Por Mario Linovesky
En 1945, tras la rendición alemana y poco más tarde de la japonesa, se dio por finalizada la Segunda Guerra Mundial. El posterior e inevitable recuento de bajas (de todo tipo) arrojó un número pavoroso de muertos, cercano a los 100 millones de humanos, que corrieron con esa suerte tan poco envidiable. Sin embargo, esta comprobación permitió establecer algo mucho más terrible aún. Porque la mayoría de esas víctimas lo habían sido en circunstancias que bien podríamos conceptuar como de aleatorias, ya que sus muertes, de haber intervenido la buena fortuna (por caso que una bomba cayese algunos metros más lejos), quizá no se hubiesen producido. Idéntico patrón al que signó a los combatientes de ambos frentes, donde algunos murieron y otros muchos se salvaron. Pero no todo fue así en la más cruenta de las conflagraciones conque cuenta la humanidad en su haber, puesto que a raíz del “tanático” inventario, del mismo modo como los que ya lo sabían lo confirmaron, los que no lo sabían supieron del cruel destino que les cupo a unas pocas minorías: judíos, gitanos, enfermos mentales y homosexuales, entre otras. Ya que a diferencia de los fallecidos por haberse encontrado casualmente en el lugar donde explotaban las bombas, morteros o granadas, o en el camino de los proyectiles que disparaban de los dos lados, estas gentes tenían su desaparición física cuidadosamente planificada. Así nos enteramos boquiabiertos sobre la existencia de Auschwitz, Maidanek, Treblinka, Belgen Bessen y otros tenebrosos sitios, donde se preparó o llevó a cabo la eliminación de millones de personas, empleando métodos estudiados e industriales.
Visto este desolador panorama, el pueblo judío, máximo aportante en víctimas al genocidio antes mencionado, se impuso, a fin de evitar su repetición, independizarse como país en tierras que desde siempre le habían pertenecido. Y con la anuencia de los aliados (por votación mayoritaria en el seno de la Liga de las Naciones en 1947), quienes nada habían hecho para impedir la matanza aun cuando estaban enterados de ella, en mayo de 1948 tuvieron su propio país, soberano e independiente.
El área que se les concedió para establecerse, pareciera ser el resultado de una broma, proveniente del clásico y sí que irónico humor inglés. No por el terreno en sí, el cual pese a tratarse de un lodazal plagado de aguas pútridas y enfermedades contagiosas venía siendo mejorado por pioneros judíos desde finales del siglo XIX, sino por la forma en que los británicos entregaron dicha plaza. Así, quienes se planteen la posibilidad de que los ingleses permitieron el establecimiento del Hogar Nacional Judío en tales condiciones apostando a su pronta desaparición, casi de seguro que acertarán. Pero aún habiendo sido esa su intención, fracasaron los “piratas” de Su Majestad. Fracasaron porque no contaron con la determinación indeclinable de ese pueblo al que los alemanes y compinches redujeron a la mitad y ellos después entregaron inerme a la locura árabe. Y los que se escandalicen por esta última afirmación, harán bien de leer sobre las reacciones de los árabes cuando se votaba la partición de esa tierra que previamente nadie quería o reclamaba, para establecer allí dos estados, uno judío y el otro árabe; lectura tras la cual no encontrará otra manera de calificarlos: o de locos, o de trastornados, a elección. De cualquier modo y visto el antecedente de la muerte de su gente que los precedió, esos pocos judíos que se encontraban en su tierra no se dejaron amilanar y se declararon independientes, legitimados por la votación mayoritaria en el seno de la hoy ONU.
Y ahora, contra viento y marea, los judíos festejan alborozados los 58 años del establecimiento de su Estado. Tal acontecimiento además encuentra a Israel más fuerte que nunca, aunque también más amenazado. Porque como “cobayo de pruebas” de Occidente (que evidentemente lo fue y lo es), y no sólo de éste, sino de toda la humanidad en general que quiere comprobar el peligro que le representa el Islam fanático, su mera presencia demostró el desquicio total de una gran cantidad de componentes del mencionado Islam. Y encima, ese mínimo estado judío quedó en solitario enfrentando a dichos fanáticos, mientras que la tembleque Europa y otros países, tal como ella sin convicciones, les conceden y consienten cualquier comportamiento o demanda. Y estos justamente (Europa y demás invadidos) son los que más perderán, por cuanto la ambición de los tales orates islamo-fundamentalistas no conoce límites y a cada concesión que les hagan aparecerán con una demanda mayor, en su inocultable intención de quedarse con todo.
Esperemos por lo tanto tengan tiempo de reaccionar esos países abundosos en pusilanimidad, deteniendo lo que ya evidentemente es una conjura calculada y un indisimulable accionar para someterlos. Porque mientras ellos lloran, se afligen, consienten, entregan, hacen la vista gorda al pillaje de los generosos fondos que aportaron, Israel, al que no queda acusación que no se le haya hecho, festeja.
Este 3 de mayo, un minuto antes de la trascendental celebración, habrá de detenerse para recordar a tantos soldados y civiles que cayeron por su joven patria; pero inmediatamente dará rienda suelta a su legítimo júbilo, por la existencia de ese país que construyeron con lágrimas y sonrisas, cantos y bailes, sudor y sangre, y, sobre todo, sin medir consecuencias ni riesgos, en su afán por sobrevivir e ir adelante.
Am Israel Jai, ve ¡¡¡Jag Hatzmaut Sameaj!!!
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