HOMBRE DE VIVIR EN LAS NUBES
por Mario Linovesky
En algún lugar de la castigada América Latina, un día cualquiera de estos difíciles tiempos, a la mañana, temprano.
Octavio Ardiles, aviador, emergió de su profundo sueño. Pese a haberse acostado bien pasada la medianoche, lo hizo con ese excelente humor que siempre lo caracterizaba. Aun así inmóvil y pensativo permaneció un lapso extra entre las sábanas, para, como buen precavido, organizar los pasos a dar durante la jornada. Al terminar, desperezo mediante se calzó un jogging de conocida marca, medias y zapatillas, declarándose, de allí en más, presto a iniciar sus actividades.
Cuarentón de buen ver y mejor parecer, su oficio de andar volando entre las nubes le exigía no pocos esfuerzos para mantenerse en forma y a ellos se dio de lleno, sin ruidos ni alharacas. Sigiloso cual ánima consiguió escabullirse del dormitorio cuidando de no despertar a su mujer y se llegó al gimnasio del garaje para su diaria sesión de calistenia. Rato más tarde, realizadas las flexiones de práctica, se metió en la toilette. Mientras estragaba lastimosamente una ópera tomó allí un baño de ducha, rutina que además de tonificarle los músculos le mantenía el buen talante, para tras tantos preámbulos comenzar a vestirse con toda parsimonia, cuidando hasta la exageración de su aliño.
En veinte minutos, acababa con la tarea.
No obstante antes de salir a la calle se miró una vez más en el espejo, para comprobar si todo estaba bien en su presencia. Sonrió. La imagen reflejada por el vidrio esmerilado, le aseguraba que así era. Con todo no pudo sustraerse al acto reflejo y pasó instintivamente el dorso de su mano sobre la solapa del saco, a los efectos de planchar un ligero e inoportuno pliegue que en ella aún persistía; aprovechando además, ya puesto extremidades a la obra, para alisarse también las cejas. Finalmente, conforme con todos y cada uno de los detalles se encasquetó la gorra de comandante, verificó si el botón superior de la impactante chaqueta de "idem" estaba bien enojalado y, sin más, se consideró listo para cumplir con su deber.
Le quedaba, empero, algo por hacer antes de transponer la puerta de calle: por cábala no debía salir de casa previo a una ceremonia que realizaba desde hacía tantísimos años, para no encocorar a la suerte. Hombre obcecado en lo suyo, antes de despedirse de su esposa e hijos tenía que cumplir con ese ritual auto-impuesto desde sus inicios como aviador, desestimando desde luego si tal acto resultaba ridículo o no al parecer de terceros.
Acarició entonces devotamente el avioncito de distintos plásticos coloreados, que él mismo se preocupara en adosarle una base a modo de maqueta y masticó una oración.
Ese juguete, pese a lo insufrible de sus componentes, habíale señalado su destino.
Cuando le regalaron ese Spittfire depreciado Octavio Ardiles era un niño de 8 años, tan común como cualquier chico de su edad. Su única preocupación por esos tiempos era la de jugar todo el día con sus amigos, o si no ver televisión en blanco y negro cuando el horario nocturno, y el consiguiente encierro de sus camaradas, así se lo imponían. Pero ese determinante juguete, obsequio de circunstancia de un primo que los visitara para aquellos Reyes y al que no volvió a ver en su vida, cambió su rutina de púber. Fue como un hechizo repentino, algo que promovió su imaginación y que lo introdujo en un mundo de ensueños.
Después de aquellos Reyes sus amiguitos dejaron de verlo casi del todo y su televisor sin colores supo de largos períodos de inactividad; porque Octavio olvidó desde entonces la pelota y demás juegos, para dedicarse a hacer volar, cuantas horas podía, al juguete que lo tenía embrujado.
Y así pasaron sus años y con ellos vinieron, ineludibles, las diferentes obligaciones. Que Octavio cumplió meticulosamente y con toda aplicación.
No obstante, el poder volar él mismo algún día se le había hecho carne y también, por qué no, ilusión.
En un principio, por simple imposibilidad cronológica y física, debió conformarse con la lectura de revistas sobre máquinas voladoras. Así, se volvió casi un experto (o no casi, sino un auténtico entendido), en todo lo que se refiriese a la aviación y a los aviones de verdad. Y por ello terminado el ciclo básico no debió pensarlo mucho, e ingresó como aspirante a oficial en la Fuerza Aérea. Sus padres, aunque temerosos advirtieron una verdadera vocación y no se opusieron a la opción militar.
Por consecuencia un ansioso Octavio Ardiles, a quien sus mayores llamaron anticipadamente "Doctor" porque lo soñaron médico, de un día para el otro se vio metido en un mameluco engrasado y de cualquier talle, ajustando tuercas en los hangares de la artillería aérea.
Allí en la Base, se formó en su actual profesión. Entre actos castrenses que hoy prefería olvidar y muestras de irracional obediencia que lo enervaban aprendió a volar en la práctica y completó las horas necesarias para convertirse en un excelente aviador.
Sin embargo, no todo le resultó tan llano como lo eran sus expectativas. Pese a esforzarse cuanto pudo no se avino a la vida militar, considerando impiadosamente de payasadas el estar haciendo la venia o el tener que cuadrarse golpeando con violencia los tacos; actos que, aunque tardíamente, descubrió que no concordaban con su personalidad de hombre libre.
Y por ello sus días, en adelante, se hicieron sufrimiento y congoja, de los que buscó por todos los medios posibles de desligarse.
Vista la situación y ya listo para pilotear máquinas de mediano porte consiguió trabajo en una línea de cabotaje y, sin dudarlo, pidió la baja de la Fuerza Aérea.
Primero como copiloto y luego al mando de un pequeño Focker, juntó al tiempo la experiencia necesaria para acometer con desafíos mayores; que fueron 10 años comandando un Yumbo 747 en la línea intercontinental de bandera, donde se consolidó definitivamente como piloto de alto vuelo.
Quienes lo vieran hoy piloteando ese pequeño reactor de lujo, sin duda pensarían que hubo una regresión en su carrera. No fue así, el sueldo que ahora percibía doblaba al anterior y la misión que las autoridades del país pusieron en sus manos era de las más importantes. Y a ella, arribaban sólo los elegidos.
Ese día, no bien llegó al sector militar del Aeropuerto, observó que algo inusual ocurría: había agentes de seguridad por doquier. Lo picó la curiosidad. Su trabajo, que consistía en transportar a secretarios ministeriales y a burócratas del mayor nivel al interior del país y, eventualmente, también al exterior, no solía presentar mayores riesgos y la seguridad de sus pasajeros, funcionarios si se quiere comunes, no exigía de tamaña custodia. Mayor cantidad de guardias, se dijo, más encumbrado el pájaro que volaba.
No pudo empero decirse más nada, porque antes de que atinase a reaccionar unos dedos como garras lo aferraron por el brazo, y lo empujaron en dirección al avión que aguardaba en un costado de la pista.
Pensó, como lógica respuesta, en protestar y en defenderse ante el atropello; pero dejó inmediatamente de pensarlo en cuanto comprobó la traza del gorila que lo llevaba a la rastra: un gigantón vestido de traje oscuro, camisa y corbata negras, lentes espejados, pelo al rape, todo músculos... y nada de educación. Reconoció en el hombre a uno de esos individuos, a los que en los países tercermundistas se les llama: servicios de... ¿inteligencia?
Sin darse cuenta, se vio metido de pronto en medio de cuatro de estos sujetos, quienes sin más lo sometieron a docenas de preguntas y también a algunos de sus clásicos manoseos. Minutos después, conformes con sus contestaciones los hombres de gruesos cogotes y prominentes tórax pasaron a inspeccionarlo físicamente, acción en la que no faltó un examen de alcoholemia y un cacheo por si portaba armas.
Recién cuando el que parecía ser el jefe se dio por satisfecho dejaron de vapulearlo y él, aunque maltrecho por el maltrato, pudo sosegar un poco su desánimo y distenderse.
Todavía temeroso, con el cuerpo temblándole como un flan, quedó a solas con uno de los matones, quien confianzudamente le puso su pesada mano sobre el hombro y le comunicó:
-El de hoy no es un vuelo común, hoy vas a llevar pasajeros muy importantes.
-¿A quiénes?- se animó a preguntar el piloto.
-De lo que yo sé, - gruñó el bruto- viajan: el Ministro de Economía, el Jefe de Gabinete, el Comandante de la Armada y, además de ellos, el "quía", con su acompañante de siempre.
-¿Y esos dos últimos quiénes son?- inquirió un ignorante Octavio, ya de por sí sorprendido por la importancia de los otros viajeros.
-El “quía”, me extraña que no lo sepás- le aclaró el agente, molesto- es el mismísimo Presi. Y su acompañante de siempre, el peluquero del Presi.
-¡Mierda que no es poco!- se dijo el aviador, mientras que su adrenalina fluía en desbocado torrente y el corazón le daba violentos respingos. Sin embargo, se lo guardó para sí.
Pasado un corto tiempo y aparentemente recompuesto, vio un contingente de humanos que avanzaba en dirección suya. Venían adelante seis de esos gorilas vestidos de oscuro, tras ellos una comitiva de civiles bien emperifollados, despidiendo lustre y llevando cada cual su infaltable attaché, y por último, cuidándoles las espaldas, otros cuantos agentes de inteligencia.
El matón "blanqueado" le quitó en esos momentos la mano del hombro y volvió a agarrarlo del brazo, haciéndole girar y llevándolo hasta el Jet. Sin modales de ningún tipo lo encaminó hasta la escalerilla de la máquina y lo empujó hacia arriba, subiendo también él.
-Si me invitás, también viajo yo.- le tomó encima el pelo.
-Imposible, - trató de explicarle Octavio - el avión es de seis plazas para pasajeros, más la de la moza de a bordo.
-Yo viajo, aunque no me invités.- lo matoneó el mono de gafas espejadas, sonriendo de cotelé.
-Le reitero que es imposible, son cinco los viajeros de la comitiva y el sexto lugar le corresponde al copiloto.
-No te calentés, "papito"- se burló nuevamente el de inteligencia - yo en mis épocas de gil fui Alférez de aviación y te voy a hacer "gamba".
Octavio ante la desmesura entendió que no tenía alternativa y, como buen profesional, se metió en su cabina de piloto.
Mientras verificaba rutinariamente los comandos de la máquina, olvidó a su cancerbero. En cambio, se le dio por pensar en el honor que la Nación le dispensaba a él, permitiendo que guiase nada menos que al Presidente y a lo más granado de su plana mayor. No cualquiera tiene semejante prerrogativa, descubrió. A lo mejor, se le dio ahora por evaluar, este viaje pudiera significarle un ascenso en la escala laboral y el acceso a un nivel de vida más rumboso que el que llevaba. Su rostro se iluminó con la perspectiva.
Feliz a priori y sin motivos que lo justificasen, Octavio se calzó los audífonos y prendió la radio. Acto seguido, en contacto con la Torre de Control, solicitó el rumbo, la hora de despegue y el estado meteorológico de la ruta a transitar. Al rato, ya en poder de los datos requeridos encendió, bajo indicaciones del mecánico controlador las turbinas del aparato, que respondieron de inmediato y con un afinado y parejo sonido. El instrumental le denunció, a un tiempo, la impecabilidad de los carísimos mecanismos.
Con todo listo para un normal despegue, espió por un espejo retrovisor que él mismo había instalado en la cabina de mando. Detrás de él, pudo constatar, estaba sentado el gorila que se decía Alférez y la comitiva había comenzado a ocupar los cómodos sillones del avión, orientados por la azafata. Alcanzó también a ver al Presidente, sentándose en la primer butaca. Que elegancia la del hombre, no pudo evitar decirse. Deslumbrado lo imaginó como a un camarada, con el que compartiría muchos kilómetros de intimidad. En esos instantes, en medio de su admiración, no se le dio por pensar que entre él y los pasajeros había una pared vestida de humano, que no le permitiría el más mínimo acercamiento.
Ni más ni menos que el Presidente (recurrió en el tema), el hombre líder, el conductor de masas, estaba allí, a tres metros de distancia. ¿Cómo sería semejante hombre de entrecasa?, se preguntó en soledad. Se lo preguntaría, pese a no obtener respuesta, durante todo ese viaje de ida.
Es que Octavio Ardiles era un hombre, lo que se dice desinformado. Jamás veía un noticiero por televisión, no escuchaba radio y tampoco leía diarios. Cuando no volaba solía entretenerse jugando con sus hijos, si no, charlando nimiedades con su mujer o, caso contrario, leyendo publicaciones sobre aeronáutica. Sus ingresos mensuales, nada desdeñables por cierto, le permitían desenvolverse con comodidad en la vida y, como no era sujeto de gustos suntuosos, nada le faltaba. Su actividad social por otra parte se distinguía por su sobriedad y sus pocas amistades ostentaban ser de idéntica condición y pareceres.
Tan alejado estaba nuestro hombre de la realidad, que no tenía siquiera idea de qué era lo que pasaba en el país de todos y solamente sabia sobre los escasos sobresaltos que habitaban en su propio y hogareño país; además, con la seguridad íntima de quien se siente imprescindible y atornillado a su puesto laboral. Herencia de su pasaje por la vida militar, evaluaba que mientras existiese un orden y la moneda se mantuviese a valor constante todo marchaba sobre rieles y no había nada de qué preocuparse.
Por eso, el Presidente para él representaba un valor superlativo; más que ser humano un ente descarnado, que el día de mañana sería imagen de alguna estampilla o de un billete de equis pesos. No lo imaginaba hombre, sino enciclopedia. Una "suma de virtudes" que por tal había llegado adonde estaba.
Qué no daría, se decía el aviador, por poder conocerlo, estrecharle la mano e intercambiar algunas palabras con él. Quizá se diese la oportunidad en este viaje, se alentó.
En su incontenible éxtasis, al comunicarse por el teléfono interno con Marcela, la moza de a bordo, le recomendó atender con la máxima deferencia a tan grande hombre, comentándole de paso su deslumbramiento por él. Luego, tras interrumpir la comunicación y como ya tenía todo listo y controlado, siguió con sus pensamientos admirativos al líder.
La orden que en esos momentos le vino por radio lo sacó de su ensimismamiento: salir a la pista, esperar el visto bueno de la torre y partir. Dada la importancia del pasaje, no tuvo dudas de que obtendría prioridad de salida y podría hacerlo en no más de cinco minutos.
Pasado ese tiempo la orden llegó y el guardia de grandes bíceps cerró la puerta de la cabina, al tiempo que Octavio ponía en marcha el avión. Concentrado en lo que hacía el piloto fue aumentando progresivamente la velocidad de la máquina y, al llegar a los doscientos treinta kilómetros por hora deslizó con suavidad la palanca correspondiente, maravillando a los funcionarios con un decolaje de perfección. A los dos minutos, sobrevolaban el caudaloso río.
El vuelo, de escasas dos horas, fue placentero. El aterrizaje, como antes el despegue, de lo mejor.
Pasado ese lapso y sin contratiempos, estaban en destino.
Ya en tierra y antes de dejarlo solo en su cabina, el servicio de pelo al rape le dio las órdenes pertinentes:
-Alojate en el hotel Alvaro's Building y no te movás de allí. Yo te voy a avisar cuando salimos de vuelta.
Los políticos y el guardián, al que se sumaron otros varios como él que esperaban en la pista, subieron en lujosos autos oficiales y partieron raudos hacia la mínima ciudad que aparecía allá cercana, recostada en la ladera de un cerro.
Octavio, al que dejaron a la deriva, debió alquilar un taxímetro para llegarse al poblado.
El viaje a la urbe (algo que él no acostumbraba ver por ser el encargado de trasladar a funcionarios menores), fue extremadamente accidentado. Apenas recorrido un kilómetro, Octavio quedó sorprendido por lo que allí sucedía. A los costados de la ruta, feroces en su bestialidad, advirtió que gendarmes bien pertrechados, blandiendo bastones, pistolas lanza gases y escudos de plástico estaban entregados a la tarea de reprimir con saña a grupos de hombres, mujeres y niños andrajosos, mientras le abrían el paso a la comitiva gubernamental. Aquí y allá neumáticos ardían en la cinta asfáltica y troncos de árboles obstaculizaban el desplazamiento de los rodados. Destacándose en medio de la batalla, un cartel pintado a mano llevaba el nombre del Primer Magistrado, con el aditivo de un grueso epíteto escrito en rojo: "TRAIDOR". Más allá, tirados en distintos lugares de las cunetas había manifestantes heridos, a los que pese a su estado se seguía golpeando.
Ardiles, entre curioso y molesto, le preguntó al chofer de que se trataba.
-Son desocupados que protestan ante el Presidente, porque les prometió trabajo y no cumplió.- fue la respuesta.
-¡No me haga chistes!- dijo un Octavio incrédulo y sobrador.
-Si a usted le parece... - se recogió el taxista.
Así, desde luego, le parecía y se dijo que seguramente se trataría de algún problema local. ¿Faltar trabajo?. A él no le faltaba; y en la Gran Capital (o en su entorno, por lo menos) no se oían esas cosas.
El piloto fue directamente al hotel que le recomendara el gorila de inteligencia, hotel que, llamativamente, por tratarse de un pueblo visiblemente pobre, era de cuatro estrellas. Un simple detalle, se dijo Ardiles, o una clara señal de que todo progresaba en su país.
Los planes de Octavio no diferían de los de anteriores oportunidades, cuando llegaba a poblados donde no conocía a nadie. En primer término habría de gratificarse con un buen almuerzo, luego dormiría una siesta reparadora y más tarde, al levantarse, miraría televisión en el bar del hotel, a la espera de las órdenes de sus mandantes.
Esto último no pudo ser. Y lo anterior tampoco. Cuando quiso dormir no pudo porque en esos momentos regresaban las tropas represoras haciendo un ruido infernal con sus pertrechos y luego, como trágica secuencia, la sorpresa al llegar al salón del hotel. La confitería de marras, pudo comprobar con disgusto, estaba llena de esos tenebrosos individuos vistiendo uniformes y armados hasta los dientes y había, además, no pocos civiles parecidos a su guardián, que de sólo mirarlos daban pavura.
El hotelero, ante su demanda por enterarse de pormenores permaneció mudo, lo que contrarió bastante al piloto. Octavio, decepcionado, optó entonces por no insistir, pero asimismo no le dio gana de compartir su humanidad con tan detestables contertulios. Y por ello, aunque rabioso con la situación se fue hasta su cuarto y se encerró a mirar televisión en privado.
Por primera vez en mucho tiempo, casi de todo su tiempo, en lugar de mirar series televisivas de guerra buscó un noticiero. En cada uno que encontró se hablaba de lo mismo: miseria, desocupación, falta de medicamentos en los hospitales, escuelas que se caían, dineros para atender a la población que habían tomado ignotos rumbos. Corrupción era la palabra más repetida.
¿Dónde estaba viviendo él?, se asustó.
¿Y si lo suyo no era tan seguro como él pensaba?
Tras las nuevas, escuchadas y vistas en uno, en otro y en un tercer canal debió sincerarse consigo mismo y darse cuenta que durante toda su vida fue y seguía siendo un pelotudo. Vea en que sociedad estaba viviendo y él ni se había dado cuenta.
La campanilla del teléfono, sonando frenética, no le permitió seguir descubriéndose virtudes. El gorila le anunciaba que la reunión de los mandamases había terminado y que en otra hora regresaban a la Capital.
A la media hora de vuelo, Marcela, la azafata, se comunicaba con él vía teléfono.
-¿Que hay de nuevo, Marcelita?
-Señor Comandante, lo llamo para comunicarle que disiento con su parecer. He de decirle que ese hombre al que usted llama Grande y del que tan bien me habló a la ida, es en realidad un reverendísimo hijo de... algo que yo no acostumbro a pronunciar.
-¡Marcela!...
-Vea, Señor Comandante, no sé si el tipo tomó mucho o si está drogado, pero lo que sí sé es que su boca parece una cloaca, los chistes que cuenta son del peor gusto que he oído y encima, para hacerse el vivo delante de sus amigotes, cuando les servía un refrigerio me tocó el trasero.
-¿...?
-Y para que se entere sobre que hablan estos encumbrados patriotas, - siguió la chica, estoqueteándolo - le dejo el teléfono descolgado, así comprueba las barbaridades que dicen.
Octavio Ardiles, aviador, que a la mañana temprano había despertado con ese envidiable humor que siempre lo caracterizaba, fue degradando su talante con cuanto más escuchaba. Jamás, en su imaginación, pensó que la moral de quienes timoneaban el destino de su patria reptaba en tan bajo nivel. Entre chistes groseros y exabruptos por decenas, pudo comprobar la total ausencia de respeto por los ciudadanos, incluyendo a los que los habían votado. Vidas y haciendas de los más sumergidos eran objeto de repudiables chascarrillos por parte de la máxima autoridad, a los que les seguían hirientes carcajadas y desencajados pedidos de bis. En eso, vino lo peor. A alguno de los personajes se le ocurrió comentar, es de suponer que sin malicia, las habilidades demostradas por el piloto de la máquina. Hablaban de él, de Octavio Ardiles.
-S¡, es bueno- escuchó la inconfundible voz provinciana del líder -pero no me gusta porque tiene demasiadas canas y años. Quiero que lo reemplacen por alguien más joven, algún muchacho que recomienden nuestros amigos.
Al escuchar esto a Octavio se le hizo noche en medio de la temprana tarde, con el sol todavía brillando a pleno. De buenas a primeras era un desocupado más, a una edad peligrosa y sin estar preparado para ello. Comenzó entonces a sudar y los ojos se le empañaron con lágrimas de impotencia. Las manos le temblaban sobre los comandos y todo, en un minuto, tomó rumbo hacia la catástrofe.
En esos instantes posiblemente los viajeros hayan pensado que habían entrado en alguna violenta turbulencia, tales los saltos que daba la máquina. No era culpa de la atmósfera, desde luego. Octavio, obnubilado por las infaustas nuevas, había perdido en gran parte el control del aparato.
Esta historia terminó de una manera, si se quiere, ominosa, aunque diferente a la que podría sospecharse. Ya que Octavio por un momento consiguió salir de su crisis, pudo pensar más fríamente y lo hizo considerando a su familia y a la hermosa Marcela, su azafata por años, que se casaba el siguiente fin de semana. Resignado recuperó entonces el control del avión, que había entrado en peligrosa pérdida y, en hora y cuarto más, aterrizaba limpiamente en el sector militar del Aeropuerto.
Para mal o para bien,... de vaya a saber quién.
Meses después, al comando de un destartalado avión para fumigar sembrados Octavio Ardiles exudaba lágrimas de impotencia, mientras que contrito asumía, como tantos otros subocupados, su propia culpabilidad por este presente ingrato. La próxima vez, se prometió convencido, usaría mejor sus derechos de voto, encontrándose en la soledad de un cuarto oscuro.
Metido como estaba en el merecido auto castigo, no se le dio por considerar siquiera que su actual empleador era un empresario emergente de las nuevas políticas neoliberales, a quien le importaban más las ganancias rápidas que mantener mecánicamente en orden sus aviones. Y debió haberlo hecho. Porque por ese supino motivo la presión de aceite del motor había empezado a bajar sin pausas y el aparato volador, ya casi sin sustentación, perdía altura velozmente.
Vista la emergencia en que estaba envuelto, además de hallarse asustado y confuso, Octavio alcanzó a percibir que su contacto con la realidad se desvanecía. Ganado por el vértigo de la caída sintió que gruesas gotas de sudor empapaban su frente y le pareció ver nubes y ángeles que se desplazaban a raudales por sus costados. Pero aun así no dejó de advertir que el suelo se le venia rápidamente encima y que faltaban pocos segundos para estrellarse.
Cuando iba a producirse el impacto contra la dura tierra, sin que él pudiese hacer nada para evitarlo, le acometió un fuerte sacudón interno. El corazón en esos momentos le galopaba alocado y brioso y el sudor le empapaba todo el cuerpo. Como toda defensa cerró los ojos, inerme y entregado a lo que le pareció una inevitable muerte. Pero esta por él esperada tragedia, finalmente no se produjo. En cambio sí notó que todo a su alrededor se ralentizaba y que aun con sudores y taquicardias lo envolvía una indescriptible paz. Con un agregado de por sí desagradable, oyó que su estómago era una revolución gástrica con sonoras fanfarrias, mientras que un regusto acre, mezcla de grasas, legumbres y embutidos, le trepaba al paladar.
Ignorando tales circunstancias por considerarlas de momento improcedentes abrió de nuevo los ojos y sorprendido descubrió que yacía en su lecho y que pegada a él estaba su esposa, durmiendo con suaves ronquidos. A los pies de la cama, en el perchero, colgaban la chaqueta de comandante y la decorada gorra de idem. Entonces, preocupado y calmado a la vez, atinó a mirar el reloj. Acción que lejos de relajarlo le llevó a mutar unos miedos por otros, al comprobar lo tarde que se le había hecho y las duras sanciones que ello podía implicarle. Mientras apurado se duchaba, ahora desistiendo de vapulear óperas, no pudo menos que reconocer, en medio de un sonoro suspiro, cuan imprudente resulta... comer “locro” por la noche.
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