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Interesantísima Conferencia de Pilar Rahola en el Comité Judío Norteamericano

(Su lectura implica volver a un pasado no demasiado lejano, para comprobar que no ha habido demasiados cambios en la imbecilidad de la gente)

Cuando Winston Churchill increpó duramente a Chamberlain por su postura ante Hitler, pronunció una de sus frases históricas: “Ud. tuvo para escoger entre la vergüenza y la guerra; escogió la vergüenza y ahora tendrá la guerra”. Resulta impresionante observar como la historia tiene una dura tendencia a repetir sus miserias y así, atrapada por el síndrome de Chamberlain, una buena parte de Europa escoge una y otra vez la vergüenza, sin antes ser capaz de ahuyentar sus muchas guerras. Vengo hoy aquí, desde el viejo continente, y desde ese más viejo Sepharad mítico y doliente, para pedirles disculpas por formar parte de un cuerpo social cada día más antisemita, cada día más antiamericano y, día a día, cada vez más alejado de su propio sentido moral. Soy una europea convencida, amante de lo mejor que ha dado de sí esa cultura heterodoxa y vibrante que es la nuestra. Pero también estoy convencida de que hoy Europa no existe más allá del club de intereses en qué se ha convertido, vieja gruñona enfadada con su hijo pródigo americano y, a pesar de todo, considerado bastardo. El antiamericanismo es, hoy por hoy, una de las señas de identidad de Europa, casi tan poderosa como lo fue el antisemitismo endémico que conformó su peor historia. Un antisemitismo que renace con virulencia y que, justificado bajo el paraguas protector del antisionismo (siempre más cómodo de vender, sobretodo gracias a la ONU), no es sólo patrimonio de la extrema derecha. Hoy el antisemitismo, como el antiamericanismo, son de izquierdas. Y, si recordamos que son los intelectuales de izquierdas los que conforman el prestigio del pensamiento, y crean las grandes corrientes de opinión, concluimos que estamos ante un nuevo, peligroso y sutil pensamiento único. Citando a mi amigo el escritor Marcos Aguinis, podríamos hablar de un retroceso de la izquierda hacia la antimodernidad. En todo caso, mucho de lo que ha ocurrido estos días en las calles de Europa, tenía bastante de antimoderno, demasiado de irresponsable. Hoy por hoy, la frase despreciativa y arrogante de Clemenceau, asegurando que “los Estados Unidos son el único país que ha pasado de la prehistoria a la decadencia sin pasar por el estadio de la civilización”, quedaría muy corta. Europa es más arrogante, más despreciativa y, por supuesto, aún más antiamericana. En proceso paralelo, sin ser más antisemita de lo que siempre ha sido, vuelve sobre sus propios demonios y, liberada salvajemente de su piel judía, no se libera de su odio a lo judío.

Me preguntan por el impacto de América en el mundo después del 11-S y la guerra de Irak. La primera parada es Europa. Este es mi análisis. Por mucho que hablemos de la casa común europea, nuestra casa está vacía, como diría Carlos Semprun Maura, y presenta más de un casero y un buen número de pisos distintos. Ahí están los sueños imperiales de la Francia de Chirac, el ejemplo más notable de vergüenza y fariseísmo político. Esa Francia que participa en las guerras más sangrientas de la África olvidada, que intentó vender reactores nucleares al Irak del despotismo –y cuyo peligro nuclear abortó Israel con la intervención de un héroe llamado Ilan Ramón-, esa Francia que tuvo una linda intervención en la guerra Irán / Irak, una guerra donde el uso de niños soldados para limpiar campos de minas, fue una práctica masiva, y que nunca ha hecho las paces con sus dos pasados más sangrientos, el colaboracionismo nazi y el pasado colonial, esa Francia intenta vender la pancarta de la paz. El resultado es un imperialismo reaccionario que, buscando un “frente unido jamás vencido”, alternativo al frente americano, no tiene problemas en inhibirse del terrorismo islámico y en considerar dignos aliados a un montón de dictaduras árabes. Las consignas de las calles de París, paradigma de muchas calles europeas, donde el terrorismo de Hamás era considerado una forma de épica defensiva, o donde Saddam parecía un abuelito entrañable, han sido uno de los espectáculos más bochornosos de la historia reciente. Como dijo alguien, un no a la guerra no significa un sí a la paz. En el caso de Francia, o de la coherente Bélgica, dispuesta a juzgar a Presidentes de Estados democráticos como el de Israel, pero encantada con su pasado en el Congo o en la Ruanda donde murieron 800.000 personas, o de la bonita Rusia que masacra en Chechenia pero llora por Saddam, en esos casos es más que evidente que el no a la guerra ha sido un sí a sus propias guerras. Con desprecio absoluto por la lucha a favor de la libertad y la democracia, aunque sea en nombre de la democracia que hayan dicho actuar.

Claro que Europa no es sólo Francia o Rusia, también es el largo listado de países del Este, de Lituania a Bulgaria, que, liberados del yugo estalinista, están encantados de que Estados Unidos luche contra el totalitarismo, no en vano lo han sufrido en propia carne. Y también es, por supuesto, Inglaterra, Italia, España. Pero, precisamente porque es todo ello, su definición es el puro desconcierto. Hoy por hoy, la identidad que une más número de europeos, es la misma que recrea la identidad francesa, y unifica ciudadanos de los barrios periféricos con niños ricos de las Universidades de París: la identidad es el antiamericanismo. Convertido en pensamiento único, simplifica los problemas hasta el reduccionismo más primitivo, convierte a Estados Unidos en el tonto útil de sus propias miserias, y, en la demonización permanente del malo americano, se libera de sus propias culpas. Esa Europa, esa, que dibujó la vergüenza colonial del mundo, que creó los dos grandes totalitarismos de la historia de la modernidad, el nazismo y el estalinismo, que marcó el siglo XX con dos guerras mundiales, esa Europa que olvidó con cruel indiferencia los 221.484 americanos enterrados en sus propios cementerios y que habían venido a salvarla de sí misma, esa misma Europa de la vergüenza balcánica, del horror africano, de la indiferencia con el exterminio armenio o kurdo, esa Europa no tiene el derecho histórico de dar lecciones morales. Y es precisamente por ello, por su mala posición en la historia, y por la necesidad permanente de pedir la ayuda americana, por lo que se agarra al antiamericanismo. Diría, si me atreviera a emular a Freud, que Europa padece un doble complejo respecto a Estados Unidos: un gran complejo de superioridad, derivado de su arrogancia histórica, no en vano es la cuna de la modernidad. Y un evidente complejo de inferioridad, dada su incapacidad notoria por evitar desastres propios y salvarle de ellos. Por tanto, orgullo herido, rencor, celos, impotencia…, pura carne de sicoanalista. Si Woody Allen hiciera una película de las frustraciones europeas, sin duda se haría un festín. Despreciando lo americano, podemos decir que Europa, quizás, intenta no despreciarse a sí misma…

La segunda parada del mismo viaje, es la izquierda europea, base social del pensamiento antiamericano. Les hablo de la izquierda dogmática, por supuesto, con el substrato comunista pertinente y aún no exorcizado. ¿Cuántos de los más entusiastas voceros en contra de la guerra de Irak, han hecho las paces con su pasado estalinista? A pesar de que pudieron existir muchos argumentos contra la guerra, y algunos muy oportunos, es evidente que el único argumento que no lo es, es el antiamericanismo. Y, sin embargo, podemos decir que el movimiento antiguerra se activó, únicamente, porqué detrás de los tanques había banderas con barras y estrellas. No se hagan ilusiones los más bienintencionados que me escuchan. Europa no ha aumentado su cultura de la paz, ha aumentado su cultura antiamericana. Ni uno solo de los activos más comprometidos que hay en Europa se ha movilizado nunca por el millón de muertos que lleva en su macabro ranking el integrismo del Sudán. Tampoco por los miles de muertos del integrismo en Argelia, o por el setiembre negro de Hussein o las matanzas de opositores sirios de Hafed El Assad. Y, por supuesto, ni le interesan las guerras del sudeste asiático, derivadas de las aventuras comunistas de antaño, ni se conmueve por la lenta e invisible muerte africana. No vi banderas contra Francia por su intervención reciente en Costa de Marfil, en estos días de ocupación callejera. Ni las veré. Hace falta un tanque con barras y estrellas o un fusil con la estrella de David, para que la conciencia de la izquierda europea se indigne, se movilice y pida explicaciones. En contra del llamado imperialismo americano, esa misma izquierda defiende totalitarismos notorios y notorias dictaduras, en una derivación dogmática que se parece mucho a un fascismo de izquierdas. El sentido común exige pensar que algunas cosas son buenas, aunque las defiendan Bush o Sharon, pero el maniqueísmo de la izquierda dominante en el pensamiento europeo no permite ese poco común sentido que es el sentido común. Al fin y al cabo, ¿de qué nos sorprende una izquierda que se ha ido enamorando de todos los iluminados tiránicos, Stalin, Pol Pot, Fidel Castro, y ahora Arafat? Linda esa capacidad de llorar sólo con el ojo izquerdo… En mi país, por ejemplo, hemos convertido al escritor Saramago en una especie de gurú del pensamiento, cuando Saramago es el paradigma, junto con García Márquez, de una afirmación irrefutable: uno puede escribir como los genios y pensar como los idiotas. Auguste Bebel, en 1884, ya llamó a eso “el socialismo de los imbéciles”. ¿Por qué esa elevación a los altares de Saramago? Por su infamia de comparar la Shoa con las víctimas de Jenín –es difícil encontrar un ejemplo de inmoralidad más cruel: lanzar, sobre las víctimas de la Shoá su propio martirio, es otra forma de matarlas-, y porque se ha convertido en el paladín antiamericano. Otro ejemplo también deplorable: Izquierda Unida (partido de izquierdas parlamentario en España), se ha negado a ir a la conmemoración del Holocausto, por sentirse, y cito textualmente –hay imbecilidades que debemos citar con precisión- “solidaria con la causa palestina y con los millones de muertos soviéticos de la segunda guerra mundial”. Es decir, aparte de demostrar que no ha entendido nada de la historia de Europa (nunca serán comparables las víctimas de una guerra, con el horror inigualable de la creación de una industria del exterminio de un pueblo), también demuestra que hay víctimas que no le conmueven. Ese mismo partido considera a Arafat un nuevo mito épico.

Decía Freud, en su célebre carta a Einstein de 1932, que todo lo que impulse la evolución cultural, “obra en contra de la guerra”. Me atrevo, humildemente, a refutar al gran erudito. En mi país y en mi continente, muchos de los agentes de la cultura son, también, agentes del discurso más maniqueo, acrítico y dogmático que existe hoy en Europa. Sin duda, leer mucho no garantiza pensar justo…

Desde mi punto de vista, lo peor de la izquierda actual es la traición que está haciendo a la democracia perdonando el nihilismo terrorista. Con ello consigue dos penosos resultados: traicionar el principio de justicia, según el cual todas las víctimas son iguales; y dar alas al terrorismo. Los ejemplos son escandalosos: nunca vi una sola manifestación contra el terrorismo integrista, a raíz del 11-S, y nunca he oído que ninguna ONG quiera enviar escudos humanos en las cafeterías de Tel Aviv. Hay una solidaridad selectiva, derivada de un pacifismo también selectivo que, en su momento, llegó a considerar el atentado de las Torres Gemelas como una pura consecuencia de la política americana. También en Israel las víctimas judías acaban siendo, en boca de estos chamberlianos, sus propios verdugos. Sólo hizo falta pasearse por esos restos del naufragio revolucionario de los sesenta, que fue el Forum de Porto Alegre, para entender de qué hablamos. El lúcido intelectual André Glucksman avisa del peligro del nihilismo integrista, pero los intelectuales europeos sólo se preocupan de la democracia americana. Y con ello no pongo en cuestión la necesidad de una mirada crítica respecto a la política norteamericana, pero siempre que vaya a la par de una seria autocrítica europea y, sobre todo, de un tajante rechazo al integrismo islámico. Hoy, ello no se da, de manera que la crítica antiamericana pasa a ser una forma de maniqueísmo. De maniqueísmo irresponsable. El integrismo islámico es el heredero natural de los dos grandes totalitarismos de la humanidad, el nazismo y el estalinismo. Como ellos, es fundacionalmente antisemita, y como ellos presenta un cuerpo doctrinal basado en el terror, la anulación de todo principio de libertad, y el expansionismo sangriento. También como ellos, actúa ante la indiferencia –recuerden la frase de Hermann Broch: “la indiferencia es una forma de violencia”-, la impotencia y el paternalismo europeos. Un paternalismo que, en el caso de la izquierda, llega a convertirse en complicidad.

Los motivos. Múltiples, entre ellos la ausencia de épicas propias y el hundimiento de las grandes utopías que marcaron la modernidad. Huérfanos de esos sueños, una gran mayoría de ciudadanos miran hacia el mundo árabe buscando las resonancias de Lawrence de Arabia. Y se enamoran de las guerras totales, de los cantos tribales de la revolución, quizás convencidos que entre el “revolución o muerte” del Che y el “viva a la muerte” de Hamás no hay mucha diferencia. Buscan, pues, a Lawrence de Arabia, y aún no han descubierto que, con quien se han encontrado, ha sido con Bin Laden…

O con Arafat… Y es Arafat y la causa palestina lo que nos obliga a parar en la tercera estación: la estación terminal del antisemitismo europeo. Sostengo con dolor inmenso que lo europeo y lo palestino se quieren tanto, porque son vecinos de un territorio común: la judeofobia. Y es la judeofobia, no reconocida como tal, excusada bajo el paraguas del antisionismo, la que explica la tremenda criminalización que padece Israel, la demonización de sus derechos legítimos y, sobretodo, la adscripción total a la causa palestina, esté o no bañada en sangre. La neutralidad europea, respecto a Oriente Próximo, es una neutralidad pro-palestina… –. Fue ese gran hombre, Martir Luther King quien ya lo dijo,

en su “Carta a un amigo antisionista” de 1967: “Los tiempos han convertido en impopular la manifestación abierta del odio a los judíos. Siendo éste el caso, el antisemita busca nuevas formas y foros en donde poder instalar su veneno. Ahora lo esconde tras una nueva máscara. ¡Ahora no odia a los judíos, sólo es antisionista!”. 36 años después, quien aquí les habla ha tenido que enfrentarse en foros públicos, a más de un intelectual celebrado que sostenía eso mismo que Luther King denunciaba: que solo era antisionista. Si el antisionismo es la nueva formulación retórica, la criminalización permanente e implacable de Israel, es su plasmación práctica. Israel es el único país del mundo obligado cada día a pedir perdón por existir, censurado, distorsionado y, a todas luces, rechazado. No se trata de la defensa de lo palestino, se trata, sobretodo, del rechazo a lo israelí, un rechazo que está comportando, en Europa, dos fatídicas agonías: la agonía de la información, asesinada a golpes de sectarismo y propaganda; y la agonía de la inteligencia, asesinada a golpes de panfleto. Sin ninguna duda, podemos asegurar que Israel ha perdido la batalla de la opinión y que, hoy por hoy, no se proyecta como el país de paz que es. ¿La ha perdido por sus muchas culpas? Me atrevo a decir, que ni sus mejores virtudes la redimirían del odio europeo.

Nada sorprendente, al fin y al cabo. A pesar de la feroz tradición cristiana que durante siglos convirtió al pueblo judío en el pueblo deicida, (“una plaga en el corazón de la tierra”, decía Lutero), ningún europeo decente habla ahora en esos términos. (Por cierto, díganle a Mel Gibson, de mi parte, que es un cretino….). Pero entre el judío medieval malvado que mató a Jesús y el soldado del Ejército israelí que mata niños en Belén, existe una perversa y placentera relación simbólica que cualquier europeo goza inconscientemente. De ahí cuelgan las distorsiones informativas, las perversiones gramaticales que convierten a terroristas en nobles luchadores, y a dictadores corruptos en lideres románticos. No existen las víctimas judías, como tampoco existen los verdugos palestinos. En el colmo de la distorsión de la verdad, el terrorismo árabe pasa a ser comprensible y hasta aceptable. La tozuda realidad de una causa, la palestina, secuestrada por todo tipo de irredentismos asesinos, con una ingerencia internacional brutal y azuzada por una ideología totalitaria que ha comportado miles de muertos, sencillamente desaparece. Oriente Próximo es un cúmulo de falsedades que ha hecho de la confusión el peor enemigo de la verdad. Y, probablemente, el más feroz enemigo de la paz.

Vengo de Europa. Y nuevamente pido disculpas. Es mi Parlamento, el europeo, el que financia el sistema educativo palestino donde, día a día, se inculca el odio contra los judíos, en una apología del fatalismo que acaba siendo un elogio planificado de la cultura de la muerte. Un fatalismo que, además, imposibilita el acceso a la cultura democrática de generaciones enteras. Es mi Parlamento, el europeo, el que se niega a conocer qué pasa con esos fondos, qué ocurre con la corrupción de Arafat y sus aliados, qué consecuencias tendrá la hipermilitarización de la sociedad palestina. Es mi Parlamento quien se muestra indiferente al único peligro real de la zona: la desaparición de Israel. Por supuesto, ni esa flamante ONU que tuvo al bonito Waldheim entre sus presidentes, que convirtió al sionismo en una forma de racismo y que, de sus 220 estados, 150 de ellos son dictaduras, ni la ONU, ni Europa enviarían nunca un solo soldado a salvar a Israel. Diré más, en el corazón mismo del Parlamento europeo subyace la idea de que el estado de Israel no tendría que existir. Por supuesto, las responsabilidades de esa misma Europa en la creación del estado, después del intento de exterminio de todo un pueblo, han desaparecido en un olvido memorable. Pero déjenme decir algo con rabia: el olvido es siempre una opción. De hecho, olvidarse significa tener buena memoria. Europa tiene, para desgracia del racionalismo, una muy buena mala memoria. Y sabe bien que la culpa judía siempre vende en los mercados de la demagogia.

Dejo para el final el tema árabe, la última parada. Europa también es árabe. Lo son los barrios periféricos de muchas ciudades francesas, inglesas o alemanas y pronto, también, españolas. Uno de los chistes de Efraim Kishon decía que “Israel era el país más avanzado del Próximo Oriente, gracias a sus vecinos”. ¿Cierto? Sin ninguna duda el gran lastre del mundo y el peligro más serio para la democracia, es éste: 1.200 millones de musulmanes viven encadenados a regímenes teocráticos y, aunque algunos millones viven en democracias (16 en Europa), su permeabilidad al irredentismo integrista es preocupante. Sabemos que, en el mundo musulmán, se banaliza la Shoá e incluso se la niega. El mismísimo Abu Mazen, esperanza blanca de la paz, escribió una tesis doctoral negacionista. Aún se puede leer su afirmación de que sólo murieron 890.000 judíos, y que el resto fue un invento sionista. ¿Y cómo era la frase que obligatoriamente estudiaban los niños de las escuelas de Saddam?: “hay tres cosas que Allà no debería haber creado: los persas, los judíos y las moscas”. Los terribles Protocolos de los Sabios de Sión son, junto con el Mein Kampf, auténticos best-sellers y en las madrazas de medio mundo, se inculca, día tras otro, una cultura fatalista que odia lo judío como base de la identidad. Y que, por supuesto, odia a la democracia. Sólo en Pakistán existen 7.000 de ellas que atienden a 600.000 alumnos. Se calcula que la mitad pasan a ser militantes radicales. ¿Su objetivo? Su objetivo, sin ninguna duda, es el combate contra la modernidad. Como el estalinismo, como el nazismo. Por eso es evidente que la caída de dos dictaduras en Oriente medio, Afganistan y Irak, las dos nutrientes poderosos del terrorismo, y las dos agentes desestabilizadores de la zona, son las dos mejores noticias del combate actual por la democracia. Por supuesto, Siria, Arabia Saudí y Egipto están ahí, con nuestros peores sueños, pero algo se mueve muy seriamente en ese polvorín del mundo.

Por ello, porque el mundo está mejor sin Saddam y sin Bin Laden y, sobre todo, está más segura la democracia, por ello sostengo que Europa se traiciona a sí misma cuando no combate el integrismo islámico. Pasa a ser ahistórica, cuando no, antihistórica. Y se traiciona Europa, otra vez repitiendo sus propios errores. Hay quien dice que Europa no tiene solución.

Pero necesitamos una solución. Y desde luego pasa por el combate a favor de la democracia. El mismo combate que Israel hace 55 años que mantiene, rodeada de enemigos antidemocráticos. Sin ninguna duda paga la anomalía de ser eso, un estado racionalista en medio del irracionalismo. El mismo combate que siempre ha sostenido Estados Unidos, a pesar de sus muchos enemigos y de sus graves errores. El mismo combate que Europa ha perdido tantas veces… Una escritora española escribió hace poco que “un pensamiento independiente es un lugar desapacible y solitario”. Hoy por hoy, ese lugar desapacible lo ocupamos, en Europa, los que no nos apuntamos al tiro al israelí, odio al americano y al olvido ciego de las propias culpas. Pero somos los que tenemos la razón, sin ninguna duda, porque la historia nos habla muy claro: ante cada nuevo totalitarismo, la mayoría de Europa se fue a dormir la siesta. Y algunos, encantados del pasado estalinista, aún la duermen. El integrismo islámico es el nuevo totalitarismo del mundo. Como tal es enemigo del mundo libre y, también, enemigo del propio mundo musulmán, al cual esclaviza en una espiral de odio, fanatismo e ignorancia. Levantar la voz contra él no sólo es una exigencia moral y una obligación del pensamiento. Es, también, un acto de autodefensa.

Acabo con el deseo de que sean indulgentes con la vieja Europa. Somos como esas ancianas aristócratas cansadas, arrugadas y amargadas que no dejan hacer, quizás para no enfrentarse con su propia decadencia. Europa ha dado al mundo los pilares de la democracia. También ha fabricado las termitas que han intentado destruirla. El bien y el mal en ese viejo, triste y a pesar de todo bello continente. Más antinorteamericanos que nunca, nuevamente antisemitas y encima pan arabista. Somos una parte del problema, pero tenemos que formar parte de la solución. Como americanos, no caigan, por soledad, en la prepotencia. Como judíos, ¡qué puedo decirles! Que me siento judía porque soy europea, y esa es la única condición moral que redime a un europeo de su pasado de vergüenza.

Shalom.

Pilar Rahola

 

 




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