SEXO ORAL Y ANAL: PORTAL HACIA EL LAGO DE FUEGO.


Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.

Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna.

(San Mateo 5, 29-30)

LAS LEYES DE LA NATURALEZA COMO EXPRESIÓN DE LA VOLUNTAD DIVINA.

La voluntad de Dios está reflejada en la naturaleza, por lo tanto, lo que contraviene a la naturaleza, ofende a la Voluntad Divina. Las Escrituras mencionan repetidas veces a Dios como el Artífice de todo lo creado. Desde el Génesis, Dios, como Creador del hombre y la mujer, expone Sus leyes de forma explícita en la propia naturaleza: "Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, Su eterno poder y Su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que Él creó, de modo que nadie tiene excusa" (Romanos 1, 20). En este artículo trataremos la cuestión de las aberraciones sexuales. Un tema que ha emergido en los últimos tiempos como una moda que muchos consideran inofensiva, pero que, como quedará demostrado, lleva implícitas unas consecuencias catastróficas.

Los órganos genitales humanos están perfectamente diseñados para su función reproductiva y sexual. Y a su vez, esta función está en el origen de la estructura básica de la sociedad: la familia. Una célula necesaria para la continuidad de la obra de Dios en la Tierra, para la educación de los hijos, la realización personal dentro de la pareja, etc. La fidelidad como forma de expresión del amor y entrega de los esposos es una necesidad evidente, y no menos necesario es el respeto entre ambos, respeto fundamentado en el seguimiento de las leyes más elementales de la naturaleza humana.

Sin embargo, actualmente existe una corriente -que parece afectar incluso a los sectores más conservadores de la sociedad- que preconiza la ruptura de la moral natural y la aceptación de la propia voluntad como única forma de establecer los patrones de conducta sexual. Un relativismo moral en el que uno se convierte en juez y parte para juzgar sobre lo que está bien y lo que está mal. Y es evidente que cuando uno juzga sobre si mismo, no tiene en cuenta el mal de los demás como lo tendría un juez imparcial. Este concepto, desarrollado en principio por los ideólogos marxistas ateos, y fomentado posteriormente por la difusión generalizada de la pornografía, dio como resultado la difusión de algunas monstruosidades muy en boga actualmente, como el genocidio de millones de niños inocentes por medio del aborto, la banalización del matrimonio a través del divorcio generalizado, y las prácticas sexuales aberrantes.

Estas prácticas sexuales que la pornografía ha puesto de moda actualmente son depravaciones execrables que contradicen las más elementales leyes de la naturaleza. La naturaleza nos indica claramente la función que desempeña cada uno de los órganos del cuerpo, y no hace falta exprimir demasiado el cerebro para llegar a la conclusión de que estas prácticas contravienen este principio al mezclar las funciones genitales con las del aparato digestivo. Tanto la boca como el ano cumplen una función específica dentro del proceso alimenticio, y el hombre siente una repugnancia natural hacia cualquier práctica que contravenga las disposiciones naturales.

La anatomía humana habla por si misma. Los órganos genitales masculinos se complementan a la perfección con sus homólogos femeninos. La misma naturaleza expone las reglas a seguir: las relaciones naturales se verifican entre genitales masculinos y femeninos. Este hecho, que hace sólo unas décadas no haría falta ni explicarlo, resulta ahora difícil de asimilar para mucha gente. Y de hecho, en muchas parejas se ha sustituido la relación genital-genital por otras más exóticas, como la oral-genital, la genital-anal e incluso la oral-anal. A poco que uno busque, no tardará en hallar combinaciones aún más abominables. A algunos todo esto les parecerá muy creativo, pero obviamente no es natural. Lo natural está escrito en la realidad de las cosas, no es un invento que dependa de la voluntad de cada individuo. La verdad es objetiva, no relativa. Reemplazar la realidad objetiva de la sexualidad humana por el sexo oral, anal, grupal, manual, bestial o cualquier otro que se pueda imaginar supone violentar la ley natural. Y, como ya se expuso más arriba, se violenta también el plan que Dios trazó para los hombres.

Por otra parte, el cuerpo también se resiente de estas prácticas que fuerzan hasta el extremo unos esfínteres desprovistos de lubricación natural para la nueva función a la que los sodomitas y homosexuales intentan someterlos.

La orientación sexual o el hecho de tratarse de un matrimonio no alteran en absoluto estos principios. Algunos piensan que el hecho de estar casados supone una licencia para practicar toda clase de depravaciones, pero esto no tiene sentido alguno. Una aberración sexual no deja de serlo por el hecho de estar casados los que la practican. Si cabe, aún incrementa su nivel de perversión, al atentar contra la santidad del sacramento matrimonial, como nos recuerda la Escritura:

Yo no tomo a esta mi hermana con deseo impuro, mas con recta intención. (Tobit 8, 7)

Los deseos impuros no tienen cabida en el matrimonio. Si alguien siente este tipo de deseos, que no piense en casarse para poder satisfacerlos. Es la continencia y el auto-control lo que debe ejercitar. Es más, el apóstol San Pablo nos recomienda explícitamente el celibato. Sin embargo, reconoce que no todos los hombres y mujeres pueden ejercer la contención:

Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra.

No obstante, digo a los célibes y a las viudas: Bien les está quedarse como yo.

Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse. (1 Corintios 7)

Estas palabras son diáfanas: el matrimonio es un medio idóneo para los que "no pueden contenerse" y de otra manera acabarían cayendo en el pecado de la fornicación. No es para consagrarlo al vicio y la degeneración de los esposos:

"Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros, y a que progreséis más. Sabéis, en efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús. Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Que nadie falte a su hermano ni se aproveche de él en este punto, pues el Señor se vengará de todo esto, como os lo dijimos ya y lo atestiguamos, pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad.

Así pues, el que esto deprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os hace don de su Espíritu Santo." (1 Tesalonicenses 4, 1-8)

Los homosexuales se quejan de que este tipo de planteamientos los condena a la anulación de su sexualidad de por vida. Pero ellos no tienen por que ser diferentes de otro tipo de aberrantes sexuales. Si aceptamos el sexo anal para los homosexuales, ¿por qué no aceptar también el sexo con animales, el incesto o el sexo con orina o excrementos? El caso homosexual es idéntico a cualquier otra tendencia contranatural que pueda existir en el hombre. Cuando aparece una tentación contraria a la moral, es necesario ejercer el autocontrol:

Ciudad abierta y sin muralla es el hombre que no domina su ánimo. (Proverbios 25, 28)

Cuando se abandona la moral natural abandonamos el plan establecido por Dios para el hombre, y entonces lo único que hay en el horizonte es una depravación sin límites.

El sexo oral adolece de las mismas connotaciones degradantes del anal. Algunos defensores de esta práctica argumentan que, al contrario que la anterior, carece de riesgos para la salud, y de alguna forma resulta más "inocente". Argumentaciones fácilmente rebatibles: numerosas enfermedades venéreas encuentran en esta práctica una vía de contagio habitual, como ocurre con la gonorrea, el sida, la hepatitis, el herpes, e incluso el cáncer. De hecho, el herpes bucal producido por éstas prácticas ya es una verdadera plaga incurable que afecta a un porcentaje enorme de la población de muchos países.

Pero vayamos con otras cuestiones no estrictamente médicas. El sexo oral es tan contranatural como el anal. Lo mismo que aquél, el sexo oral está cerrado a la reproducción, y el hecho de que sea fisiológicamente posible practicarlo, no implica que sea moralmente aceptable.

Algunas parejas, incluso casadas, explican que estas prácticas son una "expresión de amor". Sin embargo no parece que someter a la pareja a unas prácticas degradantes tenga significado amoroso alguno. El auténtico motor de toda esta actividad antinatural es la consecución del placer sexual y la satisfacción de vicios perversos. Durante estas prácticas, la pareja no es considerada como el ser amado, sino como un mero objeto de placer. Lo mismo sería afirmar que un hombre está realizando esa misma "expresión de amor" cuando fornica con una muñeca hinchable. Me temo que no pocos matrimonios se rompen porque uno de los cónyuges intenta imponer al otro este tipo de actividades contra-naturam.

Y, en el caso de no ser así, tampoco estaría justificado. El acuerdo de ambos para practicar aberraciones no justifica esta conducta en absoluto. Sólo indica que se trata de una pareja corrupta que acepta la corrupción como pauta de conducta. Pero no es esto lo que Dios dispone:

Tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado; que a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios. (Hebreos 13, 4)

Aparte de las razones sanitarias, fisiológicas y morales ¿qué decir de las connotaciones sobre la dignidad humana? ¿Resulta éticamente admisible cambiar el uso natural de la boca para convertirla en el receptáculo de un esfínter diseñado para evacuar orina? Sin duda, los defensores de estas prácticas no dudarán en apresurarse a lanzar una respuesta afirmativa. Quizás sentir las deyecciones de orina y secreciones seminales en sus bocas les resulte una experiencia no excesivamente traumática. Después de todo, la pornografía galopante se ha encargado de eliminar la noción de repugnancia natural que implica esta práctica.

Sin embargo los datos son tozudos. Para el hombre natural, el sexo oral es objetivamente tan degradante como pudiese serlo comer una ración de excrementos.

Me temo que muchos no podrán llegar a comprender lo que significan estas palabras. Están tan profundamente inmersos en la degradación moral que lleva implícita esta clase de sexo depravado que son incapaces de imaginar siquiera cuál es el estado natural del sentido de la repugnancia humana. Éste es el producto de la pornografía generalizada: la conversión de la inmoralidad humana en un negocio. Cuanto más se fomente la degeneración, la perversión y la abyección de los instintos naturales, más adicción se creará en los pobres consumidores de pornografía, que necesitarán comprar revistas, vídeos, tv., etc donde se les muestren prácticas cada vez más degeneradas con las que seguir alimentando sus instintos cada vez más distorsionados.

No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. (Gálatas 6, 7-8)

Y, naturalmente, la abyección no tarda en trasladarse del mundo pornográfico al real. La pornografía masiva de las últimas décadas ha conseguido calar tan hondo en las conciencias humanas que resulta ya inconcebible para la mayoría de la gente que alguien pueda siquiera plantear las cuestiones que se exponen en este artículo. El sexo oral y anal han sido incorporados a la civilización occidental a través de las publicaciones más abyectas imaginables, y actualmente resulta chocante que alguien pueda siquiera plantear su erradicación alegando que son prácticas degradantes, repugnantes, inmorales y antibíblicas. Cualquiera que exponga algo así no tardaría en ser tachado de retrógrado, nazi y fascista... tan asimiladas están ya todas estas prácticas en el imaginario colectivo actual.

Sin embargo, tanto la naturaleza como la Biblia son explícitas al respecto: "como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquéllos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno" (San Judas Apóstol 7).

Las ciudades de Sodoma y Gomorra y otras circunvecinas tenían en común una cosa: todas ellas estaban corruptas y depravadas. Los vicios de impureza estaban generalizados. Estos vicios resultaban tan abominables a los ojos de Dios que la Escritura nos advierte que estas poblaciones fueron exterminadas de raíz. De hecho, los sodomitas incluso intentaron abusar de los ángeles que venían a inspeccionar tan depravado lugar.

"No bien se habían acostado, cuando los hombres de la ciudad, los sodomitas, rodearon la casa desde el mozo hasta el viejo, todo el pueblo sin excepción.

Llamaron a voces a Lot y le dijeron: «¿Dónde están los hombres que han venido donde ti esta noche? Sácalos, para que abusemos de ellos.»" (Génesis 19, 4-5)

Al margen de la historicidad de estos hechos, el mensaje del escritor bíblico es el mismo que da título a este artículo: las aberraciones sexuales son una abominación a los ojos de Dios y la antesala del fuego infernal.

No hay que engañarse ni engañar a los demás. La Biblia nos explica de forma clara e inequívoca que las aberraciones sexuales serán castigadas de forma contundente. No te dejes embaucar por los depravados ni los pornógrafos. Esta gente no busca tu interés, sólo desea satisfacer unos instintos bestiales y obtener dinero a costa de tu condenación eterna. La lluvia de fuego y azufre se prolongará para los sodomitas por toda la eternidad. ¡No juegues con fuego!

El diablo utiliza estas tentaciones carnales para condenar a las almas. Satanás no puede alterar el libre albedrío de los hombres, pero sí puede tentarlos con el pecado. Pero aunque tentado, el hombre conserva siempre su libertad y es quien decide lo que hace o deja de hacer. El apóstol nos explicita todo el proceso:

Sino que cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte. (Santiago 1, 14-15)

La palabra del Creador es eterna e inmutable, y no puede quedar desfasada en función de modas, caprichos ni negocios multimillonarios.

El hecho de que la mayor parte de la sociedad apruebe una conducta objetivamente inmoral no hace que ésta sea moral. El argumento de que "todo el mundo lo hace", no es una razón que justifique lo injustificable. En nuestra sociedad el asesinato de niños por medio del aborto está muy extendido, pero no por ello deja de ser un crimen. Los que se escudan en esta argumentación están reeditando las palabras de Goebbels, el ministro de propaganda del III Reich: "Una mentira repetida muchas veces acaba siendo verdad".

La verdad no depende de la percepción particular de una persona concreta, sino que es una realidad objetiva. No seguir esta premisa elemental sería caer en una especie de relativismo moral en el que prescindimos de Dios y cada cual se convierte en una especie de dios capaz de juzgar el bien y el mal. Esta es la tendencia dominante actual. Sin embargo la misma realidad nos demuestra que la naturaleza no se guía por el caos, sino que guarda escrupulosamente unas leyes básicas que, cuando se quiebran, nunca dejan de pasar factura:

"porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen.". (Romanos 1, 21-32)

Como puede comprobarse en este pasaje, las depravaciones existían ya hace varios milenios, y ya entonces los apóstoles del Evangelio advertían contra la distorsión de las leyes naturales. Sin embargo, la pornografía omnipresente en la sociedad actual está modificando la percepción de las leyes naturales a una escala sin precedentes. La pornografía se ha convertido en una industria que mueve ingentes recursos económicos y laborales. En muchos países desarrollados una de cada tres publicaciones editadas es de contenido erótico. La proliferación de cuerpos desnudos está alterando la percepción de la función sexual, desviándola de su encuadre familiar natural hacia otro más trivial, donde la búsqueda del placer es una finalidad en si misma.

Cualquiera puede comprender que la desnudez no es lo natural en la humanidad. La desnudez va contra la moral natural. Es cierto que nacemos desnudos, pero los niños carecen de instintos sexuales, y por consiguiente pueden mostrarse unos a otros sin mayor problema. No ocurre así con los adultos. El instinto sexual se activa entre otros factores por la visión de la desnudez del prójimo. Si fuésemos desnudos, iríamos provocando la estimulación de los instintos sexuales naturales, y esto no es lo natural en la especie humana. Lo natural es que se formen familias compuestas de un hombre y una mujer, y es entre estos cónyuges entre quienes debe encenderse el estímulo sexual mediante la desnudez, no con terceras personas.

Esta evidencia tan elemental se pasa por alto muchas veces en estos tiempos, y la consecuencia es más que evidente: la mitad de los matrimonios acaban en divorcio. En gran medida, estos divorcios se deben a estímulos sexuales producidos por la desnudez de personas ajenas al matrimonio. Y es que el mal siempre pasa su inevitable factura.

Algunos podrían argumentar: Si Dios crea a los humanos con su inteligencia, sexo y, consecuentemente, con su sexualidad o tendencias: una de dos, o estas tendencias están previstas en la creación de Dios, o son un fallo técnico del Infalible Gran Creador.

Aclarémoslo: El sexo está diseñado por la naturaleza para la procreación y la unión matrimonial. Nosotros somos animales "racionales"... ¡Y nos podemos saltar las leyes de la naturaleza...! Lo mismo que los humanos, existen también animales que tienen estas disposiciones pervertidas en sus genes. Los animales viven guiados por sus instintos -pervertidos o no- a los que deben seguir siempre. Los humanos debemos superar nuestros instintos y guiarnos por la voluntad y el sentido común que nos indica qué es lo que está bien y lo que no. No es válida, por lo tanto, la excusa de que la las aberraciones sexuales también se dan entre los animales para justificar su práctica entre los humanos.




LA HISTORIA DE LAS DEPRAVACIONES.

A lo largo de los siglos, las sociedades variaron en gran medida sus patrones de conducta al respecto de las degeneraciones sexuales. La época clásica contempla una proliferación masiva de todo tipo de prácticas aberrantes, todo ello muy facilitado por el hecho de que las tres cuartas partes de la población estaban compuestas por esclavos. En medio de esta esclavitud generalizada no es difícil suponer una facilidad extrema para dar rienda suelta a toda clase de vejaciones y degradaciones infrahumanas con los esclavos, hombres y mujeres estos que en los tiempos de la "avanzada" civilización romana eran considerados al mismo nivel de los animales.

En este caso, es evidente que el libertinaje sexual generalizado era la expresión externa de una situación de dominio efectivo del propietario esclavista sobre sus "infrahombres".

Sólo con la llegada del cristianismo comenzó a tenerse en cuenta la dignidad de la persona humana como un valor esencial. En los diez primeros siglos de nuestra era, tanto la Iglesia Católica como las Iglesias orientales, aún formalmente unificadas, coincidían en condenar cualquier práctica sexual atentatoria contra la dignidad de la persona. Este punto condujo al patíbulo a gran cantidad de sodomitas, ya durante la época del imperio romano tardío.

Hoy, esta actitud es considerada excesivamente rigurosa, pero hace dos milenios la pena de muerte era de aplicación generalizada, incluso por delitos de robo menor.

Esta situación se mantuvo con ciertos altibajos hasta el siglo XIX, en el que se produjo una relajación general en la aplicación de las condenas a muerte. Por poner un ejemplo, en un país considerado como el más avanzado del mundo en su época: la Inglaterra victoriana, el robo de una oveja era motivo suficiente para enviar a la horca a un hombre. La práctica de sexo oral o anal entre hombre y mujer era castigada con la deportación de por vida a una remota colonia penitenciaria en el otro lado del planeta.

Ya en el siglo XX, a partir de la década de los sesenta, con el advenimiento de la llamada contracultura, de los movimientos antisociales y de las influencias del ateísmo extendido por medio mundo por los regímenes comunistas, surgió una nueva forma de entender el sexo. Las raíces de todo este proceso hay que buscarlas en las teorías revolucionarias marxistas que negaban la existencia de Dios y dejaban al libre albedrío de cada cual todo lo concerniente a la sexualidad y la familia.

Este concepto, la entonces llamada "revolución sexual", condujo a la progresiva destrucción de la célula familiar tradicional, y a la generalización del divorcio y el matrimonio civil como forma de fornicación institucionalizada.

Al mismo tiempo, proliferaron nuevas formas de pareja totalmente contrarias a lo que es natural en la especie humana.

El sexo se vio profundamente marcado por esta ola de ateísmo generalizado. La nueva ideología libertina encontró en la pornografía, promovida a escala masiva en la década de los años sesenta, una fuente inagotable de propaganda con la que pervertir a la generalidad de la masa social. De esta forma, se convirtió en "normal" lo que hasta entonces se consideraba pura "aberración" e incluso en manifiesta "degeneración", penada con la cárcel e incluso el patíbulo.

La sexualidad humana se encontró con unas llamadas nuevas formas de "amor" que en realidad sólo son maneras de enmascarar una nueva y más profunda forma de esclavitud sexual con la que satisfacer ciertas tendencias de placer morboso en el dominio, la degradación y la sumisión del otro.

Tendencias que, merced a la omnipresente pornografía, han conseguido implantarse en amplias capas de la sociedad de todo el mundo.

Actualmente, la relajación generalizada de costumbres que ha acarreado la extensión del ateísmo en la sociedad ha eliminado la mayor parte de las penas de cárcel por los pecados de perversión sexual en el mundo occidental, aunque no así en los países de la esfera islámica y oriental, donde la sodomía y cualquier otro tipo de sexo aberrante está severamente castigado, incluso con la muerte.

Pero el hecho de que la ley no las castigue no implica que estas prácticas abominables sean aceptables. En absoluto. Nada más contrario a la verdad. Para comprobarlo no tenemos más que acudir a los Textos Sagrados.



EL SEXO Y LA LEY DE DIOS.

En numerosos pasajes, la Iglesia (CIC 2366; Humanae Vitae 11) y la Biblia nos instruyen sobre la necesidad de guardar las leyes naturales en materia sexual. No son menos elocuentes las advertencias sobre las terribles consecuencias que supone quebrar las leyes de Dios. En el Levítico, se encuentran las siguientes amonestaciones:

(Levítico 18, 22): "Y no debes acostarte con un varón igual a como te acuestas con una mujer. Es cosa detestable".

(Levitico 20, 13): "Y cuando un hombre se acuesta con un varón igual a como uno se acuesta con una mujer, ambos han hecho una cosa detestable. Deben ser muertos sin falta. Su propia sangre está sobre ellos".


(Deuteronomio 22, 5): "Nada del ropaje de un hombre físicamente capacitado debe ser puesto sobre una mujer, ni debe un hombre físicamente capacitado llevar puesto un vestido de mujer, porque cualquiera que haga estas cosas es algo detestable a Yahveh".

(1 San Juan 2, 15-17) No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.

(Romanos 13, 14) Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias.

(1 Corintios 6, 16-20) ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con Él. ¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espírítu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.

(2 San Pedro 1, 4) por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia.

(1º Corintios 6, 9-11) " ¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios".

(2 San Pedro 2, 6-18) si condenó a la destrucción las ciudades de Sodoma y Gomorra, reduciéndolas a cenizas, poniéndolas como ejemplo para los que en el futuro vivirían impíamente; y si libró a Lot, el justo, oprimido por la conducta licenciosa de aquellos hombres disolutos pues este justo, que vivía en medio de ellos, torturaba día tras día su alma justa por las obras inicuas que veía y oía es porque el Señor sabe librar de las pruebas a los piadosos y guardar a los impíos para castigarles en el día del Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con apetencias impuras y desprecian al Señorío. Atrevidos y arrogantes, no temen insultar a las Glorias, cuando los Ángeles, que son superiores en fuerza y en poder, no pronuncian juicio injurioso contra ellas en presencia del Señor. Pero éstos, como animales irracionales, destinados por naturaleza a ser cazados y muertos, que injurian lo que ignoran, con muerte de animales morirán, sufriendo daño en pago del daño que hicieron. Tienen por felicidad el placer de un día; hombres manchados e infames, que se entregan de lleno a los placeres mientras banquetean con vosotros. Tienen los ojos llenos de adulterio, que no se sacian de pecado, seducen a las almas débiles, tienen el corazón ejercitado en la codicia, ¡hijos de maldición! Abandonando el camino recto, se desviaron y siguieron el camino de Balaam, hijo de Bosor, que amó un salario de iniquidad, pero fue reprendido por su mala acción. Un mudo jumento, hablando con voz humana, impidió la insensatez del profeta. Estos son fuentes secas y nubes llevadas por el huracán, a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas. Hablando palabras altisonantes, pero vacías, seducen con las pasiones de la carne y el libertinaje a los que acaban de alejarse de los que viven en el error.

(San Judas 1, 7-13) Y lo mismo Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferente, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo. Igualmente éstos, a pesar de todo, alucinados en sus delirios, manchan la carne, desprecian al Señorío e injurian a las Glorias.

(Gálatas 5, 19-21) Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios.

(1 Tesalonicenses 4, 3-8) Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Que nadie falte a su hermano ni se aproveche de él en este punto, pues el Señor se vengará de todo esto, como os lo dijimos ya y lo atestiguamos, pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad. Así pues, el que esto deprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os hace don de su Espíritu Santo.

(Efesios 4, 19-24) los cuales, habiendo perdido el sentido moral, se entregaron al libertinaje, hasta practicar con desenfreno toda suerte de impurezas. Pero no es éste el Cristo que vosotros habéis aprendido, si es que habéis oído hablar de él y en él habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad.

(1 Timoteo 1, 9-11) teniendo bien presente que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los irreligiosos y profanadores, para los parricidas y matricidas, para los asesinos, adúlteros, homosexuales, traficantes de seres humanos, mentirosos, perjuros y para todo lo que se opone a la sana doctrina, según el Evangelio de la gloria de Dios bienaventurado, que se me ha confiado.

(Efesios 5, 3-6) La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos. Lo mismo de la grosería, las necedades o las chocarrerías, cosas que no están bien; sino más bien, acciones de gracias. Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso - que es ser idólatra - participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con vanas razones, pues por eso viene le cólera de Dios sobre los rebeldes.

Cristo abolió la inmediata ejecución del transgresor de la Ley de Dios. A veces lo sentenciaban inmediatamente a la pena de muerte a pedradas. Él cambio ese modo de castigo, dejándoselo sólo a su Padre, el Creador, quien a su debido tiempo castigará a los violadores de Su Ley. De esta forma, el transgresor de la Ley tiene la oportunidad de arrepentirse y salvarse del inevitable castigo eterno de los pecadores empedernidos.

Las Leyes de Dios no están sujetas a cambios, sólo las que Jesús se dignó en acomodar mejor. Creen muchos que defienden las aberraciones sexuales que las Leyes del Divino pueden ser alteradas por cualquier hombre para añadirles cualquier otro detalle o para "ajustarlas a los nuevos tiempos".

No podemos ajustarnos como más nos convenga a las reglas de Dios, hay que seguirlas en el mismo espíritu que Jesús nos enseñó.



LA PRIVACIDAD DEL LECHO CONYUGAL


La Santísima Virgen nos reveló en las apariciones de Fátima que los pecados de la carne son los que más almas llevan al infierno. Si tenemos en cuenta la situación social en aquella época de principios del siglo XX en relación a la actual enseguida percibimos que la situación ha empeorado drásticamente. La sociedad coetánea de Fátima era mucho más conservadora que la actual, y aún así, la mayor parte de los hombres y mujeres que se condenaban entonces era a causa de los vicios sexuales. Entonces, ¿qué podemos decir de nuestra sociedad actual? Pues simplemente que estamos viviendo en Sodoma y Gomorra. Los pecados de la carne están tan generalizados que ya ni se consideran pecados. Incluso entre algunos clérigos católicos es fácil percibirlo: Peccata minuta, dicen muchos. Sin embargo, son estos "pecaditos" los están arrastrando al infierno a la mayor parte de las almas que se condenan.

Por la Biblia, las apariciones marianas y de los santos, y por los exorcismos, conocemos que existen a nuestro alrededor una gran cantidad de espíritus. Algunos, los ángeles, nos inspiran la verdad. Otros, los demonios, procuran desviarnos hacia el error.

Cuando la verdad expresada en la religión no nos atrae, prestamos oídos a las ideas inspiradas por los demonios. La virtud cuesta esfuerzo, mientras que el vicio es un tobogán muy inclinado que nos arrastra a poco que nos dejemos ir.

Los pecados carnales se prestan admirablemente a la labor destructiva de los demonios por dos razones. La primera es que es un vicio que se propaga con facilidad. Para despertarlo basta con un leve estímulo externo a través de la pornografía, leves recuerdos, miradas indiscretas, pensamientos pecaminosos, etc. Mucho más dificultoso es el proceso inverso, el del desenganche. De hecho, funciona igual que una droga. Cuanto mayor sea el grado de degeneración alcanzado, tanto mayor será la necesidad de experimentar con aberraciones más brutales para mantener el mismo grado de excitación.

Esto lo conocen bien los psiquiatras que se encargan de los presos condenados por delitos sexuales. Todo suele comenzar con una primera etapa de adicción a la pornografía, que no tarda en trasladarse de la imaginación al mundo real. Cuando la esposa se niega a acceder a estas depravaciones, buscan prostitutas. Y cuando ya ni éstas acceden a unas prácticas cada vez más aberrantes, salen de la legalidad: violaciones, pedofilia, asesinatos, etc.

La progresión continua hacia las aberraciones más extremas es imprescindible para mantener el estímulo sexual. De la misma forma que un drogadicto precisa cada vez más droga para conseguir el mismo nivel de excitación.

Las estadísticas confirman que un porcentaje considerable de violadores e incluso de asesinos en serie comenzaron sus andanzas de esta guisa.

En segundo lugar existe el fenómeno del pudor. Hablar de estas cuestiones está socialmente mal visto. Existe incluso la idea de que lo que pase en el lecho conyugal es cosa exclusiva de la pareja casada y de nadie más. Sin embargo, esta gente se olvida de algo muy importante, como dijo el papa Juan Pablo II el matrimonio es cosa de tres: el marido, la mujer y Dios.

Aunque muchos prefieran no creerlo, Dios es omnisciente y como corresponde a Su naturaleza, nada puede quedarle oculto. Dios está siempre presente, y es testigo presencial de todo lo que sucede. No se le puede pedir a Dios que cierre los ojos y mire hacia otro lado, eso va contra Su naturaleza omnisciente. Él lo penetra todo.

"Cuanto está oculto y cuanto se ve, todo lo conocí, porque el artífice de todo, la Sabiduría, me lo enseñó. Pues hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo, incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles. Porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza." (Sabiduría 7, 21-24)

Por lo tanto, los que argumentan que en el lecho matrimonial vale todo, no están siguiendo los mandatos de Dios, sino del diablo. Es a los demonios a quienes más conviene esta actitud. Sabiendo que las depravaciones sexuales son pecados mortales, Satán y sus demonios están muy interesados en fomentarlas y al mismo tiempo que permanezcan lo más ocultas posible. Si se le diera publicidad a las aberraciones sexuales que se suceden sobre las sábanas matrimoniales, la vergüenza al público desprecio y al ridículo provocaría una reducción en el ardor amoroso de la pareja aberrante. No conviene, pues, publicitar los pecados carnales para permitir que éstos continúen indefinidamente, que cada vez arraiguen más, hasta que sean ya imposibles de extirpar.

Sin embargo, un verdadero cristiano sabe que tras la muerte viene el juicio y que

«no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. (San Mateo 10, 26)

En el Juicio Final todos nuestros pecados serán publicados al universo entero. Entonces sabremos que Dios estuvo presente en cada uno de ellos.

El sondea el abismo y el corazón humano, y sus secretos cálculos penetra. Pues el Altísimo todo saber conoce, y fija sus ojos en las señales de los tiempos. Anuncia lo pasado y lo futuro, y descubre las huellas de las cosas secretas. No se le escapa ningún pensamiento, ni una palabra se le oculta. Las grandezas de su sabiduría las puso en orden, porque él es antes de la eternidad y por la eternidad; nada le ha sido añadido ni quitado, y de ningún consejero necesita. (Eclesiástico 42, 18-21)

Estas palabras son incontestables. Todo lo que haces hoy ocultamente, será mañana expuesto a pública subasta delante de toda la creación; para tu vergüenza y el mayor regocijo de los demonios que te incitaron a obrar de esta manera, y a los cuales tú escuchaste y obedeciste fielmente.

Ese es su objetivo, que los hombres y mujeres corrompan sus cuerpos con toda clase de depravaciones e inmundicias y estén en situación de pecado mortal. Y de esta forma, los cuerpos de los depravados dejan de ser templos del Espíritu Santo.

En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. (Romanos 8, 14)

Una vez que se aleja el Espíritu de Dios a causa del pecado, el alma pasa a pertenecer a los demonios. Porque el que no está en estado de gracia, ya pertenece al infierno.

San Pedro nos advierte que la carne es enemiga del espíritu:

Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de las apetencias carnales que combaten contra el alma. (1 San Pedro 2, 11)

Y por su parte, San Pablo nos invita:

a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios 4, 22-24)

Por lo tanto, que nadie se engañe. Cuando alguien se justifica en que "esto son cosas privadas" no está siguiendo las palabras del Mesías, sino del Anticristo. Los pecados de la carne son tan graves que incluso el mismo Jesús nos habla del castigo especial que recibirán los sodomitas:

Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. (San Lucas 17, 28-29)



EL ESPANTOSO CASTIGO DE LOS DEPRAVADOS.

El infierno es una necesidad de la Justicia divina. Leyendo la Biblia se llega fácilmente a una conclusión inequívoca: Dios es justo. Es estrictamente justo. Es tan justo como pueda serlo una ecuación matemática. De alguna forma, la naturaleza de Dios tiene algo que ver con los números, la precisión, la exactitud más precisa y radical. Podría decirse que Dios se atiene a una justicia matemática.

Pues bien, de la misma forma que los justos esperan una vida ETERNA, en un lugar lleno de DELICIAS, en PROPORCIÓN a sus méritos en la vida terrenal, en justicia, los que no se atienen a unos mínimos niveles de bondad deben esperar justamente lo opuesto: una vida ETERNA, en un lugar plagado de TORTURAS, en PROPORCIÓN al mal causado durante sus vidas y a las gracias recibidas para que cambiasen hacia la bondad.

El propio Jesús lo afirmó en cierta ocasión: OS DARÉ EL CIENTO POR UNO (Mt. 19, 29). Y esto debe interpretarse literalmente, tanto para los buenos como para los pecadores. Dios dará cien veces más a aquel que respetó Sus justas leyes, y cien veces más al que no las respetó, a cada cual según sus obras.

Por hacer un símil, podríamos imaginar que es una inversión que ponemos en un banco a plazo fijo. Cuantas más bondades acumulemos en el banco, mayores serán las bondades que recibamos en el día del juicio a cuenta de esas obras buenas. Y en la misma proporción recibiremos la paga por las maldades. Cuanto más mal atesoremos en el banco, más mal recibiremos centuplicado cuando llegue el día del juicio. Esto debe ser así, porque es justo, y Dios es justo.

Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda al infierno; somos nosotros los que libremente lo elegimos. "Dios quiere que todos los hombres se salven" - San Pablo: Primera Carta a Timoteo, 2, 4. Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es consecuencia de la inteligencia que nos ha dado. Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de Dios. Pero también nos dice que el infierno es eterno. Cristo afirmó la existencia de una pena eterna, entre otras veces, cuando habló del juicio final: "Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo" - Evangelio de San Mateo, 25, 41. Y después añade que los malos "irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna" - Evangelio de San Mateo, 25, 46.

Aunque Dios es misericordioso, también es justo. Dice la Sagrada Escritura: "Tan grande como ha sido Mi misericordia, será también Mi justicia"- (Eclesiástico, 16, 12). Y Su misericordia no puede oponerse a Su justicia. Como es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente. La justicia exige reparación del orden violado. Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo. Y este castigo ha de durar mientras no se repare la falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin arrepentimiento. Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere arrepentirse. Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta previamente. Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible, porque después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse.

El alma es eterna e inmutable. En el estado en que se produzca la muerte, así se mantendrá por toda la eternidad. La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, luego para siempre ha de durar también el castigo.

De hecho, los condenados en el infierno, demonios y hombres réprobos, tienen una cosa en común: todos son pecadores y no se arrepienten de serlo, ni nunca se arrepentirán. Pecaron antes, durante el período de prueba, y siguen pecando ahora, en el infierno, y dado que sus almas ya no pueden cambiar, jamás se arrepentirán de sus pecados, ni nunca querrán hacerlo. En el infierno seguirán pecando, blasfemando, odiando a Dios y al prójimo, y al mismo tiempo remordiéndose la conciencia por no haber aprovechado las oportunidades de conversión que tuvieron. Este remordimiento de conciencia no se debe al pecado cometido, sino a que ahora pueden percibir claramente la inmensa felicidad que perdieron al rechazar a Dios. La libertad del hombre le permite incluso rechazar a su Creador. Y el Creador respeta esta libertad. Sólo en el infierno la criatura puede percibir en toda su magnitud la tragedia que supone apartarse de su Creador, y de aquí nace un terrible remordimiento que Jesucristo describe como el "gusano que corroe y no muere" (San Marcos 9, 48) . La pérdida definitiva de Dios es el primero y mayor castigo del infierno. El segundo es este terrible remordimiento de conciencia que nace de saber que él mismo eligió libremente el infierno al rechazar a Dios. El condenado sabe que Dios es misericordioso, y que incluso tras toda una vida dedicada al vicio y la perversión, Dios estaría dispuesto a perdonarlo... si se arrepintiese. Sí, incluso en el último momento Jesucristo perdonó al ladrón crucificado a su derecha:

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.» (San Lucas 23, 42-43).

Tanta y tan gran misericordia rechazada incrementará aún más el remordimiento de conciencia del réprobo, y este gusano que corroe y no muere perdurará por toda la eternidad.

Muchos se resistirán a creer en todo esto, y, en todo caso, les importará muy poco contravenir la voluntad de Dios, pero esto no es más que el producto de la ignorancia de lo que el infierno significa. Dios representa todo aquello que es bueno para el hombre. Y la ausencia de Dios implica la pérdida de toda bondad. Como a muchos les puede resultar difícil comprenderlo, pondré un pequeño ejemplo de lo que significa la pérdida de todo bien.

Imaginemos que algunos de los depravados aficionados a este tipo de prácticas sexuales han llegado a su último segundo y ni siquiera delante de la muerte han rectificado de sus nefandos vicios para solicitar el perdón divino. Tras el preceptivo juicio, sus almas son apartadas definitivamente de las Bondades divinas y condenadas a morar en una estrecha cloaca. A partir de este momento ya nada bueno podrá sucederles. La Fuente de todo bien se ha secado para ellos, y sólo pueden contar con ese estrecho habitáculo cloacal para el resto de la eternidad.

Si alguien no ha estado nunca en uno de estos lugares pestilenciales, lo invito a visitar alguno para que pueda hacerse una idea de lo que será la eternidad de nuestros réprobos condenados.

Todos los sentidos quedarán privados de cualquier estímulo positivo. La absoluta oscuridad, el nauseabundo olor a excrementos podridos, la continua tortura de las ratas, los tábanos, y los mosquitos que perforan cada centímetro de sus cuerpos, los continuos gritos de odio y rabia de sus compañeros de cautiverio, y, sobre todo, la desesperación más absoluta y total. Esto último es sin duda lo más espantoso: la falta de esperanza de algo mejor para nunca jamás.

Cuando nuestro depravado condenado rechazó el perdón de Dios, él mismo se privó de todo lo que Aquel podía ofrecerle. ¿Podemos siquiera imaginar lo que esto significa?

Pensemos por un momento en uno de esos secuestros de los que a veces informan los diarios. En algunos casos los secuestrados viven durante muchos meses en habitáculos de dos metros cuadrados, sin luz, mal alimentados, sin apenas poder estirar el cuerpo para dormir... y esto durante inacabables noches sin fin.

De la misma forma que los santos que ascienden al Cielo ven perfeccionadas sus virtudes de amor, caridad y bondad, los réprobos que bajan al infierno pierden sus habilidades para el bien. Sólo la maldad, el odio y la desesperación extrema alcanzan su perfección en el abismo eterno. Ningún amor, ninguna esperanza, ninguna caridad por toda la eternidad. "Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará." (San Mateo 25, 29)

Imaginemos ahora lo que es un sólo día de "vida" en la cloaca de nuestros libertinos condenados. Y un año... ¿podríamos siquiera llegar a imaginar los pensamientos que rondarían por la cabeza de nuestros condenados al cabo de un año de oscuridad, hedor, ratas, insultos, blasfemias y, sobre todo, la más absoluta desesperación? Y... diez años. Imaginemos diez años en esta "vida". ¿En qué clase de monstruos odiosos y blasfemadores se habrían convertido ya nuestros réprobos aficionados a esas vomitivas depravaciones sexuales que dan título a este escrito? Unas prácticas que aún seguirían presentes en sus memorias, porque el alma nunca cambia, pero que nunca podrán realizar en su maloliente cloaca-prisión.

Por un lado, rechinarían los dientes cada vez que recordasen que acabaron en tan miserable lugar por dejarse llevar por sus repugnantes inclinaciones contra-natura, y al mismo tiempo maldecirían continuamente su suerte, al sentir el furibundo impulso de realizar sus instintos más abyectos y no poder hacerlo. Porque es necesario recordar que el alma no cambia. Es eterna e inmutable. Tal como murió, así permanecerá para siempre. Cada quien será en el infierno tal como él mismo se ha hecho a sí mismo durante su vida en la Tierra. Y también los vicios más queridos seguirán presentes. Los vicios seguirán rondando la mente de los condenados, pero no podrán realizarlos de ninguna manera, con lo cual, sus vicios se convierten en su tortura.

Y esto durante años, décadas, siglos y milenios. ¿Podemos siquiera imaginar lo que siente un secuestrado durante su primer mes de cautiverio? ¿Y si le dijésemos que nunca más podría salir de su estrecho, oscuro y hediondo habitáculo de dos metros cuadrados?

He conocido gente que sufre ataques de pánico simplemente con quedarse unos minutos encerrada en un ascensor. Podríamos siquiera llegar a hacernos una pequeña idea de la magnitud de este pánico de saber que NUNCA podríamos abandonar ese oscuro ascensor. Que JAMÁS volverían a abrirse las puertas para dejarnos salir al mundo exterior. ¿Alguien puede imaginar lo que significan las palabras NUNCA JAMÁS?

Toda la eternidad en una cloaca pestilente... por consagrar la vida a unas depravaciones que tienen más relación con pestilentes excrementos que con el sexo.

Intuyo que muchos aún no se han convencido. Se niegan a aceptar la realidad del infierno que acabo de describir para no tener que renunciar a sus más bajos y desenfrenados instintos. Se autoconvencen de que todo esto no son más que patrañas ridículas inventadas con el fin de discriminar a los que no piensan como la mayoría; que lo natural no existe, que todo son convencionalismos culturales, sociales, ideológicos, etc.

Cada quien es muy libre de pensar lo que quiera. Puede ignorar las realidades más evidentes de la naturaleza e incluso de la fisiología humana; pero la realidad no dejará de estar ahí. Y ahí tampoco dejarán de estar las nefastas consecuencias de transgredir las leyes naturales.

Nuevamente la Escritura nos advierte de la realidad del infierno. Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y catorce veces dice que en el infierno hay fuego. Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces que hay fuego.

Difícilmente podría darse una advertencia más seria. El infierno es una realidad que aguarda a los pecadores, de la misma forma que la cárcel aguarda a los criminales. No es posible describir ni remotamente la magnitud de las penas en la eternidad del infierno.

La realidad supera a la imaginación humana. No se trata de asustar a nadie, simplemente avisamos de que todo lo dicho anteriormente no es ni una sombra de lo que realmente significa la pérdida del Bien divino. La pérdida absoluta y definitiva de todo bien. En el infierno real, no en esta metáfora descrita anteriormente, cada instante es un momento consagrado al mal propio y al ajeno. Los cinco sentidos sólo están habilitados para percibir el mal.

Los ojos diseñados para admirar la indescriptible belleza del Creador sólo podrán encontrar oscuridad, tinieblas eternas y visiones aterradoras.

El cuerpo diseñado para unificarse en un abrazo de amor infinito y definitivo con Dios y el prójimo, sólo será una carga constante y odiosa consumida desde dentro y por fuera por las brasas ardientes del odio y la desesperación más absolutas.

Los oídos no se deleitarán jamás con las suaves melodías celestiales inspiradas por el Espíritu Santo, bien al contrario, blasfemias, insultos, gritos, gemidos, aullidos de terror, rabia y total desesperación perforan constantemente los tímpanos de aquellos que edificaron su propio dios sobre su degeneración personal y la degradación del prójimo.

El sentido del olfato nunca podrá recrearse en ese intenso aroma a rosas que exhalan aquellos que mueren en olor a santidad. Para los que eligieron la vía de la repugnancia y la degeneración contra-natura, repugnancia y degeneración pútrida habitarán para siempre en sus pituitarias olfativas. Toda la podredumbre generada por la humanidad más vil confluye en el abismo en la forma de gigantesco sumidero cloacal.

El paladar jamás saboreará los dulces frutos que nacen en el Edén para el infinito deleite de los benditos. Sólo el azufre calcinado del lago de fuego enjuagará las lenguas maldicientes de los que perseveraron hasta el final en la adoración de sus vicios nefandos.

Ni una brizna de amor encontrarán jamás en el abismo. "Dios es amor, y el amor es de Dios", escribió el Apóstol San Juan (1º 4, 8). El amor verdadero es libre y no puede imponerse. Aquellos que libremente rechazaron al Amor, sólo podrán contar ya con el desamor más perfecto.

Al contrario de lo que muchos piensan, no se trata de una elección entre Dios o el diablo. El demonio no representa ni un átomo en relación a la Infinitud divina. La elección está entre aceptar a Dios o rechazarlo. Dios o no-Dios. Dos caminos y una sola decisión. El anverso y el reverso de la moneda. La elección es simple: o Dios, o la ausencia de Dios. El Amor más perfecto o la ausencia total de amor. El Bien más absoluto, o la ausencia absoluta de toda bondad.

Y la elección debe verificarse durante la vida. De la misma forma que un examen tiene duración limitada, también nuestra decisión tiene un límite temporal. Cuando llega la hora y el examen termina, ya no hay posibilidad de rectificar. Entregamos el examen y esperamos la calificación, y a partir de entonces ya no es posible volver a sentarse delante del papel para rectificar lo escrito. El tiempo es limitado, y cada acto en la vida representa una respuesta a las preguntas del examen. Cada acto que contradice la Voluntad expresa del Creador es un punto negativo en la nota final, por ello es necesario estar alerta para que el final del examen no nos pille por sorpresa: Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. (San Marcos 13, 33).

Rectos son los caminos del Señor y diáfanas Sus instrucciones para aprobar el examen. La propia naturaleza de las cosas nos indica cual es Su voluntad. El Creador del universo publica Sus leyes y mandatos en Su creación. Los que retuercen Sus leyes para acomodarlas a sus más bajos instintos son tan culpables como un criminal que viola las leyes humanas para conseguir sus propios fines.

Las leyes divinas son la expresión de la Justicia perfecta de Dios. Quien viole estas leyes es reo en el juicio divino. Dios es misericordioso, pero no conculca nuestra libertad. Aquel que libremente renuncie a la Misericordia divina perseverando en sus vicios contra-natura, y negándose a aceptar el perdón que Dios ofrece a todo aquel que sinceramente se arrepiente, conocerá el espanto de la ausencia total de Dios durante toda la eternidad.



CONCLUSIÓN:

Para acabar, sólo resta resumir lo dicho. Las leyes de Dios están escritas en la naturaleza de las cosas. Cuando estas leyes son infringidas, es de justicia que se produzca una compensación proporcional al daño causado. Cualquier ofensa contra un Ser infinito como Dios merece un castigo infinito. Dios, sin embargo, nos ofrece Su también infinita misericordia, pero sólo si la queremos aceptar.

A aquellos lectores que aún no hayan transgredido Sus mandatos, los encomio a que sigan por el mismo camino con perseverancia y paciencia.

A aquellos otros que un día decidieron que sus instintos pervertidos estaban por encima de las leyes divinas, los apremio a solicitar el perdón divino y cambiar definitivamente el rumbo de sus obras y de sus vidas. Dios Perdona al que se arrepiente... Por eso dice: "¡Arrepentíos y creed en el Evangelio!" (San Marcos 1, 15) y ya sabemos que arrepentirse es dar media vuelta, es cambiar de dirección... ya que nada impuro entrará en el Reino de los Cielos (Apocalipsis 21, 27).

El infierno existe, no porque lo quiera Dios, que no lo quiere; sino porque el hombre libre puede optar contra Dios. No es necesario que sea una acción explícita. Se puede negar a Dios implícitamente, con las obras de la vida. Si negamos la posibilidad del hombre para pecar, suprimimos la libertad del hombre. Si el hombre no es libre para decir NO a Dios, tampoco lo sería para decirle SÍ. La posibilidad de optar por Dios incluye la posibilidad de rechazarlo.

A aquellos pecadores empedernidos que se niegan a solicitar el perdón divino, sólo puedo hacerles esta pregunta: ¿realmente merecen unos instintos pervertidos por la inmoralidad, pasarse toda la eternidad -repito, TODA LA ETERNIDAD- en una pestilente cloaca ardiente, maldiciendo su obstinación en el pecado vergonzante que los condujo a tan siniestro lugar?

En este artículo sólo podemos mostrar el camino, pero la decisión debe tomarla el interesado, porque las terribles consecuencias del pecado, también él las soportará en toda la infinita magnitud de la eternidad. Para terminar, debemos recordar que el infierno es el mal absoluto. Todos los otros males son relativos en comparación, pues antes o después, finalizarán, ya sea porque se solucionan, o ya sea con la muerte.

Es el pecado lo que debemos temer por encima de todo, porque el pecado es lo que dio origen al infierno. El infierno es el mal absoluto, porque supone el fin de todo bien y el comienzo de todas las maldades que no habrán de cesar NUNCA JAMÁS. "En aquellos días la gente buscará la muerte, pero no la encontrará; desearán morir, pero la muerte huirá de ellos." (Apocalipsis 9, 6)

El infierno es un submundo de maldad, horror, oscuridad, pestilencia, dolor, odio y rabia salvaje contra todo y contra todos. Y nunca acabará. Para evitarlo debemos huir del pecado a toda costa. Estas palabras de Jesús no dejan el menor resquicio de duda al respecto:


(San Marcos 9, 43-48)

Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga;

Tomado de http://Iesvs.tripod.com





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