Pablo Neruda

Biografia:
Pablo
Neruda (1904 – 1973)
Poeta chileno
Nació el 12 de julio de 1904 en Parral, pueblo de la zona central de Chile. Su
padre, José del Carmen Reyes era ferroviario, su madre, Rosa Neftalí Basoalto,
falleció al mes de su nacimiento afectada por la tuberculosis. Pasados algunos
años se trasladó junto a su padre a Temuco, ciudad recién fundada en el
lluvioso y forestal corazón de la Frontera, muy al Sur, donde había contraído
nuevas nupcias con doña Trinidad Candia Valverde (o Marverde, como la nombrará
el poeta).
Desde muy joven sintió la llamada de la poesía (el seudónimom, elegido porque
"Pablo" porque le gusta el sonido y "Neruda", tomado del
poeta checo Jan Neruda, comenzó a usarlo cuando apenas tenía dieciséis años).
Conoció a través de Gabriela Mistral a los novelistas rusos, que el poeta
admiró toda su vida. Cursó estudios de francés, con el fin de convertirse en
profesos, objetivo que no logró. Un día Pablo conoce el mar: "cuando
estuve por primera vez frente al océano quede sobrecogido. Allí entre dos
grandes cerros (el Huilque y el Maule) se desarrollaba la furia del mar. No era
sólo las inmensas olas nevadas que se levantaban a muchos metros de altura
sobre nuestras cabezas, sino un estruendo de corazón colosal, la palpitación
del universo". Desde ese preciso momento, el mar pasa a ser su principal
obsesión.
Pasado algún tiempo, decide seguir por su lado, por lo que abandona la casa de
papá. La mano del padre lo despide en la estación como empujándolo a un
destino en el magisterio, mientras él se ve conquistando la capital literaria.
En Santiago, divide su vida entre el Pedagógico de la Universidad de Chile,
donde obtiene el primer premio de la fiesta de la primavera con el poema La
canción de fiesta, publicado posteriormente en la revista Juventud. Además allí
se nutre de cultura, se relaciona con intelectuales, con poetas y semipoetas, y
su otra vida, su otra realidad de muchacho provinciano pobre, de penurias y
hambre. En 1923 aparece Crepusculario, cuyos gastos de publicación sufragó él
mismo con la colaboración de amigos, que es reconocido por escritores como
Alone, Raúl Silva Castro y Pedro Prado. Al año siguiente, su Veinte poemas de
amor y una canción desesperada se convirtió en un éxito de ventas (ha
superado el millón de ejemplares), y lo situó como uno de los poetas más
destacados de Latinoamérica. En el que aún se nota una influencia del
modernismo. Posteriormente se manifiesta un propósito de renovación formal de
intención vanguardista en tres breves libros publicados en 1926: El habitante y
su esperanza ; Anillos (en colaboración con Tomás Lagos) y Tentativa del
hombre infinito.
Entre las numerosas obras que le siguieron destacan Residencia en la tierra
(1933), que contiene poemas impregnados de trágica desesperación ante la visión
de la existencia del hombre en un mundo que se destruye, y Canto general (1950),
un poema épico-social en el que retrata a Latinoamérica desde sus orígenes
precolombinos. La obra fue ilustrada por los famosos pintores mexicanos Diego
Rivera y David Alfaro Siqueiros. Como obra póstuma se publicaron, en el mismo año
de su fallecimiento, sus memorias, con el nombre de Confieso que he vivido.
Poeta enormemente imaginativo, Neruda fue simbolista en sus comienzos, para
unirse posteriormente al surrealismo y derivar, finalmente, hacia el realismo,
sustituyendo la estructura tradicional de la poesía por unas formas expresivas
más asequibles. Su influencia sobre los poetas de habla hispana ha sido
incalculable y su reputación internacional supera los límites de la lengua.
En reconocimiento a su valor literario, Neruda fue incorporado al cuerpo
consular chileno y, entre 1927 y 1944, representó a su país en ciudades de
Asia, Latinoamérica y España. De ideas políticas izquierdistas, fue miembro
del Partido Comunista chileno y senador entre 1945 y 1948. En el año 1970 fue
designado candidato a la presidencia de Chile por su partido y, entre 1970 y
1972, fue embajador en Francia. En 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura y
el Premio Lenin de la Paz. Antes había obtenido el Premio Nacional de
Literatura (1945).
Falleció en Santiago el 23 de septiembre de 1973
Sucede que me
canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las
peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me
canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería
delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir
siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí
tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndose de pena
Por eso el día
lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a
ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de
color azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo
con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas
que lloran lentas lágrimas sucias.
Escuchale recitado por Ismael Serrano
Oda a la Crítica
Yo
escribí cinco versos: uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era
corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura.
Y bien, los hombres, las mujeres,
vinieron y tomaron
la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa
construyeron
paredes, pisos, sueños,
En una línea de mi poesía
secaron ropa al viento.
Comieron mis palabras,
las guardaron
junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.
Entonces, llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos,
elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente
vestidos de cadáveres,
algunos partidarios
del rey y su elevada monarquía,
otros se habían
enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
sencillamente
ingleses
y entre todos se lanzaron
con dientes y cuchillos,
con diccionarios y
otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron
a disputar mi pobre poesía
a las sencillas gentes
que la amaban:
y la hicieron embudos,
la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura.
Porque no fui bastante
popular para ellos
o impregnados de
dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas,
se retiraron todos y entonces,
otra vez, junto a mi poesía
volvieron a vivir
mujeres y hombres,
de hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron relámpago y anillo.
Y ahora, perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.
Escucharle recitado por Joaquin Sabina
En su llama
mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas.
Muda, mi amiga,
sola en los solitario de esta hora de muertes
y llena de las vidas del fuego,
pura heredera del día destruido.
Del sol cae un
racimo en tu vestifo oscuro.
De la noche las grandes raíces
crecen de súbito desde tu alma,
y a los exterior reresan las cosas en ti ocultas,
de modo que un pueblo pálido y azul
de ti recién nacido se alimenta.
Oh
grandiosa y fecunda y magnética esclava
del círculo que en negro y dorado sucede:
erguida, trata y logra una creación tan viva
que sucumben sus flores, y llena es de tristeza
Es la mañana
llena de tempestad
en el corazón del verano.
Como pañuelos
blancos de asiós viajan las nubes,
el viento las sacude con sus viajeras manos.
Innumerable
corazón del viento
latiendo sobre nuestro silencio enamorado.
Zumbando entre
los árboles, orquestal y divino,
como una lengua llena de guerras y de cantos.
Viento que lleva
en rápido robo la hojarasca
y desvía las
flechas latientes de los pájaros.
Viento que
derriba en ola sin espuma
y sustancia sin peso, y fuegos inclinados.
Se
rompe y se sumerge su volumen de besos
combatido en la puerta del viento del verano.
Para que tú me
oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Collar, cascabel
ebrio
para tus manos suaves como las uvas.
Y las miro
lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.
Ellas trepan así
por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.
Antes que tú
poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que
digan lo que quiero decirte
para que tú me oigas como quiero que me oigas.
El viento de la
angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas
bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámane, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.
Pero se van tiñendo
con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo un
collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.
Te recuerdo como
eras en el ultimo otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis
brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar
tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos añelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo
desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en
calma!
Mas allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
Allí se estira
y arde en la más alta hoguera
mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago.
Hago rojas señales
sobre tus ojos ausentes
que olean como el mar a la orilla de un faro.
Sólo guardas
tinieblas, hembra distante y mía,
de tu mirada emerge a veces la costa del espanto.
Inclinado en las
tardes echo mis tristes redes
a ese mar que sacude tus ojos oceánicos.
Los pájaros
nocturnos picotean las primeras estrellas
que centellean como mi alma cuando te amo.
Galopa la noche
en su yegua sombría
desparramando espigas azules sobre el campo.
Me
gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las
cosas están llena de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando
callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te
hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres
como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es
de estrella, tan lejano y sencillo.
Me
gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
No te amo como
se fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.
Te amo como la
planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,
sino
así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tu ojos con mi sueño.
Escribir, por
ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la
noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más triste esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches
como ésta la tuve entre mis brazos.
¡La besé tantas veces bajo el cielo infinito!
Ella me quiso, a
veces yo también la quería.
¡Como no haber amado sus grandes ojos fijos!
Puedo escribir
los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche
inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que
mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A
lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para
acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche
que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero,
es cierto, ¡pero cuánto la quise!
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será
de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero,
es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches
como ésta, la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea
el último dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.
Soneto XXV
Antes
de amarte, amor,
nada era mío:
vacilé por las calles y las cosas:
nada contaba ni tenía nombre:
el mundo era del
aire que esperaba.
Yo
conocí salones cenicientos,
túneles habitados por la luna,
hangares crueles
que se despedían,
preguntas que insistían
en la arena.
Todo estaba vacío,
muerto y mudo
caído, abandonado y decaído,
todo era inalienablemente ajeno,
todo era de otros y de nadie,
hasta que tu belleza y tu pobreza
llenaron el otoño de regalos
Soneto XVII
No
te amo como si fueras
rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que
propagan el fuego;
te amo como se aman
ciertas cosas oscuras,
secretamente,
entre la sombra y el alma.
Te
amo como la planta
que no florece y lleva
dentro de sí, escondida,
la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive
oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma
que ascendió de la tierra.
Te
amo sin saber cómo,
ni cuándo, ni dónde
te amo directamente sin
problemas ni orgullo:
así te amor, porque no
sé amar de otra manera,
sino así de este modo
en que no soy ni eres,
tan cerca de tu mano
sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran
tus ojos con mi sueño.
Cuando
tus manos salen,
amor, hacia las mías.
qué me traen volando?
Por qué se detuvieron
en mi boca, de pronto,
por qué uñas reconozco
como si entonces, antes
las hubiera tocado,
como si antes de ser
hubieran recorrido
mi frente, mi cintura?
Su
suavidad venía
volando sobre el tiempo,
sobre el mar, sobre el humo,
sobre la primavera,
y cuando pusiste
tus manos en mi pecho,
reconocía esas alas
de paloma dorada,
reconocía esa greda
y ese color de trigo.
Los
años de mi vida
yo caminé buscándolas.
Subí
las escaleras,
crucé los arrecifes,
me llevaron los trenes,
las aguas me trajeron,
y en la piel de las uvas
me pareció tocarte.
La madera de pronto
me trajo tu contacto,
la almendra me anunciaba
tu suavidad secreta,
hasta que se cerraron
tus manos en mi pecho
y allí como dos alas
terminaron su viaje.
PIDO SILENCIO
AHORA
me dejen tranquilo.
Ahora se acostumbren sin mí.
Yo
voy a cerrar los ojos
Y
sólo quiero cinco cosas,
cinco raices preferidas.
Una
es el amor sin fin.
Lo
segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
vuelen y vuelvan a la tierra.
Lo
tercero es el grave invierno,
la lluvia que amé, la caricia
del fuego en el frío silvestre.
En
cuarto lugar el verano
redondo como una sandía.
La
quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero
ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
por que tú me sigas mirando.
Amigos,
eso es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.
Ahora
si quieren se vayan.
He
vivido tanto que un día
tendrán que olvidarme por fuerza,
borrándome de la pizarra:
mi corazón fue interminable.
Pero
porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.
Sucede
que soy y que sigo.
No
será, pues, sino que adentro
de mí crecerán cereales,
primero los granos que rompen
la tierra para ver la luz,
pero la madre tierra es oscura:
y dentro de mí soy oscuro:
soy como un pozo en cuyas aguas
la noche deja sus estrellas
y sigue sola por el campo.
Se
trata de que tanto he vivido
que quiero vivir otro tanto.
Nunca
me sentí tan sonoro,
nunca he tenido tantos besos.
Ahora,
como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.
Déjenme
solo con el día.
Pido permiso para nacer.
LXVI
NO
TE QUIERO sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.
Te
quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.
Tal
vez consumirá la luz de enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.
En esta historia sólo yo me
muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.
PADRE DE CHILE
Recabarren,
hijo de Chile,
padre de Chile, padre nuestro,
en tu construcción, en tu línea
fraguada en tierras y tormentos
nace la fuerza de los días
venideros y vencedores.
Tú
eres la patria, pampa y pueblo,
arena, arcilla, escuela, casa,
resurrección, puño, ofensiva,
orden, desfile, ataque, trigo,
lucha, grandeza, resistencia.
Recabarren,
bajo tu mirada
juramos limpiar las heridas
mutilaciones de la patria.
Juramos
que la libertad
levantará su flor desnuda
sobre la arena deshonrada.
Juramos
continuar tu camino
hasta la victoria del pueblo.
LOS
MUERTOS DE LA PLAZA
(28 de enero de 1948. Santiago de Chile)
YO
no vengo a llorar aquí donde cayeron:
vengo a vosotros, acudo a los que viven.
Acudo a ti y a mí y en tu pecho golpeo.
Cayeron otros antes. Recuerdas? Sí,
recuerdas.
Otros que el mismo nombre y apellido
tuvieron.
En San Gregorio, en Lonquimay lluvioso,
en Ranquil, derramados por el viento,
en Iquique, enterrados en la arena,
a lo largo del mar y del desierto,
a lo largo del humo y de la lluvia,
desde las pampas a los archipiélagos
fueron asesinados otros hombres,
otros que como tú se llamaban Antonio
y que eran como tú pescadores o herreros:
carne de Chile, rostros
cicatrizados por el viento,
martirizados por la pampa,
firmados por el sufrimiento.
Yo encontré por los muros de
la patria,
junto a la nieve y su cristalería,
detrás del río de ramaje verde,
debajo del nitrato y de la espiga,
una gota de sangre de mi pueblo
y cada gota, como el fuego, ardía.
CUÁNDO
DE CHILE
OH
Chile, largo pétalo
de mar y vino y nieve,
ay cuándo
ay cuándo y cuándo
ay cuándo
me encontraré contigo,
enrollarás tu cinta
de espuma blanca y negra en mi cintura,
desencadenaré mi poesía
sobre tu territorio.
Hay
hombres
mitad pez, mitad viento,
hay otros hombres hechos de agua.
Yo
estoy hecho de tierra.
Voy por el mundo
cada vez más alegre:
cada ciudad me da una nueva vida.
El mundo está naciendo.
Pero si llueve en Lota
sobre mí cae la lluvia,
si en Lonquimay la nieve
resbala de las hojas
llega la nieve donde estoy.
Crece en
mí el trigo oscuro de Cautín.
Yo tengo una araucaria en Villarrica,
tengo arena en el Norte Grande,
tengo una rosa rubia en la provincia,
y el viento que derriba
la última ola de Valparaiso
me golpea en el pecho
con un ruido quebrado
como si allí tuviera
mi corazón una ventana rota.
El mes de
octubre ha llegado hace
tan poco tiempo del pasado octubre
que cuando éste llegó fue como si
me estuviera mirando el tiempo inmóvil.
Aquí es otoño. Cruzo
la estepa siberiana.
Día tras día todo es amarillo,
el árbol y la usina,
la tierra y lo que en ella el hombre nuevo crea:
hay oro y llama roja,
mañana inmensidad, nieve, pureza.
En mi
país la primavera
viene de norte a sur con su fragancia.
Es como una muchacha
que por las piedras negras de Coquimbo,
por la orilla solemne de la espuma
vuela con pies desnudos
hasta los archipiélagos heridos.
No sólo territorio, primavera,
llenándome, me ofreces.
No soy un hombre solo.
Nací en el sur. De la frontera
traje las soledades y el galope
del último caudillo.
Pero el Partido me bajó del caballo
y me hice hombre, y anduve
los arenales y las cordilleras
amando y descubriendo.
Pueblo
mío, verdad que en primavera
suena mi nombre en tus oídos
y tú me reconoces
como si fuera un río
que pasa por tu puerta?
Soy
un río. Si escuchas
pausadamente bajo los salares
de Antofagasta, o bien
al sur, de Osorno
o hacia la cordillera, en Melipilla,
o en Temuco, en la noche
de astros mojados y laurel sonoro,
pones sobre la tierra tus oídos,
escucharás que corro
sumergido, cantando.
Octubre,
oh primavera,
devuélveme a mi pueblo.
Qué haré sin ver mil hombres,
mil muchachas,
qué haré sin conducir sobre mis hombros
una parte de la esperanza?
Qué haré sin caminar con la bandera
que de mano en mano en la fila
de nuestra larga lucha
llegó a las manos mías?
Ay Patria, Patria,
ay Patria, cuándo
ay cuándo y cuándo
cuándo
me encontraré contigo?
Lejos
de ti
mitad de tierra tuya y hombre tuyo
he continuado siendo,
y otra vez hoy la primavera pasa.
Pero yo con tus flores me he llenado,
con tu victoria voy sobre la frente
y en ti siguen viviendo mis raíces.
Octubre,
oh primavera,
devuélveme a mi pueblo.
Qué haré sin ver mil hombres,
mil muchachas,
qué haré sin conducir sobre mis hombros
una parte de la esperanza?
Qué haré sin caminar con la bandera
que de mano en mano en la fila
de nuestra larga lucha
llegó a las manos mías?
Ay Patria, Patria,
ay Patria, cuándo
ay cuándo y cuándo
cuándo
me encontraré contigo?
Lejos
de ti
mitad de tierra tuya y hombre tuyo
he continuado siendo,
y otra vez hoy la primavera pasa.
Pero yo con tus flores me he llenado,
con tu victoria voy sobre la frente
y en ti siguen viviendo mis raíces
El Cartero de Neruda

“En conclusión, debo decir a los
hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero
porvenir fué expresado en esa frase de Rimbaud: Sólo con una ardiente
paciencia conquistaremos la esplendida ciudad que dará luz, justicia y dignidad
a todos los hombres. Así la poesia no habrá cantado en vano.“
Con
estas palabras finalizaba Pablo Neruda su discurso en la ceremonia en la que se
le entregaba el Premio Nobel de Literatura (Estocolmo, 1971)..
Años
más tarde un compatriota suyo, Antonio Skármeta, exiliado en Alemania a raíz
del golpe de estado de 1973, escribe una obra de teatro en la que uno de sus
protagonistas es el propio poeta. El título lo obtendrá de aquella misma cita
de Rimbaud: “Ardiente paciencia”.
La
obra fué inmediatamente representada con gran éxito tanto en Europa como en América
y en 1983 el propio Skármeta dirige su versión cinematográfica, a la que da
el mismo título. La película, que fué rodada en Portugal, obtuvo, entre
otros, el primer premio en el Festival de Biarritz, y su realización animó a
Skármeta a completar el relato dándole una forma novelada.
Independientemente
de la transcripción íntegra de algunos diálogos claves de la obra de teatro
original, es esta última versión novelada la que Maskarada ha querido recoger
como base de su adaptación. Al contrario que en otras versiones de esta misma
obra (“Il Postino” Michael Radford-1995) hemos querido recrear la historia
en su marco geográfico e histórico original, es decir, el Chile de Allende y
los últimos años de Pablo Neruda transcurridos entre viajes y estancias en su
casa de Isla Negra. La gran condensación de acontecimientos que rodean la
historia que se relata en esta obra y que jalonan los últimos años del poeta
fué uno de los aspectos más atractivos que nos animaron a realizar este espectáculo,
siendo también de resaltar la presencia sugerente de la casa de Isla Negra y
las colecciones de objetos que el poeta depositó en ella (mascarones de proa,
caracolas, botellas.....)
Con
el objeto de documentar al máximo nuestro trabajo, además de contar con la
colaboración del propio autor, contactamos en Chile con un buen número de
personas e instituciones tales como la Fundación Pablo Neruda, la Fundación
Salvador Allende y la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de
Chile. A todos ellos queremos expresarles aquí nuestro reconocimiento por
ayudarnos a situarnos con el rigor que deseábamos.
Les
invitamos, por tanto, a un viaje a través de esta historia que comienza en las
costas del Pacífico chileno a finales de los míticos años sesenta.
Sinopsis del guión
Un joven cartero de Isla Negra tiene como único cliente al poeta Pablo Neruda. No le importa transportar grandes fardos de cartas en su bicicleta para una única fuente de propinas porque admira enormemente al poeta en el que ve todo lo que él echa en falta en la pequeña aldea de pescadores en la que vive: cultura, cosmopolitismo, fama y ...correspondencia ("montones de cartas, y la mayoría de mujeres" se queja con envidia en un momento).