ADIOS, ALMACENERO
Por Mario Linovesky
Dicen que cierta tarde en Bahía Blanca, en las instalaciones de un gigantesco hiper-mercado, llovió bajo techo. Aunque increíble el suceso se habría verificado tras el entierro de un hombre, al que la sociedad, dada su trayectoria de buen vecino, aún le debe un homenaje.
La historia que contamos comenzó en otoño del 45, cuando, a poco de terminada la guerra, cuatro barcos atestados de gente partieron desde un puerto de Italia. Lentamente al principio, más raudos después, en pocos minutos de navegación todos desaparecieron de la vista, tragados por las brumas del mar.
El de menor porte de los cuatro, al que llamaban Mazzarino, era un descuajeringado carguero del siglo XIX, sacado por las malas de su retiro. Como heraldo de un supuesto mejor porvenir, sobre su planchada llevaba hombres; y esos hombres, o lo que quedaba de tales, llevaban sueños.
El Mazzarino iba atiborrado de fugitivos, seres forzados por la realidad a abandonar sus desintegradas patrias y a olvidar, no sin dolor, sus cruentos pasados. Cada cual con su historia vivida y otra historia por vivir, todos ellos compartían idéntico itinerario y un anhelo igualmente común. Bernardo, Italo y Pepe, tres de esos viajeros, también.
Vistos dentro del conjunto, confundidos en medio de la fantasmagórica estampida, estos tres hombres en nada se diferenciaban de los tantos otros hombres que allí había; salvo, si se quiere, porque el destino, sin ellos conocerse entre sí, habría de reunirlos en un mismo sitio y en parecida ventura.
Bernardo Piechotka, judío polaco recientemente liberado del campo de exterminio de Auschwitz, era uno de ellos; Italo Settembrini, joven romano sin chances laborales en la devastada Italia pos-fascismo, el segundo; José Buenaventura Pardales, mentado cocinero madrileño que abandonara su profesión para combatir en las derrotadas filas republicanas, el restante.
Uno viajaba en la proa, el otro en la popa, el tercero en las bodegas. En ninguno de los tres casos llegaron a conocerse a bordo y no lo harían hasta algún tiempo después, en el que un intrincado azar los situaría en una misma ciudad y como vecinos comerciales en locales linderos.
Por vaya a saber que hados recalaron en el sur de la provincia de Buenos Aires, en un conglomerado urbano con ciertas particularidades, algunas prometedoras y otras inquietantes. Ésto no les importó; como que tampoco les importó la política, el deporte y tantas otras cosas. Después de todo ellos venían del límite mismo de la condición humana y tales nimiedades ni siquiera los rozaban. Todo lo inverso, sin tomar en cuenta las contrariedades, los tres, extremadamente voluntariosos, se predispusieron a trabajar.
Así, poco después de su arribo y ayudados por familiares y amigos instalados desde bastante antes en la ciudad de Bahía Blanca Piechotka se inició como mayorista en tejidos, Settembrini hizo lo propio como ferretero, y Buenaventura Pardales, el que nos interesa del trío, abrió una humilde despensa. Actividades estas que además de proporcionarles el diario sustento sirvieron para que, en los pocos descansos que tenían, los tres se reuniesen para contarse sus cuitas y labrarse una más que sólida amistad.
América no le fue fácil a ninguno de ellos; debieron, desde sus mismos inicios, trabajar hasta el desmayo, privarse a menudo de una buena alimentación, dormir lo estrictamente necesario. Pero, con el correr de los años, tanto Bernardo como Italo y Pepe tuvieron su compensación, aunque la bonanza le llegó a cada uno por distintos caminos.
Piechotka y Settembrini fueron, pese a los padecimientos sufridos, dos bendecidos por la fortuna. Acumularon cada cual en lo suyo importantes capitales, y también se casaron y tuvieron hijos. Para años después y ya asentados cerrar sus respectivos comercios y dedicarse a vivir en su retiro de cuantiosas rentas e inversiones.
La de Buenaventura en cambio fue una historia diferente; pese a los buenos auras de su apellido, a él todo le resultó más complicado. Es que José no poseía los manejos comerciales de Piechotka ni el tino mercantil de Settembrini; razón por la cual, sacando fuerzas de flaqueza, debió luchar el doble que éstos para conseguir bastante menos. Tenía Pepe, eso sí, otros méritos: entereza física, determinación, espíritu de sacrificio. Pero, por sobre todo, paciencia, mucha paciencia. Y un corazón colosal.
Pepe, que era decididamente feo, nunca se casó ni tuvo novia. Tampoco procreó. Asignaturas pendientes éstas de las que se lamentó en más de una oportunidad y que plagaron de amarguras su futuro. Sólo alguna prostituta muy de tanto en tanto cumplía con calmar sus apetitos carnales y fuera de esto, nada más. Su vida entonces, para mal compensar, transcurrió entre ese vacío afectivo y su entrega incondicional al trabajo, cosa que, sólo en apariencia, no le molestaba en absoluto. Introvertido y solitario mientras trabajaba suplió todo cuanto adolecía con un trajinar que no supo de pausas y donde no hubo vacaciones ni cierres por enfermedad, aun cuando éstos se imponían a los gritos. Su vida, en definitiva, era el trabajo, o si no, fuera de horario, sus compromisos sociales. Así, atendía su despensa 16 horas diarias, sudando entre cajones, latas y botellas, para luego, en vez de descansar alternar con sus coterráneos en la Sociedad Española, en largas tenidas que se prolongaban hasta bien entrada la madrugada. No era Pepe, desde luego, un conmilitón más, dado su espíritu inquieto y su habilidad para la gastronomía, acostumbró a los demás a esperar a que él lo hiciese todo. Los demás, por supuesto, felices. Pero él no se quejaba, todo lo contrario, conseguida la felicidad de sus amigos era, por mucho, el más feliz de entre todos ellos. Siempre sonriente, mientras veía desde el fogón como sus contertulios hacían rodar las bochas o se divertían jugando a los naipes, él para agasajarlos entretenía sus ocios cocinando suculentos platos típicos, con ese particular sabor a madre patria. Manjares éstos que llevaban además su indudable sello personal y que sus amigos ibéricos terminaban deglutiendo devotamente, manifestándole luego, con dislocadoras palmadas en la espalda, su satisfecho agradecimiento. Esa fue su vida social, jamás se apartó de ella. Allí Pepe era querido, allí Pepe era el personaje.
La despensa, entretanto, se mantenía a duras penas. Ya desde sus inicios, Pepe dio muestras de una solidaridad ajena al común de los comerciantes.
-Son cosas para comer y la comida no se le niega a nadie,- respondía altivo a los reproches de sus cercanos.
Llevada de tal modo, su actividad comercial, generalmente, no le proporcionaba demasiadas satisfacciones. Aunque no todo le fue siempre del revés. Tuvo también algunos buenos momentos, espaciados por cierto y su colchón supo de billetes puestos a su cobijo. Claro que, hombre enemistado de la suerte como era, cada vez que atesoraba un peso venía alguna recesión de las tantas y ese peso se esfumaba.
Con todo, le quedaba el reconocimiento de la gente, que para él significaba lo más.
-Grande Pepe, - le decía alguna agradecida madre a la que Pepe le fiaba la leche para su hijo.
-A vos te debo todo, gaita, - repetía el receptor del pan diario a pagar a fin de mes.
-Nunca te voy a dejar de comprar, “cachupín”. - lo hartaba el moroso consuetudinario, que además de moroso era experto en crucigramas.
Y no solamente estos tres, lo mismo le anunciaban muchísimos otros, pues a nadie se le negaba el bueno de Pepe.
Así pasaron sus calendas, que se fueron sumando y se hicieron años. Siempre viviendo al borde, de la quiebra y también del buen pasar. Pero Pepe estaba igualmente contento pese a los constantes altibajos; íntimamente feliz porque había atesorado un inapreciable capital: esa clientela agradecida por sus gauchadas sin fin.
-No tengo miedo, - repetía Pepe a sus críticos- sí tengo, en cambio, una clientela de "fierro".
Y no sólo lo decía, también lo creía.
Hasta que cierto día, las cosas cambiaron. Pero claro, el inmigrante no entendía de cambios. Después de todo, él sabía sólo de trabajar y de ayudar a los otros, a esos otros que eran su inamovible fuente de gratitud y también de ingresos.
A veces, en algún descanso, escuchaba los noticieros, mas, "gallego" de alma como era, no entendía lo que decían. Globalización, apertura, modernismo, esas eran palabras de las que él no conocía el significado. ¿Qué más moderno que los supermercaditos que pululaban por todos los barrios?. ¿Le habían sacado clientes, acaso?. Bueno, sí, algunos, pero que volvían cuando necesitaban de sus favores.
- No hay nada que temer, - se convencía el buen criollo, refiriéndose a su gente.- a mí,... no me van a fallar.
El cambio anunciado fue extremadamente sigiloso, tanto, que le impidió armar la guardia. En el ínterin, con la previsible recesión en ciernes, una gran porción de sus clientes quedó vilmente desempleada; aunque así y todo siguió sacando al fiado, mientras hubo qué sacar. Las pautas de ventas de los mayoristas, a un mismo tiempo, se transformaron; los proveedores de antaño habían envejecido y ahora lo eran sus hijos. Que a él no lo conocían. José Buenaventura Pardales para ellos, era sólo una cuenta más, chica entre otros datos. No interesaba demasiado.
Pepe debió enfrentar una nueva realidad. Perdido el acceso a la provisión habitual, comenzó a achicar su negocio y a intentar negar, hasta donde le daba el corazón, el crédito. Y como en su corazón no cabían las especulaciones siguió finalmente con lo suyo, sin negárselo a nadie.
-Mi clientela no me va a fallar...; - se consolaba José, aventando el desaliento - ¡¡¡con todos los favores que me debe. . .!!!
-Pepe, abren en la ciudad dos Hiper, tratá de rematar lo que te queda y jubilate. - lo asesoraban aquellos que le querían.
-¿Hiper?, ¿qué carajo es un Hiper?,- desafiaba el gallego. -Que se vengan todos los Hiper que quieran, acá hay un luchador y también está la lealtad de la gente a la que nada se le ha negado.
El cambio, mientras tanto, se iba acelerando. Las mercaderías volaban y la reposición, cuando la había, llegaba a paso de tortuga. Pepe, el manosuelta, poco a poco, fue perdiendo peso y pesos, casi todos sus pesos. Aun así, vapuleado y enfermo por las tempestades del nuevo tiempo, no dejó de ser lo que natura le mandó ser. Lo sería hasta su último resuello.
-Formamos una familia, amigos, - decía - tomen, tomen todo lo que quieran. Pepe sigue con su política de siempre. Pepe seguirá siendo el mismo Pepe, hasta que la parca se lo lleve.
Y la parca, la mala, con la que no conviene hacer fintas, pareció haberlo escuchado.
El velatorio de José Buenaventura Pardales, fue un verdadero acontecimiento ciudadano. Clientes que se lo debían todo, amigos de la Sociedad Española, gente que supo de ese inmigrante convertido en leyenda, vertieron lágrimas ante un cadáver singularmente pálido, consumido por el trabajo bruto,... y por la decepción.
Su recuerdo, sin embargo, habría de perdurar en el tiempo. Porque allí mismo, en el tanatorio, los directivos de la Sociedad Española a cuyo Hospital legara José sus bienes decidieron bautizar una sala con su nombre, aun a sabiendas que el extinto, por más que existiesen sospechas en contrario, había quedado en la más absoluta ruina patrimonial.
José, en su final y doliera a quien le doliese, había dejado un vacío afectivo muy difícil de llenar y una herencia física imposible de heredar.
Pese a ello, la historia continuó alegremente tras el entierro del gallego. Tal como París, aunque por razones bastante más subalternas, Bahía Blanca también era una fiesta. Tanto que ese anochecer infausto y a pocos kilómetros de allí, en un inmenso galpón lleno de clientes, luces, góndolas, percheros y fugaces ofertas de minutos y segundos, los empleados del lugar subían raudos a los mostradores, se abrazaban y cantaban. No pocos de los presentes, contagiados por el festejo, los aplaudían. Sin notar o ignorando que en un sector dominante, con total desvergüenza y un dejo de ironía, el retrato de un imbécil de bigotitos sonriendo se burlaba de su candidez.
No faltaban tampoco en el sitio los testigos de un curioso y reciente pasado, que legitimaban con su presencia esta moderna realidad. Aquí y allá, recién salidos del velatorio y mezclados entre la multitud tal como Pepe en el Mazzarino que lo trajera al país estaban muchos de sus antiguos favorecidos, deslumbrándose inocentemente con esa puerta de acceso al primer mundo. A un costado, compartiendo deslumbre e inocencia aunque mucho más adoloridos, Piechotka y Settembrini, sus amigos de antaño, observaban el carnaval. Carentes de entusiasmo y con sus corazones estrujados por el dolor. Fue entonces cuando pese a la limpieza del cielo dentro del galpón empezó a llover, sin que nadie entendiese que era lo que pasaba. Sólo ellos dos, Piechotka y Settembrini, encontraron la explicación al fenómeno. Sólo ellos dos tuvieron la certeza que tales gotas no eran gotas de lluvia, sino amargas lágrimas que venían del más allá.
MARIO LINOVESKY
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