Articulos nuevos EL BEBÉ DE JAMENEIpor Mario Linovesky
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Hace muchos años, en una acreditada revista dedicada al espectáculo, su prestigiosísimo comentarista de cine gastó 3 páginas enteras comentando cierta escena de una película de Igmar Bergman. Se trataba de una inocente toma donde una locomotora se acercaba a la cámara y en cuyo frente se leía, claramente, un número de 4 cifras. La interpretación, porque en aquel entonces existía una especie de obligación intelectual de que al gran director sueco había que saber encontrarle segundas intenciones a cualquier cosa que hiciese, llevó al cronista a sospechar que dicho número escondía alguna concienzuda trama; la cual, dedujo de paso, venía a significar un determinado versículo de la Biblia, con su consecuente carga de profecía. Cuando se le consultó al cineasta sobre la verdad de esta aseveración, éste se limitó a sonreír, al tiempo que contestaba :- Esa escena fue tomada accidentalmente cuando estábamos filmando en la campiña y simplemente se me olvidó borrarla.
Si bien este comentario no deja de ser una inocente anécdota de cómo elaboran los periodistas las notas sin informarse previamente, de cualquier modo nos sirve para evaluar los eventuales peligros que conlleva la noticia improvisada, que hoy día está tan de moda en el universo mediático. Por caso hace poco la promocionada “masacre de Yenín” y más tarde la no menos célebre “masacre de Kana” que habría perpretado el ejército israelí y que en realidad constituyeron dos grandes mentiras árabes que junto a lo de Sabra y Chatila en el pasado, el periodismo amarillo se ocupó de desparramar sin averiguar gran cosa y dándolas por ciertas a priori.
Con todo y para no salirnos del campo de la cinematografía, hay casos antitéticos al comentado de Bergman, donde el argumento nos muestra una cosa, pero en realidad quiere significar otra muy diferente. Un ejemplo de ello es la no se sabe porqué acreditada cinta: “El bebé de Rosemary” que se estrenó allá por los años 70 y que hasta el día de hoy es reputada como el relato de la gestación y nacimiento de un crío diabólico. Pocos advirtieron y en el mundillo de la crítica cinematográfica se podría decir que absolutamente nadie, que la cosa venía con trampa y que la película tenía una fuerte connotación ideológica, tomando su director partido por uno de los dos bandos en lo que hasta la caída del Muro de Berlín se conoció como la “Guerra Fría”. Porque a quienes como yo lo que vimos en pantalla nos resultó soberanamente aburrido y no creemos demasiado en luciferes y otros espantos, dicha trama nos molestó y por ende le buscamos algún tipo de explicación secundaria al despropósito. Se me ocurre que con buenos resultados. A mí personalmente, me llamó la atención una data harto repetida por uno de los protagonistas: “-En tal fecha- declamaba una y otra vez el susodicho - nacerá el monstruo” . Y resultó que esa era la clave para entender el mensaje que venía oculto. Porque apenas regresado a casa busqué, aun a riesgo de decepcionar a los amantes de lo esotérico y a mí mismo, qué quiso decir Polansky con un filme de semejante mal gusto. Y vino a ser que, según versaba la enciclopedia, la fecha tan mencionada no era otra que la de la firma del Pacto de Varsovia, mediante el cual la Unión Soviética succionaba para su campo de influencia a la vapuleada e inerme Polonia y la transformaba en satélite suyo. Lo demás fue fácil de entender. Mia Farow, la protagonista embarazada, representaba a Polonia, un suicidio que se registraba significaba el de la democracia y el bebé que ella daba a luz, no era ni más ni menos que “el comunismo”. Y había poco más para agregar.
Seguramente, los lectores se preguntarán a qué viene toda esta facundia. Tiene su sentido, por cuanto vemos y creemos, lo que el que es más fuerte informando o formando (opinión) nos induce a creer.
En la actualidad coexiste en nuestro mundo una dualidad semejante, parecida a la que en ficción significó aquella película, pretendidamente satánica. Aunque justo al revés, porque ésto de invento no tiene nada y de diabólico mucho.
Pongamos sí en juego la imaginación, pero para poder entender la realidad. Porque aunque los personajes en este caso son de carne y hueso, una dosis de fábula no nos vendrá mal para situarnos en un escenario que a todas luces aparece como apocalíptico. Inseminemos entonces y sin ningún pudor al más prominente de los ayatolás shítas, apellidado Jamenei. Y aunque suene lunático, sigamos con esta travesura y pongamos atención en qué es lo que el mismo pare. Como el semen utilizado está compuesto por una letal mezcla de fundamentalismo adorador, una religión que admite el fanatismo a ultranza y una cantidad inconmensurable de dinero, habremos conseguido, sin ningún tipo de dudas, el alumbramiento de un monstruo.
Pues bien, ya no precisamos de la fábula, puesto que la aberración nacida, lejos de parecer algo imaginario, se ha transformado en cosa real y tangible. Porque, aun cuando parezca alocado, el ser diabólico al que hoy conocemos como Majmud Admadenijad, es el resultado de la parición del nombrado ayatolá. Y propone al mundo un esparcimiento siniestro: hacer desaparecer de la faz de la tierra a todo un pueblo.
Ésto ya no es cine. El chiflado concebido por el ayatolá ha sentado sus reales en el sillón máximo del gobierno iraní y desde hace un tiempo comenzó a hacer de las suyas. Responsable del manejo de una fortuna colosal, no encontró impedimento alguno en emplear una parte de ella, que no es sólo dinero efectivo sino gigantescas reservas de petróleo del que Occidente carece, para poner contra la pared a su acobardada dirigencia. Y como dueño de la situación, formó y financia bandas armadas para que asuman su representatividad en los enfrentamientos armados, en tanto su país se pertrecha desaforadamente para el combate final, con bomba nuclear incluida. Bandas cuyo bagaje principal está constituido, además de cuanto armamento y fondos les sean necesarios, por el fanatismo religioso de sus componentes y su desprecio por la vida propia y de los demás. Y con ellas precisamente acaba de desatar dos guerras de precalentamiento, (en Líbano y Gaza) pero que son un anuncio claro de que va por bastante más; porque en esta ocasión no es solamente más lo que quiere, sino que es... absolutamente todo.
Entretanto Occidente y el lejano Oriente viven en su limbo y lo toleran o tratan de ignorarlo. Cada quien cuidando su quintita y sin importarle del vecino, interpretan los sucesos a comodidad, seguros que ellos no son el blanco al que el engendro apunta. Y así permiten que se expanda la locura fundamentalista y (perdón por el oxímoron), avance la regresión. Llegado el mundo a un modernismo envidiable, donde lamentablemente aún persiste una muy grande injusticia, admiten que los que solamente por demagogia dicen enfrentar a la misma, los vayan llevando directamente a un tipo de sociedad medieval, en la cuak las más feroces teocracias llevarán la voz cantante y única. No otro significado tiene el haber permitido y hasta sonreído por la payasesca intervención en la Asamblea General de la ONU del troglodita “presidente” de Venezuela Hugo Chavez, quien con un engolamiento digno de mejores causas insultó infantilmente al primer magistrado de la Nación más grande e importante de la Tierra y al Estado de Israel, mientras defendía al mundo árabe plagado de tiranos y tiranuelos por doquier.
Y ésto es lo que tenemos, mientras el circo montado nos entretiene. Hasta hace poco en las sombras y hoy solapadamente, los fascismos de izquierda y derecha haciéndose fuertes, preanunciando un amargo futuro. Los comerciantes haciendo su negocio particulares proveyendo todo tipo de armamento a quien sea y una gran parte de la prensa tranformada en una camada de bandoleros que se venden al mejor postor. Y, comandando a todos, el Bebé de Jamenei restregándose las manos listo para darse el festín, donde el plato principal es el mismísimo planeta, con sus habitantes oficiando de guarnición. Viendo entusiasmado como su empleado Nasralla festeja multitudinariamente su triunfo pírrico ya que la de Líbano fue una guerra que claramente perdió y como miles de fanáticos enloquecidos, con sus solos gritos hacen desdecirse al Papa, de una verdad que por una vez finalmente se había animado a decir.
¿Qué nos queda entonces?: pues la esperanza. La esperanza de que los dirigentes democráticos despierten de su letargo, se ubiquen y alcancen a discernir sobre la gravedad de lo que está ocurriendo, enfrentando con determinación la amenaza. Si no, y perdóneseme el pesimismo, sólo quedará una posibilidad de salvación: que Dios lo quiera y nos ayude.
*Jamenei, Alí: Ayatolá en Jefe de Irán, sucesor del tristemente célebre ayatollá Ruholla Jomeini.
Mario Linovesky
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