¡CULPABLES A LA VISTA!
Por Mario Linovesky
Que George W.Bush es cuanto menos un inepto no lo dicen sólo sus enemigos, sino quienes hasta hace poco eran sus incondicionales laderos, verbi gratia: el General Colin Powell entre varios muchos. Las pruebas de ello, asimismo, abundan, como lo son por caso el bombardeo a Irak y la consecuente destitución de Saddam Hussein, mediante el uso de justificativos tan poco claros como (ahora reconocidos por ellos mismos) mentirosos. No negaré que me alegró y mucho (más habiendo estado de cuerpo presente en Israel cuando el dictador irakí lanzaba sus cohetes Scud sobre el país judío con la finalidad de hacerlo ingresar en la primera guerra del Golfo Pérsico y así desarmar la coalición entre los países árabes que la integraban y occidente), que lo hayan depuesto de una buena vez; pero de ninguna manera como Bush lo hizo, diezmando a la población civil a fuerza de misilazos. Fue esta acción, precisamente, la que demostró la insolvencia del presidente de la nación más poderosa de la tierra, para detentar semejante cargo.
No hace demasiado tiempo solía decirse que “el hombre público debe ser tan eficiente en público, como la mujer pública debe serlo en privado”, circunstancia ésta harto desmentida por el mandamás mundial, siendo que inclusive la naturaleza, por medio de un fiero huracán, demostró palmariamente que el hombre no sirve ni para socorrer a sus propios ciudadanos. Razón por la que deberían ser éstos quienes, sin salirse del marco democrático por supuesto, lo manden de paseo lo más pronto que puedan. Aún así, el susodicho y sus secuaces han revuelto innecesariamente el avispero con sus acciones violentas y hoy, gracias a sus políticas desacertadas, estamos todos metidos en una contienda que, manejada inteligentemente, podía haberse por lo menos atenuado en grado sumo. Y así es como a diferencia del príncipe Hamlet, que olfateaba algo podrido en Dinamarca, actualmente nosotros percibimos un tufo sumamente desagradable envolviendo a todo el planeta gracias a los equivocaciones y oscuros intereses de los dirigentes del mentado gran país del norte, atafagados todos ellos por una paranoia prefabricada y de suyo injustificable. Motivo por el cual han optado por la actual política beligerante y reaccionaria, que pone a todos los habitantes del globo en un innecesario riesgo.
El enemigo que hoy tiene la humanidad (el terror fundamentalista) es feroz, quién lo duda, pero la forma de destruirlo no es precisamente la planteada por Bush & Co. De cualquier modo, quienes estamos en el medio, debemos de alguna manera presionarlos, a ellos y a los otros, para cambiar la situación de peligro en que nos pusieron y en la que no nos cabe, en tanto sigamos preocupándonos más por un resultado de fútbol que por lo que realmente pasa, otra cosa que ser las futuras víctimas de los desatinos de ambas partes. Para ello, justamente, debemos echar una mirada general y deshacernos del maniqueísmo que nos ha ganado. Porque entre los desamparados, que somos la mayoría, no hay buenos y malos, sino una realidad que nos golpea cada vez con más rudeza. Los buenos, que no lo son tanto y los malos, que son peores de lo que imaginamos, están ajenos a nuestras pretensiones o expectativas cotidianas, aunque no por ello dejan de inmiscuirnos sin preguntar en su lucha personal por el poder, del que, eso sí, aspiran a apropiarse para someternos por siempre. Cosa que cierta vez aseguró tangencialmente un pope de la Rubia Albión, cuando afirmó que ésta “no tenía enemigos permanentes, sino intereses permanentes”. Una verdad desdichadamente innegable y egoísta, pero que no hace otra cosa que echar luz sobre lo que estamos viviendo y donde a todos los demandantes les asiste la razón, claro que viéndolo desde su perspectiva. Aún así, cuando todos tienen o creen tener razón o parte de ella en lo que reclaman, la solución ideal, moral y ética, es encontrarle un justo término medio al asunto. Porque en tal balance está conformada la tan cacareada, así como poco aplicada “justicia”. Aunque, personalmente, no creo que su ausencia les quite el sueño.
George Bernard Shaw, en su descreída vejez, nos lo ilustró cabalmente; “a mi edad – dijo – cuando me presentan a alguien, no me interesa si es amarillo, negro o blanco, judío, musulmán o cristiano; para reconocer su esencia me alcanza con su condición de humano, porque peor cosa no podría ser”. Tiempo más tarde Albert Einstein se sumaría a las aprensiones del gran escritor, complementándolas con una lapidaria sentencia: “dos cosas hay que son infinitas: el Universo y la estupidez humana; aunque de la primera no estoy tan seguro”. Si observamos lo que ocurre en nuestro mundo, no podemos menos que darle la razón a ambos. Aclaremos, eso sí, que tales definiciones son aplicables más que nada a quienes deciden los rumbos y a todos aquellos que, siendo intelectualmente competentes, los apoyan en su accionar devastador. El resto, el gigantesco resto, ese que no sabe que será de él al día siguiente, no tiene más alternativa que confiar (puesto que su condición meramente expectante no le permite otra salida), en aquella copla que cantaba Joan Manuel Serrat: “bienaventurados los que están en el fondo del pozo, porque de allí en adelante sólo les queda ir avanzando”. Y aunque ésto no sea enteramente cierto, al menos permite abrigar alguna esperanza a futuro.
Mientras tanto, los hombres poderosos no cambian su actitud ni sus ambiciones, sino que por el contrario se envilecen cada día más. África sigue por lo tanto muriéndose de hambre sin visos de solución, así como vastas poblaciones asiáticas y no pocas comunidades indígenas latinoamericanas. La tecnología, que presuntamente fue desarrollada para traer bienestar, obra el efecto contrario al esperado y nos muestra un inquietante engrosamiento en la lista de desocupados, hombres y mujeres víctimas de políticas perversas y por tal impedidos de ganarse el pan cotidiano. Al mismo tiempo y en tanto la medicina avanza a grandes pasos, aumentan las enfermedades que conlleva la susodicha miseria, algunas de las cuales han resucitado a causa de la promiscuidad y las grandes concentraciones de indigentes. Gigantescas corporaciones por su lado y de las cuales conocemos sólo a sus gerentes pero no a sus dueños, talan indiscriminadamente vastas zonas boscosas y hacen desaparecer los pulmones naturales de nuestro habitat, incrementando así el efecto invernadero. Acción ésta que desestabiliza el clima y produce indeseables catástrofes, como la ocurrida últimamente en Nueva Orleans y otras muchas que ya se están pronosticando. Y así podríamos seguir, hasta el mismísimo agotamiento. Claro que hay más. Por caso los terribles flagelos que asolaron a la humanidad durante el siglo pasado y ya dados por extinguidos, que resurgen inquietantemente. Y la prueba más cercana, demasiado cercana, es la quema de sinagogas en Gaza por parte de hordas palestinas, el mismo día en que Israel, dando muestras de su mejor voluntad, abandonaba por las suyas dicho territorio en aras de conseguir la paz. Respecto a este sucedido justamente, no deja de llamar la atención la similitud de procederes de los palestinos del presente con los nazis de ayer. Sobre todo debido al contraste entre unos y otros, ya que los alemanes estaban considerados uno de los países más cultos y civilizados del mundo por aquel entonces, mientras que los palestinos, embrutecidos y utilizados, se encuentran hoy en lo más bajo del escalafón.
Resumiendo: lo expuesto nos da una dimensión bastante veraz del punto al que hemos llegado. El problema es que vemos sólo lo que queremos ver y no lo que está frente a nuestros ojos. Y seguimos, todos, impasibles ante lo calamitoso de nuestro destino. Creyendo que por mirar para otro lado, la debacle no ocurrirá. Utilicemos un ejemplo: en cierto club, de esos exclusivos, durante la reunión de comisión, un directivo muy enervado solicita la expulsión del socio más prominente que tiene dicha institución. Preguntado por las razones, alega que el asociado de marras es afecto a orinar en la pileta de natación. –Bueno- trata de calmarlo el presidente- no es tan terrible, al fin y al cabo, todos los socios, aunque lo nieguen, orinan en la pileta. –Cierto- replica el denunciante- pero no desde el trampolín.
Pues bien, tanto Bush (por quien no siento una inquina especial, cosa que algunos seguramente sospecharan), como Blair, Chirac, Zapatero, los jeques petroleros, los dueños de las corporaciones, Bin Laden y su gente, Chavez, Castro, Netaniahu u Ovadia Yoseff (por nombrar también algunos de los míos), militares, clérigos de todo tipo y otros muchos detentadores del poder, hace mucho que están arriba del trampolín y orinan sobre nosotros. Y confieso aquí que no se me ocurre la forma, cosa fácil de hacer en un club, de expulsarlos de sus privilegiados sitiales, pero, eso sí, recomiendo no perderles pisada, a fin de impedir que obren libremente. Al menos no callar y sí dificultarles su accionar, a la espera de que aparezcan líderes como los de antaño, que, equivocados o no, trataban al menos de ser eficientes. No para depender de ellos como sería dable suponer, pero si trabajar codo a codo junto a los mismos a fin de lograr un mundo mejor, de paz, trabajo, salud y prosperidad. Para esa empresa a futuro contamos con una ventaja, sabemos por lo menos quienes son los responsables del actual desastre planetario, en los que no debemos confiar, porque fue su incapacidad la que nos llevó al borde mismo del abismo. O, como decían los antiguos relatores de automovilismo, pero cambiando un término, tenemos “los culpables a la vista”.
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