Por Mario Linovesky
Con las disculpas del caso para el autor por lo poco atinado y lo mucho de irónico de las comparaciones efectuadas, no obstante éste persiste en mantenerlas y por eso afirma que las últimas tres décadas serán recordadas en el futuro por haber sido el continente de otras tantas caídas, estrepitosas para más datos, y que marcaron o marcarán hitos fundamentales en la historia de la humanidad. La primera, según dice, fue, allá por noviembre de 1989, la del Muro de Berlín, la segunda, la de las Torres Gemelas de Nueva Cork, y la tercera, quizá la más importante para ciertos delirantes la ocurrida el 14-11-2006 cuando cayó Luis D'Elía, despedido de su empleo por el gobierno argentino.
Para quienes no lo conocen a D'Elía, se trata de un personaje que accedió a la fama por ser uno de los principales creadores de un determinado y legítimo movimiento, pero cuyo único norte terminó siendo perturbar el desarrollo pacífico de la sociedad argentina, más precisamente de su clase media mercantil, a la que despojó con su constante agitación en las calles de todo atisbo de seguridad. Ya que si bien nació como un interesante ensayo para exigir, aunque por medio de la compulsión es cierto, la adquisición para las masas desocupadas del derecho fundamental al trabajo y a un sueldo digno, debido a sus métodos violentos a mitad de la marcha desvió el camino, transformándose en grupo de choque a favor de quien mejor le pagase. Así, ya trasvertidos sus integrantes en una caterva de matones, los comandados por D'Elía enmascararon sus rostros y comenzaron a copar la Capital argentina, en tanto reburujaban sus ideales en algún ignoto arcón, arrumbándolo sin pena ni arrepentimiento en el rincón reservado a los trastos.
Ésto llevó al gobierno a, para intentar neutralizarlo y que dejase de molestar, crear una sub-secretaría para su exclusivo uso. Cosa que el hombre no entendió y, en lugar de desempeñar con un necesario bajo perfil sus nuevas y privilegiadas funciones, pretender sobresalir dentro del elenco gubernamental, inclusive en lo que compete exclusivamente al ámbito del Ejecutivo.
Como funcionario no se lo recuerda por sus espectaculares logros ni mucho menos, pero si por haber comandado el asalto a la comisaría 24 de La Boca, donde hubo inclusive muertes. También por haber marchado junto a Chávez, el deschavetado dictador venezolano, en lo que se llamó la Contracumbre de Mar del Plata, donde tuvieron por meta ahuyentar del país a George W.Bush (Buch en la dicción de D'Elía), el presidente de los EEUU, cosa de la que éste gobernante ni siquiera se enteró, y cuyo saldo fue el cuantioso estrago causado en el centro de la ciudad balnearia, con la consecuente pérdida de patrimonio de ciudadanos argentinos trabajadores.
En el tiempo más reciente, el “piquefuncionario” vio agravado su furioso antiimperialismo, lo que lo llevó a descarrilarse del todo, y volcó sus inquietudes apoyando a otro “imperialismo”, muchísimo más feroz que el que proclamaba combatir. TV mediante, se lo vio entonces hasta el hartazgo marchando frente a sus seguidores junto al tristemente célebre Fernando Esteche (un tipejo de grandes dientes y lentes que guía a un grupo de lúmpenes llamado Quebracho, cuya forma de imponer las ideas es con la invalorable ayuda de garrotes, nunca del cerebro), una a esta altura desquiciada Hebe de Bonafini, que día a día se va ganando la antipatía del pueblo que antes la admiraba y a la izquierda fascista encabezada por Vilma Ripoll, Patricio Echegaray y otros notorios alborotadores, a favor de las demandas de un Islam que bajo la batuta de clérigos fundamentalistas como Mohsen Alí, manifiestan habitual y abiertamente frente a la Embajada de Israel. Pero su última barrabasada y que llevó al presidente argentino a, mediante una patada en ese lugar donde al decir de un famoso literato la espalda pierde su inocente nombre, eyectarlo de su privilegiado sitial, fue cuando el susodicho D'Elía se salió de sus funciones menores y pretendió sustituirlo en decisiones que solamente competen al Ejecutivo. Porque, desobedeciendo cualquier normativa establecida y hasta órdenes en contrario y personales del presidente, el piquetero de marras se coló subrepticiamente en esferas ajenas a su cometido y, hablando en nombre del pueblo argentino todo, manifestó la solidaridad de éste con la teocracia iraní, pasando por encima de la política diplomática diseñada por Néstor Kirschner y también de las resoluciones del Poder Judicial.
E inmediatamente todo ésto se volvió un show patético y tragicómico, llevado de la mano por los noticieros y gacetillas de TV, radios y diarios, que por nada del mundo se iban a perder tan jugoso bocadillo. Porque en innúmeras y previsibles entrevistas el hombre habló o, como se dice popularmente, destapó la cloaca, llenando de miasmas y aguas servidas el éter y las impresiones en papel, sin freno y hasta donde le vino en gana. Y su voz extremadamente aflautada, que no condice para nada con su físico y cara intimidantes, sirvió de vehículo para proclamar los más hilarantes despropósitos.
En primer término porque su alejamiento compulsivo, que él trató de minimizar con una tardía renuncia, lo atribuyó al lobby de los imperialismos yanqui e israelí, además únicos responsables en el mundo del terrorismo de estado, según sus palabras. Dando a entender de paso que lamentaba más que nada que ellos finalmente se hubiesen salido con la suya y que tanto Bush como Olmert, así como la gente de la Cia y del Mossad pudiesen ahora dormir tranquilos al habérselo sacado de encima, siendo que su presencia y trayectoria dentro del gobierno argentino, era lo único en la vida que les quitaba el sueño.
E indisimulando la esperanza de que su reciente exabrupto quedase cubierto por un futuro y oportuno manto de olvido, siguió profiriendo dichos bajo los efectos del más pedestre anacoluto, aclarando que él era un hombre leal al presidente... y hasta las últimas consecuencias. Paradójicamente de un presidente al que el día anterior había contradicho en tanto obedecía órdenes del Embajador de Venezuela, poniéndolo así en la ridícula situación de verse desautorizado por un funcionario insignificante que no sabe siquiera manejar la palabra, sino la violencia de los palos. Y tras ello vino lo más chocarrero del asunto, ya que preguntado si pensaba volver a la calle para comandar nuevamente los piquetes, tuvo la desvergüenza de hacer saber al público que sus planes inmediatos consistían en retornar al ejercicio de la “docencia”, su profesión desde siempre. Por lo cual resulta temible comprobar la escasa excelencia de aquellos académicos y profesores que lo formaron y proveyeron del título de maestro y de la educación argentina en general.
Y por todo lo antedicho, visto que un personaje de tan poco vuelo alcanzó a tener tamaño protagonismo, queda campeando la sensación, si ésto sigue generalizándose, que el occidente democrático esté expuesto a un extraordinario peligro, para satisfacción de sus actuales y muy pacientes enemigos del suroeste asiático, agazapados pero alertas para la guerra total.
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