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¿SI A ZIDANE SÍ..., POR QUÉ A ISRAEL NO?

Por Mario Linovesky

 

Vaya historia conocida: faltaban apenas 10 minutos para que terminase la final del Campeonato Mundial de Fútbol, cuando Francia e Italia, sus protagonistas, empataban en 1 gol por bando y aún quedaba el tiempo suficiente para que uno de los dos desequilibrase el tanteador a su favor. A ésto el equipo francés se mostraba más entero que su rival y según los relatores y comentaristas era quien tenía mayores posibilidades de marcar y alzarse con la ansiada copa. En ese preciso momento y por indicación de un juez de línea, cuando se iniciaba un contraataque de los italianos el árbitro interrumpió el juego, se acercó al jugador estrella francés (además su capitán) y le sacó la tarjeta roja, expulsándolo del encuentro y dejando en desventaja numérica a su equipo. Nadie, de los millones de televidentes, tuvo la más peregrina idea de cuales habían sido las causas que motivaron tan concluyente castigo. Hasta que fue la mismísima televisión la que sacó a todos de dudas, en una de sus clásicas repeticiones. Recién entonces se vio que tras un avance francés el jugador Materazzi había tomado a Zidane por la camiseta, le había dado un tirón y se la había soltado. Acto seguido ambos jugadores siguieron caminando a la par mientras entablaban un diálogo, hasta que de pronto Zidane se adelantó, caminó unos pasos e intempestivamente se dio vuelta, para desandar el camino hasta reencontrarse con el italiano y antes que éste llegase a darse cuenta, aplicarle un furibundo cabezazo en medio del pecho.

A partir de allí, comenzaron a tejerse todo tipo de conjeturas sobre los motivos que llevaron a hombre tan experimentado, a reaccionar de manera así de innoble. Entonces y según de que bando proviniesen, llovieron cantidad de excusas e imputaciones sobre los procederes de agresor y agredido. Unos dijeron que había sido un embate verbal xenófobo del peninsular lo que hizo soliviantar al capitán francés y otros que se trató de insultos protervos a su madre y hermana. Quizá algún día se sepa lo sucedido, o quizá no, porque estas cosas ocurren repetidamente en los encuentros deportivos, usándoselas para sacar de las casillas al contrario a fin de obtener ventajas de su estado nervioso; y hasta existe la posibilidad que ni uno ni otro de los protagonistas siquiera lo recuerde ya y en poco tiempo todo ésto no pase de ser una mera historieta, para comentario de los muy ociosos. Lo que si resulta inadmisible es la “desmesurada” (recuerden este término, porque determina lo que sigue) y extemporánea reacción, protagonizada por el futbolista galo.

El caso es que el Mundial de Fútbol llegó a su fin e Italia se alzó con el preciado trofeo, en parte por mérito propio, pero en gran parte también gracias al exabrupto “craneal” de Zinedine Zidane.

Tras ello y pasados unos pocos días del evento, un tercer actor, político éste, tornó aquel enfrentamiento infame de dos simples jugadores de fútbol (los insultos del italiano y el cabezazo del francés), en un hecho de suyo patriotero, y mucho más infame aún. Su nombre es Jaques Chirac y su trabajo desempeñarse como presidente de la República de Francia. Quien por mera especulación política no solamente perdonó la incorrección y falta de tino del jugador que representaba a su país, sino que además lo elevó a la categoría de héroe nacional y encima lo premió con una medalla. Así, en lo más alto de los estamentos gubernamentales, su máximo dirigente pretendió dar por finalizado el altercado, aunque en la FIFA todavía no han decidido cerrarlo. Como que tampoco quedó cerrado a nivel ecuménico, porque este tercer actor, presidente de Francia, juega en otros partidos mucho más importantes que los de fútbol y su ingerencia en ellos es determinante. Porque mientras el mundo estaba ocupado, o “muy preocupado”, por las hazañas de unos pocos atletas que maltratan durante 90 minutos un balón de cuero, no demasiado lejos de ese teatro, en el siempre convulsionado Oriente Medio un grupo de criminales islamistas palestinos ingresó furtivamente a territorio israelí, atacó a una patrulla del Ejército, asesinó a dos soldados y secuestró a un tercero. Y es aquí donde se produce el nexo enunciado en el copete de este escrito entre la anécdota del cabezazo de Zidane y una guerra que no es juego y en la que la gente muere en serio. Porque la innegablemente justa reacción del Estado de Israel invadiendo la Franja de Gaza a donde fue llevada la víctima del secuestro por los terroristas a fin de recuperarla, tuvo una inmediata condena de quienes aceptaron hace ya mucho tiempo el chantaje de los islamistas y de sus mandantes, los magnates petroleros de ese mismo Islam. Y la voz cantante la llevó el antes mencionado Jaques Chirac, catalogando de “desmesurada” (recuerdan el término) la contraofensiva del país atacado. Desmesurada, solamente porque es Israel quien la lleva a cabo. Y si bien no es mi intención comparar un hecho tan menor como el acontecido en el campo de fútbol entre dos pateadores de pelotas a la invasión de un país a otro con tanques, aviones, buques de guerra e infantería, si me interesa resaltar la importancia del perdón a un hecho que es de por sí mismo imperdonable pero nimio, en tanto se condena otro donde el ofendido pelea por su mismísima existencia. Siendo además que el comportamiento de los dos jugadores seguramente fue obra de una “calentura” transitoria, en tanto que el ataque, por donde se lo busque “artero”, de la banda terrorista palestina, obedeció a un plan preconcebido y elaborado a través de meses. Tan preparado, que a los pocos días otra banda terrorista, esta entronizada en un país al norte de Israel, realizó un ataque similar con invasión, asesinatos y secuestros, obligando a la Nación vulnerada a contraatacar tal como lo había hecho días antes en Gaza. Y entonces resurgió el “perdonador” de futbolistas torpes Chirac, volviendo a imputar de “desmesurada” la acción de la Nación agredida. Desde luego que no lo hace en solitario; así como sucedió a fines de junio tiene compinches que lo acompañan, tales como el ex KGB Vladimir Putin y otros cuantos que ensuciaron sus calzoncillos en oportunidad que bandas islamistas los agredieron en sus propios suelos. Y hoy gracias a tales comportamientos tenemos la GUERRA, en la que por el momento sólo Israel, el único país que se atreve a enfrentar y poner en jaque al terrorismo islamista, debe exponer la vida de sus soldados y ciudadanos, para que un mundo cobarde siga jugando con su “desmesurada” (aquí si que encaja perfectamente la palabreja) ilusión de que a ellos no los volverán a tocar. Entonces seguirán llamando “partido político” a la gavilla criminal fanática de Jizbalá (único y rarísimo partido político que como escribiera Rafael Eldad, embajador de Israel en Argentina, tiene ejército propio), así como que continuarán tolerando el matonismo de Irán y Siria, que son quienes la apadrinan.

Y no queda mucho por decir de quienes presumen de estadistas y son unos simples cagones. Sí queda alentar al valiente Estado de Israel, a quien además de apoyar en su accionar, estamos obligados, judíos y no judíos con un mínimo de ética y justicia en nuestro comportamiento habitual, a desearle un contundente triunfo, tan sólo por demostrar la valentía de enfrentar al máximo flagelo que asuela el planeta. Un planeta que tiene la cobardía de esconderse mientras 6 millones de humanos luchan y se defienden contra más de 400 millones y encima fustigan al ofendido, pensando solamente en el bienestar de sus inmorales bolsillos. Cosa que ya están pagando, por cuanto mientras ellos se arrastraban y siguen arrastrándose ante los criminales y les hacen sonrisas y genuflexiones, éstos, continuando con su chantaje vil, le dispararon el peor de los misiles aumentándoles el precio del petróleo, que es lo que a Occidente parece que más le duele.


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