UN PERDEDOR Y SU APACIBLE MANTO VERDE
Por Mario Linovesky
Pese a la traza intimidatoria y distante de su exterior, que incitaba a los ajenos a recelarlo como de insociable, él en realidad era un tipo bonachón, incapaz de matar una mosca. ¡Vaya si lo era!. Aquellos que lo conocían bien podían dar fe de ésa, su tal condición, que no suele abundar en estos tiempos de cabrones y violentos. Sumado a ello y para hacerlo aún más atípico era un sujeto tímido, inseguro y escasamente proclive a intentar algo nuevo, cosa que lo relegaba en su relación con los otros hombres, y más todavía, vale la pena aclararlo, con "las", especialmente para él, “apetecibles mujeres”. Parecía entonces que, viviendo en semejante chatura y aparentemente conforme con la misma jamás habría de trascender como persona ni como irresistible galán que era su sueño secretamente guardado, ni tampoco, ya que de trascender se trataba, en alguna, sea cual fuese, actividad, profesión u oficio. Y no obstante, con todo ese bagaje negativo en su contra y careciendo de los atributos artísticos para hacerlo, sorpresivamente a los 35 años se puso a escribir y a mostrar públicamente sus escritos.
Tardía y traída de los pelos, su incursión en la literatura en verdad no obedeció a necesidades espirituales sino a razones más subalternas: alguien le había dicho que siendo escritor, podría “levantarse" cuantas minas quisiese. Más aún, le había asegurado que tal profesión, además de dar lustre a quien oportunamente la ejerce, suele obrar como eficaz afrodisíaco en las dueñas naturales de la histeria. Aseveraciones éstas que él se creyó a pie juntillas, dedicándose por ello a pregonar, principalmente cuando había polleras en las inmediaciones, su ocupación como autor. Y tal como lo esperaba tuvo éxito con una joven impresionable y soñadora, de la que encima se enamoró perdidamente, siendo correspondido en igual grado, aunque con algunas reservas. Porque, para poseerla, antes tuvo que casarse con ella.
La vida matrimonial, con todas sus complicaciones, lo apartó de las letras; había, fuera de que lo que hasta entonces tenía escrito era por completo olvidable, otras cosas de las cuales preocuparse.
Pasaron años de trabajo y estrecheses; y además, a causa de un fulano que con la anuencia de su esposa se metió al medio, su matrimonio entró en una desestabilizadora crisis.
En el ínterin su carácter se puso agrio, el cabello se le fue blanqueando, engordó, y sus huesos comenzaron a achicarse. Todo a su alrededor era deterioro. Social, físico y conyugal. Sobre todo esto último. Llevaba 15 años de casado y más o menos la mitad sin intercambiar sexo con su mujer. Razón por la cual desde la intrusión comentada comenzó a decaer anímicamente y siguió haciéndolo sin detenerse y en forma por demás advertible, con el paso de cada día.
Así, ya convertido en piltrafa y como necesitaba de alguien que le diera cariño, mimos y comprensión, retomó la senda de la escritura. Pero no lo hizo con cuentitos, tal como hubiese sido dable esperar; antes bien, se animó con una novela larga, de la cual, tras haberla releído cien veces, se sintió orgulloso. Claro que no se conformó con solamente haberla escrito; desatinado, o más bien desafortunado, la dio a leer a amistades que quisieron quedar bien con él y que lo felicitaron hasta la exageración. Y por tal se creyó escritor y mandó sus páginas a cuanto concurso de novela se le puso a tiro, lo que, además de alimentar artificialmente su ego, le permitió hacer ciertas, y también dolorosas comprobaciones: a) que uno, varios, o todos los que se presentaban a los concursos, escribían mejor que él, b) que por eso mismo triunfar con la escritura no le resultaría tarea nada fácil, y c) que las minas no se sentían atraídas por los escritores, salvo que éstos fuesen físicamente deseables.
Poco a poco empezó a desesperarse y a perder la compostura. Porque, si bien por ningún motivo dejaba de intentarlo, nunca ganaba. Ni siquiera una mención. Se dijo entonces, puesto que pese a las apariencias no era hombre de dejarse arredrar fácilmente, que quizá había errado de género. Y cambió la novela por los cuentos.
Escribió uno, dos,... diez, pero todos tan insípidos, que no consiguió que ninguno de ellos conmoviera al ocasional lector. Los corrigió, les cambió los finales, los rehizo por completo... y ni aun así. Entonces concluyó -la realidad se lo estaba gritando- que por las suyas solamente no iría a ningún lado.
Vislumbraba sin embargo una luz al final del oscuro pasadizo. Recordó que cierta vez cuando todavía las relaciones con su esposa eran buenas, estando ambos de paseo por tierras lejanas, habían adquirido un librito de cuentos que tenían en oferta. Juntos lo habían leído y se impresionaron con un relato que si bien corto, poseía sustancia y un final sorprendente. Se convenció que cambiándole algunos fragmentos y personalizando el estilo, podría firmarlo como de su autoría. Lo hizo. A tanto había llegado su frustración como escritor, que poco le importó lo deleznable del acto. Después de todo, se excusó, no pocos humanos hicieron o hacían cosas peores, y jamás, al menos de lo que él estaba informado, les cupo sanción alguna.
Una vez acabado y emprolijado lo presentó a un concurso municipal de cuentos -que, aunque chico, era mejor que nada- y quedó a la espera del fallo.
Mientras esperaba, su relación en casa, donde en lugar de pareja él y su mujer se habían vuelto encarnizados rivales, asomaba al abismo. Las peleas eran más frecuentes con el pasar de los días y no pocas veces hubo agresiones físicas entre ambos. Las amenazas de uno al otro, gritadas, desgarrantes, oídas por los vecinos, ganaron cada rincón del entorno. Y más subieron en decibeles cuando ella vaya a saber cómo supo de su desliz y le advirtió que lo denunciaría.
En afán de poner paños fríos a la disputa, que amenazaba con desmadrarse, él dejó de discutir y se dedicó a hacer cosas para distenderse. Encontró en la jardinería la calma que necesitaba. Su antiguo patio, donde abundaban los frutales y las flores, sufrió por ello una advertible transformación. Desplantó absolutamente todo lo que allí había y para reemplazarlo compró una alfombra de césped con la que cubrió el total de la raleada superficie.
Realmente estaba orgulloso de su nuevo patio, donde todos los días se sentaba en la lisura, prendía la pipa y dejaba a su pensamiento volar. Porque allí podía recrear sus sueños y hacer planes sin que nadie lo molestase. Además de ello, por su cortedad de carácter trataba de estar cuantas más horas pudiera al aire libre, para así evitarse los enfrentamientos con su mujer. Trifulcas éstas que, inevitablemente, volvían a producirse cuando reingresaba a la casa.
Abrumado por las amenazas proferidas por su consorte, quien se manifestaba dispuesta a competir inclusive con Dios haciendo caer sobre él infinitas plagas, esperaba entretanto el resultado del concurso. Si vencía, divagaba, probablemente pudiese publicar el resto de su obra, ganar bastante dinero, alzarse con alguna señorita pulposa e irse a vivir a un mejor sitio.
De tal modo entre refriegas y amenazas el tiempo fue pasando, inexorable, lento, golpeador. Mientras pasaba, la violencia en casa seguía vigente y en constante incremento. Él en algunos remansos de las batallas, le pedía a su mujer que se fuera. Ella, caprichosamente se negaba, lo que no hacía sino acrecer su rencor.
Visto que todo en su vida empeoraba, no pocas veces pensó en dar el portazo e irse él. Pero antes de tener alguna seguridad no se animaba. Entonces volvía a sentarse en el jardín, reviviendo con la observación de la verde llanura. Con todo, no encontraba la buscada paz. Las amenazas de su cónyuge de denunciar el plagio -y lo que ésto le significaría- lo tenían a mal traer. Y por tal a las noches no conseguía conciliar el sueño y daba vueltas por la casa, pensando en qué podía hacer al respecto para remediarlo definitivamente.
Así las cosas, el esperado día llegó. Y con él el premio. Había sido el ganador del concurso de cuentos. Con un agregado, que le hizo sentirse más feliz de lo que nunca había sido: coincidiendo en casi un mismo tiempo con el de su premiación su esposa se había esfumado y nadie sabía de su paradero. Él, por su lado, se mostraba despreocupado. Seguramente, explicó a quienes se lo requirieron, la susodicha se habría fugado con el fulano su amante, a quien últimamente viera rondando por las cercanías.
Distendido, orgulloso con su logro que nadie podría ya empañar, contento de sentirse libre, se tiró en la reposera del jardín y encendió su pipa. Ahora sería verdaderamente escritor, imaginó y debía pensar en temas para escribir una auténtica novela. Mirando su nueva alfombra de césped, encontró el argumento buscado. ¡Qué argumento! Trataba sobre las cuitas de un matrimonio mal avenido, donde en el final la mujer desaparece y los investigadores fracasan en sus afanes por descubrir lo que pasó. Porque, cansado de pelear -le aclararía al lector-, el marido la había asesinado, la había enterrado en el jardín de la casa y había cubierto astutamente su fechoría,... con una verde alfombra de césped.
Sonrió picarescamente, al comprobar las cosas que se le ocurrían. Justo a él que siempre “había” sido un tipo bonachón,... incapaz de matar una mosca.
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