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Reflexiones sobre las declaraciones del Papa Ratzinger en Auschwitz

Jorge Dulitzky

Cuando una autoridad espiritual pronuncia un discurso se supone que lo hace para sus feligreses. Si las hace en un escenario con connotaciones tan patéticas como un campo de exterminio, su homenaje debe dirigirse a los que perdieron la vida en ese lugar y para que los vivos recuerden lo que sucedió allí y eviten que se repita la misma locura en el futuro.

No es lo que hizo el Papa. Llama la atención que Benedicto XVI haya reprochado a Dios '¿Por qué has callado?', cuando es fácil comprobar que los que callaron fueron Pio XII y la jerarquía vaticana, quienes estaban al tanto de las atrocidades nazis. Pero la germanofilia del papa Pacelli era obvia y su silencio cómplice estaba fundamentado en considerar a Hitler como un freno ante el avance comunista, que era el verdadero enemigo de la Iglesia.

Joseph Ratzinger, como integrante de las juventudes hitlerianas cuando tenía 14/16 años, sabía esto demasiado bien. Por lo tanto, sus declaraciones de la semana pasada exculpando al pueblo alemán por haber sido engañado por un 'grupo de criminales' es una justificación endeble, dado que Hitler subió al poder con una abrumadora mayoría de votos en base a un programa que estaba perfectamente delineado en 'Mi Lucha', libro que leyó la mayoría de los alemanes antes de votar.

Fue llamativo, al punto de resultar irrespetuoso, que Benedicto XVI no hiciera referencia al antisemitismo en ese escenario, que encendió la llama de la locura nazi.

Pero comprendo que eso lo hubiera obligado a reconocer que el antisemitismo fue creación de la Iglesia cristiana, por ciertos versículos evangélicos que culpan a los judíos por la muerte de Jesús, cuya probable inclusión se debe a la pluma de Eusebio de Cesárea en el siglo IV, cumpliendo órdenes de Constantino. Por ejemplo Juan 18: 36; 19: 14 o Mateo 27: 25.

Los judíos llevan casi dos milenios sufriendo las consecuencias de esas frases condenatorias, al punto que algunos sacerdotes poco avisados todavía las difunden desde los púlpitos pese a las recientes instrucciones en contrario de las autoridades vaticanas quienes, siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II y la Oración de Arrepentimiento de Juan XXIII del 3 de Junio de 1963, definieron a los judíos como hermanos mayores de la fe, contra los que los cristianos habían pronunciado injustamente una antigua maldición. En vísperas del nuevo milenio, Juan Pablo II también hizo su pedido de perdón por la misma causa ante el Muro de los Lamentos en Jerusalén.

Pareciera que Benedicto XVI olvidó esas declaraciones y resolvió ignorar que las principales víctimas en Auschwitz fueron los judíos; pormenorizó la responsabilidad alemana poniéndola en unos pocos criminales nazis y por el lado de la Iglesia, le reprochó a Dios por su silencio, como si la jerarquía eclesiástica no hubiera podido condenar lo que sucedía.

Se esperaba algo mejor del representante del catolicismo, la religión del amor y la misericordia.

Jorge Dulitzky




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