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Cuentos

LAS ARMAS... LAS CARGA EL DIABLO

Por Mario Linovesky

 

Cuando los malintencionados le inquirían, sin ocultar a que apuntaban, las razones de que alguien de su categoría y fama hubiese llegado a caer tan bajo, él se rehusaba a contestar. Precavido, utilizaba tal estrategia con el afán de no tener que abundar en explicaciones y, menos aún, recibir consejos o filípicas que terminaran desquiciándolo.

Así y todo, ya que resultaba flagrante, ninguno de los preguntones ignoraba los orígenes de su infortunio. Sabían, por cuanto era pública comidilla, que su caída había comenzado tres años atrás, cuando lo despidieron del empleo.

Ya en ese momento notaron que el susodicho flaqueaba ante la realidad sin saber que cosa hacer y que adoptaba actitudes de una torpeza inhabitual para su persona, transformándose, poco a poco, en un sujeto raro y taciturno. Que, con una sumatoria de desplantes y malas actitudes hacia los demás, consiguió granjearse la enemistad y el encono de todos.

De cualquier modo él, no queriendo darle el gusto a sus críticos ignoraba tales conclusiones y seguía con lo suyo, sin fijarse en que las cosas le iban cada vez peor y que su caída se volvía indetenible. Sin fijarse o escondiendo la cabeza como se comenta que hace el avestruz, creyendo que así las cosas mejorarían. Sin fijarse siquiera en que la "escomúnica", tal como él la malnombraba, iba acentuándose con el paso de los días, arrastrándolo a situaciones cada vez más conflictivas.

Es que tan mal se presentaba su supervivencia que por ello debió hipotecar la casa, tomar deudas abultadas con los amigos, empeñar cuanto de valor le quedaba. Con el resultado previsible: perdió para siempre a los amigos, quedó del todo sin patrimonio, dentro de poco le remataban la propiedad.

Para colmo y como si con lo anterior no bastase, pasado mañana debía pagarle 300 dólares a unos usureros de pocas pulgas y no tenía a quien pedírselos ni otro medio de conseguirlos. Y no era ésta una circunstancia menor, puesto que estaba su brazo derecho en juego; el que, según insinuaciones hechas por los prestadores, le quebrarían inmisericordemente si no saldaba la deuda a tiempo.

Trescientos dólares no parecen una cantidad insalvable, pero, en una situación catastrófica como la suya, sí que eran una cifra. Antaño, cuando era una persona querida, no le hubiese resultado difícil allegarse a algún tío y, promesa verbal mediante, conseguir que le prestase el dinero. O si no a algún primo o amigo. Pero ahora todo había cambiado, los tíos no querían siquiera oír mencionar su nombre, así como tampoco los demás parientes y ex camaradas. A unos más, a otros menos, a todos les debía y había cometido un error que se termina pagando caro: esconderse, en lugar de afrontar las responsabilidades. De resultas de ello, ahora eran los otros los que se escondían de él y si no, cuando se veían, aparentaban no conocerlo. Con lo cual el cerco había acabado por cerrarse en torno suyo, dejándolo inerme ante la vida y sus muchas vicisitudes. Y fue recién entonces cuando, en medio de la desesperanza, concluyó que le quedaba una única solución: el viejo Colt heredado.

Por eso lo tenía sobre la mesa y lo miraba. Y hasta le parecía que el Colt, pese a ser un objeto inanimado, también lo miraba a él. Plateado, lustroso, con sus cachas de carey impecables y sus partes metálicas repujadas en finísimos filigranas, el arma lo enfocaba con su caño inquietante, como incitándolo a acabar rápidamente con sus cuitas.

El Colt, esa verdadera joya del siglo pasado cuyo origen podía rastrearse hasta su tatarabuelo y que nunca saliera de la familia se había vuelto, visto el laberinto en que estaba metido, la única salida a sus muchos pesares. Años y más años sus antepasados lo habían atesorado y cuidado. También él, que sólo lo mostraba a veces y ésto cuando, ego mediante, quería hacer retorcer de envidia a alguna ocasional visita. El Colt era de esas armas que parecía no se habían fabricado específicamente para matar o amedrentar, sino que además, vistos sus muchos ornamentos, también para lucirse. Pero en esta oportunidad, tan diferente a las de mejores tiempos, no era lucimiento lo que él precisaba. Si las cosas seguían tal como hasta ahora, o empeorando según no costaba nada suponer, supuso, lo que le quedaba por vivir sería el dechado más parecido al infierno y no valdría la pena vivirlo.

Y sí, gracias a la situación gravosa que pasaba y que lo arrastraba al abismo había quedado sin nada, sus hijos cansados de tantos vaivenes se habían escapado de casa y ya no contaba con parientes ni amigos para enjugar sus lágrimas. Solamente su sufrida consorte seguía acompañándolo y ésto, temía, era porque la pobre no tenía adonde ir. Y ahora, no escapaba a su acuidad, venía lo peor. Porque dentro de muy poco, lisiado de por vida al quedarse sin su brazo diestro, seguramente comenzaría a sufrir lo nunca previsto: comer salteado o no comer directamente. Y fue esta sola perspectiva, de por sí descorazonadora, la que le anuló cualquier atisbo de optimismo y lo condujo a inclinarse por la solución del Colt.

En tanto miraba su reliquia y evaluaba que todo se finiquitaría en un santiamén, poco a poco comenzó a hacer el inevitable balance propio de las resoluciones extremas. Nada le había ido bien en la vida, fue su conclusión. Ni como estudiante donde fracasó ignominiosamente, ni en el deporte porque era un patadura, ni en la colimba donde se burlaron de él y lo escarnecieron; y mucho menos en sus diferentes trabajos, a los que, por diferentes causas, cambiaba constantemente. De cualquier modo, probando en un lado y otro sin afincarse en ninguno, le llegó el tiempo de enamorarse. Y tras un corto noviazgo, contrajo nupcias. Y fue entonces cuando, entre otros regalos, recibió en herencia el Colt de marras.

En este punto debiera haber parado; pero los golpes y caídas lo habían vuelto masoquista y no lo hizo. Siguió en cambio memorando las toneladas de zancadillas que le había prodigado la vida, desde luego que desendilgándose de responsabilidades propias y hurgó hasta en lo más nimio u olvidable. Y tal cúmulo de contrariedades, donde no faltó siquiera aquella vez en que casi se traga el carozo de un durazno agravó su estado de pesadumbre y, ahora sí, lo hizo emerger sudoroso de sus recuerdos.

Vuelto a la realidad, diciéndose que había sido un error desempolvar su desafortunado ayer, notó que seguía con su vista posada en el revólver. Y le siguió pareciendo que éste, pese a ser un objeto inanimado, también lo miraba a él. Sentía que el arma ejercía una fatal atracción sobre su persona. Como si fuese un poderoso imán. Como preanunciando indeseables hechos.

Se animó y lo tomó con su mano derecha. Torpe y temerosamente. El brazo amenazado por los usureros le temblaba a causa de los nervios y la joya casi se le escurre por entre los dedos. Con una maniobra impura, rayana en la ridiculez circense, pudo sin embargo sostenerla y evitar que se le vaya al suelo. Tras ello respiró aliviado. Necesitaba, pensó, energía y presencia de ánimo para hacer lo que iba a hacer. Energía y presencia de ánimo que, pese a su cobardía, debía conseguir de cualquier modo.

En cómo obtenerlos se debatía, cuando el sonar del teléfono lo sobresaltó. Quiso ignorarlo y ajeno siguió inspeccionando el tambor del revólver, para comprobar si tenía todas las balas en su sitio. La campanilla del teléfono entretanto, no cesaba de tocar. Entonces, sin demasiado entusiasmo y más pendiente del Colt que del teléfono atendió el llamado y, oh paradoja del destino, su rostro se iluminó. Era Ernesto.

-Ernesto, - se dijo- ¿cómo me olvidé de él?, ¡la puta que me parió!.

Retornado a la lucidez y a la esperanza, se declaró merecedor de la puteada. Llevaba días calculando a quién pedirle dinero prestado y de ese amigo rico, con el que además no mantenía deudas ni enojos, no se había acordado. Cambió por ello su talante y adoptó una pose y voz de hombre normal. Pero le duró muy poco; a los dos minutos de conversación volvió a su talante anterior y a la pose y voz de hombre desesperado. A los cuatro minutos colgó el teléfono destempladamente, no sin antes insultar a Ernesto y granjearse un nuevo y definitivo enemigo. Pero, ¿qué le importaba?. Después de todo, uno más no cambiaba las cosas. Ni siquiera las agravaba. Peor de lo que estaba, no podía estar, se confió en voz alta.

Cuando terminaba de decírselo y volvía a su mudo coloquio con el Colt, entró a la habitación su esposa. A la pobre mujer, viéndolo con el arma en la mano y girando nerviosamente el tambor, le sobrevino un sobresalto y temió una desgracia.

-Querido,- le dijo trémula y señalando el lustroso revólver - supongo que no te habrás vuelto loco y pensarás hacer alguna barbaridad con él.

-Sí que lo pensé, - replicó el hombre - pero eso fue antes de hablar con Ernesto. Te juro que entonces llegué a evaluar seriamente dar ese definitivo paso.- calló un instante, tragó saliva y enseguida siguió- Pero el proceder de ese desgraciado me hizo desistir. Mirálo al que se decía mi amigo, le ofrezco un Colt valuado en más de 2000 dólares por sólo 300 y el atorrante juega con mi necesidad y me quiere dar apenas 50. Por esa plata y aunque corro peligro de que me quiebren el brazo, ni loco me desprendo de esta alhaja.

 

MARIO LINOVESKY

 

 

 

 

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