Soy un condenado. ¿A qué?: pues a lo que se le ocurra al verdugo de turno. Mi condena, de suyo arbitraria y grotesca, fue decretada desde bastante tiempo previo a que mis padres se conocieran, en un acto de futurismo delirante por donde se lo quiera mirar. Siendo que también condenados absurdamente estuvieron mis antepasados y lo están hoy mis hijos, así como no dejarán de estarlo los descendientes de ellos... y, lamentablemente, todos los que éstos vayan a procrear. Sin embargo no somos, los de mi núcleo familiar y entorno, los únicos condenados de manera tan vil; nos acompañan en dicha penalización algunos otros millones de humanos, poquititos en número si los comparamos con el gigantesco resto, quienes comparten con nosotros una misma religión, cultura e historia, y ahora, también, un Estado Independiente. Soy... somos... ¡los judíos!. En el transcurso de los siglos nos golpearon de todas las formas, con persecuciones, castigos individuales y colectivos, pogromos y hasta con el más grande genocidio que se haya conocido jamás. ¿Quiénes?: absolutamente todos, unos por acción y otros por omisión. Aunque estos últimos, cuando advirtieron la barbaridad de la que habían sido cómplices por mirar para otro lado, resolvieron que nos correspondía recibir una indemnización. Aprovechando entonces que en un pequeñísimo rincón del Levante había una tierra totalmente desmantelada y que la misma nos había sido arrebatada por la fuerza dos milenios antes, nos la devolvieron, tal como correspondía por historia y por ley. En el ínterin entre que el Imperio Romano nos expulsara de aquel territorio con el uso de la prepotencia de sus legiones, hasta que proclamamos allí nuestra renovada independencia, en el vecindario ocurrieron cantidad de acontecimientos. Los más determinantes, y extraídos de nuestra propia cultura y tradición, consistieron en el plasmado de dos religiones monoteístas. Ambas, no es ocioso repetirlo, furibundamente expansionistas. La primera de ellas, el cristianismo, fue la consecuencia, entre otras muchas cuestiones existentes, de un desacuerdo entre los seguidores del Rabino Ieshu o Ioshua ben Iosef (Jesús hijo de José) y nuestra dirigencia religiosa, sobre si había llegado el Mesías o no, título éste que sus acólitos le endilgaban al Rabino mencionado. La segunda, fue cuando algunos siglos más tarde un conceptuado profeta, de nombre Muhamad (Mahoma), imaginó una nueva confesión, que de nueva tenía solamente algunos agregados belicistas y descalificadores contra nosotros, sus indiscutibles progenitores. Derivación de una arremetida sin sentido contra quienes habíamos sido hasta poco tiempo atrás su propia familia (ésto reconocido elípticamente por los últimos Papas), el cristianismo aparecido en primer término nos hizo pagar un amargo precio de persecución y muerte, basado tan sólo en acusaciones carentes de toda razón y asidero. Que aunque se atenuó luego de la matanza dirigida y alentada por los alemanes durante la II Guerra Mundial no consiguió sin embargo borrar del sentir colectivo una mentira cuidadosamente elaborada e instalada, ya que la misma permaneció arrebujada por centurias y firmemente entre los militantes del vulgo y dio pie para que los interesados en la destrucción de los judíos obrasen libremente, con la anuencia y también la participación de ellos. Sin embargo este aquietamiento de las hordas cristianas, para nada significó nuestra tranquilidad, porque la posta la tomaron enseguida determinados sectores del Islam, quienes actuaron basados en la permisividad interpretativa que les facilitaban ciertos suras (capítulos) de su libro principal (furiosamente judeofóbicos), y que la feligresía del común aceptó sin ambages, prescindiendo de hacer ninguna clase de cuestionamientos sobre su razón de ser. Sin embargo, hoy con el islamismo prevaleciendo en esta ya milenaria persecución ideológica y religiosa, transformando de paso el Dios heredado que redime en uno que solamente castiga, curiosas nuevas aparecieron en escena. Porque tratándose de una hilada de fanáticos que no consiguieron y ni siquiera intentaron salirse del medioevo, nos tienen por ello desconcertados con su ambición sin límites aunque la justifiquen, mediante el uso de toda suerte de excusas, llantos y pataleos. Un método éste que si bien resulta infantil en su explicación y ejecución, no obstante tiene su efectividad, y no nos afecta a nosotros solamente, en razón de que codician el universo entero. De cualquier modo, siempre somos nosotros quienes estamos primeros en su mira, motivo por el cual tanto cristianos, como budistas, hindúes y otros muchos, ya sea en oriente u occidente, se desentienden de la amenaza en ciernes confiando que la misma se ciña exclusivamente a los judíos y que a ellos no los va a afligir. Así, desalienta y mucho cuando comprobamos que se persiste en no ver lo evidente, máxime cuando el comportamiento del agresor de todos roza constantemente con el ridículo. Porque que se moteje, en este caso puntual a nosotros, como “hijos de los monos y los cerdos” y no haya una repulsa explícita de absolutamente nadie, significa la aceptación por parte del mundo de un pensamiento sucio y es una manera indisimulable de plegarse a aquel que lo expone y utiliza. A más que tamaño grotesco no es único, ya que también los fundamentalistas apelan a la complicidad de entes inertes como “las piedras y los árboles” (manifiesto fundacional de Hamás), exigiéndoles que se transformen en alcahuetes suyos denunciando a viva voz que detrás de ellos se esconden judíos, para enseguida rogarle al “piadoso” musulmán que venga a matarlos, en una de las tantas facetas de su yihad (guerra santa) histérica. Sopesando lo antedicho, que buenos tiempos fueron aquellos cuando el planeta estaba dividido en dos y existía la llamada Guerra Fría. Porque si bien se chumbaban unos a otros y se prometían mutuamente dolorosísimas represalias, en realidad no estaban haciendo otra cosa que compensar fuerzas y disuadir al rival, mediante el uso de esas amenazas vacuas. Todo eso cambió con la caída del Muro de Berlín; y quienes apoyaban su existencia, quedaron con las manos vacías. La cabeza, que duda cabe, ya la tenían así. Y esa gente, que quedó sin un triste ladrillo del Muro, sin politburó y sin Stalin, quien previamente los había dejado sin Trotzky, sin Lenin y sin algunos cuantos millones de camaradas, es hoy uno de los principales sostenes de este islamismo teo, pluto o autocrático, al que insisten en considerar como el paradigma actual de su “anti-imperialismo” enfermizo. Un pliegue éste al terrorismo mahometano desembozado y furiosamente anti judío-israelí, del que, como corroboramos a diario, tampoco escapan vastos sectores del centro y la derecha. Mientras tanto Irán, que se convirtió en avanzada contra la civilización desde el advenimiento de los ayatollás, se está armando sin pausas y con la indisimulada intención de hacerse de la bomba nuclear. Pero en tanto tiene sus principales afanes puestos en ello, no encuentra óbice de ir preparando el terreno para un posterior y definitivo embate, cuya única meta es instalar un Califato, a nivel universal. Así, y asentado en su poder económico, es el principal provocador y proveedor de pertrechos bélicos a incontables bandas terroristas, para que con sus ataques constantes vayan ablandando al primer enemigo de su lista, o sea: el país de los judíos, o sea: Israel. Las críticas del mundo al Estado hebreo, implacables aunque estos países no ignoran que cada respuesta israelí es un legítimo e ineludible acto de defensa, dan pábulo para que los criminales integristas se envalentonen y vayan siempre por más. Pese a las pocas luces... que distinguen a su dirigencia. Y de este modo asistimos a cantidad de despropósitos, difíciles de ser digeridos por una sociedad civilizada. El último de ellos, tras la conclusión del congreso nazi que tuvo lugar en Teherán, partió de la bocaza del Primer Ministro Palestino (un pueblo del que se tuvo noticias recién en 1964 y cuyo principal dirigente, un tal Yasser Arafat, curiosamente era egipcio y ajeno a la zona) Ismail Haniye, quien tuvo la “grandeza” de ofrecer a Israel una “tregua” por 20 años, si éste se retiraba a las fronteras de 1967 y permitía el nacimiento de un Estado Palestino. Osado el sujeto, creyó que con ese solo convite alcanzaba para que lo consideraran un hombre bienintencionado y amante de la paz. Lástima grande que los judíos están ya enterados de lo que significa la palabra tregua ofrecida por un terrorista palestino (que nada tiene que ver con la paz, sino con, en el mejor de los casos, postergar la agresión) y de modo alguno van a responder a tamaña proposición como no sea con un corte de mangas, menos aún si dicha “dádiva” proviene de un criminal que mandó asesinar a sus hermanos y que por ello está marcado para su oportuna eliminación. De este modo el juego continuará y sus consecuencias se irán acumulando. Pero aun así, encontrándonos en semejante brete, considero que no ha llegado todavía la hora de suicidarnos. Israel y su pueblo, espero, por lo menos no lo harán. ¿Y el resto de la humanidad?. Entiendo la desesperación de la gente por este inacabable estado de guerra; pero aun en circunstancias tan críticas como las actuales, la tendencia del hombre conciente ha de ser como la de aquel que ha caído en aguas profundas: mantenerse a flote, poniendo toda su voluntad, energía e ingenio para poder salvarse. Por eso y aprovechando que llega un nuevo año, momento éste propicio para la reflexión y ansia de soluciones, hago votos por que en su transcurso podamos todos juntos librarnos del flagelo extremista que nos amenaza, aun a sabiendas que no resultará nada sencillo conseguirlo.