¡Vulnerant omnes, ultima necat! (del latín: ¡Todas hieren, la última mata!) , era un enunciado ciertamente perturbador que en la antigüedad, y con referencia a las horas, solía encontrarse escrito en los relojes de las iglesias; una frase la antedicha que, aunque necia y de suyo perogrullesca, buscaba alertar al vulgo sobre la inevitabilidad del fin de la vida humana. Y a tal punto resulta ésto así de cierto, por obvio que parezca, que la tan temida muerte del mismo modo afecta al pobre y al rico, al gordo y al flaco, al intelectual y al ignorante, como así también a cualquier intermedio de entre todos ellos, con la sola condición de que viva y respire. Sin embargo y aún cuando la desaparición física nos aguarda a todos por igual en algún momento de nuestro andar, existen particularidades bien marcadas entre una muerte y otra. Así, la partida definitiva de la inmensa mayoría simplemente servirá para engrosar la estadística, mientras que sólo la memoria de unos pocos elegidos permanecerá incólume, entremezclándose para siempre en la leyenda con los grandes hombres de la humanidad.
Arik Sharón será, justamente, uno de esos elegidos. Lo será, ya lo es antes de expirar en verdad, porque pese a sus muchos errores y excesos (y ésto según el color del cristal con que se lo mire, si se me permite parafrasear a Campoamor) , tuvo la grandeza de abdicar a los intereses sectarios y luchar por acabar con una seguidilla de muertes inútiles, exitosamente desde luego. Por eso su muerte o casi segura postración han conmovido tanto, que hasta en el campo palestino ha cundido la alarma por su notoria ausencia.
Curiosamente y ayer nomás se pudo comprobar, apenas se divulgó la noticia de su “coma”, la manera en que los más feroces enemigos de Israel reemplazaban su cantinela habitual para, llamativamente y a un mismo tiempo, abandonar los calificativos soeces que solían utilizar cuando se referían al general-político hoy en agonía, recalificándolo como: “única esperanza para la paz”.
Y hoy, luego de la infausta nueva sobre el deterioro de la salud del líder, leemos en todo tipo de medios lo que el hombre en realidad fue y significó y no lo que se quiso inventar sobre él. En su mayoría expresiones dolientes que provienen de todo el arco ideológico opositor y neutral, que vislumbró, tras las acciones positivas del estadista, la necesidad de su permanencia en el cargo. Porque ni siquiera los poderosísimos EEUU de Norte América, así como tampoco la Unión Europea y menos aún cualquier otro ente contrario o crítico a su gestión, pudieron lograr algo análogo a lo conseguido por Sharón. Aun cuando en el pasado inmediato, antes del derrame cerebral que lo aqueja, no pocos lo hayan denostado y amenazado de muerte; aunque nada de esto, como vimos, sirvió para desviarlo de su rumbo. Y si bien el futuro es imprevisible, por lo que se pudo comprobar hasta ahora, quedó demostrado que Arik transitó el camino correcto, si no único hacia la paz.
De cualquier modo Sharón deja un Israel fortalecido, al que ni las amenazas del desaforado presidente iraní lograrán amilanar. Tampoco las gavillas terroristas islámicas, con el nombre que lleven. Ni los nazis o antisemitas como el Le Pen francés o el Chávez venezolano. Ni la izquierda heredera del estalinismo (hoy arrumbada en su propio autismo) , que grita enloquecida propiciando su desaparición. Gracias a hombres como él, de una valentía y entrega excepcionales, hoy el Estado Judío, siempre atacado, siempre vilipendiado, se ha convertido en potencia. No sólo bélica, sino también, y fundamentalmente, moral. Y así seguirá para siempre, porque habiendo convencimiento y resolución y basándose en esas sólidas estructuras que son: su cultura milenaria y su experiencia para sobrevivir, nada ni nadie podrán removerlo de donde está.
En tanto, ha llegado el invierno para el patriarca y sólo nos queda rezar por él. Elevar nuestras jaculatorias porque pueda superar el trance que hoy lo trae maltrecho, aunque deba retirarse de la actividad. Y si ésto no resulta posible porque Dios lo ha determinado así, tener presente que muere con las botas puestas, como el formidable General que siempre fue. Hasta el último minuto, al servicio de su pueblo. Soldado, político, bien hombre; para sus sucesores, para la población israelí y para el judaísmo en su conjunto, Arik Sharón : un ejemplo digno de imitar.
|
|





