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Cuentos

 

HIPER-GOLES

Por Mario Linovesky

 

Ésto aseguraba un "inadaptado", convencido de que podía, sin más ni más y por las suyas, renegar de los nuevos dioses:

"La mía es una pequeña ciudad de transcurrir bucólico, cultural y económicamente más afín al agro que a la industria. Por tales características recibió antaño el mote de "chacra asfaltada" y ése, precisamente, pareció que sería su ineludible destino. Pese a ello, victima de los nuevos vientos que soplan no pudo escapar a las garras del progreso y hoy día carga tanto con sus beneficios, así como con sus males.

Bahía Blanca de cualquier modo ya no es la que era; entre otros muchos emprendimientos "modernosos" en sus cercanías también se ha instalado un hipermercado (de origen y características norhemisféricas), que terminó transformando las costumbres lugareñas. Y nadie puede no darse por enterado, ni negar que de algún modo se vio afectado por su notoria presencia. De apurárseme un poco, deberé reconocer que, aun cuando ello zamarree mi ego, tampoco puedo negarlo yo. Si me siguen, aunque para la jornada mis intenciones eran dedicarme al ocio y su consecuente vagancia, comprobaran por ustedes mismos en que derivan en estos tiempos, gracias a la pluralidad consumista, las actividades previamente programadas.

Para mí era un sueño largamente acariciado que, tal como se venían dando las cosas, suponía irrealizable. Por siempre jamás. Pero hete aquí que pese a mi descreimiento Dios, mis ídolos y Ramón Díaz metieron mano y, después de tantísimos años, llegamos a jugar por el campeonato.

Una semana larga me pasé aguardando el momento añorado; con ansias, con taquicardias, con desvelos. Desde el mismo instante en que "ganamos" la clasificación. Con todo debí resignar un tiempo y reconocer lo tonto de mi pesimismo, puesto que, según repetidas experiencias todo llega en esta vida, si es que se sabe esperar. Y lo que yo tanto apetecía que ocurra, aunque con una larguísima desazón al medio, finalmente era...: una palpable realidad.

Por eso y culpa de las expectativas que tenía, dormí poco y mal a la noche. Miento, para ser sincero no conseguí pegar un ojo y tuve una tan tediosa como larga velada. Aun así hoy fresco como una lechuga me levanté bien temprano, con el entusiasmo propio de los hinchas de corazón. Mirando para afuera, pude comprobar que hacía una hermosa mañana de domingo. Más que hermosa, debería en verdad decir, porque, como Uds. bien suponen, transmitían el encuentro por la tele. Y yo, aunque en determinados círculos presuntamente cultos suelo negarlo hasta con énfasis, soy de aquellos que, por ninguna razón o cataclismo, se pierden de ver un partido televisado. Menos aún sí, como en esta luminosa jornada, juegan por la final los “millonarios”.

Heme aquí entonces, apoltronado en un cómodo diván-cama frente mismo a la caja boba, solazándome con las piruetas y corridas de los ases del balompié.

Absolutamente todo en el entorno resultaba perfecto para mis modestas ambiciones, tanto, que hacía que me sintiese una especie de rey: mujercita diligente preparando el almuerzo en la cocina, pijama, pantuflas, un vermucito con fernet y, coronando todo ello el deleite que me entregaba a domicilio el tubo de rayos catódicos, encima a brillantes colores. ¿Qué más podía pedir?

Y,... algo siempre se le ocurre a uno.

Cuándo y cómo me vino el hambre en verdad no recuerdo; quizá sea porque la ingestión de alcohol con el estómago vacío produce momentáneos descontroles intestinales que se pasan únicamente comiendo, además de una a veces obnubilada insensatez, la cuestión es que de mi boca, inadvertidamente, escapó la maldita frase que habría de amargarme el día.

- Querida, me comería un sándwich de mortadela .

- Mortadela no hay, querido. - contestó "querida", con la misma voz que usa siempre para anoticiarme que se acabó la mortadela.

Qué se le va a hacer, me dije yo, conformista, en cuanto termine el partido me llego a la despensa de Fermín y compro, total, viendo como estoy a "los gallinas" jugándose en una final, bien puedo aguantarme sin comer el tiempo que falta.

Es que mi felicidad estaba a un solo gol de distancia; River, el inmenso River, ganando hoy aun por una mínima diferencia sería Campeón de la Copa,... y que los "bosteros" me aguanten mañana en la oficina.

La tele, entretanto, seguía con lo suyo. En ese momento mostraba al muñeco Gallardo avanzando por el medio del campo eludiendo rivales, mientras que en el área lo esperaban Salas y Hernán Díaz y Francéscoli corría por la derecha, atento a la pared. Acorralados por ese aluvión de camisetas con la banda roja los defensas contrarios, inermes, se debatían en medio de la confusión. Era, se olía, dentro del vértigo de la jugada, anotación segura del cuadro de mis amores. Empecé a levantarme de mi asiento; a cada tranco de Gallardo, me elevaba un centímetro más; mi garganta, incontenible, se convulsionaba, lista para el grito de gol.

Y el grito vino,... pero desde la cocina.

- Che, ¿no me dijiste que íbamos a comprar mortadela?

Me lo perdí. Por atender a querida giré instintivamente la cabeza, y cuando la volví, Gallardo, Francéscoli, Salas, Solari y Díaz eran un racimo de humanos abrazados, festejando el gol que yo no vi. Paciencia, me dije, menos mal que con la televisión moderna repiten la jugada, que si no...

Fue no. Cuando el cartelito de repetición estaba aún en pantalla anunciando que reiterarían la escena del tanto, el dedo mayor de mi amada, imperturbable, oprimió el botón que dice "power" y hube de quedarme con las ganas.

-¡Vamos a comprar mortadela! - me dijo, mandona.

- Si querés ir, andá vos,- le contesté yo sin modales- la despensa de Fermín queda acá al lado.

- Que Fermín ni que ocho cuartos, llevame al Hiper, que todavía no lo conozco.

-Esperá un ratito ,- pusilanimisé entonces yo, tratando de posponer su súbito y firme arrebato supermercadista- en media hora termina el partido y vamos, ¿siiii...?

-¡Vamos al Hiper,... ahora!- taladró mis tímpanos una voz definidamente castrense.

Bueno, me resigné‚ en salvaguarda de la institución matrimonial, hoy a la noche, si Dios quiere, veré los goles en el noticiero.

Tal como ustedes supondrán, no me quedaba otra salida; en esa soleada mañana futbolera tuve, por mera imposición conyugal, que cambiarme de ropa, ir hasta la cochera, arrancar el auto y partir, con mi bienamada como acompañante, de excursión hacia las pampas. Porque los Hiper no están a la vuelta de casa, a los Hiper, vaya a saber por qué causas, los construyen lejos.

En el viaje sintonicé el partido por radio, pero no era lo mismo. Me enteré sí que Burgos, nuestro otrora arquero maravilla había hecho otra inconveniencia de las suyas y que estábamos de empate.

-¿Por qué no lo echarán a ese infeliz?- descerrajé furibundo, ante una mujer indolente a la que poco le interesaban mis sentimientos.

-Infeliz, vos .- replicó ella- Si seguís manejando con el pensamiento puesto en esos pataduras, vamos a chocar.

Para calmar los ánimos, Berti, como si hubiese adivinado nuestra reyerta se mandó un golazo apenas reiniciado el juego y todo volvió a estar bien,... por lo menos, para mí. Si hasta el motor del auto se oía como un violín afinado, me pareció.

A los kilómetros, un semáforo al que no averigüé todavía por qué lo llaman inteligente, nos señalaba la entrada al Edén. Estábamos por entonces en el punto de "no retorno", y, aun a regañadientes de mi parte, hubo que entrar.

No nos fue fácil desde el mismo inicio. Un sol canicular y deshumanizado, seguramente para que sepamos que acceder a niveles superiores de vida no es gratuito nos calcinaba desde el cielo sin cargo alguno para su conciencia y con bastante ferocidad, mientras tanto que nosotros, desorientados, dábamos vueltas por el atestado "parking" buscando algún lugar libre para estacionar. Luego de vagar bastante rato sin rumbo, encontramos por fin donde.

-Que "divino" es este lugar.- escuché de mi esposa.

No me quedó otra que asentir en silencio, moviendo la cabeza verticalmente y sólo por quedar bien con ella.

-Allí hay changuitos.- descubrió la susodicha, gritándolo con todo su entusiasmo y pulmones.

Tenía razón, en el frente de la explanada había cientos de changuitos, primorosamente ordenados en largas filas. Pero no solamente estaban en ese lugar donde el orden imperaba; para quien no quisiese molestarse, los había también más cercanos, tanto, que no era necesario dar un paso para cogerlos; caóticamente dejados a la deriva, pululaban atrás de donde parábamos...y adelante...y a los costados...y agolpados entre los vehículos...y hasta uno, de talante la mitad ausente y la otra mitad burlón, empecinado en rayar la chapa de nuestro auto todavía impago.

Munidos finalmente del changuito de marras pusimos norte en dirección a la entrada del Hiper, que aparecía perdida tras los ondulantes espejismos del concreto, lejana, a cien, doscientos o, cálculos hechos por mí sin teodolito ni profesionalismo alguno, hasta a trescientos metros de donde nosotros estábamos.

No importa, pensé, después de todo, no deja de ser una experiencia.

Al ir llegando, nos recibió una lluvia de papel. Propagandas de esto, promociones de aquello, ofertas de lo de más allá inundaron nuestro carrito, haciéndonos dudar si cabría en él también la mortadela. ¿Cuántos árboles se habrán talado para este fin?, preguntó un personaje ecológico que llevo siempre dentro mío. Por supuesto, nadie le contestó.

El ingreso fue a un amplio hall; todo lo amplio que dejaba ver el humo de cientos de cigarrillos encendidos por cientos de fumadores desesperados; porque, de ese lugar en adelante, no permiten fumar.

Superado el amplio hall, entramos, por fin, al Hiper. Allí, en el mismo umbral, infranqueable, un vigilante vestido como rambo, si bien un tanto amariconado, nos señaló la conveniencia de pasar por un detector de vaya a saber que cosas.

-Es por su bien, don,- me dijo- así se evita alguna bochornosa situación a la salida.

No estaba yo de ánimo para decirle que mi bien hubiese sido seguir viendo el partido por la tele; tampoco sabía, desde luego, de que bochornos me hablaba. Entonces, con afán de acelerar los trámites y volver lo antes posible a casa no le contesté nada y pasé muy ufano por el detector de vaya a saber que cosas. También lo hizo mi mujer.

Era, como dije antes, una luminosa mañana de verano. Sin embargo, con el sol que nos cocinara en el playón brillando a más no poder, el inmenso antro tenía todas sus luces encendidas. Bastante tiempo me llevó enterarme que hasta las luces son allí una estrategia de ventas, una más de entre miles.

Deslumbrados por semejante aglomeración de kilowats convertidos en prístina luz, ingresamos al santuario por la derecha. Panadería, verduras, carnes, pescados, fueron los primeros que se interpusieron entre nosotros y la salida.

-Vamos a la fiambrería a comprar la mortadela. ¿Para eso vinimos, no?- traté de presionar.

-Todo... a su tiempo .- me gruñeron.

Apabullado y temeroso por esta velada amenaza eché una mirada al entorno, tratando de ubicarme geográficamente. Vi la fiambrería... allá,... muy lejos. En ese momento, la sospecha de que no volveríamos a casa para almorzar, se me hizo certeza. Lo que no llegué a imaginar ni por asomo es que tampoco regresaríamos para la hora de la siesta ni para la del mate, sino, más vale tarde que nunca, que nuestro arribo al hogar recién se produciría... coincidiendo con el encendido de las luces callejeras.

Seguimos avanzando; los pasadizos entre góndolas, exultantes de los que inferí giles como yo, no permitían el libre desplazamiento. Hubo que luchar para caminar, para mirar las mercaderías, para interpretar las ofertas.

Tal precio por tal cosa, decía un cartel promocionando las bananas.

-¿Llevamos?- preguntó querida.

-Bueno, si son tan baratas, llevá.- permití yo, paladeando íntimamente el pingüe negocio que hacíamos- Pará, esperá un minuto, mirá lo que dice abajo en el cartel: Oferta de 20 a 22 horas. Dejalas. Que se las coman ellos.

Uno de vigilancia, que estaba parado al lado mío, me miró fijo y con odio profesional. ¿Será el de la entrada?, traté de reconocerlo, no, ése era más petiso. Pero,... allá hay otro, y otro, y otro más. ¿Qué es ésto?, parecen una plaga. A veinte metros descubrí también a un policía... que estaba hablando con... otros dos policías. Para estos cosos, me convencí, somos todos ladrones. Por un momento, me pareció que había en el sitio más vigilantes que público; y ésto no me cayó bien. Bueno, no será para tanto, traté de razonar, a lo mejor estoy tomando las cosas a la tremenda por obra del vermut ingerido en ayunas. Debo deshacerme del vermut, pensé.

- Querida, voy un ratito al baño.

-Andá, mientras, yo sigo viendo las cosas divinas que hay en este lugar.

En el baño, donde casualmente había otros dos policías haciendo lo que se hace normalmente en los baños, un cartel puesto en lugar bien visible me apabulló. Su texto era de tono por demás agresivo, aunque disfrazado de consejo moral. Se refería, cuando no, a lo que a esa altura me pareció una fijación persecutoria por parte de la empresa; a algo así como que robar no es de inteligentes, que no es una piolada, que no es saludable, que no es esto y que es aquello... y amenazaba... hasta con la cárcel.

Me sentí gratuitamente acusado. El amplio espejo del lugar, solidario por ser un objeto inanimado e imparcial, consiguió calmarme. Cara de chorro no tengo, pensé, acercándome a la imagen reflejada, lo que sí tengo, hube asimismo de alarmarme, es un barrito de grasa al lado del labio inferior que de dejarlo podría infectarse. Desaprensivo lo aventé, presionando con las uñas del pulgar e índice. Pero si de caras de chorros se hablaba, se me dio por evaluar, la de los dos policías que estaban ahí, umh...

Diez minutos después estaba de vuelta con mi amada, casi en el mismo lugar donde la dejara. No era la misma; estaba como en trance, como espiritualmente separada de su materia. Mentiría si digo que no me asusté. La susodicha se había transformado. Era ahora una meticulosa analista de mercaderías para el consumo que levantaba, olía, palpaba, practicaba microcirugías y volvía a cualquier sitio menos al correspondiente, a toda suerte de arroces, azúcares, anchoas, radichetas o pantuflas que cayesen en sus manos. Eso sí, cada cosa que veía le merecía un comentario, al que, indefectiblemente, le agregaba el adjetivo: "divino".

Yo, en los ratos en que no estoy en casa, que son los más, cumplo funciones en un Banco. Soy subgerente del "Departamento Interbancario de Relaciones Públicas para la Comunidad Europea y el Mercosur", título mucho más abultado que el sueldo que percibo. De cualquier manera soy jefe y como tal tengo subalternos a cargo, con remuneraciones relativamente más magras que la mía. ¿A guisa de qué viene ésto?: casualmente uno de ellos, Isaac, el ordenanza, estaba parado en uno de los pasillos, con un changuito desbordante de mercaderías; un sobrecargado carro donde, altiva, resaltaba una colorida alfombra de 2 por 3 mts. El cuadro que se presentaba ante mis ojos, me obligó a una antipática reflexión: Isaac vive solo, recordé, en un galponcito con piso de tierra.

-¿Para que mierda querrá la alfombra el rasca ése?- le comenté a querida.

-No sé ,- me contestó ella, ausente- pero la verdad es que son "divinas" y están a precio de regalo.

Debí callar ante esta contundente muestra de consumismo irracional.

Miré a Noemí (querida, tal como le digo de entrecasa). ¿Era verdaderamente la mujer de la que me enamoré, hace años ya?. Si mal no recuerdo, yo conocí a otra Noemí. Por aquel entonces ella estudiaba sociología en la universidad y me apabullaba en toda situación y lugar con doctrinas e ideologías bien de izquierda. Por ella supe de la existencia de un tal Marx, de otro tal Engels, de unos tales Lenín, Trozky y Mao. Sin ella hubiese ignorado, tal vez para siempre, sobre la plusvalía, el materialismo dialéctico, la igualdad de oportunidades, la propiedad colectiva de los medios de producción y de cambio y del consumismo necesario y controlado. ¿Qué se ha hecho de mi Rosa Luxemburgo?, me pregunté. Que ya no tuviese el grácil cuerpo de otrora podía comprenderlo. Que hubiese aumentado en kilos y años, también. Inclusive que su carácter, como algunos vinos, se avinagrase con el tiempo, podía perdonárselo. Pero no que hocicase en el campo de su ideario. Verla con una puntita de baba asomando por sus comisuras, sonriendo bobaliconamente frente a un paquete de broches para la ropa, créanme que me dolió.

De cualquier manera, tal como ustedes imaginarán, no se lo dije.

Seguimos con la ronda mientras que el reloj, indetenible, engullía segundos, minutos y horas; en tanto, changuitos se incrustaban desaprensivamente en mis riñones y niñitos corriendo me llevaban por delante, haciéndome rotar como puerta giratoria. Debo aclarar que no es por egoísmo que puntualizo los vejámenes padecidos utilizando sólo la primera persona. A querida, por supuesto, la golpeaban igual que a mí..., pero a ella, oh destructora paradoja propia de ciertos humanos, evidentemente le gustaba.

Sería tedioso puntualizar cada paso que dimos en adelante. Parecía, eso sí, que esta tortura no iba a acabar jamás. Claro que parecer, lo parecía para mí, solamente. Querida, por el contrario, en pleno ejercicio de su enajenación insinuaba una envidiable retroalimentación muscular con cuantas más cosas veía, lo que le daba fuerzas para seguir andando.

Aun así, gracias naturaleza, todo tiene un término.

Vilmente agredidos por miríada de "colegas compradores" fuera de sí y luego de varias horas de fatigar las plantas de los pies caminando "leguas" bajo techo, por fin, en el horizonte, alcancé a vislumbrar la meta: las tan ansiadas cajas donde pagar y volver a casa.

Ja,... todavía no, dijo el diablo.

Es que la cola más corta, medía no menos de ocho compradores. Encima, cada uno de ellos con dos, tres o cuatro changuitos rebosantes de cosas.

Esperar para pagar fue mucho más fatigoso que caminar dentro del galpón. Porque, a cada uno de los que estaban delante nuestro, algo anormal le pasaba. Para éste la cajera no tenía cambio, para el otro debía pedir confirmación del máximo permitido a su tarjeta de crédito, el que le seguía se había excedido en la compra y empezaba a seleccionar lo que dejaría. Promedio: quince minutos cada uno. Multiplicado por ocho que había delante de nosotros: dos horas antes de que nos llegase el turno.

Sin embargo, no todo fue tan aburrido. Cada vez que, bullendo mi iracundia, iba a empezar yo a putear por la prolongada espera, dos o tres empleados del mega comercio se subían a los mostradores y cantaban, desafinadamente, el nombre del Hiper. Créase, toda la gente aprobaba esta pobre muestra de arte lírico, dantesca en su mal gusto, sonriendo y hasta algunos aplaudiendo. Todos, menos uno, que manifestaba a viva voz su descontento. Si se me considera gente, ese uno era yo. La que me hacía callar, sin contemplaciones, era mi mujer.

Terminado el coro de Ángeles y para continuar atemperando los ánimos que de ratos se enervaban, el show debía seguir. Por los parlantes, entonces, surgió una voz gallinácea: "Caja número 25. Para quien se encuentre pagando en esa caja, el importe de su compra va como regalo de la empresa" . Todas las miradas, por supuesto, convergieron allí, justo a tiempo para no perderse el espectáculo que dio el joven estudiante al que le correspondiera la consumición de regalo. Se agarraba la cabeza, maldecía su mala suerte, se quería suicidar delante de todos: había comprado un solo cepillo de dientes y nada más. No fue, sin embargo, el único en reaccionar de modo tan patético. Los componentes de la familia que lo seguían en el turno, miembro por miembro, también evaluaron su autoeliminación. Y era para creerles. Mientras se les caían las lágrimas sobre los cuatrocientos o más dólares de mercaderías que habían comprado, era notorio que pensaban, desasosegados, en lo cerca que estuvieron de llevarse todo gratis. Yo, de puro mal arreado que soy, no pude menos que dudar sobre la imparcialidad de los regaladores.

Los parlantes volvieron a funcionar de inmediato, relegando el incidente; esta vez para informar que las "donas", en los próximos veinte minutos, se facturarían a mitad de precio. La estampida fue multitudinaria. Hombres, mujeres y niños, la mayoría de los cuales estoy seguro no tenían la más puta idea de qué cosa es una "dona", corrían desesperadamente por los pasillos para no perderse la oferta. Hubo golpeados y contusos... y una gran confusión; en medio de ésta, algunos pocos afortunados consiguieron, claro que aplastadas, cajas con los redondos bollitos fritos a precio rebajado.

Vuelta momentáneamente la tranquilidad, alcancé a divisar cerca nuestro a Amelia, la esposa de Juan, el camionero que hace las mudanzas del Banco donde trabajo.

Fui a saludarla, previo permiso de querida, como para matar un poco el tiempo.

-Hola, señor Ernesto (señor Ernesto soy yo),- me recibió la fulana- que divino es este lugar. Y que de cosas que hay. Y que baratas. Mire la batería que conseguí para mi marido.

-¿Compraron auto?- le pregunté.

-¿Qué auto?, seguimos con el camión, que es el pan nuestro de cada día.

-Pero, esa batería que lleva es de 36 amperios y para el camión necesita de 125 . - traté de advertirle.

-Ya lo sé, pero no iba a desaprovechar esta pichincha, ¿no le parece?

Era lo que me faltaba. Sin saludar a Amelia volví a donde estaba mi mujer, dispuesto a no hablar más con nadie en el resto del día. Entonces, quizás de aburrido, miré por primera vez a nuestro changuito y no pude menos que sobresaltarme. La mortadela que vinimos a comprar, pobrecita, estaba aplastada por: cuatro pre-pizzas, cinco kilos de papas, uno de cebollas, dos palitas matamoscas, un paquetito de clavos de olor, un bebedero para perro, diez metros de manguera, una planta semi mustia, un utilísimo aparato expendedor de bolsitas para basura, cincuenta vasos de vidrio ordinario al precio de lo que cuestan cuarenta y nueve y, entre tantas otras cosas cuya descripción no vale la pena seguir, había, también,... un frasco con alcaparras.

-¿Qué vás a hacer de rico con las alcaparras?- pregunté a mi cara mitad, relamiéndome anticipadamente y rompiendo el voto de silencio.

-Qué sé yo .- me contestó ella muy suelta de cuerpo- Las llevo porque en algún momento puedo necesitarlas.

Nos tocó el turno en la caja, justo cuando iba a matarla.

Ciento sesenta y cuatro dólares después, salimos del Hiper y, luego de esquivar dos blindados rodeados de policías armados que retiraban la recaudación de la última hora de ventas, llegamos a nuestro auto.

El camino de regreso a casa fue un molesto silencio, sólo interrumpido por el ronronear del motor y el mascullar de mi bronca.

Sin embargo, la calma no duró mucho, es más, desapareció del todo, tras un largo suspiro de querida.

-Que "divino" es el Hiper.- dijo, aletargada.

-¡Basta!- me salí yo de quicio- Esto es una blasfemia. Dejá de involucrar a Dios con cosas bastardas. Ese sitio no tiene nada de divino, todo lo contrario, es terrenal hasta los tuétanos. Los cosos esos del Hiper nada tienen que ver con lo celestial, lo único que quieren es guita y solamente guita. Y nosotros somos idiotas, que compramos allí hasta lo que no necesitamos. Pensá un poco, nos hacía falta mortadela y la podíamos conseguir de calidad superlativa en lo de Fermín, a un paso de casa. Pero no, sacamos el auto de la cochera, gastamos un montón de nafta, perdimos todo el soleado día caminando bajo luz artificial en un ambiente con aire viciado y empeñamos el restito de plata con el que íbamos a tirar hasta el próximo sueldo, llenando el baúl del coche con toda clase de pelotudeces. Bueno, está hecho, pero yo, a ese lugar, no vuelvo nunca más.

Calmado con esta descarga verbal, pude seguir manejando. Oía sollozos y sabía de quien eran, pero no les concedí mayor atención. No dejó de impresionarme, en cambio, que por el carril contrario al que nosotros viajábamos, cientos de automóviles se desplazaran raudos hacia el sitio que recientemente dejáramos. Les faltaba únicamente lucir un cartel que dijera: "Somos felices ciudadanos del primer mundo y vamos de compras al Hiper de nuestros amores". Que se jodan, pensé,... yo, no lo voté.

Diez minutos después llegamos a casa y, sin más, empezamos a atosigarla con bolsitas y más bolsitas. Fermín, en la puerta de su despensa, miraba como aliviábamos el atestado baúl del auto. En su rostro se confundían el odio y la lástima. O, al menos, así me pareció. Lo que sí, de eso estoy seguro, no contestó a mi saludo.

Finalmente, terminada la pesadilla, acomodadas en alacenas, heladera y freezer toda suerte de cosas inútiles que volatilizaron nuestras reservas, recordé que no había comido nada desde la noche anterior.

-Querida, comería un sándwich de mortadela.

-Dijiste bien,- dijo querida- "comerías", porque, me apuraste tanto en el Hiper, que me olvidé de comprar pan.

No contesté. En esos momentos, mareado por el ayuno y la desasosegante caminata, pensaba únicamente en como deshacerme de querida. Y esta vez, para siempre.

No obstante, primó en mí ese señor de bien que me acompaña en todo momento y me puse a hacer planes para olvidar lo pasado. Iría hasta lo de Fermín, compraría pan, me sentaría frente al televisor y vería, contra viento y marea, los goles de River, comiendo un sándwich de mortadela.

Esos eran mis planes; por mi salud y por la de mis futuros descendientes, habría de ceñirme a ellos. Eso creí, por lo menos.

No fue más que salir y ver que Fermín, ausente de mis urgencias, bajaba las persianas de su negocio y se metía en su utilitario. Desde luego que no tuve coraje para detenerlo y pedirle pan,... mis restos de ética no me lo permitieron. Volví a entrar a casa, desilusionado y listo a picar cualquier cosa; total, vería los goles de River, que se había coronado campeón y eso,... hasta aplacaba mi hambre. Pero, de nuevo, no. Dios, al que oportunamente defendí separándolo de las bajezas terrenales, no lo quiso así. La empresa de electricidad, tampoco. Corte de luz.

Querida, que en la oscuridad sabe abandonar las falsas caretas con las que trajina la vida, volviéndose una mujer frágil y mimosa, encendió unas velas que se le antojaron románticas y, con una voz melodiosa y suave como un susurro, dijo:

-Queriiido, en el freezer encontré medias lunas dulces, ¿Querés que te haga un sándwich de mortadela?.

No pude contestarle nada. En esos momentos, el sándwich había pasado a un segundo plano. En cambio mi mente bullía, no buscando comprender las ilusas intenciones de mi mujer, sino tratando de ubicar el nombre de un buen abogado... especializado en divorcios.

 

 





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