por Mario Linovesky
...o el sexto, (según cual sea la religión que los clasifica) y que dice: no matarás, es de suyo incompleto, porque le falta especificar las circunstancias en que ese acto se concreta. Dios, sin duda, prohibió matar, aunque con una excepción por demás válida: cuando quien lo hace, salva así su vida o la de los suyos . Se trata, ni más ni menos, que de la jurídica y humanamente aceptada: “defensa propia”. Los judíos (entre quienes me cuento) , recepcionistas primigenios del decálogo que gobierna la moral de los humanos y observantes a ultranza de los mandamientos del Dios único y universal, jamás han celebrado por ello la muerte. Sería faltar a uno de los principales preceptos que le dan sustento como pueblo y que le permitieron sobrevivir a toda clase de vejámenes y felonías a través de los tiempos. Sin embargo, inmersos en una guerra sucia que les fue impuesta, deben, de tanto en tanto, hacer uso de tal excepción.
El último sábado Israel, el Estado Judío, fue forzado otra vez a matar. La “víctima” fue el “victimizador” (perdón por el neologismo) de cientos de israelíes, a quienes ordenó “asesinar” (término que la mayor parte de la prensa mundial utiliza solamente cuando Israel “elimina”, palabra ésta a la que debería recurrir, a los gángsteres palestinos) de la manera más artera y sin misericordia alguna. Además no dando muestras de arrepentimiento y prometiendo más asesinatos, peores a los ya inferidos. De tal modo que el gobierno israelí se vio obligado a mandarlo al infierno para acompañar al Jeque Yassin, el otro homicida serial de judíos que despachara a lo de Satán, un mes atrás. El muerto Abdel Azis Rantissi, personalmente, ya no seguirá con sus andadas; lo que no implica que Israel deba bajar la guardia, porque quedan cientos o miles de discípulos suyos que buscarán seguir su camino y a quienes, al no poder hacerlos desistir de sus ataques por medio de la razón o las negociaciones, deberá también eliminar... allí donde se escondan.
Lo serio del asunto no es la supresión física o ejecución practicada por el ejército israelí contra el susodicho Rantissi, lo verdaderamente grave es la siembra que el mismo dejó. Y no ya entre sus “combatientes”, que son un caso perdido, sino entre los ajenos. Porque Rantissi y socios, sea con su prédica o acción, implantaron el miedo no sólo en Medio Oriente, sino en todo el mundo.
Europa, otrora tierra ilustrada y señera, donde proliferaron las ciencias y las artes, la buena vida y el progreso, y, por sobre todo, la democracia pluralista, a causa más de amenazas que de hechos concretos, tiembla hoy de miedo. Un viaje virtual por el viejo continente nos permite comprobarlo. Tan claramente, que aquí y allá, donde deberían abundar los Churchill, los De Gaulle u otros de igual valía, vemos que aparecen supliéndolos los muchos Chamberlain o Zapatero que hoy rigen en aquellas tierras.
Aunque lo terrible, lo doloroso, no son en este caso las conductas o procederes de sus gobernantes, achuchados todos ellos de terror. Más grave todavía resulta el efecto que tal terror instaló en la opinión pública, casi lindante con el pánico. Detengámonos un momento en España, donde tres bombas, como las que en Israel explotan diariamente, fueron suficientes para hacer caer al gobierno. Allí el pueblo, no por ideología sino por miedo, suplantó al falangista Aznar por el ubicuo y medroso Zapatero. Quien en su primer acto de gobierno se arrodilló pusilánimemente ante el Islam fundamentalista retirando las tropas peninsulares de Irak, creyendo que así postergaba para siempre las bombas. Decreto éste que sin embargo sorprendió a muchos analistas, quienes aseguraban que el primer paso de Al Zapatero sería obligar a todos los Manolos castizos, a cambiar su nombre por el más coherente (atento a sus inclinaciones pro árabes) Majmud.
Bromas aparte, desde luego que no es reptando ante el invasor como se sacaran el problema de encima. El camino, el único camino cuando se tiene tamaña amenaza ya instalada en el propio domicilio, es el señalado y practicado por Israel: combatirlos.
Pero claro, por ser justamente Israel quien lleva la posta y en vista de esa conjunción de pareceres adversos por todo lo que hagan los judíos, los amenazados europeos se resisten a imitarlos. No sólo se resisten, sino que acompañan su inacción con fuertes diatribas y encarnizadas críticas a quien, forzado por las circunstancias, se ve obligado a defenderse como puede. Ayer nomás pude experimentar personalmente, tratando de discutir con un amigo español de nacimiento pero que vivió siempre en Argentina la eliminación del criminal Rantissi, como el accionar de este último y de sus compinches llegó a influir en el ánimo del ciudadano indefenso y acobardado. El terror generalizado en que está sumergida Europa, comprobé entonces, ya abarca al resto de occidente. Porque la reacción de mi amigo, un profesional ingeniero además de ejecutivo de una multinacional o sea un individuo intelectualmente competente, y con quien desde siempre hemos analizado los más diversos temas deslindando la agresión personal, fue enteramente impropia apenas abordé el tópico. Se levantó airado y comenzó a hacer aspavientos, en tanto gritaba:- tu Sharón está completamente loco, es un asesino, un nazi, - para agregar, dejando traslucir su verdadero estado, que no era otro que el del miedo - ¡Nos va hacer matar a todos!
Y aquí está el quid de la cuestión: para aventar el desasosiego que provocaron las bombas se opta por hacer lo que se comenta del avestruz, escondiendo la cabeza bajo tierra. La última frase de mi amigo no deja lugar a dudas. Fue decirme, con otras palabras, déjense matar ustedes los judíos, así nosotros podemos dormir en paz . Y así, encubriéndose, seguramente pensará que la tercera guerra mundial que está no está y que el pequeñísimo conflicto de Medio Oriente, si se quiere irrelevante (o que debería serlo) a escala planetaria, es el culpable de los nuevos padeceres que aquejan a Occidente a partir del 11 de setiembre de 2001.
Se equivoca en todo mi amigo. En primer término, porque los judíos no nos dejaremos matar así como así, aun cuando nos critiquen o nos cataloguen malamente. Israel está donde está y de allí no se mueve, tenga que combatir como sea. Pero además la Tercera Guerra Mundial, la del Islam fundamentalista y expansionista, pese a las sonrisitas sarcásticas conque se recibe esta afirmación, ya fue declarada. Y van los agresores por Al Andaluz (que es ni más ni menos que toda España) y por Roma y por todo el occidente cristiano. Su meta, casi diríamos única meta, es implantar en todo el orbe gobiernos musulmanes teocráticos, como el que hubo en Afganistán y hay en Irán. Acabándose así las libertades y el modo de vida que hoy ostenta occidente, aun con todas sus injusticias a cuestas. Acabándose definitivamente la “posibilidad” de discutir (con las teocracias no se disiente) o de cambiar esas injusticias, que con el Islam gobernando habrán de agravarse en grado superlativo.
Y no hay mucho más que decir a quien no quiere escuchar. Lamentablemente entonces deberán estos incrédulos hacer su propia experiencia y pagar con muchos muertos y mutilados el aprendizaje. Tal como lo hizo y hace ese diminuto Estado enclavado en el Levante llamado Israel, quien, frente a millones de enemigos atacándolo, sobrevive a los continuos embates de éstos con la frente bien alta.
Convendría por ello (porque están en la mira de los terroristas) que por un momento dejen la sanguineidad de lado y lo piensen. Después de todo, con lo que se viene, no es más que su propia vida la que está en juego. Y que no digan después, como pregonaba una vecina de mi barrio, que no se les avisó.
Mario Linovesky
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