EL SER NACIONAL
(... un verdadero cuento)
A veces una simple crónica, de esas que por lo general no impactan ni trascienden, consigue descolocar al más pintado. Lo digo porque tal cosa me ocurrió a mí que por periodista avezado me consideraba imperturbable, cuando, al encomendárseme escribir sobre los internados en el Psiquiátrico de Balvanera, conocí a ese hombre y supe de su rara historia.
Cuando entré, el manicomio desbordaba de visitantes que por ser domingo, y gracias a las bondades del clima, se habían congregado allí en gran número. Unos por afecto, otros por obligación, decenas de parientes y amigos de los enfermos cumplían así los mandatos de su conciencia, mezclándose con ellos un rato.
Uno solo de los locos, el protagonista principal de este relato, no tenía visita alguna. Y quizá era por ese motivo que, mezclado entre tantos extraños y en homenaje a su soledad, acaparaba el interés y los comentarios de todos ellos.
Particularmente me asombró conocer a aquel humano atildado y medido, que a diferencia de los otros reclusos estaba apartado en un rincón de la sala, sin hacer aspavientos ni buscar solidaridades. Es que su personalidad era un caso llamativo y de suyo poco habitual. De barba bien recortada, pulcramente aseado y con agradable olor a colonia, por esos solos detalles, insólitos para semejante sitio, concitaba la atención de los ajenos. Vistos además su buen caletre, la parsimonia de sus gestos y la tranquilidad del tono conque ocasionalmente hablaba, ninguno de los que lo rodeaban podía explicarse su estancia en el sórdido siquiátrico. Porque de entre todos los internados, él, dueño de tales y tan favorables características, parecía ser un hombre cuerdo. Más aún, podía suponérselo algún enfermero sin uniforme, o un médico informalmente vestido, o el mismísimo director del loquero.
Desde luego que la realidad era, de acuerdo a la más elemental de las lógicas, muy diferente a lo supuesto. Vaya si lo era. Según pude enterarme, preguntando a las autoridades del hospicio, llevaba meses allí encerrado; leyendo lo que tenía a mano, jugando solitarios, haciendo crucigramas. Eso sí, cada minuto y cada hora de todo ese tiempo, guardando su bajo perfil. Su voz, por caso, sonaba poco; contestaba a lo que le preguntaban, pero nunca más que eso. Además, fiel a su carácter cerril, en ningún momento abandonaba esa soledad que parecía encantarle. Ni siquiera a la hora de los alimentos, que era cuando todos se relacionaban. Él no, buscaba sentarse donde no hubiese nadie, picaba a desgano algo de lo que le servían y dejaba el resto para que otros orates, menos generosos pero sí más glotones, se diesen su atracón. Los mismos apartes, que lo aislaban aún más de sus pares, hacía en los recreos, frente al televisor o cuando fuese, transcurriendo así sus días, uno tras el otro, siempre iguales en su chatura.
Por las noches en cambio, cuando las luces amainaban y los demás locos dormían, se acentuaba su desequilibrio y trastornaba su conducta; y como le costaba conciliar el sueño, para su mal, entretenía las horas vapuleándose con sus recuerdos. Entonces, llegado a algo que le afectaba prorrumpía en audible llanto, largo, acongojado, lastimero. Después, en medio de la madrugada y de una parafernalia de ronquidos ajenos, lanzaba un alarido como para helar la sangre y tras ello se dormía.
Sabiendo como actuaba y de sus dislates me interesó enterarme sobre su pasado, cosa que me fue relatada por un pariente de otro recluso que lo conocía de chico. Esto fue lo que me contó el hombre:
"Habrá visto usted que sobre la avenida Chiclana, años ha parada frecuente del tango y los changarines, agoniza una casona en ruinas. Una casona que otrora señoreara soberbia en aquel rincón de Buenos Aires y de la que hoy día queda sólo ese esqueleto raído y despintado. Hace mucho estuvo habitada por un padre y su hijo y hubo vida plena en su interior; aun cuando en el presente, gracias al indetenible progreso, se la vea así de herida y totalmente abandonada. Pero con todo es un testimonio vívido de ese ayer que aparece escrito y cantado, aunque condenado a la extinción por una realidad que prescinde de fronteras y sentimientos. Provista de un amplio zaguán, un patio repleto de madreselvas mustias y tres piezas más altas de lo increíble y lógico, encierra, como si fuera una impenetrable cárcel, los despojos de aquello que alguna vez fuera fundante y tradicional.
Años atrás todo era diferente en el lugar. Durante el día, y buena parte de la noche, una victrola desgranaba allí la música nacida en los arrabales, como para demostrar que el ser nacional seguía respirando y haciéndose oír pese a todo. Al sonar de un tango le sobrevenía entonces el de una milonga y a ésta le seguía un candombe y luego otra vez a empezar con el tango, en una ronda sin fin.
Entre compás y compás, se oía también el ruido de coscorrones. Y una voz aguardentosa, que implicaba una intención: -Usted mocito, me va a salir bien macho...; un verdadero macho argentino.
El chico, mientras fue chico, lloraba. Después, con los años y los golpes, aprendió. Porque guiado y al mismo tiempo maltratado por un padre autoritario, anacrónico y escasamente racional, debió educarse según los cánones que aquel severamente le imponía.
Su formación, modelada en esos cánones entintados de un feroz nacionalismo, fue integral. Dentro de la casa y también puertas afuera. Dentro tenía que escuchar aquella música que le era paternalmente impuesta, y también leer lo que ese padre le indicaba. Y fuera seguía con el aprendizaje, siendo obligado a recorrer sitios típicos de la ciudad, que hacían a su historia. Así fue como de mozo sus tímpanos registraron, casi excluyentemente, las voces de Gardel, Magaldi, Irusta o Fiorentino. O si no, las de los dúos de Varela. A un mismo tiempo el bandoneón de Troilo, la guitarra de Grela o el violín de Agri, infiltrados entre -o acompañando a- aquellas voces, lo envolvían con sus arrullos. A Piazzola, un recién arribado que venía a modernizar la música ciudadana, por supuesto que se lo tenían prohibido; según su padre (que no soportaba lo nuevo) eso no era tango y tampoco era argentino.
Él mientras escuchaba aquellas notas, que le desagradaban en tanto eran resultado de la compulsión, estaba obligado a leer. No a Dickens, ni a Twain, ni a Salgari. A esos, ni por broma. Cuando quiso desobedecer y sumergirse en tales lecturas "Los tres mosqueteros" le costó una cicatriz en la frente y por "20.000 leguas de viaje submarino" casi queda despaletado. Lecturas de la patria, le repetía su padre hasta el hartazgo: Scalabrini, Gálvez y otros como ellos. También, haciendo una excepción, le permitía a Borges,... a Marechal,... y a no muchos más. Luego, a la tarde de todos los días lo obligaba a pasear, siempre por los mismos lugares y prendido a su férrea mano.
De cuantos lugares visitaban, tales como Corrientes y Esmeralda, San Juan y Boedo, el Rosedal, mercaditos o bodegones, lo que más concitaba la atención del chico era cierta construcción en Balvanera, donde todavía hoy funciona un hospicio. Un hospicio que, como no escapará a su agudeza, no es otro que el que estamos visitando. Este sitio, por el que transitaban a menudo, le causaba consternación y miedo. Su hacedor lo traía a propósito y lo ilustraba sobre lo que aquí adentro pasaba. -Aquí encierran gente, -lo asustaba- que enloqueció por apartarse de la tradición patria. Personas que se envenenaron con lecturas impropias y extranjerizantes y que por escuchar músicas y letras ajenas adquirieron hábitos antinacionales, terminando drogadictas o dedicándose a aberrantes prácticas sexuales.
Así fue inculcado a través de los años. Y él, por no conocer otra cosa, se convenció de que su maestro tenía razón. Por ello y a medida que fue creciendo, se transformó en un tanguero acérrimo, en defensor con su vida de la selección de fútbol y en un porteño que, por el mero hecho de serlo, se solazaba caminando su ciudad y emocionándose con su historia. Así y todo, en sus constantes salidas, que no lograban impedir el mal tiempo u ocasionales malestares, buscaba siempre que pasasen por Balvanera. Aunque temía al loquero y cada vez con más frecuencia pensaba en sí mismo como en un posible futuro recluso, no obstante una fuerza incontenible, mística, insoslayable, lo llevaba a frecuentar sus cercanías.
De tal modo el tiempo pasó, su padre murió y él quedó convertido en un fanático de la tradición transmitida, que andaba usualmente por almacenes y mercaditos, bares o pizzerías, de esos pocos que con raigambre de tango y de compadritos permanecían gambeteando al modernismo. Y ya nunca más cambió su forma de ser, ni tampoco la de pensar. Sin llegar a evaluar siquiera, cosa que debería haber hecho, que aquel que lo llevara por la vida, por sus concepciones trasnochadas, era uno de los responsables de que el país no hubiese tenido otro y mejor destino.
Y así paso su tiempo, mucho tiempo, en el que todo mutaba, pese a que él jamás le dio importancia a los cambios ni al avance. Prefirió por el contrario mantenerse encorsetado en su legado mientras transitaba su juventud y la malgastaba, desestimando caprichosamente cuanto fuera ajeno a lo que había aprendido.
Ya convertido en adulto, esa época lo encontró siendo dueño de un exitoso comercio, a quien nada le faltaba. Pero a causa de su dogmatismo, deslumbrado por lo que antaño fuera Buenos Aires, no advirtió, o no quiso darse cuenta, que el progreso arrasaba con todo lo viejo y que una incipiente globalización comenzaba a borrar la historia vivida. Él, impertérrito, seguía en cambio con lo suyo, sin moverse un ápice de esos, sus sitios y convicciones tan caros. Tanto que aun pudiendo jamás osó trasponer, ni con la imaginación siquiera, las fronteras que su padre oportunamente le trazara.
Definitivamente, esa fue su vida. Una vida demarcada por los anacronismos e inclusive también por la desesperanza. Hasta que a causa de los nuevos tiempos y sin advertirlo, sufrió un intempestivo exilio. Un día cualquiera todo se oscureció y él se encontró viviendo en una tierra extraña a la cual, por más vueltas que le diese, sentía que no pertenecía.
Largos días, que se sumaron haciéndose años, se mantuvo confinado en su casa. Además solterón y sin afectos cercanos por lo parco de su carácter, no tuvo quien enjugase sus lágrimas ni que tampoco escuchase sus quejas. Y por tal se transformó en un insociable que de tanto en tanto, para comprobar que lo suyo no era una pesadilla, espiaba ansioso por los visillos de la ventana a esa ciudad desconocida.
Pasado un largo tiempo de encierro no pudo soportar más su cárcel y salió a la calle. Y eso fue su definitiva perdición. Porque apenas puso los pies en la acera lo apabullaron vocablos y logos para él estrafalarios, puestos aquí y allá en edificios, locales y plazas. Que no hicieron sino estragar su sentir. De lo suyo, nada. Buscó con desesperación reconocer algo del entorno y falló una y otra vez. Allí no estaban el viejo almacén, comprobó desasosegado, ni el bodegón donde Rivero comía pucherito de gallina. Por supuesto que tampoco y esto era para él lo más grave, campeaban sus espíritus. No existían más. A cambio de ellos vio, esparcidas por toda la "city", miríada de "fast food's", "drugstore's" y "crepperies" que, pese a su deslumbre, nada le significaban. Era aquella una urbe ajena y llena de rarezas, donde inclusive la música que gustaba escuchar gritaba su destierro. Tanto que en lugar de sonar el dos por cuatro cuyas melodías le llenaban el alma, sus tímpanos fueron invadidos por los ruidos de bandas rockeras que, a más de desafinar, cantaban en inglés sus boludeces. Y no terminaban allí sus cuitas; furioso notó que aun los símbolos más importantes, esos que fueran basamento de su alma y tradición, también brillaban por su inexistencia. Porque en reemplazo de su bandera, a la que antaño viera ondear con gallardía y orgullo, divisó montón de anuncios que, propiamente, se le antojaron cachetazos: aquí un "for sale", allí un "for rent", enseguida una "Computation School".
Perdido en semejante vorágine, se fue desrumbando de a poco. Extrañaba indeciblemente a su Buenos Aires, a su música, a su gente. Y no entendía nada de lo que le pasaba o no quería entender. Caminó cuadras y más cuadras y todo lo que vio estaba escrito en inglés, francés o chino. Sus oídos, incesantemente, percibían "okey's" y "man's" saliendo de jóvenes bocas.
Herido por esa realidad confusa, buscó desesperadamente negar lo que veía u oía; pero,... pese a sus muchos esfuerzos, no lo consiguió.
Entonces, sin saber que hacer, bajó a lo que él conocía como subte; "underground", escuchó que le decía un adolescente a otro. Ya metido en el vagón, bamboleándose torpemente, leyó los cartelitos luminosos que marcan las estaciones.
Pasadas cuatro, una voz fantasmal lo sobresaltó. No supo cómo ni por qué, pero de repente oyó que Gardel, el mismísimo Carlitos, le ordenaba bajarse en la próxima estación.
-Bajate aquí, pibe, que ésta es mi casa. Bajá, hay "argo" que quiero que veas.
Él, como no podía ser de otra manera, obedeció. Bajó, caminó despacio por el andén, se metió en la escalera mecánica y se dejó subir mansamente. El tufo del subte era el mismo de sus épocas de mozo, pero a él, emocionado como estaba, se le antojó un perfume que le exaltaba el espíritu.
-Por fin, gracias Dios mío, - se dijo- por fin estoy de vuelta en mi hogar.
Entonces se sintió feliz por el acontecimiento y lo exteriorizó; al punto que sus labios dibujaron una sonrisa como la del "morocho" y las lágrimas le brotaron incontenibles y gozosas. Pero le duró muy poco. Al salir, topó con el amplio edificio iluminado y remozado, y leyó una gran marquesina que le hizo ensombrecer el ánimo: ABASTO... "SHOPPING", decía en letras de neón. Esto, evidentemente, era más de lo que él podía soportar. Rebrotaron por lo tanto sus lágrimas,... pero esta vez: "en amargo llanto". Y se sintió irremisiblemente perdido. Sin fuerzas, sin voluntad, ajeno a esas gentes que lo señalaban y se reían.
De pronto, divisó entre los extraños a una morocha de inigualable belleza que le sonreía y lo llamaba. Cual no fue su asombro cuando vio que vestía de percal.
-Buenas tardes, señorita- se animó a abordarla, galante- ¿a mí me llama?
-Por supuesto.-respondió ella con firmeza- Y tengo algo importante que decirte.
-¿Y quién es usted, si puede saberse?.
-Yo soy... la que vos prefieras que sea. La paica Rita, la Lujanera, Esthercita, Margot, o hasta la misma Pulpera con otro color de cabello y ojos. Y vengo a llevarte hasta tus raíces. Vos estás creído que tu país desapareció, pero te equivocás. Está, sí que está, en una casa de Balvanera, allí donde sonaron tangos y milongas y los guapos brillaron haciendo la pata ancha. Vení conmigo, vení, allí vas a encontrar a los tuyos. Allí están San Martín y Belgrano, están Sarlanga y Corcuera; Troilo, Canaro y Homero Manzi. Hasta Carlitos te está esperando en esa casa.
-Encantado.- repuso él gravemente- Vamos pebeta. El lado de la pared para usted.
Cuentan caminantes que pasaban por la Corrientes ancha, que no pudieron menos que asombrarse de ver al hombre yendo calle abajo con el brazo izquierdo extendido, como llevando a alguien tomado por la cintura. Sin sonrisas y mordiéndose los labios. ¡Como abrazao... a un rencor!.
Y afirman que al mismo tiempo oyeron, extraño a los acordes que alguna vez emanaran del bandoneón, el ulular de la ambulancia de un loquero que, sobrecogedor e insultante, rasgaba los aires de la avenida."
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