| Solamente después de que el abusón del Eje comenzase a salir de tono con particular imprudencia después del Pacto de Munich de 1938, Lord Halifax se figuró por fin que esto no iba a ser un paseo. Hasta entonces, el Ministro de Exteriores de Neville Chamberlain - uno de los defensores más prominentes en Gran Bretaña de apaciguar a los Nazis - se mantuvo impertérrito proclamando fe infatigable en la profesión a la paz por parte de Hitler. Las viejas costumbres tardan en morir.
Una vez que se establecen reputaciones en políticas, sin importar que no se cumplan, no es fácil reconocer el error.
Pero Halifax aguantó y sacó a algunas conclusiones extraordinariamente sorprendentes. "A menudo pienso en lo fácil que habría sido el mundo de manejar", musitaba, "si Herr Hitler y el Signor Mussolini hubieran pasado por Oxford". Indudablemente.
Nuestro propio patio en problemas sería indudablemente mucho más fácil de manejar si Mahmoud Abbás e Ismail Haniyeh se enrolasen en Beit Berl. De haber estado imbuidos en los valores progresistas, tratar con Abbas/Haniyeh habría sido indudablemente directo y sencillo.
La "visión" de G.W. Bush de un estado palestino - por el que nosotros rezamos fervientemente tres veces al día durante 2000 años - habría sido instantánea de cumplir. De igual manera, no habría necesidad de la visión igualmente profunda de Olmert del "realineamiento" (eufemismo del momento para "convergencia", que a su vez reemplazó a "desconexión", que significa retirada a espacios cada vez más reducidos siempre vulnerables y rendición del corazón de la tierra judía a enemigos siempre genocidas).
Pero tan desconsiderado como es el destino, el alma máter de Abbás fue la Universidad del Pueblo en el Moscú entonces comunista (donde se doctoró con una disertación negando el Holocausto) y el radicalismo jihadista de Haniyeh se forjó en ese gran culmen del humanismo que es la Universidad de Gaza.
Una esperaría que la visión de G.W. se evaporase en el aire a la vista de la incompatibilidad de Abbás con las nociones de transparencia democrática, responsabilidad rudimentaria y fiabilidad veraz. De igual manera, habría esperado que el patrón de Olmert de recompensar el ardor terrorista de Haniyeh con regalos territoriales gratuitos fuera disuadido por las consecuencias previsiblemente catastróficas de reforzar a enemigos fanáticos del odio.
Pero los espejismos gratuitos tardan en morir. G.W. y su nuevo mejor amigo de Jerusalén solamente reafirmaron su férrea determinación a no admitir que el apaciguamiento no funciona, afirmando que simplemente no había suficiente.
QUE NO LE ENGAÑE la charlatanería de los medios acerca del desacuerdo sobre si recorrer el callejón sin salida de Abbás (simulando que no existe Haniyeh detrás suyo) o privar a Israel unilateralmente de sus activos estratégicos (simulando también que no hay ningún Haniyeh alrededor). La diferencia entre el jefe de la Casa Blanca y su fiel vasallo reside solamente en los detalles. Hasta la fecha, en lo que a la imagen general se refiere, todo es lo mismo.
Por cualquier camino, la premisa básica es que Israel da, y la AP recibe, que Israel hace concesiones conciliatorias y la AP acepta a regañadientes el proceso, que el énfasis para aplacar el caos no se haya en asesinos de masas, sino en Israel.
El debate no trata de destacar el principio de que Israel tiene que pagar o no, solamente de cuánto está obligado a entregar. Bush quiere esencialmente regalarlo todo.
El "realineamiento" de Olmert comprende un diseño que obtiene un minúsculo descuento. Olmert espera salvar un pálido resto, viéndolo como presentarse voluntario por su propia cuenta a entregar un enorme anticipo a cambio de absolutamente nada. Eso, asume, le da derecho a una reducción simbólica en el precio.
Todo lo que necesita zanjarse para lograr una comunión perfecta de las mentes entre Bush y Olmert es simplemente la extensión del apaciguamiento. La doctrina fundamental del apaciguamiento no se desafía. Es un axioma dado.
Una vez, Israel rehusaba ceder a las exigencias terroristas sin importar lo que hubiera en juego (como en el caso de la masacre de la escuela de Ma'alot, cuyo 32 aniversario celebramos recientemente. Esa atrocidad, que costó veintisiete vidas israelíes jóvenes - en su mayoría niños - fue encargada por Abbás). Hoy en día, Israel se somete a la percepción de que de alguna manera es moralmente culpable de la lujuria árabe por la sangre y que por lo tanto es responsable de reducir el desagrado árabe.
La concepción del malo como alguien que alberga agravios razonables que pueden mitigarse o paliarse es tan integral para la filosofía del apaciguamiento como la resistencia de los buenos a luchar.
EL GROTESCO derrotismo del estamento israelí es casi idéntico al de las democracias decentes en 1938, a excepción de que Chamberlain nunca comprometió la integridad territorial de su propia patria.
Chamberlain (27 de septiembre de 1938): "Qué horrible, fantástico, increíble es que tengamos que excavar trincheras y probar máscaras antigás a causa de un conflicto en un país lejano entre gente de la que no sabemos nada".
Olmert (9 de junio del 2005): "Estamos cansados de luchar, estamos cansados de ser valientes, estamos cansados de ganar, estamos cansados de derrotar a nuestros enemigos".
Los agravios - léase las cantinelas de los Sudetes y la "ocupación" de los palestinos - son indistinguibles. Hitler logró convencer a la iluminada Europa de que los checos eran crueles ocupantes de los Sudetes y esclavizadores sin escrúpulos de sus alemanes étnicos. La humillada Checoslovaquia, luchando por su supervivencia, era retratada como un problemático intransigente.
En contraste con los checos, los perplejos israelíes sucumben implausiblemente a la propaganda de "la ocupación". Cada vez más nos tragamos la historia de que todo el conflicto no trata de las aspiraciones árabes a exterminar al estado judío, sino de crear un estado palestino. Pero bastante antes de 1967, mientras los territorios en cuestión estaban bajo control árabe, la autodeterminación de los palestinos brillaba claramente por su ausencia. Era planteada obviamente como un conflicto sin solución para quitar la tierra al control judío.
Los indefensos checos, debe enfatizarse, no eran tan ilusos como la mayor parte de los israelíes. Advirtieron que ceder los Sudetes llevaría a la destrucción de Checoslovaquia. Pero Hitler prometió lo contrario a Chamberlain, y Chamberlain le creyó.
Cerca de su muerte, Chamberlain dijo a su hijo que el fallo no estaba en el apaciguamiento: "Todo habría salido bien si Hitler no me hubiera mentido". Not quite cricket |