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¡ALERTA!, QUE EL REY SE SINCERÓ

Por Mario Linovesky

No basta con ser el mejor, además, hay que demostrarlo. En cualquier orden de nuestra existencia. Y si esa existencia está en riesgo, como le ocurre actualmente al Estado de Israel, resulta imprescindible el que remarque su preeminencia en el Medio Oriente, a fin de despejar toda duda al respecto. Porque el enemigo del país hebreo, después de que este último acatase la resolución nº 1701 de la ONU retirándose de El Líbano antes de desmantelar completamente la estructura militar de Jizbalá, ha tomado alas y ya se anima a todo. Demostración de ello es la valentonada del Rey Abdalla de Jordania en Japón. La incontinencia verbal de Su Majestad, declarando muy alegre que “Israel no es invencible como todos suponíamos”, no deja margen para la discusión y sí siembra el porvenir con incertidumbres. Y pone sobre el tapete que por más esfuerzos que Israel haga por dejar bien clara su predisposición a la convivencia pacífica, sobre todo cuando como con el Reino Hachemita cuyo monarca habló de más ha firmado el reconocimiento mutuo, de poco le sirve, si su interlocutor es un país árabe musulmán.

Israel, en la última guerra que le declaró la banda terrorista auspiciada por Siria e Irán y con domicilio en El Líbano, cometió una serie de equivocaciones que le están resultando muy onerosas. Que no fueron solamente bélicas. Y la principal, fue permitir que su derrotado se fuese de boca, armase una fábula donde aparecía como vencedor y que la misma se transformase en “verdad” en el imaginario árabe y mundial... y también, ésto es lo más grave, en el sentir confuso de su propia ciudadanía. Con un riesgo adicional que ensombrece el horizonte, la prevalecencia en ambos lados de las fronteras de la visión extremista-belicista del Levante, con Ajmedinejad, Asad y sus asalariados inflando el pecho y las soflamas allá y la ultraderecha judía de Netanyahu, Lieberman y el kahanismo, engordando las suyas acá.

Por eso, de modo alguno le resulta atinente, si acaso propende a la coexistencia en paz en un futuro cercano o lejano, permitir que su vencido, que además es el que empezó y persiste con sus ataques armados, emerja con ínfulas de esa, su verdadera condición. Para ejemplo tenemos el caso de un boxeador argentino de los años 50, apellidado Gatica, quien llegó a pelear por el título mundial de su categoría contra un tal Ike Williams, el campeón ecuménico de aquel entonces. Gatica, sobre el cuadrilátero, vapuleó hasta el hartazgo a su rival, y llegó, promediando la pelea, a tenerlo totalmente “grogui”. En ese momento, seguro de su triunfo y al ver que su oponente había bajado totalmente la guardia, nuestro hombre hizo exactamente lo mismo, a fin de lucirse un rato más y así satisfacer su ego. Pero el campeón no estaba en estado de indefensión tal como Gatica supusiera, sino que era un viejo zorro del ring y su presunta inferioridad no era otra cosa que una artimaña letal. Porque no bien el argentino desarmó su defensa el defensor de la corona le propinó un formidable derechazo a la mandíbula, produjo el nocaut de su contendiente y así retuvo su título.

Desde luego que lo de Israel con los árabes (quienes sin ser campeones de nada, de zorros tienen mucho) que buscan su destrucción no es un evento deportivo ni tampoco un entretenimiento, ya que lo que está en juego es su propia continuidad como nación. Y, similitudes más, similitudes menos, de modo alguno puede conducirse como lo hizo el ingenuo de Gatica. Así, cuando tiene al enemigo a su merced, como ocurrió en El Líbano con Jizbalá o en Gaza y Cisjordania con las mil bandas terroristas que lo torean constantemente, en ese mismo acto tiene que asentarles el golpe definitivo aunque parte del público le grite su desacuerdo. Caso contrario deberá seguir soportando sus ataques solapados ya sean desde el norte o el sud y, de acuerdo a lo manifestado por Abdalla, ahora también desde el Oriente. En pocas palabras, Israel no sólo debe, sino que está obligado, a imponerse por la fuerza de las armas y dejar a un lado lo políticamente aceptado como correcto por los que no tienen nada que perder (esto, por lo menos, es lo que creen los occidentales que lo critican). Recién entonces, cuando sus enemigos pese a su empecinamiento lleguen a la conclusión de que en el campo de los misiles y demás armas ofensivas llevarán siempre las de perder, quizá se avengan a sentarse a una mesa y discutir más civilizadamente una futura convivencia. Y además, mucho cuidado con esto, no caer en la tentación o dejarse llevar por los cantos de sirena del extremismo belicista de entrecasa, porque el acceso al poder del mismo significaría la apertura de una caja de Pandora de la que fluirían muchísimos males y, seguramente, ningún bien. Ya que una cosa es defenderse eficazmente del enemigo por medio de las armas, a las que es preciso velar sin pausas y otra muy diferente llevar esta defensa a cabo hipotecando la calidad de vida y hasta el mismísimo porvenir.

Las “armas”* son necesarias,

pero nadie sabe cuando,

por eso si andás paseando,

y de noche, sobre todo,

debes llevarla de modo,

que al salir, salga cortando.

*”armas”: en este caso el cuchillo, elemento de ataque y defensa

preferido del gaucho itinerante de las pampas argentinas.

Consejo cauteloso del Martín Fierro, máximo poema argentino, escrito por José Hernandez

 

 

 

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