Retrotraigámonos a un cercano pasado, en el siglo XX, a finales de la década del 30 y hasta mitad de la del 40. El nazismo alemán, máximo exponente del espanto exacerbado de los apropiadores de capital y poder, a raíz de dicho espanto habían desatado una guerra desatinada y destructiva, con un resultado asaz atroz en lo que hace a la pérdida de vidas humanas. Paralelamente y aprovechando su preeminencia bélica, se dieron a la tarea de exterminar a un pueblo completo, el judío, al que achacaban todo tipo de responsabilidades por la desintegración de sus cómodos pasares. Y lograron su ambición a medias. Con todo, terminada la guerra y derrotados sus responsables, el cargo de conciencia por no haber hecho nada o muy poco por evitar la matanza de 6.000.000 de judíos, llevó a los vencedores, a los que la historia posterior demostraría que portaban un odio parecido hacia la nación masacrada, a permitir que sus supervivientes tuviesen un país propio donde desarrollarse y poder vivir en paz. Para ello, en 1947, en el seno de la Liga de las Naciones se llevó a cabo una votación, donde la mayoría de sus integrantes resolvieron la partición de un territorio bautizado Palestina por el desaparecido Imperio Romano, en el que convivirían dos pueblos, uno árabe y el otro judío. No advirtieron los votantes de lo que tiempo más tarde se convertiría en la Organización de las Naciones Unidas, que pese a ser la suya una resolución justa y ecuánime, deberían lidiar contra un fanatismo religioso que enseguida se saldría de cauce. No lo advirtieron ni siquiera cuando en la mismísima votación los países árabes que integraban la Liga, que eran meros vecinos de ese terreno cuya partición se votaba y que entonces estaba tutelado por el Reino Unido, se desgañitaron gritando su desprecio por las resoluciones de esa Institución que los cobijaba, así como por el voto de la misma, por democrático que éste fuese. No hace falta más que leer el desarrollo de aquella asamblea para corroborar la amenaza árabe de un baño de sangre en la zona, si el voto de la mayoría no los favorecía.
A ésto, no hubo ningún reclamo por parte del “milenario pueblo palestino”, simplemente porque este pueblo todavía no se había “inventado”, cosa que recién ocurriría cuando los árabes, luego de perder todas las guerras traicioneras emprendidas contra el flamante país judío, el que encima debió defenderse con un escaso armamento, además obsoleto, les demostró que de ese sitio ya no se movería jamás. Así, en 1964, un egipcio llamado Yasser Arafat, junto a libaneses, sirios y otros de la vecindad formaron la llamada Organización para la Liberación de Palestina (OLP), a fin de reclamar para sí toda esa zona que poco antes había sido un pantanal y que los judíos, en base a su trabajo denodado e infatigable, transformaron en habitable y productivo.
Tan habitable y tan productivo, que incentivó hasta el paroxismo la codicia árabe, cuyos componentes, tuviesen o no frontera común con él, buscaron de apropiarse usando cualquier medio, preferentemente el de la muerte de sus forjadores.
Quienes no guarden en sus corazones el odio anti judío, nacido de unos evangelios apócrifos de la primer cristiandad y más tarde del Islam en desbocado afán de conquista, conocen y entienden al dedillo esta historia. Sin embargo coexiste con ellos su contrapartida, formada por individuos condicionados por un atavismo judeófobo, que no aceptan dicha evidencia y presionan a favor de un Medio Oriente totalmente árabe y la desaparición del Estado de Israel. Y a esa tarea se han dado de lleno, sin reparar en medios y desinformando más y mejor.
Hoy Israel está en guerra, una guerra que no buscó. Así y todo, no es una guerra común como las tantas que hubo y hay en el mundo, porque es la única en que el país que se defiende, debe justificar cada uno de sus actos mientras pelea por sobrevivir. Ante enemigos que han optado por la confrontación traicionera, donde mentira y muerte van de la mano. La guerra contra un enemigo tan sucio en su intención y tan cobarde en su ejecución, que sus ejércitos están bien guardados en los cuarteles mientras lanzan amenazas (Irán, Siria), en tanto que la batalla, llevada a cabo desde escondrijos preparados al efecto, tiene por protagonistas a individuos formados para sembrar el terror y vestidos de civil. De este modo, cuando Israel los elimina, ciertos gobernantes ganados por la imbecilidad dogmática (el Zapatero español, el Chirac francés y algunos más como ellos) se rasgan las vestiduras y denuncias inexistentes genocidios. ¿Y que decir de la prensa comprada con petrodólares?. Los titulares de sus periódicos nos eximen de mayores comentarios. Con puntos, comas y algunas pocas palabras cambiadas, una generalidad de ellos coincide en hablar de la “muerte de civiles” por obra de los bombardeos israelíes y de la necesidad de detener la “matanza”. Poco dicen y ésto casi al pasar, de los misiles que estos “civiles” están haciendo llover sobre terreno israelí, causando muertes y mutilaciones entre su población, esta verdaderamente “civil” en su casi totalidad. De hecho, tampoco les interesa. Y si hiciese falta un botón de muestra, tenemos un comentario escuchado ayer, 16 de julio, en el Canal 26 argentino, de clara tendencia fascista: “más de 100 muertos produjeron en Líbano los bombardeos de la Aviación Israelí. Una de las víctimas, argentina, será sepultada hoy en el Cementerio de la Tablada”, sin hacer por supuesto la aclaración que el Cementerio antedicho es el de la comunidad judía y que la víctima era una inmigrante argentina muerta cuando un misil Katiusha ruso lanzado por los terroristas del Jizbalá palestino-libanés, impactó en su cabeza en la localidad israelí de Naharía. Y así continúan desinformando y confundiendo a la opinión pública; o exponiendo su supina ignorancia, o demostrando su mala leche. De modo que hoy más que nunca adquiere validez el título pregunta de este artículo, en referencia al comportamiento de gobernantes y prensa que se dicen democráticos y amates de la justicia: ¿MALINTENCIONADOS, PELOTUDOS O AMBAS COSAS A LA VEZ?. Y la contestación se me hace que ni siquiera es necesaria, porque emana prístina de sus erráticos procederes. Y porque pese a su inapropiada ingerencia en algo donde, o prima su interés personal, o su imbecilidad, ésto a elección, Israel vencerá y continuará existiendo, por desmesurado que sea el precio que tenga que pagar para ello.
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