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Mis primeros articulos

 

PARIS DEJÓ DE SER UNA FIESTA,...

 

Por Mario Linovesky

 

París dejó de ser una fiesta,... así como a Europa entera se le acabó “el pelar la pava” (la juerga, jarana, diversión o como guste ser llamada) . Y no podía haber ocurrido de otra manera, sobre todo cuando su pretensión era, y sigue siendo, vivir de lo que los demás tienen o producen.

El historial del viejo continente es largo y oscuro e incluye cuanto de sucio es capaz de elucubrar o actuar el ser humano. Europa, sabemos, nació con vocación imperial, la mejor forma de someter por la fuerza a naciones ajenas, quitándoles cualquier tipo de bienes que éstas pudiesen haber atesorado. Por ende los europeos se acostumbraron a gozar de un nivel de vida asaz envidiable, en detrimento de los pueblos que constantemente saqueaban. Europa vivió de las riquezas de Asia, de África y más tarde de Oceanía. En todos esos sitios dejó miseria entre los nativos, dividió países, impuso dictaduras, todo ello, tras llevarse cuanto de valor pudo encontrar y requisar. El descubrimiento de América, a más, le dio un impulso adicional e impensado, puesto que se había topado con “la gallina de los huevos de oro”, los que también por supuesto, a fuerza de lanza y espada, se trajo para casa. Y mientras ultrajaba a sus sometidos y se guardaba sus bienes, desataba guerras aquí y allá, a fin de diversificar las protestas de dichos aborígenes, ufanándose con la pragmática máxima de su cuño: “divide y reinarás”. Pero no se conformó simplemente con sacarle a sus invadidos los bienes materiales, además explotó su fuerza de trabajo y esclavizó a los más indefensos. Hasta uno de sus filósofos más reconocidos, en clara demostración de poder, recomendó maliciosamente: “al hombre nada le des, si puedes quítale lo que tiene y haz que lo lleve él mismo a tu estancia”.

A Europa aparentemente todo le iba de maravillas, una situación que de tanto en tanto se veía interrumpida cuando algunos de sus países componentes, no conforme con lo que poseía, procuraba arrebatarle las pertenencias a su propio vecino. De este modo el continente se vio enfrascado en sangrientas guerras, más producto de la ambición de algunos disconformes, que por razones ciertamente valederas. No obstante, Europa se sobrepuso a cada litigio local, por cruento que fuera, y produjo, mayormente por obra de sus clases más acomodadas y con las barrigas hartas, sensibles avances en el pensamiento, la filosofía, las artes, la manufactura, y largos etc.

Sin embargo esa que parecía bendecida región sufría una carencia, por la cual se veía frenada en su afán de continuar preponderando como imperio, ahora industrial. Dicho freno residía en la ausencia de petróleo en su propio suelo, el carburante indispensable para seguir avanzando en los tiempos modernos. Este combustible fósil, por otro lado, se mostraba abundante en los vastos desiertos asiáticos, gobernados despóticamente por humanos visceralmente atrasados, quienes pese a acumular fortunas un siglo antes insospechadas se guardaban para sí y allegados íntimos lo producido por ese oro negro, mientras dejaban a sus inferiores enteramente a la deriva. Y esta gente privada de todo, inservible para los intereses de los tiranos petroleros, hambreada a más no poder, enferma e inculta, buscó una vía de escape a sus miserias, emigrando en grandes cantidades a la Europa de las luces y la buena vida.

En principio, Europa los aceptó gustosa puesto que constituían ese bagaje de mano de obra semi regalada, que le venía de perillas para que su propia gente no se ensuciase con los trabajos despreciables. Lo que los europeos no previeron, fue la multiplicación de esta inmigración a la que explotaban inmisericordemente, hasta que la cifra se tornó ingobernable. No pocos países entonces, evaluaron la expulsión de una sustanciosa cantidad de esos pobres desplazados y algunos aún lo siguen pensando. Pero ¿adónde mandarlos?. En sus patrias originales no los quieren de vuelta, así como que tampoco ellos quieren retornar. Y además, forzar a los reyezuelos y dictadores petrodolarizados, a la sazón sus proveedores del imprescindible carburante a recibirlos compulsivamente, no es por cierto una política de suyo aconsejable. De modo que se los tienen que quedar, ya que además sus descendientes son al presente ciudadanos de pleno derecho, en los papeles por lo menos.

Y así es como Europa, el continente iluminado, quedó en una encerrona de la que no sabe como salir. Como que tampoco, dada la crisis económica que la afecta y de los parámetros de trato elegidos, puede darle a esa gente un nivel de vida mínimamente digno. Para peor de males, todo este desatino que algún día se dejó crecer sin medir las consecuencias, coincidió con la explosión de un Islam salido súbitamente de su letargo y manifiestamente expansionista. Y si tenemos en cuenta que la gran mayoría de esos inmigrantes sumergidos pertenecen a la antedicha confesión, se ha permitido con tamaña mezcla la consecución de un peligrosísimo cóctel, en esencia inmanejable; porque Islam, más multitudes hambrientas que obedecen ciegamente a clérigos radicalizados, pariciones inacabables y descontroladas entre esa gente, falta de trabajo y crisis, terminaron siendo los componentes principales de esta bomba, ahora pronta a estallar.

La mecha ya está encendida y por ello París arde, junto a otras muchas localidades francesas. Ya hubo también focos en Bélgica y Alemania, que pueden llegar a expandirse. Y le seguirán más tarde Inglaterra, España, Holanda y todos los demás que por su desidia y afán de vivir del esfuerzo ajeno, hayan permitido que ésto se infle y desborde.

Por cierto que la solución a esta intrincadísima problemática no está a la vista de acuerdo a los actuales usos y costumbres y el panorama en sí mismo es desolador. Razón por la cual todos los autores de este desaguisado tendrán que hacer su para ellos dolorosa contribución, repensando las actuales políticas sociales, a fin de arribar, en el hoy convulsionado territorio, a una convivencia al menos algo más justa. Porque quien busque atacar el mal por otro flanco, seguramente que se equivocará y las consecuencias que deriven de ello, sin duda serán atroces. La forma correcta de proceder, única por otro lado, reside en alimentar, curar, educar, dar trabajo digno y proveer de techo a esa gente puesto que ya la tienen dentro, así como alentar idénticos paliativos para el resto de los sumergidos del planeta, que no tardarán mucho en hacer sus propias demandas, quizá también por medio del fuego. Solución que a esta altura, solamente depende de la buena voluntad y porqué no del instinto de sobrevivencia de aquellos a quienes les sobra de todo y detentan el poder político o fáctico. Y deberán actuar con premura, porque en estos días, y conviene no hacerse el distraído, París dejó de ser una fiesta y en toda Europa se acabó la diversión, como clara demostración de lo que vendrá. Si no lo hacen y siguen mirando para otro lado mientras reprimen al voleo declarando paralelamente “estados de sitio” inservibles, habrá suficientes motivos como para que imploren al Creador por su urgente ayuda; la que no se sabe, visto lo mucho que han pecado, si en algún momento llegará. Porque de ésta, al revés de como siempre acostumbraron a hacerlo, no podrán acusar al Estado de Israel de responsable, y tendrán que salir, pagando sí que merecidamente lo que les corresponda, por su propia y exclusiva cuenta.

 

 


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