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El talentoso Mr. Ripley filme de Anthony Minghella, con Matt Damon, Gwyneth Paltrow, Jud Law. |
EL TALENTOSO (Y DISTRAIDO) SEÑOR RIPLEY (ALIAS MIGHNELLA)
Italia es idílica, parece decir el director, parece sentir Mat Damon. ¿Esto en una película de crímenes, un thriller que debía ser estelar? De ahí el principal reproche para Mighella y su versión de la novela de Patricia Highsmith (El talentoso señor Ripley, 1955). La distracción turística, el idilio solar, el desvarío melodramático, incluso, hacen de la cinta una mixtura de desiguales proyecciones. Me declaro impermeable, por ejemplo, a Gwyneth Paltrow; la juzgo sin encantos. La secuencia en que Ripley (parvenu y asesino) amenaza con matarla (pues tiene una navaja en la bolsa de la bata) es casi inepta: no hay la menor tensión, y el espectador sabe que la Paltrow no corre peligro.
La política correctaEl talentoso Mr. Ripley pretende ser una actualización de Patricia Highsmith. Ya René Clement, en 1960, había filmado su versión de la novela (A pleno sol), encarnada en el lucífero Alain Delon (Ripley). Con El amigo americano, en que el Ripley americano es Dennis Hopper (otro lucífero hedónico, se le recuerda como el utopista hippie de Easy Rider, y como el sádico que torturaba a Isabela Rosellini en Blue Velvet), comenzó la fenomenología (germánica, el director es Wim Wenders) de este ambicioso, ambiguo, encantador y frío criminal. De hecho el mito más consistente en la novelística de Highsmith. Damon no es un actor inepto, pero en contraposición con sus antecesores, y con la narración debida a Minghella, luce mucho más modesto. Ripley es un muchacho muy dotado para la música y para la simulación (su especialidad es imitar a otras personas) que por casualidad encuentra al señor Herbert Greenleaf (James Rebhorn). Éste, convencido por la astucia y el talento de Ripley, le encarga buscar a su hijo Dickie Greenleaf (Jude Law), un dilapidador que prefiere vivir en Italia, junto a su novia, la escritora Marge Sherwood (Paltrow). Llegado a Italia Ripley se enamora de Dickie, se enamora también de la gran vida, y acaba asesinando tanto a Dickie como a un amigo suyo. En esta situación, Ripley decide usurpar la identidad (y el dinero) de Dickie, hasta que todo se hace insalvable. Ripley sin embargo parece salir airoso de la prueba (aunque bajo las sospechas de Paltrow) mediando un castigo trágico: se ve obligado a asesinar a su amante homosexual. Quizá la película de Minghela sea demasiado revisionista con respecto al thriller. Si bien un revisionismo no es necesariamente un defecto, tampoco garantiza un cúmulo de virtudes. Por diversas razones El talentoso Mr. Ripley me ha recordado por un lado la "reescritura" que hizo el año pasado Gus Van Sant de la película de Hitchcock Psicosis. Por otro lado, la reciente El ocaso de un amor (The end of the affair, Neil Jordan), adaptación de una novela de Graham Greene. Corriendo el riesgo de lo esquemático, diría que estas versiones (o revisiones) tienen como común denominador el que están concebidas desde cierta "política correcta", que termina por distraerlas de su ambigüedad necesaria para hacerse contundentes. Van en pos de una tesis "sexual" que no necesariamente enriquece la moral de los filmes (para esto hay que volver a repasar siempre a Hitchcock, a Buñuel).
Obsesiones sexuales sin suspensoEn un thriller es imperioso el suspenso. El suspenso delinea las ambigüedades personales; para el suspenso es necesaria cierta dislocación entre cámara e historia (la cámara tiene que ir adivinando la historia); cierta distancia entre lo que saben las "víctimas" y lo que saben los espectadores (y el asesino). El talento dramático de Minghella (autor asimismo del guión de la cinta) pretende otra cosa. Despertar piedad por la inferioridad social de Ripley, por ejemplo. O dejar bien sentadas, de una vez por todas, sus tendencias homosexuales. Sucedía algo parecido en la película de Van Sant: quería hacer ver que la inestabilidad mental de Norman Bates era también sexual. En una de las más perogrullescas, y pesar de todo interesantes, cintas recientes (El ocaso de un amor) Neil Jordan argumentaba que el adulterio era peligroso, que la atracción sexual era violenta y que las concatenaciones del amor eran evanescentes. Algo de todo esto lleva El talentoso Mr. Ripley. La atmósfera de la cinta no "explica" los crímenes, se preocupa, por hacer ver que la alta sociedad es un grupito muy identificado entre sí, y muy difícil de perforar. (Pasa de paso Cate Blanchet en la cinta, y ni siquiera su fan insobornable, el crítico, la nota.). ¿Es el Ripley de Mat Damon un reivindicador social? Al menos es claro que Minghella lo consideró una hipótesis válida. Quizá por eso Minghella, desde su delectación por los escenarios, no elude fantasear con la gran vida de los aristócratas. Aquí no hay mensaje alternativo que como en El paciente inglés, deriven del sport aristocrático hacia las culturas otras. La enunciación de la ambigüedad sexual habla de una actualización (ya lo dije) de Patricia Highsmith, ella misma lesbiana. Pero a estas alturas no hay de qué sorprenderse en esta revelación, y sí lamentar la distracción paisajista (que nos da en los poros). Sigo prefiriendo la versión de René Clement (A pleno sol, 1960) de la que recuerdo una cámara que, más narrativa que bella, se alzaba sobre una playa que no podía esconder para siempre los cadáveres de las víctimas de Ripley. |
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