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Mis primeros articulos

 

IR DE PUTAS

Por Mario Linovesky

En mi pueblo- contaba un hombre a su audiencia- vive un ciego que con sólo pasarle la mano por el lomo a un caballo, adivina de que color es. – ¿Y acierta?- fue la inevitable pregunta de sus escuchas. A la que tuvieron por respuesta. – ¡Ni de casualidad! Hoy esto, que en principio no debería ser más que un simpático cuento aldeano, se ha transformado en una ingrata realidad. Porque debido a las bombas puestas en Londres el personaje del cuento se ha corporizado, tomando la forma de comentaristas, politólogos, analistas, filósofos y otros figurones mediáticos, cuyos desaciertos no son menores que los del ciego de marras. Es que desde que ocurrió el ataque, con su retahíla de muertos y heridos, se acentuó en pantallas de TV, radios, diarios e Internet la presencia de dichos comentaristas ahora devenidos en profetas, y de cuya boca salen a borbotones toda suerte de despropósitos, intentando pronosticar, ya que a todo se animan, que es lo que habrá de ocurrir en el futuro cercano con nuestro vapuleado mundo hoy cercado por el terror islámico. Un mundo que ha perdido toda compostura después del atentado en la capital británica, tanto que otras agresiones posteriores pero hechas por criminales de idéntica extracción, no han alcanzado para conmoverlo. Ni la sucedida en Netanya pocas jornadas más tarde, ni las que se dan a diario en el convulsionado Irak, y ni siquiera las que inevitablemente sucederán en un mañana próximo (que rápido, en el día de hoy en la mismísima Londres), debido a la desidia, dejadez o cobardía de quienes tendrían que abortarlas. Pasa que en tanto los gurúes de las prognosis, llámense Huntington, Fukuyama o Negri sigan discutiendo sus personales tesis sobre lo que denominan Imperio y los males o bondades que éste conlleva, y los miles y miles de analistas aparecidos como hongos para explicar las catástrofes persistan en repartir culpas a diestra y siniestra, una única realidad seguirá imponiéndose y es la de las bombas que explotan aquí y allá, matando y mutilando a gente cuya única ambición es, o era, vivir en paz y armonía.

No negaré, sería pueril hacerlo, que a occidente le asiste en parte la culpa por el desastre que nos preocupa; pero tampoco resultaría sensato endilgarle toda la responsabilidad por la miseria y la consecuente desesperación en que se encuentran sumidas millones de personas, a lo largo y ancho del planeta. Porque en cada sitio donde hay desesperanzados, algún o algunos cuantos déspotas, forrados en dinero y amparados en la bendición de ciertos clérigos que comparten su poder, son tanto o más responsables que occidente por dicho desaliento. Sin embargo, las bombas van unilateralmente dirigidas a este último, cosa que habría que leer cuidadosamente y sin usar los parámetros conque los espantadizos de este lado tratan de justificar tan vandálicos actos. Aquiles Fabregat, un escritor uruguayo por el que siento un profundo respeto, solía pontificar: “lo malo no está en decir estupideces, sino en decirlas con énfasis”. Un consejo que es tozudamente desoído por la mayoría de esos comentaristas que invadieron últimamente los medios, quienes de una u otra manera buscan inducirnos a aceptar sin más ambages, las desmesuradas demandas del terrorismo. Ejemplo de ello es (resultado de la campaña mediática pro islamo- arábiga), el desatino perpetrado por el presidente ibérico José Luis Rodríguez Zapatero al acceder a la retirada de las tropas españolas de Irak, dándole así la razón a quienes asesinaron a sus compatriotas a fuerza de bombazos. Un patrón de conducta que pese a poner en vidriera aquella vergüenza de “soldado que huye, sirve para otra guerra”, está a punto de ser imitada por otras naciones igualmente asustadizas. Pero... ¿es ésta la forma ideal de afrontar el conflicto?, ¿Vale la pena despegarse de los aliados naturales por obra de la coerción, aun cuando dichos aliados se hayan equivocado y mucho? Cuidado con las respuestas, porque habría que ver si éstas son las verdaderas motivaciones de los terroristas. Particularmente, recelo que no. Muchísimos analistas neutrales y bienintencionados, piensan y dicen lo mismo.

En cuanto a las equivocaciones de occidente, ciertas por otro lado y debidas a su propia culpa, permítaseme hacer una comparación que considero válida: “si un sujeto insolvente, o sea con muy poco dinero en sus bolsillos, un día cualquiera, cediendo a un arranque de irresponsabilidad se le ocurre “ir de putas” (empleando la jerga española) y para ello entra en un cabaret de lujo donde además de manosear carísimas hetairas pide para sí e invita con champaña a toda la concurrencia, se sentirá en ese período verdaderamente de maravillas, como si fuese el mismísimo Rey del Universo. Y sobrellevará tal sensación durante todo el tiempo que dure su jarana, hasta que, acabada la misma, los encargados del local le presenten la “cuenta”. En ese momento advertirá la enormidad del yerro que ha cometido y, por no poder pagar, sufrirá una tremenda golpiza por parte de los gorilas que en dichos lugares contratan a ese efecto.

A occidente le ocurrió algo parecido, si no más grave. Puesto a acariciar putas, lo hizo con total desmesura, cosa que lo llevó a la situación actual. Porque fue occidente el que sin necesidad alguna se metió en el hipotético cabaret de lujo, lisonjeando a cuanta meretriz encontraron a mano en el mundo árabe y concediéndole todos sus antojos, por delirantes que ellos fueran. Los ejemplos abundan, pero con uno sólo será suficiente para demostrarlo, a fin de determinar las causas del horror que ahora estamos padeciendo. Un hecho que aparece pequeñito examinado con la desidia que hoy nos caracteriza, pero de gravedad extrema por haber marcado un hito en esta historia de terror. Ocurrió en 1974 en el seno de la Asamblea de la ONU, donde delegados de todas las naciones del universo, salvo unos pocos que lo repudiaron, admitieron que un repulsivo terrorista llamado Yasser Arafat dirigiese la palabra a la solemne audiencia, con una pistola calzada al cinto. Fue en ese momento precisamente, cuando se convalidó por medio del silencio que un matón de pacotilla pasase por encima de toda norma de convivencia, en el que se le abrió la puerta al terrorismo ahora ya despojado de afeites. Y eso que hacía tan sólo dos años, la gente de ese mismo matón había asesinado a varios atletas israelíes y policías alemanes, en las Olimpíadas de Munich, además de haber tronchado en el ínterin la vida de muchísimas otras personas, en los más disímiles puntos del planeta. Y entonces ocurrió lo que todos sabemos, puesto que la blandura de la ONU al haber permitido la payasada del egipcio palestino en su seno, hizo que las bandas integristas islámicas se sintieran autorizadas a ejecutar toda clase de tropelías; cosa que sin ningún pudor… hicieron. Y universalizaron su accionar, pues no sólo fueron en o contra Israel y el pueblo judío, sus enemigos preferidos, sino en y contra todo occidente. Así, por el mero hecho de haber claudicado de su esencia acariciando a las putas, es que sus proxenetas le pasaron la factura a occidente. Una factura a tal punto desmesurada, que para saldar la misma nuestra civilización carece de medios. Porque los matones lo exigen todo, absolutamente todo, a cambio de detener el castigo. ¿Qué se le va a hacer?, tal como propone un popular dicho: “calavera no chilla” (úsase en la zona rioplatense para reprender al que abusa de la diversión y la bebida, siendo al día siguiente víctima de una indeseable y horrible descompostura).

Entretanto y sigilosamente, nos vimos todos envueltos en el conflicto que ahora nos afecta. Algunos, atinadamente, lo denominan IV Guerra Mundial, aunque por sus características no tenga parangón con las tres anteriores sucedidas. Porque no hay aquí naciones implicadas, sino, aunque para ciertos analistas resulte urticante siquiera oírlo, se trata de un choque de civilizaciones, y, básicamente, religioso. Quien tenga el suficiente valor y paciencia para abocarse a la lectura del Corán, podrá corroborarlo. En él precisamente, hallará pasajes donde no sólo se habla de eliminar físicamente al infiel (todo aquel que no pertenezca al Islam), sino que se induce a los creyentes a llevar estas muertes a cabo. Y si bien una importantísima parte, la inmensa mayoría de los musulmanes, simplemente reza dichos pasajes, hay un sector de ellos, ínfimo en número pero decidido a todo, que los toman al pie de la letra. Y son estos últimos quienes con bombas y ataques arteros, tienen en jaque a occidente. Con un agregado que aunque ridículo, no por ello resulta menos fatal para sus víctimas: la financiación, la logística y los justificativos de los actos de terror masivos, provienen de la permisividad y no pocas veces de los erarios públicos... de sus propios países. No otra cosa ha hecho la Unión Europea otorgándoles, sobre todo al gobierno palestino, mentor principal o iniciador de esta escalada terrorista, miles de millones de euros, de los cuales ni uno sólo fue utilizado para mejorar la pauperización, la abyecta miseria, en que se encuentra sumido dicho pueblo.

Pues bien, en tanto nuestra civilización persista en su política de “temer y conceder”, que no nos asombre que continúen las bombas. Bombas que por otra parte son previamente anunciadas, aunque, para asegurar su efectividad, sin precisar fecha y hora. Y ante esto lo más letal es esperar y negociar, porque los terroristas no negocian y mucho menos esperan. Antes bien, en servicio a su Dios guerrero, responden a cualquier propuesta que se les haga, con bombas, secuestros y decapitaciones.

Occidente por su parte, tarde o temprano, se verá obligado a enfrentarlos. Esto cuando pierda la paciencia, al notar que de nada han servido sus políticas conciliadoras. Y cuando advierta que igualmente inútiles resultan sus justificaciones, acusando a quienes están en su propio campo. Tal como lo hace el niño en la escuela primaria, cuando comete alguna falta grave; para salvar su cuero, inevitablemente acusa, y admite que se sancione, a su compañerito más vulnerable. Curiosamente lo que una buena parte de Occidente hace acusando de todos los males que lo aquejan, al pequeñísimo y acorralado… Estado de Israel.


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