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Mis primeros articulos

¡¡¡IZQUIERDA, IZQUIER... DERECHA, DERÉ!!!

por Mario Linovesky

Días pasados fui, para mi presunto deshonor, ásperamente insultado, vilipendiado, malmirado y también, porqué no, públicamente desacreditado. ¿El motivo?: en un comentario sobre cierto artículo de mi autoría a favor del Estado de Israel, un lector me colgó el cartel, sin medir el ramalazo que ello podía producirme (atiendan hasta que punto se puede destruir la integridad de un hombre cuando se lo hace blanco de acusación tan grave) , de ser “un romántico incurable y un seudo-intelectual de izquierda”. Y todo ésto (la mentada y brusca acusación del crítico de marras) por no haber tomado él en cuenta que para curar este tipo de heridas hace falta más que un simple apósito, condenando así al receptor de las mismas a un ostracismo social del que quizá nunca podrá escapar indemne. Porque, desde que me hicieron objeto de tamaña crucifixión y sopesando las penalidades morales que la misma conlleva, paso mis horas cavilando sobre si alguna vez conseguiré reinsertarme, dada la gravedad de la inculpación, en ese colectivo del que tan violentamente me excluyeron.

Trataré sin embargo de hacerlo, aunque no estoy seguro de que lo logre, por medio de unas cuantas y necesarias aclaraciones. Hoy, una afrenta que está muy en boga, es justamente esa, la temible acusación de pertenecer a la izquierda. Temible porque, si quien la lanza fuese preguntado qué es en realidad la “izquierda”, de seguro que respondería asociándola a los grupos de fanáticos que rompen todo a su paso mientras gritan consignas a favor de Chavez, Castro y el sufrido pueblo palestino (extensible a manifestaciones de simpatía y comprensión para con el accionar terrorista del islamismo en general) o a esos otros que pueblan las universidades y se dedican a la “militancia comprometida”, en vez de estudiar como deberían. Pésima comparación la antedicha, ya que esa gente alborotadora sorprendentemente no se corresponde con la izquierda (a la que si pertenece, por ejemplo y entre otros, nuestra admiradísima Pilar Rahola) , sino más bien a una nueva derecha, con no pocos dejos de fascismo.

¿Qué es entonces la izquierda y qué la derecha?, vale plantearse. Para dilucidar tal embrollo deberíamos contar, a nivel sociológico, con una escala similar a la termodinámica de Kelvin, que es la que se usa en física para medir las temperaturas absolutas. En este punto reflexionemos un poco, ejercicio que a veces hace bien al cuerpo, a la mente y también al espíritu. Coloquemos en el inicio y a la izquierda de la escala una sociedad donde todo se comparte y en la que nada es de nadie, sino que todo es de todos. ¡Tranquilidad espantadizos tenedores de cosas materiales!, porque dicha sociedad representaría el cero absoluto en la escala nombrada y ello, aun en física, es imposible de lograr. O, dicho de otro modo, como lo graficara un “filósofo de cartón” que conocí, tal tipo de sociedad se daría de cabeza contra la naturaleza del hombre. Para demostrarlo señalaba el caso del bebé que aun no razona, al que se le regala un juguete cualquiera. Si más tarde se lo quisiésemos quitar, concluía el “pensador”, el angelito trataría de impedirlo con todas las armas que tuviese a su alcance, llorando, pataleando o si no mordiendo, que son las formas con que los pequeñines saben defender lo suyo. De esa manera el susodicho bebé reafirmaría el principio de propiedad privada, que todos los mortales recibimos ya en la mismísima cuna. De modo que desde la primer marca de la escala y puesto que el cero absoluto resulta imposible de alcanzar, con nuestras actitudes todavía irracionales comenzamos a deslizarnos, ya que la izquierda “ultra” representa su inicio o sea el cero mencionado, hacia la ínclita derecha. De allí en adelante y en tanto nos vayamos haciendo más y más individualistas, más avanzaremos en la escala y por ende a la derecha. Entonces, definitivamente, convengamos en que la izquierda absoluta (el comunismo tan temido donde todo es de todos) no puede existir por ser una quimera inalcanzable, cosa que debería disipar las aprensiones de aquellos que temen que se les saquen sus posesiones para repartirlas entre sus congéneres; una amenaza ésta que la derecha más rancia, ha insertado astutamente en la creencia de la gente común.

Disipado de tal manera este miedo, digamos que en la realidad el término izquierda abarcaría a quienes están más a la izquierda de la derecha y piden una sociedad mínimamente justa. O, dicho más apropiadamente, de izquierda serían aquellos que propenden a que a nadie le falte lo elemental, sin importarles que haya otros a quienes les sobre de todo; cosa posible, siempre que prime la buena voluntad de estos últimos.

Según la gente reaccionaria e individualista de nuestros flamantes tiempos globalizados, tampoco ésto sería lo deseable y sus nuevas teorías macro económicas abogan por una solución que consideran más lógica... y sobre todo rentable. Le proponen a las masas hambreadas, sin techo y en todo desprotegidas, el tener únicamente un poco de paciencia. Teoría y práctica éstas ya impuestas en la mayor parte del orbe (que reciben el nombre de políticas neo liberales) y que consisten en que un reducido número de poderosos sigan enriqueciéndose más y mejor, hasta que sus propias fortunas los superen y se produzca un lógico desborde. Lo que finalmente anegaría la tierra de bienes, consiguiendo que aquellos que logren sortear su actual infortunio y continúen con vida en ese futuro (ciertamente incierto) , lleguen a gozar de un mínimo bienestar y sean entera y definitivamente felices. Y es en este punto donde no alcanzo a explicarme porqué a las mayorías, que serán las beneficiarias de tanta dicha, les parece delirante tamaña propuesta.

De cualquier modo una sociedad más justa es posible y ya hubo un ejemplo de ella, que marcó todo un hito. Que lamentablemente se diluyó hace algún tiempo, cuando sus beneficiarios se dejaron embaucar por los cantos de sirenas del liberalismo económico y torcieron el rumbo que siempre habían transitado, votando masivamente por una política de ajustes claramente antipopulares. Y esa sociedad ejemplo fue el Estado de Israel en sus inicios, donde la igualdad de oportunidades, la educación, el alimento cotidiano, la atención médica asegurada y otros cuantos logros mínimamente humanos, alcanzaban al 100% de su población. Una sociedad solidaria per sé, que por su modo de vivir democrático y avances de todo orden, consiguió la admiración y el aplauso del mundo entero.

Hoy esa admiración está perdida, aunque nada indica que no se la pueda recuperar. Bastaría para ello rescatar de la historia a los judíos sionistas pre-Estado, a los del 48 y a los que más tarde lo consolidaron, desechando a todos aquellos que en el presente se aprovechan de él. Una vuelta a los buenos tiempos ésta, donde nos encontraremos con curiosas nuevas. Y con derivaciones más curiosas aún. Por caso, el icono de la derecha judía está encarnado en la figura de Vladimir Zeev Jabotinsky. ¿Y qué era lo que propugnaba Jabotinsky? Pues, ni más ni menos que, en vez de transformar a los príncipes en “miserables”, enaltecer a los miserables, convirtiéndolos en “príncipes”. En una palabra y bien interpretada, la ilusión de Jabotinsky presuponía una sociedad más igualitaria y justa, razón por la cual Jabotinsky, aunque le duela a quienes se apropiaron de su figura, tuvo un ideario que se desplazaba claramente hacia la izquierda. De hecho y comparándolo con los actuales líderes del Estado Judío, era un izquierdista de máxima pureza. Y tanto él como los otros judíos sionistas de aquel tiempo, de seguro no habrían aceptado este Israel de hoy, en el que van desapareciendo las conquistas mínimas de un pueblo que conoció mejores días. Porque ninguno de ellos admitiría el millón y pico de pobres que hoy sufren esta sociedad desigual, ni los desalojos, ni la burocracia, ni las misiones en el exterior que dilapidan fortunas dándose una vida fastuosa, ni los constantes viajes de dirigentes del galut a la Mediná , con gastos a cuenta del erario de esta última. ¿Y por qué nosotros sí debemos permitirlo?. ¿Tanto nos cuesta interpretar como corresponde los mandatos de la Torá , en vez de recitarlos “cotorrísticamente” como es de norma? Y es nuestra Torá justamente la que nos induce a ser ética y moralmente correctos, ayudando a que nuestros hermanos vivan dignamente. Porque no comer Kasher sería o es un pecado menor en nuestros días, pero el permitir que nuestro vecino viva en estado careciente, es directamente desobedecer y burlarse de los mandatos que se dice provienen de Dios. Y no deberíamos olvidar ésto ni minimizarlo, puesto que el fundamentalismo económico es tanto o más peligroso que los demás fundamentalismos, siendo que mata como ellos, pero a más cantidad de gente.

Por último afirmo: una frase atribuida a un filósofo (¿filósofo?), puesta muy de moda en nuestros días por los poderosos dice: “no ser de izquierda a los 20 años, es carecer de corazón; y ser de izquierda a los 40, es carecer de cerebro”. Haciendo los correspondientes reemplazos en esta expresión, “corazón” equivaldría a “sentimientos” y “cerebro” a “frío cálculo”. Dicho de otra manera, conmina a no dejarse perturbar por las desgracias de los demás y preocuparse solamente por estar bien uno, aun a costa de quienes sufren. Y contra ésto es por lo que yo combato y por lo que constante me acusan... y censuran.

Seudo intelectual de izquierda y romántico incurable, me enrostraron. Y en parte, aunque mínima, puede tener razón quien lo dijo. Pero no sirve como insulto. Ya que “seudo” podré ser en miles de cosas como lo somos casi todos y de izquierda también según como la he explicado, pero intelectual para nada puesto que apenitas (como dicen simpáticamente los mejicanos) tengo educación primaria; ahora, respecto a lo del romanticismo... eso sí espero que nunca se me cure, porque es uno de los sentimientos que mejor ayudan para vivir. Por ello invito a los israelíes bien dispuestos a considerar seriamente el asunto (principalmente porque Israel es el país que amo y al que tengo planeado volver para terminar mis días) , recuperando mediante nuestra fuerza moral (y de manera democrática, de ésto que no quepan dudas) esa Mediná de no hace tanto, donde primaba una mínima igualdad para la totalidad de su pueblo. ¿Que no se puede? Claro que se puede, en tanto no olvidemos una simple verdad: el auténtico “fracaso”, es renunciar prematura y cobardemente a la lucha o, peor todavía, ni siquiera intentarla.

De modo tal que la guerra, si es inevitable, sea contra quienes nos atacan y no contra nuestro propio pueblo, que merece un mejor destino.

Mario Linovesky





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