Por Mario Linovesky
Así como me ven, yo soy tataranieto de rabino. Cosa que por supuesto me enorgullece, porque el abuelo de mi abuela fue, según contaban aquellos que por dos o tres generaciones mantuvieron el recuerdo de su trayectoria y buen trato a la comunidad que encabezaba un hombre probo, de probidad absoluta. El Zeide Meitze, nombre por el que era conocido, fue un rabino de “shtetl”. Y como líder de su gente, debió bregar sin desmayos por su tranquilidad, la que de tanto en tanto se alteraba bruscamente no bien a algún burócrata antisemita se le antojaba lanzar el populacho a la caza de judíos, en acciones “parapoliciales” que se conocieron como “pogromos”. Pero, dejando de lado estos acontecimientos infaustos, que según Noam Chomsky no eran tan malos porque en ellos moría poca gente, a mi tatarabuelo lo recordaban también por la justeza de sus consejos y por su aceptación a ultranza del derecho a ser diferente. En pocas palabras, él no discriminaba, aunque, como es lógico, tampoco admitía ni perdonaba ningún acto verdaderamente criminal. Murió hace mucho, a finales del siglo XIX, pero, aun sin pasar a la historia ni ser mencionado salvo en los círculos en los actuó, no obstante se suma con sobrados méritos a ese conjunto de hombres piadosos que con su observancia de la Torá, mantuvieron la continuidad del judaísmo a través de los siglos.
Repasando su trayectoria, se me da por evaluar en que diferentes son los religiosos de hoy día, aun admitiendo que entre ellos coexisten muchos que merecen todo nuestro respeto y a los que excluyo de esa generalidad de reaccionarios, de los que desbordan las actuales Ieshivot. Porque al zeide Meitze jamás se le hubiese ocurrido ni organizar ni participar de un “pogromo” contra quien fuese, ya que tal actitud contradice la esencia judía, basada en la ética, la moral y, por sobre todo, en la justicia.
Estoy más que seguro que si él estuviese actualmente vivo y en Jerusalem, de modo alguno admitiría el “pogromo” preparado para este viernes en contra de la Marcha del Orgullo Gay. En primer término porque consideraría que cada cual es dueño, en una sociedad democrática, de adoptar el modo de vida que más le apetezca, en tanto no altere los derechos fundamentales, ni la tranquilidad de sus vecinos. Pero más allá de esto, y básicamente, recordaría que en la no tan lejana Shoáh, a los efectos de ser eliminados, homosexuales y judíos, con más gitanos y enfermos, todos ellos se alineaban en una misma hilera, en su caminata fatídica a los hornos de exterminio. Y es esta sola circunstancia la que invalida, por parte del “verdadero” judío, cualquier atisbo de discriminación contra el que es diferente, porque también diferentes, fuimos y somos considerados nosotros. Caso contrario, poca diferencia habría entre los nazis de ayer y estos zánganos trastornados de hoy que alientan el “pogr-homo”, por cuanto estos últimos estarían obrando de idéntica manera que aquellos. Y si acaso son gente de sangre caliente y buscan acción, sería aconsejable exigirles que dirijan sus iras contra verdaderos pervertidos, como por ejemplo los que activan en la secta de los Naturei Karta, ya que estos sí, con sus visitas frecuentes a Teherán y Ramalla, donde piden la urgente destrucción del Estado de Israel, son el verdadero enemigo, junto a los judeófobos de cualquier signo que tiene de sobra nuestro pueblo. Un “gay”, después de todo, es alguien con una determinada preferencia sexual, que en nada afecta a la sociedad israelí ni de ningún lado. Los otros en cambio son infames traidores a la patria y, aun cuando por ello merecen cuanto menos la cárcel, son sin embargo tolerados y hasta saludados por los responsables del pogromo en ciernes, con los que encima conviven en un mismo vecindario.
Tomando lo antedicho en cuenta y siendo como soy un judío a carta cabal, jactancioso de contar con un ancestro rabino pese a mi agnosticismo practicante, es que me avergüenza que nada menos que en Israel ciudadanos judíos necesiten que policías judíos resguarden su integridad, amenazada por otros ciudadanos judíos que no piensan ni sienten como ellos.
Y pensar que toda esta estupidez, impropia del siglo XXI, ocurre en momentos en que Jizbalá se está rearmando hasta los dientes para atacar de nuevo a nuestra Mediná y paralelamente se oye, ve y lee de una inminente guerra con Siria.
Agregado de último momento: según noticias y para evitar enfrentamientos entre “hermanos”, el acto programado y al que se llamó “Marcha por el Orgullo Gay” se llevará a cabo según sus organizadores en el interior de un estadio, aunque la excusa antepuesta es porque Israel se encuentra en Estado de Alerta Máxima, debido a la amenaza de atentados terroristas palestinos. Por el bien de nuestra sociedad, espero que esto último sea cierto, pese al riesgo que encierra y que policía y ejército puedan dedicarse a proteger al pueblo de sus enemigos y no deban distraer su atención por culpa del capricho de unos pocos desaforados.
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