me presenté en la Corte Suprema del Arte? En verdad, sin permiso de mis padres. Adolescente ya, fui a CMQ, que quedaba por esa fecha en Monte y Prado, y me inscribí. El día correspondiente, le dije a mi madre que me acompañara. Ella, comprensiva como de costumbre, no se negó. Canté Babalú, una pieza muy difundida Por ese tiempo, popularizada por Miguelito Valdés, y La negra Mercé, un afro de Lecuona. Al terminar me di cuenta que no habían sonado la campana eliminatoria. Y me quedé rígida, inmóvil hasta que el locutor preguntó si acaso iba a seguir. Ahí empecé a llorar Imagínate, tenía doce años. Y nosotras ni siquiera pudimos entrar amistades al estudio, como hacían algunos concursantes. Hasta pagaban a una "claque" a un grupo que aplaudía o chiflaba, según convenía a quien diera más dinero. En esa ocasión gané uno de los premios, que eran de quince, diez y cinco pesos, respectivamente, aparte de los regalos. Tuve suerte en realidad, pues cada vez que canté allí me premiaron» Tres alternativas encaminaron artísticamente a Merceditas en sus iniciales tanteos interpretativos. Ámbitos diferentes que sirvieron para subrayar una dedicación coherente y tenaz en la música. Los modestos clubes de la playa de Marianao le permitieron ganarse la vida con su canto. Con un reducido colectivo de actores, propiciado por Mil Diez, popular radioemisora del Partido Socialista Popular, se adentró, por otra parte, en el fragor de las luchas sindicales, de las carencias sufridas por los obreros y conoció la combatividad incesante de sus dirigentes. Con posterioridad, el contacto con artífices genuinos de nuestro folklore, surgido en el trabajo común llevado a cabo en la entonces Radio Cadena Suaritos, la conduciría a una estrecha afinidad, sustentada por años de presentaciones conjuntas, con el sabio etnógrafo e investigador de las raíces afrocubanas don Fernando Ortiz. «En la playa de Matianao existía una serie de clubes, unos mejores y otros malos, donde por lo general se tocaba muy buena música cubana. Entre los mejores estaban Pensilvania, Panchín y Mi Bohío, donde se turnaban dos conjuntos, uno para el show y el bailable del comienzo, otro que tocaba hasta el amanecer. Durante los jueves de moda, bajaban las orquestas más populares. Ahí venían los grandes carros de turistas, para ver la rumba, no la de salón, sino la auténtica, esa hecha con cuatro cajas y una cola de vuelos. Recuerdo donde actuaba Choricera, El Chori, famoso tamborero- Era un lugar como para ir con un cuchillo en la boca al estilo de los piratas, y un par de pistolas en la cintura. Pero él sorprendía mucho con su imaginación con su agilidad. Usaba medios muy simples. Igual ponía dos bongoes que unas latas de aceite y todas las sonaba al mismo tiempo, con dos palitos. Y en esa euforia saltan los rumberos a bailar, sin cansancio, en el centro del salón. Como supondrás, con lo joven que yo era, mi madre siempre me acompañaba, porque había que cuidarse mucho en esos lugares. Por lo menos, con esos contratos uno ganaba algunos centavitos. No muchos, por supuesto. Además, en cuanto cantaba, tratábamos de irnos lo más pronto posible, antes de la medianoche, para tomar el último tranvía de la línea Playa - Parque Central, que salía de Zanja y terminaba su recorrido detrás del Panchín. Mientras esperábamos, veíamos cómo la Policía aparentaba una persecución con las prostitutas, impidiéndoles entrar a los cabarets pero dejándolas pulujar por las calles». La repercusión social de las tareas de extensión artística alentadas por el grupo creado bajo la dirección de Mil Diez se hizo notar muy pronto. Amador Domínguez, destacado actor y militante comunista, llamó a Merceditas para que se uniera a Paco Alfonso, Ignacio Valdés Sigler, Antonia Valdés, Nenita Viera y otros compañeros que montaban dinámicos sketchs sobre la problemática más candente de la época. La mayoría de esas actividades cubrían encuentros de dirigentes, como Jesús Menéndez, Lázaro Peña o Aracelio Iglesias, con la masa trabajadora, en sus locales o en los propios centros fabriles. No fueron pocas las ocasiones en que se vieron obligados a huir del hostigamiento policial. Sin remuneración, los jóvenes artistas cumplían las misiones asignadas. A menudo, incluso, el pasaje lo pagaban con sus limitados fondos cuando las instalaciones quedaban en las afuera de la capital, o disponían de cincuenta centavos o un peso para pagarle a un pianista, pues de lo contrario Merceditas debía cantar a capella. Paralelo a esto se desarrollaban los programas sobre folclore que transmitía Radio Cadena Suaritos cada domingo a las 7 de la noche, y que habían alcanzado una gran acogida entre los radioyentes. El espacio contaba con una orquesta dirigida por el maestro Obdulio Morales y un conjunto de tambores batá, encabezado por Trinidad Torregrosa, con Merceditas como principal solista. «Trinidad me enseñó el dialecto yoruba. Me dio un primer canto, dedicado a Yemayá, y veinte minutos para que lo aprendiera. Fue a ensayar y, cuando volvió, se lo repetí de memoria. Paulatinamente se entusiasmó y, con cada composición me explicaba el significado del texto, su trascendencia histórica, así que en un período bastante corto logré dominar lo imprescindible del yorubá. El programa tuvo éxito grandísimo. Radio Cadena Suaritos quedaba en 25 entre 8 y 10 en El Vedado. Por ahí pasaron grandes figuras extranjeras de la época: Toña la Negra, Pedro Vargas, Angelito... Lo nuestro tuvo mucha aceptación, al extremo que los domingos de 7 a 8 de la noche ibas por las calles y podías oírlo de casa en casa. Amado Trinidad, por ejemplo, me mandó un cheque en blanco, pues él tenía un programa estelar a esa misma hora los domingos patrocinado por la firma Pons y había perdido todo el rating. Todos ponían a Suaritos pues, por primera vez, se oían los batá por la radio, fuera de los templos o en fiestas de iniciados. Curiosamente, a la persona que le hicimos la audición inicial, con la propuesta de un espacio, fue Amado pero a él no le llamó la atención. Perdió esa oportunidad Cuando fuimos a conversar con Suaritos, al terminar la audición, nos dijo. «No se vayan, hoy empezamos», con la Materva como patrocinadora. El pueblo iba a la calle, para saludarme a la salida del programa. Y no suavizábamos nada, ni permitíamos mixtificaciones de ningún tipo. Imagínate, en los tambores estaba Trinidad. Le dábamos notas a Suaritos para identificar cada toque y canto según el orisha, especificando sus cualidades. Pero tuvimos detractores y, a pesar del éxito, el programa salió del aire por el empuje de los enemigos del folklor, luego de un año y medio de transmisión. Tanto escandalizaron con sus prejuicios: «¡Eso es un atraso, fanatismo, superstición ... !» Algunos creyentes también me criticaron bastante al comienzo. Enviaban cartas advirtiéndome que los dioses castigarían, deseándome hasta la muerte por mi sacrilegio. En un anónimo le decían a Suaritos: «Claro, usted lo permite porque es gallego y sólo te interesa ganar dinero con la Materva.» Era la incomprensión de nuestros propósitos de difundir elfolklor Por fortuna, ya el programa llevaba como un año en el aire cuando don Fernando me mandó llamar a través de Trinidad. Y ese encuentro resultó gracioso, pues él se había hecho una idea muy distinta de persona. Suponía que era una mujer muy negra, grande, obesa; en fin, una vieja cantora de cultos, y cuando me vio, de inmediato exclamó: «Pero, ¿qué es esto? ¡Un pedacito de mujer!» Me propuso trabajar juntos, diciéndome el alcance de su actividad investigativa. Para mí era un privilegio. Además, el dominio de esa música folklórica requiere de un aprendizaje profundo. Es muy complejo, pues lo yorubá en sí encierra una gama de llanos, donde el iyá, el itótele y el okónkolo, a veces están tocando al unísono diferentes puntuaciones, diferentes ritmos, en un mismo canto. Y ahí cambia de dos a tres aires, sin que el intérprete deje de entonar, llevando la melodía y la letra a sabiendas de lo que está diciendo, de su significado puntual con el sentimiento de cada orisha. Por eso cuido mucho mi expresión para no tergiversar, ni exagerar, sin quitarle la médula al canto. Variando un poco el tono de acuerdo a cada divinidad, pero sin desvirtuarlo en lo esencial. Y una de las experiencias más hermosas y enriquecedoras fue convertirme en la única cantante que trabajó para don Fernando en sus conferencias. Con el tiempo y la amistad me nombró su «pequeña Aché», pues decía que le traía buena suerte. Iba a su casa dos veces por semana y preparábamos las conferencias de yorubá, de palo, de yuka, de kinfuiti, que es de la zona de Unión de Reyes. Nos sentábamos ante mesa y conformábamos la charla acorde a los orishas. Ahí complementábamos con un poco de cada cual: Trinidad, lo mío y lo mayor: Don Fernando. Nada era improvisado, no permitían alteraciones en los valores primordiales del folklor. Fernando Ortiz quería tanto nuestras raíces, sobre todo lo yorubá... Anualmente él iba al África y uno de los cuartos de su casa guarda sus "tesoros". Un día, cuando me lo mostró quedé impresionada. Eran regalos de reyes africanos. Tenía tronos, pilones de santo, en oro, maderas y piedras preciosas, además de estantes con santos originales de madera. Ojalá hubiéramos conservado esas cosas...» Entre sus fotografías, Merceditas guarda con celo la realizada durante la última disertación, pronunciada en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Dos razones valorizan la imagen. La primera, el cierre de un ciclo provechoso de aprendizaje, al lado de uno de los personajes cimeros de la cultura nacional. La segunda, porque detrás del colectivo artístico aparecen la mayoría de los mártires de Humbolt 7 y otros miembros del Directorio Estudiantil Universitario. Ese día memorable día un alumno se acercó para advertirle que en caso de suscitarse alguna confusión, el doctor Ortiz, Merceditas y los demás debían refugiarse, sin pánico, en un disimulado salón lateral, hasta que alguien llegara a sacarlos con la cautela imprescindible. El Aula Magna se hallaba abarrotada de universitarios, pero ella no comprendió en aquel momento la trascendencia de esas palabras. Más tarde sabrían que esa había sido una de las últimas actividades públicas de una pléyade de combatientes revolucionarios. La década del 50 volcó a Merceditas en extensas giras, incorporada a producciones de célebres cabarets. En el Carnegie Hall, de Nueva York, se le escuchó en el primer concierto de música afrocubana, dado con una orquesta de ochenta profesores bajo la batuta de Gilberto Valdés. Al inaugurarse la televisión en Cuba presentó en las pantallas los ritmos raigales, además de trabajar en el largometraje Yamba'O dirigido en Cuba por el Indio Fernández, y en el documental musical Zamba. «La gira fue preparada con Gilberto Valdés. No llevaba música yorubá, sino los números suyos como Ekó, El botellero, Que vengan los rumberos y una canción de cuna: Zaidé, dedicada a su hija; que sólo cantamos Rita Montaner y yo. Me la aprendí oyéndola. Recuerdo que esa noche en el Carnegie Hall, a 25 dólares la entrada no quedaba libre una luneta. Entre los espectadores estaban dos judíos empresarios y viendo el filón del éxito contrataron a la orquesta con nosotros e invitaron a Tito Puente conmigo. Hicimos la gira por todos los estados norteamericanos hasta Canadá, donde también actuamos bastante». «Además, canté en el famoso Teatro Apollo de Nueva York, en 1950, junto a Miguelito Valdés, Tito Puente, Gilberto Valdés, Mongo Santamaría, Lucy Fabery y otros. Con Ernesto Lecuona tuve el honor de trabajar, al comienzo de la televisión aquí, en el programa Serenata Cubana. No había estudio y lo transmitían desde una nave en Estrella y Xifré. Después volví a cantar con su orquesta en el espacio llamado Pulpo Verde, desde los estudios de la entonces Ambar Motors. Realmente disfruto mucho la televisión, que va al rincón más apartado. Con Palmas y Cañas canté hasta encima de una carreta de bueyes, alumbrándonos con chismosas. Por supuesto, hay diferencias entre el público del teatro y el del cabaret. Hay que adaptarse a cada cual. Estuvimos muchos años en shows, incluso inauguré el del hotel Riviera. Me mantuve largo tiempo en el Tropicana». «Sólo una sabe cómo se siente ante una ovación. A veces, pido que no me anuncien, para salir con la introducción del número, y si el público me reconoce y aplaude, es maravilloso. No he perdido el miedo escénico: me acompaña cada vez que me acerco al escenario, me dan taquicardias, hasta que salgo al centro con mi canto y se produce una metamorfosis». «Ya no soy la misma Merceditas... ; en el escenario lo doy todo, si es de orquesta o si es tambor, todo cambia para mí. Y me gustan ambas formas, son distintas. Gracias a Barreto tengo buenos amigos para cantar con orquestas. Él es mi mayor apoyo. No obstante, soy muy crítica con mi voz. Soy inconforme. De todas maneras recibo grandes satisfacciones del pueblo, en las calles, en los mercados, y eso me reconforta. Por ello en una ocasión con Fernando Ortíz, a través de Pro-Arte Musical fuimos al Club Atenas, integrado por personas de color con títulos universitarios y sus familias, quienes, alquilaron ese centro, una casa en las calles Zulueta y Cárdenas. Asistió nuestra diva Zoila Gálvez. El doctor la llamó y le pidió que me diera clases y ella exclamó: «Jamás le daré clases, ni permita que lo haga otra persona: ese es un diamante en bruto, no se le debe dar forma, ni pulir, déjela como un torrente pues si no lo hace le quita su frescura, la echaría a perder». No obstante, Zoila me brindó consejos para el cuidado de la voz, y sobre todo hizo hincapié en no gritar salvo algo imprescindible, además de hablar en un tono bajo y no fumar». Cultora excepcional del guaguancó, la guaracha, los pregones y los cantos de cuna, en lo que se le considera como una verdadera estilista, Merceditas participa en la actualidad de presentaciones con el grupo instrumental Los Amigos, dirigido por su compañero en la vida Guillermo Barreto, así como en ORU, guiado por Sergio Vitier. En 1987 recibió el premio EGREM «por la excelente calidad de la grabación e interpretaciones» de su LD Aché I, al cual han seguido otras dos placas con ese título, que reúnen lo mejor de su repertorio, y prepara su Aché IV con cantos a los orishas yorubás Oyá, Babalú Ayé, los Ibeyi y Obatalá, siguiendo el camino trazado por sus maestros: Trinidad Torregrosa, Jesús Pérez y Fernando Ortiz. 1983 - 1990. |