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Cuentos

ÁNIMA PENANDO

Por Mario Linovesky

 

Un miércoles pasado el mediodía, encontrándome en el boliche desde donde salen los autobuses del pueblo, o¡ sin querer esta charla entre adolescentes:

-Aguante vieja, que por fin te llegó la joda. - le decía Pedro a su amigo Gabriel, quien a más de desgreñado, enrevesadamente peripuesto y con los pelos teñidos a varios colores, asomaba imprudentemente la mitad de su cuerpo por la ventanilla del vehículo de pasajeros- Y tratá de romperte la cabeza a full en Baires. ¿O.K.?.

Gabriel, que se iba tan sólo por tres días de paseo a la Capital, le contestó en idéntica jerga: -¿Cómo? ni hablar viejita.

-Y otra más, boludo, - remarcó entonces Pedro con insistencia- no te olvidés del encargo que te hice. ¿Todo bien?.

-De una, loco, – fue la respuesta- todo bien.

No sé si después de ésto hubiesen seguido hablando o si se chocarían las palmas a modo de saludo, pero antes de que pudiesen hacer nada se metió en la conversación un ajeno.

- Pibe, - le dijo a Gabriel el presidente del club de fútbol, que no estaba allí por casualidad- por favor, llegate a esta dirección en la Capi y decile al Toto Calandra que el pueblo lo necesita; que el encuentro programado para el otro sábado, lo adelantaron a éste. Supongo que ya se habrá enterado porque le avisamos por teléfono al hotel en donde para, pero así y todo, por si las moscas, conviene asegurarse. Aclarale de paso, si lo ves protestar, que las vacaciones las podrá continuar después del partido. Y que si anda corto de guita, decile que digo yo que no se haga drama, que nosotros corremos con los gastos.

- No problem, man .- contestó el chico así de escueto y seguramente por compromiso.

Dos minutos después, el ómnibus con destino a Buenos Aires salía del pueblito.

Miércoles y jueves pasaron, la mañana del viernes también. Yo estaba entonces en mi domicilio dedicado al ocio y su consecuente vagancia, como premio a una semana entera de brutas labores rurales. Y fue a las cinco y media de la tarde cuando, al levantarme de la siesta y disponerme a tomar unos mates, me di cuenta que en casa no quedaba yerba para prepararlos. Por ende, si quería gratificarme con una de esas infusiones, me dije, tendría que deponer la haraganería e ir a comprar. Y fui.

El almacén de la Cooperativa Agraria, siendo ésa una pesada tarde de verano, guardaba la misma apariencia abúlica de todos los días. Parroquianos comprando o transando, corrillos de chismosos, algún perro sin dueño que se había colado y buscaba algo para comer. Nada que fuese diferente a cualquier otra jornada pese a ser fin de semana, en ese aburrido pueblito de la pampa argentina.

En medio de tan poca cosa y desinteresado de chismes y habladurías, estaba yo adquiriendo yerba. Y justamente porque estaba allí es que vi cuando, para sorpresa de todos, Pedro entraba corriendo al almacén con el fax en la mano y haciendo aspavientos. Enseguida los presentes, desde los empleados del lugar hasta el último de los clientes, le hicimos rueda.

Pedro, hijo del comisario del pueblo, era un muchachón que desde chico fue considerado por todos como "la piel de Judas" y que todavía, pasados dieciséis años en la vida, no había mutado la piel. Pero como era el único en el pueblo que tenía aparato de fax y el correo había sido cerrado por nulidad de renta, corría con la responsabilidad de divulgar las noticias que venían de afuera. Entre las que tenían más resonancia, como no podía ser de otra manera, esas que olían a tragedia, y que de tanto en tanto vomitaba la sofisticada maquinita. De cualquier modo y aun tomando lo antedicho en cuenta, nunca le había llegado ninguna tan detonante como para revolucionar así a sus bucólicos vecinos. Ni siquiera aquella que advertía de un devastador tornado que rondaba la zona y podía abatirse sobre el pueblo, causando los peores estragos. Ésta que traía hoy en cambio, sí que tenía su peso. Gabriel, su amigo de andadas, era el remitente. El papel decía:

- Che, avisá a toda la gente que "el Toto" Calandra se suicidó ayer, tirándose al vacío desde el décimo piso del hotel donde paraba .

Los que escuchábamos quedamos de una pieza; demudados, confusos, sin saber que cosa hacer. Y hasta hubo algunos, sensibles o exagerados, a los que antes de averiguar nada ya se les salían las lágrimas. Porque el Toto Calandra no era un vecino más, de los tantos que vienen y se van sin gloria, sino alguien muy importante en el pueblo. Demasiado importante, podríamos decir. El arquero indiscutible de Once Unidos, la escuadra de fútbol que representaba el orgullo de todos. Era, sin vueltas y por propio mérito, una verdadera leyenda. No más de treinta goles (y se los reputaba de dudosos), le habían metido en los diez años que ocupaba la valla del club. Apenas un promedio de tres por año, lo que demostraba que el Toto era un auténtico "crack". Lo que demostraba además, según el viejo cura Apolinario, que sólo Dios es perfecto. Lo que demostraba, al decir de unos pocos resentidos por el triunfo ajeno, que los que le pateaban eran unos "maletas".

De cualquier modo el pueblo se convulsionó con la noticia, llenándose de temores y malos presagios. Y comenzaron las especulaciones. Quién reemplazaría al Toto en el partido de mañana, era, paradójicamente, la cuestión principal. Véase lo que son las cosas, nadie había pensado jamás en ello. Tan seguro estaba el arco cuando el Toto atajaba, que nunca se evaluó su recambio. El Toto para todos y en definitiva, era... intocable... e inmortal. Para todos menos para el pragmático Evaristo, quien sentenció sibilinamente:

-Cualquier cementerio de cualquier lugar del orbe, está lleno de "indispensables" como él .

- Dejenló con sus frases, - intervino presuroso el gerente de la Cooperativa, antes de que a alguno se le ocurriese pelearlo- y pensemos mejor en los homenajes póstumos a nuestro grande.

-Pará, pará un poco vos, - le gritó entonces el presidente del club, sin poder ocultar su ofuscamiento - y pensá mejor a quién ponemos mañana en el arco, pensá.

Vaya duda, el Toto, descubrió el farmacéutico, era como esos fabulosos automóviles importados de marca rara, de los que, por más que se busque, no se encuentran repuestos. Y pensándolo bien, ahora que lo dijo, lo era nomás. Por eso, bastante más de una hora se discutió el relevo. En una controversia que resultó agobiante y estéril y donde hubo en el medio acusaciones de todo tipo, entre ellas sobre manejos de fondos y algunas malas perfomances deportivas. Con el correr de los minutos quizá a causa de la canícula las palabras fueron subiendo de tono enardeciendo a los litigantes y acentuando, pese a que eran todos amigos, bandos contrarios irreconciliables. Que se toreaban, preanunciando tormenta, cada vez con mayor entusiasmo. Fue entonces cuando, viendo que estaban a punto de agredirse físicamente y para evitarlo, al gerente se le ocurrió una solución de emergencia: -¿Y si probamos con Gonzalito? . Al escuchar ésto todos callaron y lo miraron como a un loco, como a alguien que no tiene idea de lo que habla. Y tras reaccionar y descalificarlo, incluso moralmente, siguieron con su disputa. Para finalmente, luego de barajar más de un nombre y no hallar a alguien mejor, proclamar a Gonzalito como arquero titular en la valla de Once Unidos.

Acabada por fin la polémica y disipadas las dudas que preocupaban al pueblo todo, el gerente volvió al asunto del homenaje. Ninguno de los presentes arribada la tal tregua se opuso y se formaron las consabidas comisiones que se ocuparían del tema. Una se denominó: "Repatriación (sic) de los despojos" , la segunda: "Encargados de un sepelio solemne, acorde a la significación del extinto" , la tercera, unipersonal, le tocó al maestro: "Confección del discurso póstumo y de una frase apropiada para estampar en la lápida" . Enseguida y sin perder el tiempo, ya que más por resolver no quedaba, todos los comprometidos se dispusieron a trabajar. Pero antes de salir del almacén y aprovechando las muchas presencias el presidente del club invitó al pueblo entero para después del partido de mañana, a una asamblea que refrendaría lo actuado.

Mañana llegó y también la hora del partido. Gonzalito, el que reemplazaba a la estrella colapsada, fue un desastre: a los treinta minutos y pese a sus desvelos, ya le habían metido cuatro goles. Muchos, patéticamente, afirmaron que el alma del Toto, con toda seguridad, estaría en algún lugar del cielo retorciéndose de bronca e impotencia.

Así las cosas, luego de perder ignominiosamente por 7 a 1 y con los ánimos de todos en ebullición, empezó la multitudinaria asamblea. El salón desbordaba en esos momentos de vecinos, aunque gracias a la previsión de las autoridades hubo sillas para todos, incluso para los menores.

Al abrirse la sesión, tras los ineludibles prolegómenos un comedido pidió escuchar a Alcira "la solterona", mujer pasada de madurez a la que con sólo verla se le comprobaban los méritos para merecer ese estado.

- Hace un rato, en casa, cuando me estaba peinando, - dijo Alcira con voz trémula- de repente, en el espejo, vi reflejada la imagen del Toto.

Ante tamaña afirmación, la reacción de la gente fue multifacética. Hubo viejas que amagaron desmayos, otros presentes que se persignaron, algunos que masticaron una oración.

El herrero fue el único elocuente y preciso:

-¡Rayada!- le gritó a Alcira, blandiendo el puño cerrado.

- No la agreda, - intercedió el tendero, a su vez tembloroso- yo no quería decir nada por temor a crear confusión,... pero a mi también, cuando venía para aquí, me pareció verlo al Toto; aunque,... temiendo que fuese una aparición, evité saludarlo.

Para qué, lo que se suponía sería una reunión tranquila y respetuosa se salió de madre tras esta segunda confesión, convirtiéndose en una confusa parafernalia de final ciertamente incierto. A decir verdad, yo nunca había visto comportarse así a mis habitualmente pacíficos vecinos. Estaban totalmente sacados de quicio, se desgañitaban gritando, el salón todo temblaba por la altura de los decibeles soltados por sus bocas. Y la contienda por ello se fue agrandando, incontrolable, desparramándose como lava de volcán en erupción. Ganados por semejante desaguisado, que se extendía progresivamente, se destacaban: el comisario, que trataba de imponer orden a los gritos, el intendente, que separaba a los más beligerantes y el carnicero, que fuera de sí, amenazaba con ir a buscar su cuchillo. Así la batalla, pese a los esfuerzos de los más calmos se fue generalizando, mientras que cada cual hacía su propio aporte arrojando más leña a la hoguera. Hasta que, como es lógico, se cansaron de discutir. Pasada una hora de gritos, improperios y denuestos y habiéndose llegado al pico de la controversia, sobrevino por tal una especie de armisticio. Pero que duró muy poco. Cuando parecía que se habían calmado del todo, de pronto varios, intempestivamente y para sorpresa de los más incautos, dijeron haberlo visto al Toto; consiguiendo así que otros muchos, víctimas de seculares supersticiones, se horrorizaran con la sola posibilidad de que ésto fuese cierto. Y la guerra retomó su auge. Arrinconados por la gente, Gabriel, que ya había regresado de sus cortas vacaciones y era el autor del fax y Pedro, su receptor, se vieron inquiridos sobre mayores detalles de la muerte anunciada. Inquisiciones a las que ambos jóvenes contestaron con tal seguridad y detalle, que la veracidad de la misma ni siquiera fue puesta en duda. Al rato, vista la contundencia de sus respuestas los grandes dejaron de acosarlos y, tal como era previsible, ya que para eso habían venido, se trenzaron entre ellos. Y lo que seguidamente se escuchó fue verdaderamente bochornoso. Discusiones cruzadas anegaron el antro, en las que los dicentes se exaltaban al punto de trompearse. Hubo no pocos insultos y hubo, llegando inclusive al ensañamiento, fogosas tenidas, con menciones "non sanctas" a madres y esposas de los contrarios. Sobresalía de entre todas, algo más refinada y culta aunque también más altisonante, la llevada a cabo por el cura Apolinario y por Don Moisés Bayarsky, quienes, a su vez exaltados, se propinaban más gritos que razones. El uno según sus parámetros hablaba de algún posible milagro mezclando inclusive a la Virgen en el asunto y el segundo, según los suyos, negaba cualquier posibilidad de resucitamiento. El fervor, ese fervor que se da generalmente en las controversias pueblerinas los fue ganando con cada cruce y ni uno ni el otro mostraban visos de querer parar. Por el contrario, encrespados sus ánimos se fueron por las ramas y, mientras los vecinos por su lado se estoqueteaban citando a fantasmas, aparecidos y casos de catalepsia a voz de cuello, ellos esgrimieron, el uno, el nuevo testamento y el segundo, el antiguo, al que llamó "torá". Y sin detenerse, ya completamente "sacados" discutieron también sobre apologética y metafísica, temas de los que ambos ignoraban más de lo que sabían. Pero la discusión si bien no dejaba de tener su interés se terminó abruptamente, pese a que ninguno de los dos quería dar el brazo a torcer ni acabarla.

El pueblo tenía un poeta y él dio fin al escándalo tomando la palabra.

-Hemos oído cosas,... señores, vaya si las hemos oído . -dijo el vate en prosa- Todos aquí hemos podido expresarnos libremente y lo hemos hecho, sobre una muerte que nos trae mal y que conmueve nuestros corazones. La muerte de un hombre que por propio mérito nos sobrepasó en dimensiones, situándose allí donde podía codearse personalmente con la gloria. Pero nótese un detalle; desde que estos dos chicos (señaló a Pedro y a Gabriel que estaban sentados en dos sillas aledañas y muy serios) dieron el aviso, el alma de Calandra, por obra de nuestra incoherencia, no ha podido encontrar la paz. Porque hemos discutido apasionadamente, es cierto, pero sin tino. Dejando, me veo obligado a señalarlo, lo importante de lado. ¿Quién se acordó de la anciana señora que trajo a Calandra al mundo y que está seguramente en su casa llorando desesperada?: nadie. ¿Quién tuvo la delicadeza de acompañar en su dolor a Amalita, su novia de siempre?: tampoco lo hubo. En cambio sí nos entretuvimos sacando a la superficie lo peor de nosotros, emparentándolo con fantasmas, aparecidos o resucitados. Nos metimos en tortuosos laberintos, tratamos de justificar religiosamente visiones delirantes, buscamos llevar agua a nuestros respectivos molinos. La muerte no es broma, señores. La muerte es un final y también, especialmente en este caso, un nacimiento. Porque la carne de Calandra se corromperá sin duda, los gusanos se mostrarán solazados por el festín en ciernes, sus huesos se transformarán algún día en polvo. Pero, he aquí las prerrogativas del grande: nacerá el mito que lo volverá inmortal. Desde hoy y por los siglos venideros. Por ello pido que cesemos con nuestros dislates y que, humildemente, nos internemos en el campo del recato. Que hagamos un ejercicio de contrición y tratemos de insuflar descanso y paz en el espíritu de nuestro gran vecino: el finado Calandra...

- ¿Finado?,... ¡tu abuela! - se escuchó de pronto una voz, que no venía de ultratumba precisamente.

El poeta calló; los demás, está de más decirlo, siguieron callados.

El sosía e imitador del Toto Calandra, morador de un pueblo de la zona y amigo de las tomaduras de pelo, no supo entonces como continuar. Miró la poblada asamblea y vio sólo rostros espantados. ¿Cómo explicarles viéndolos así,- se dijo, confuso - que todo el asunto de la muerte del Toto era un invento pergeñado por él y por los dos chicos para preocupar a la comunidad?. ¿Cómo aclararles que el mismísimo Toto sabía sobre ello y que se había plegado a la burla? Y lo peor , ¿cómo decirles sin recibir castigos a puño cerrado que el arquero llegaba en el tren que arribaría en minutos, para pedir personalmente disculpas por el incidente?. No obstante, se los dijo. Y contra todas sus suposiciones las nuevas aquietaron a los reunidos, y hasta podía decirse que los alegraron. Así las cosas, desestimadas por parte del bromista las temidas reacciones, olvidados todos del partido perdido y de los incidentes registrados en la asamblea, se notó un general relajo y a no pocos que lloraban de felicidad por haber recuperado a su héroe.

En eso, se escuchó el pitido del tren. La estampida de los vecinos se produjo en forma simultánea. Felices, exultantes, hombres, mujeres y niños corrían a la estación para recibir a Calandra, olvidados de la chanza. Calmados en su dolor, todo lo perdonaban.

Una vez llegados, bufando por la carrera, se agolparon sobre el andén esperando que el Toto apareciese por la portezuela, para brindarle la bienvenida. Vieron descender de la formación a conocidos y conocidas, a los que apenas contestaron el saludo; lo importante en esos momentos era que asomase el Toto. Pero pasaron cinco minutos y el Toto no aparecía. Nadie por supuesto se preocupó por eso. Otra vez, decíanse, seguros que la cargada seguía, no serian receptores de nuevas bromas. Sin embargo, pasados los diez minutos, se comenzaron a impacientar. Y consultaron al viejo guarda.

- Aquí termina el ramal, -respondió el ferroviario, verificando sus planillas- y ya bajaron los pasajeros y se descargaron los equipajes. Lo único que queda arriba es un "ataúd" para la funeraria, con el cadáver de un tipo que se suicidó hace dos días, tirándose al vacío desde el techo de un hotel.

 





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