Por Mario Linovesky
Cuando el 1º de enero de 1959 una banda de barbudos bajó de la Sierra Maestra e irrumpió en la mítica Habana derrocando a la “democracia” de Fulgencio Batista, hubo una estampida general de ciudadanos probos, quienes bajo ningún concepto hubiesen soportado mezclarse con semejante chusma. Todavía no se hablaba de comunismo, a tal punto que la toma del poder por parte de Fidel Castro contó con la inestimable ayuda del gobierno estadounidense pos maccartysmo. Posteriormente y a raíz de una serie de desinteligencias con el coloso del norte, que había supuesto la revuelta como un simple recambio de hombres que permitirían que la mayor isla de Las Antillas siguiese siendo el garito-prostíbulo para uso de la Cosa Nostra Norteamericana, empujaron a los alzados en armas a cambiar su rumbo. Por entonces el mundo estaba dividido en dos y mucho para escoger no había, de modo tal que Castro, Guevara, Cienfuegos y compañía se vieron empujados a arrebujarse bajo la tutela de la otra gran potencia. Y fue en ese momento donde todo se desmadró, las buenas intenciones primigenias se esfumaron y la guerra fría se mudó al Caribe. Las culpas, para quien quiera evaluarlo imparcialmente, pueden repartirse por partes exactamente iguales. Pues bien, instalada en la isla de Martí la política soviético-dependiente, el arco opositor, las personas “bien” que les dicen, consideraron que primero había que salvar las posesiones materiales, estimando de paso, pese a su coraje sin igual, que sería más saludable combatir al régimen desde las soleadas playas de La Florida, que hacerlo en propio suelo patrio. Y huyeron despavoridos de su querido terruño. Entre los fugitivos hubo muchísima gente buena, a que dudarlo, solamente asustada por lo incierto de su futuro; pero esa gente jamás molestó ni a unos ni a los otros y acabó mimetizándose en la sociedad que los había cobijado, conservando sus tradiciones pero cambiando de nacionalidad. Pero en la estampida se mezclaron también los personeros del régimen anterior, timberos, narcotraficantes, tratantes de blancas, una de cuyas cabezas visibles fue el tristemente célebre gangster Mas Canosa.
Y pasó de todo en esos años, como por caso el bloqueo comercial a la Isla que sumió a la población cubana en la más absoluta miseria, la insolvencia de los revolucionarios para revertir la situación, la crisis de los misiles, la invasión de Bahía de los Cochinos, el asesinato de Kennedy. Y los años pasaron en medio de esos sucesos, sin que en el fondo nada cambiase. Y lo que más persistió fue el resentimiento, sobre todo el de las personas añorantes de su patria y que soñaban algún día poder regresar.
Entre los que huyeron, gente asustada pero de ningún modo malintencionada, hubo también y mezclados, individuos de la peor calaña. Uno de ellos precisamente, ha brotado en estos últimos tiempos y sus escritos están alarmando a la gente decente. Porque no sólo escribe en contra del régimen cubano, una prerrogativa que le asiste por ser de ese origen y contrario a las políticas de la isla, sino que va muchísimo más allá. Porque de rebote e intencionalmente la emprende contra los judíos y con las peores diatribas que pone a su disposición la lengua castellana. Este pedazo de carroña, que firma Andrés Orta Candal inicia su embate historicista contra el castrismo, desde bastante antes que los pilosos revolucionarios comenzasen con sus andadas. Como no puede disimular su pertenencia ideológica al nacional-socialismo alemán, forma parte de lo que afortunadamente no es más que un sello y que reza: Fuerza Nueva, típica denominación de las organizaciones nazis en la actualidad. Y ve, para su bronca, judíos por todos lados. Y cuando no los hay, toma personajes que no son de su agrado y, sin titubear, les hace el Brit Milá. Así menciona como judío por parte de madre a Lenin, cripto-judío al judeófobo Fidel Castro y si bien aun no tuvo tiempo de convertir al Papa Ratzinger a la “raza deicida” según se ocupa en calificar a los israelitas, no os quepan dudas de que pronto lo hará, si ello le resulta beneficioso.
Visto lo antedicho, Ricardo Peisajovich, un judío de ley, me ha retado a mi, otro judío por parte de padre y madre, a rebatir los dichos de ese pobre infeliz. Un desafío que hubiese aceptado con gusto, si de desmadejar su prosa tendenciosa pero críptica y pensante se hubiese tratado. Sin embargo nada hay que merezca perder ese tiempo, puesto que el Orta Candal de marras no trae nada nuevo a la palestra. Lo suyo está tan claro, que ni falta hace analizarlo. Antes que él ya el ministro de propaganda de Hitler lo había hecho, fomentando la lectura del periódico Der Stürmer dirigido por Julius Streicher que se ocupaba de atacar a los judíos achacándoles todos los males de la humanidad, usando para ello toda suerte de mentiras. Y hoy es este ser excrementicio el que añora reencarnarse en el malhadado Streicher, editando una especie de Der Stürmer 2006, vía Internet. Anacrónico, judeófobo, fundamentalmente imbécil, ya tiene suficiente castigo viendo la supervivencia del pueblo judío y su miríada de constantes logros, y pierde los estribos por ello. Razón por la cual recomiendo, si se lo encuentra personalmente y por deporte nomás, darle una buena patada en medio del cerebro; siempre y cuando él, indisimulando su cobardía, no ande usando calzoncillos bien acolchados para minimizar tal golpe. Y por favor, no darle más importancia de la que tiene (ninguna en rigor de verdad) , que es justamente lo que este individuo acomplejado y fracasado quiere.
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