Por Mario Linovesky
Desde que Tomás Moro, allá por principios del siglo XVI, acuñara la palabra Utopía (De su obra en latín titulada: De optimo reipublicae statu de que nova insula Utopia), dicho término, significativamente humanista, fue meticulosamente bastardeado; al punto de usárselo para descalificar, agregándole un dejo de burla o ironía, cualquier propuesta por plausible que ella fuera. Así, las más disímiles iniciativas que apuntasen a la concordia entre partes en conflicto, serían tildadas desde entonces de utópicas y, puesto que en todo enfrentamiento hay sinfín de intereses en juego, deshonestamente descartadas. Esto ocurre hoy en día en el convulsionado Medio Oriente, donde como ya aclaráramos en otras notas, gracias a la desaparición física del inmutable opositor a la paz Arafat, se ha abierto el camino para que los países árabes reconozcan por fin y para siempre la existencia del Estado de Israel y que este último admita el establecimiento en Judea, Samaria y Gaza de una nueva nación llamada Palestina, dando término a décadas de enfrentamientos. Nadie afirmó por supuesto que las tratativas serían fáciles ni inmediatas. No pueden serlo después de tantos años de guerra. Aun así, importa y mucho, que exista la voluntad por lograrlo y eso está lejos de constituir una utopía. Como no fue fácil su lucha para el Mahatma Gandhi, quien en circunstancias sumamente adversas jamás bajó los brazos y finalmente consiguió su objetivo; o para Martin Luther King y hasta para el mismísimo Nelson Mandela, hombres que persistieron en su batallar pacífico pese a tener todo en contra, y terminaron consolidando la liberación y los derechos de su gente.
Por eso hoy, en medio de la catástrofe que significa el desboque universal del terrorismo, dos pueblos que hasta ayer parecían enemigos irreconciliables, están intentando reformar sus relaciones. Y de seguro arribarán a buen puerto, en tanto la mayoría de su gente, ya cansada de tanta muerte inútil, apoye las gestiones que en pro de la concordia y la mutua tolerancia (fea palabra ésta, pero de momento irremplazable), se están llevando a cabo. Para ello, es preciso que esa mayoría no se deje amedrentar ni engañar por las provocaciones que, de uno y otro lado, intentaron, intentan y seguirán intentando sus sectores minoritarios y fundamentalistas. Porque de seguro que habrá más criminales suicidas como el de Natania y que cohetes Kassam seguirán cayendo desde Gaza, Judea y Samaria a territorio israelí. Nada sorprendente, en tanto sus sempiternos autores pertenecientes al sector integrista árabe palestino, sigan amando la guerra y odiando la paz. Pero, desde el lado israelí, hay también quienes con su comportamiento les dan asidero u obran de parecido modo. Ya que si las organizaciones terroristas ven el campo propicio, aprovecharán la circunstancia e incrementarán su vandalismo. Y notaremos entonces que de nada sirve el capricho de los colonos por mantenerse en tierras que les son ajenas, menos aún utilizando la violencia para permanecer en ellas. Como que tampoco valdrá que sigan con sus inveteradas “atzagot” (representaciones de tipo teatral) tales como las que ahora vienen llevando a cabo, con su dosis de mal gusto y de insulto a la memoria (ponerse el Maguén David naranja cosido a su ropa como le sucedió a los judíos en la Alemania nazi o pintarse el número de documento en el brazo como en los campos de concentración) de las víctimas de la Shoá. Por lo antedicho, ni unos, los terroristas, ni los otros, los reaccionarios opuestos a la desconexión, lograrán torcer, aunque sí lamentablemente dificultar, la vocación pacifista de las mayorías, que a esta altura se ha vuelto imprescindible.
Entretanto, ambos pueblos no deberán desesperar y exigir una solución mágica al conflicto. Si como está escrito en la Torá, Moshé Rabeinu (Moisés, nuestro maestro) condujo al pueblo que recién liberaba de la esclavitud por espacio de 40 años y esto para cruzar un territorio de pocos kilómetros, no lo hizo por ser un desorientado ni por simple capricho. Antes bien, fue una sabia decisión, a los efectos de que los componentes adultos de ese pueblo que traían consigo todas las taras de la esclavitud fuesen desapareciendo gradualmente, siendo reemplazados por hombres nuevos con una mentalidad libre. Y a tanto llegó su celo en esto que ni a sí mismo se perdonó, y jamás entró a la “tierra prometida”. Del mismo modo, nosotros, que pertenecemos, somos los legítimos herederos de esa nación bíblica, tenemos que aprender de aquellas preclaras enseñanzas. Y ya que en nuestras oraciones mencionamos frecuentemente al insigne maestro, guardemos como él la debida paciencia (que ojalá no dure 40 años como entonces) y no nos dejemos llevar por las provocaciones que se vienen dando, tanto del lado contrario como del nuestro también, y cuya única intención es prolongar el actual estado de guerra para sacar provecho de él. Ojalá lo consigamos y veamos al árabe no como enemigo sino como amigo, así como lo hicieron antaño nuestros filósofos y talmudistas con el ilustre árabe-cordobés Averroes. Y, en contrapartida, entreguémosle una visión nuestra (de los judíos e israelíes) diferente a la de un Ovadia Iosef, los colonos fundamentalistas u otros reaccionarios por los que hoy nos identifican, haciendo revivir las imágenes de los Iosef Caro, Spinoza, Maimónides y tantos otros, (los 130 Premios Nóbel incluidos), de los que tenemos de sobra en nuestra historia para enorgullecernos. Y por último, si no podemos evitar la muerte, ya que ésta es un designio de Dios, tratemos al menos que ella se produzca por causas naturales y no por el antojo irracional de unos pocos obnubilados. En pocas palabras, trastroquemos el título de esta nota odiando la guerra y su insito dolor, para amar la paz y todos los beneficios que la misma comporta. Ni más ni menos, pongamos las cosas en el lugar que les corresponde.
Hay una fuerza mucho más poderosa que la energía nuclear: “la voluntad del hombre” – Albert Einstein
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