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Mis primeros articulos

 

 

¡PALOS PORQUE BOGAS, Y PORQUE NO BOGAS... PALOS!

Por Mario Linovesky

 

En física, existen leyes y requerimientos que son por esencia invariables. Uno de ellas/os estriba, por ejemplo y porque viene al caso, en que para el encendido de un fuego cualquiera, resulta vital la presencia de alguna sustancia inflamable. Y si encima el mencionado fuego ha de tener una respetable envergadura, se hace imperiosa también la necesidad del tal combustible, pero en cantidades superlativas. Aceptada la tal premisa y trasladándola ahora a tierra francesa, admitamos, y sin tapujos, que el caldo de cultivo para desarrollar un importante cataclismo ígneo se hallaba ya presente en toda su superficie y que sólo hacía falta que alguien cualquiera, aunque más no fuera aleatoriamente, raspase el fosforito. Y ese alguien, como no podía ser de otra manera, lo raspó, y toda la tierra gala se vio por ende envuelta en llamas. Los motivos, según mi particular modo de ver y entender, ya los expuse en un anterior artículo titulado “París dejó de ser una fiesta”, contrariando con él el parecer de Ernest Hemmingway cuando, con epígrafe semejante pero significado contrario (París era una fiesta) , dio a conocer ésa, su celebérrima novela. Así y todo, cuanto he leído u oído al respecto en estos últimos días dista bastante de mis asertos, en razón que responde mayormente a una especie de “pensamiento universal” y en apariencia inevitable, donde el Islam es el único acusado por cuanto mal ande suelto en el mundo. Inculpación que es parcialmente cierta, aunque no excluyente, siendo que para que se desarrollen las calamidades ecuménicas, se precisa de la complicidad o tolerancia de unos cuantos terceros. Así y todo, artículos, notas y editoriales hablan solamente de “Intifrancia” y de “Paristinos”, y con tal liviandad, que cualquier otra responsabilidad por la actual catástrofe aparece como difuminada, o si no inexistente. Y se pide en ellos represión, deleznable palabreja si las hay, exclusivamente a la población musulmana, o su expulsión lisa y llana de todo el continente europeo.

Dada nuestra procedencia judía, detengámonos un momento en estas dos puniciones exigidas, que se dan de cabezazos con la ética y la moral que nuestros ancestros pergeñaron en un lejanísimo otrora y que son la base misma de la cultura y tradición que heredamos. Digo ésto porque no pocos judíos se han sumado a tamañas demandas, además de publicitarlas hasta el hartazgo en cuanta página de “hasbará” (esclarecimiento sobre la realidad judía) ande pululando por la web. Porque cuesta admitir que el pueblo más perseguido de la “historia” entre en semejante “histeria”, como para exigir que a otro pueblo se le dé el mismo trato que él mismo sufrió y que casi significa su extinción. Tan luego nosotros, que hemos sido expulsados y reprimidos en todos lados, no podemos, en memoria y respeto a nuestros millones de muertos, embarcarnos en semejante despropósito. “Eise di fis un kalt dos kop” (+/- y de lo poco que recuerdo: los pies calientes y la cabeza fría) me enseñó mi “zeide” (abuelo) que hablaba sólo idish; y como consejo no deja de ser sumamente sabio, sobre todo para este caso en especial. Porque una noticia aparecida en estos días en los diarios y que no trascendió demasiado, habla de una notable crecida en las encuestas de popularidad de un tal Jean Marie Le Pen, no sé si lo recuerdan u oyeron alguna vez su mención. Este nombre, por sí sólo, habla de represión y de expulsión. Y supongamos, solamente supongamos, que este personaje, empujado por las actuales circunstancias, llegue al gobierno y en elecciones legítimas tal como sucedió con Hitler en los años 30, y que por razones de urgencia comience por reprimir y expulsar a los musulmanes de Francia, ¿cuánto tiempo creen esos judíos demandantes de tal acción que tardará en agarrotar y expulsarlos también a ellos de allí?. Algo que deberían pensar asimismo los propios franceses, sobre todo en lo que atañe al primer rubro, ya que está el caso, sumamente fresco, del asesinato a mansalva del electricista brasileño en Londres, a manos de una policía “cazafantasmas” y claramente inhábil para estos menesteres. Quienes vivimos en Sudamérica en los años 70 sabemos de qué estamos hablando; porque en la “guerra sucia”, tal como se la denominó en aquel entonces, fueron muchos miles los torturados y muertos, sólo por presunción. Y conviene mencionar de paso que cuando el candidato a la tortura o al cadalso tenía apellido judío, de acuerdo a lo sucedido en la Argentina por lo menos, el ensañamiento contra su persona se magnificaba especialmente, fuese culpable de lo que se le achacaba o no. Y, vaya casualidad (o aberración) , del lado de los represores estaba un judío, que era uno de los principales propulsores de tan cruento trato. La certeza de su complicidad en ello no es idea mía ni obra de una conjura de izquierda como podría colegirse maliciosamente y a priori, sino que salió de sus propios labios cuando un periodista de su palo le hizo saber como se le decía al general Pinochet por estos lares. El comentario del Premio Nóbel de la Paz Henry Kissinger no dejó lugar a dudas. Sus palabras fueron, refiriéndose al sanguinario dictador chileno: ¡Sí, será un hijo de puta, pero es... “nuestro” hijo de puta!. Y pensar que aun con este antecedente a cuestas, hay judíos que siguen pidiendo represión.

Ahora bien, ¿qué actitud asumirán sus responsables políticos para solucionar este entuerto, en tanto hoy Francia y posiblemente en poco tiempo más el continente europeo todo, estén envueltos por el fuego?. Pues harían bien de fijarse en como enfrenta Israel el problema. Quizá cuando ésto sea leído, los bomberos franceses hayan conseguido atenuar en algo las llamas que los están abrasando. Parecerá entonces que todo ha vuelto a la normalidad y otra vez cada cual a hacer su vida. Falso y de falsedad absoluta. Todo cuanto intenten por medio de la represión o de la concesión irresponsable de prebendas a quienes organizaron las flamígeras turbas, no será más que apagar el incendio por arriba y por ende sólo postergarlo. Los focos ígneos, esos que eclosionaron en estos días en Europa permanecerán latentes a la espera de otra oportunidad, en la qué, azarosa, lúdica o canallescamente, alguna mano ignota o malévola vuelva a raspar el fosforito.

Cómo combatir esta calamidad entonces. Pues bien, hay dos formas posibles e ineludiblemente paralelas. Una, ya lo mencioné anteriormente, reside en abocarse a solucionar el desastroso pasar de esos millones de personas que viven en la más abyecta de las miserias, fundamentalmente para demostrar que cualquier humano, de la confesión y condición que sea, tiene derecho a ser tratado como tal, y quitarle así sustento a la prédica del extremismo, islámico o no. La otra, iniciar al mismo tiempo una persecución sin pausas a líderes, incitadores y estructuras terroristas, deteniendo a sus cabecillas o, de no ser ésto posible, eliminándolos allí donde estén ocultos, tal como lo hacen los desde siempre arrinconados israelíes. Cosa que podrán llevar a cabo con más facilidad que aquellos, puesto que no deberán soportar las presiones, críticas y amenazas con las que sí carga el estado hebreo, por esos, sus “ataques” de “defensa”. Quizá esta lucha lleve algo más de tiempo, pero con ella se evitarán la iniquidades y, fundamentalmente, el castigo indiscriminado de los inocentes.

Entretanto hay una humanidad acorralada e inerme compuesta por nosotros, los que estamos en el medio y somos la mayoría, unos ignorantes de lo que pasa y otros asustados, que deberemos algún día reaccionar y ponernos firmes exigiendo ecuanimidad y justicia de una buena vez por todas. Porque tal como encopeté esta nota, utilizando un viejo refrán marinero, por encontrarnos en una encerrona y rodeados por terroristas, nazis, gavillas desesperadas y “prendefuegos”, teocracias amenazadoras, izquierdas ululantes atacando a las derechas, derechas especulativas embistiendo contra las izquierdas, y desaprensivos aprovechadores del trabajo ajeno, continuaremos recibiendo golpes y por la razones o sinrazones que fueren. “¡Palos porque bogas, y porque no bogas... palos!”, como se dice o debería decir.

 

 


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