Psicosis (Psycho, 1999). Dirigida por Gus Van Sant.
Remake de Psicosis (Psycho, 1960) de Alfred Hitchcock.
«PSICOSIS» REVISITADA

EL CUCHILLO (COLOREADO) DE LA SEÑORA BATES

En 1960 Alfred Hitchcock presentaba Psycho (Psicosis), una de sus mejores películas. En un alarde de sobriedad, el cineasta inglés (nacido en 1899), mostraba la psicosis humana como fatalidad irónica. Uno mismo alza las trampas (o ratoneras) ingobernables en las que cae, parecía ser el mensaje de la película. La rubia solitaria (Janet Leight) que huye con 40,00 dólares ajenos en busca de un mejor futuro (tal vez casarse con su amante), se encuentra, perdidos en la carretera, con un motel y un joven catárticos.

Luego de una conversación con Norman Bates (el joven dueño del motel, interpretado célebremente por Anthony Perkins) la rubia decide dar marcha atrás en su fechoría. Pero, según Hitchcock, es muy tarde. La rubia será asesinada en la ducha del cuarto número uno. Es famoso este asesinato con arma blanca ejecutado por una enloquecida Señora Bates (la mamá de Anthony Perkins). Es famosa porque nunca una ducha resultó tan amenazante para la sangre y la carne de las rubias ( y los espectadores). La música de Bernard Herrman, cargada de ingredientes paranoicos, embebe la secuencia.

"Los dos somos uno"

En 1960 los espectadores descubrieron, al final de la película, que la Señora Bates habitaba el mismo cuerpo de su hijo. Sería un indelicadeza ante tan enérgica Señora hablar aquí de un caso de doble personalidad. Ella habita el cuerpo de su hijo, y aún cuando no se lleva muy bien con él, tiene vida propia. Instalada Psicosis en la historia del cine, es obvio que la confluencia en un sólo cuerpo de la Señora Bates y su hijo, es de las más célebres que existen.

Por las mismas razones, es un misterio muy conocido por los públicos. Hasta los niños de primaria saben que la sombra que corre la cortina de la ducha y alza el cuchillo sobre el cuerpo de Janet Leight y después lo descarga frenéticamente varias veces, es la de la Señora Bates (Anthony Perkins con peluca). Aparte de una que otra perogrullada psicológica sobre la doble personalidad, el misterio argumental de Psicosis acaba en sí mismo.

No sucede lo mismo con el andamiaje cinematográfico y existencial de Psicosis. El hecho de que una rubia alce, con no poca pericia, su propia ratonera, no ha perdido vigencia ni capacidad de inquietar. No se trata de una delincuencia en unas fronteras criminales (y sociales) muy lejanas. Marion Crane (Janeth Leight) es secretaria, tiene un novio que vive lejos y con el que se encuentra (en horas de trabajo a veces) en un hotel. La fatalidad le pone 40,000 dólares de su patrón en las manos, en un viernes. Ninguno, ninguna, con el fin de semana tan cerca y su pareja tan lejos, se podría poner más allá de la tentación.

La sazón circunstancial de esta transgresión (si la vemos en perspectiva histórica) es la moral puritana. Marion no puede establecer, por razones financieras, una relación estable con su novio Sam Loomis (John Gavin). Marion ha transgredido de inicio la institucionalidad moral: se ve con su novio en un hotel sin estar casada. Luego, en una cadena que parece conducir el azar, pero que guía en realidad la lógica condenatoria, Marion roba y es asesinada.

Hitchcock aprovecha la sobriedad del guión para volver inestables las fronteras de la psicosis. Manejando en la carretera Marion se va metiendo en su propia trampa. El uso de voces en off, el frío ensimismamiento del rostro de la actriz, la cadena de acontecimientos casuales, la música del filme, todo conduce a los límites de la neurosis. Marion se imagina lo que dirán los demás cuando el asunto se conozca. Ve llover en el parabrisas, sin fijarse por donde va, con cara de alienada. Cambia de auto en una venta de carros usados y comete graves errores para una aspirante a defraudadora (por ejemplo, casi olvida sus maletas).

No es sorprendente que en este viaje tan sui generis, Marion dé con el Motel Bates, sito al pie de una vieja mansión en donde circula (la contradicción es válida) la tullida Señora Bates. Norman, su hijo, recibe con amabilidad a la rubia, y luego le muestra sus melancólicos juegos. Es taxidermista de aves y no puede despegarse, en una relación amor-odio, de su madre. En algún momento de su conversación con Marion lo dice con claridad (lo cual parece una ironía del guionista): "Los dos somos uno".

Bates ha elaborado de mejor manera que Marion su propia neurosis. La ha fundamentado con no pocos síntomas de autosatisfacción artística. Tiene una manera muy peculiar de mantenerse despierto para el mundo. Prende las luces del Motel sin esperanzas de que nadie llegue. Ordena las habitaciones con esmero. Con igual esmero entierra en el pantano los autos con cadáveres dentro. Un halo de ambigüedad sexual lo circunda. Cuando trepa escaleras, por ejemplo, tiene una forma sugerente, aunque sobria, de agitar las caderas.

Luego del asesinato de Marion, tanto su hermana como su novio la buscan. Asimismo, el muy desprevenido detective Milton Arbogast (Martin Balsam) que morirá también bajo el oscuro cuchillo de la Señora Bates. Sin embargo, capturada ésta (junto a su hijo por supuesto) acabará por revelar algunas otras verdades e ironías al espectador. Mira con sus ojos desorbitados y su sonrisa al público la señora Bates, con una mosca sobre la mano, y se dice incapaz de matar ni siquiera a este insecto. Desde entonces Perkins quedó identificado con el lado sombrío y desestabilizado de la mente, y los papeles que subrayaban la ambigüedad lo persiguieron hasta su muerte (de SIDA) en 1992.

Indelicadezas con la Señora Bates

El expediente de Psicosis quedó así cerrado, al menos parcialmente. Se sucedieron las mediocres secuelas (tres partes más, con Perkins otra vez), pero el halo hitchcocktiano hubo que irlo a buscar siempre en la versión en blanco y negro de 1960. Las secuelas se fijaron en lo más superficial del "horror" y olvidaron la lección desesperanzada e irónica de Hitchcock.

En 1998, sin embargo, Gus Van Sant filmó para la Universal un re-make de Psicosis. La versión es muy actual, como se sabe. Puesta en los cines de Managua y presente en las tiendas de video. Una versión petulante y a colores, de un director que se ha destacado en el cine independiente y que ahora le dio por el cine dependiente. En efecto, esta Psicosis (1998) de Van Sant reelabora catequísticamente el argumento (contrataron al mismo guionista, Joseph Stefano), las puestas de cámara, los tics actorales, los escenarios de la Psicosis de 1960.

Van Sant sigue a Hitchcock en el argumento, pero se da al toque personal en el maquillaje, los peinados, los vestidos, los actores. El resultado no es satisfactorio del todo. En la Psicosis de Hitchcock los límites de la transgresión eran claros, los modos eróticos y morales, constantes. Los personajes de Van Sant entran a Psicosis vestidos y peinados al estilo "plural" de los noventa, y parecen extraviados en un drama que no es el suyo.

Realmente, Van Sant se destaca por películas de marginales como Drugstore Cowboy (1989) o My Own Private Idaho (1991). En esta última, la reelaboración en tono homosexual de una película de Orson Welles (Campanadas a medianoche, 1965) y un drama de Shakespeare (Enrique IV), tenía un inobjetable sabor de transgresión. El drama de los jóvenes prostitutos revelaba un rostro marginal no exento de poesía.

En Psicosis Van Sant sólo retoma algunos tics personales muy obvios. Por ejemplo, el homoerotismo al hacer un desnudo del novio de Crane en la secuencia inicial en el hotel. Es lamentable que las interpretaciones de Anne Heche y Vicent Vaughn (Marion Crane y Norman Bates, respectivamente) estén tan desubicadas en este remake. En la versión original, Hitchcock jugaba con el estilo interpretativo y la objetividad que él imponía. Es famosa su frase de que "los actores son ganado", y su insistencia en dar únicamente órdenes sobre miradas, actos físicos, movimientos, y no de razonamientos interpretativos.

La escuela interpretativa "clásica" y el estilo de Hitchcock entraban en tensión y lograban ese clima neurótico per se de los actores. En la Psicosis de Gus Van Sant, quien con ánimo de transgresión toma a actores poco conocidos, estos se ven trabajosamente "entrando" en los personajes. Una labor poco productiva. Anne Heche da una versión no muy convincente de Marion Crane, a pesar de que la suma del robo sube hasta 400,000 dólares; y las secuencias de su viaje en carro, aparte de su parecido con las de las película madre, son inocuas en comparación.

Especialmente, Vince Vaughn ofrece una interpretación, a fuerza de exagerar la ambigüedad, casi caricaturesca de Norman Bates. El director opta por insistir en el carácter sexual de su psicosis, y lo pone no sólo a mirar por un hueco a Marion, sino a masturbarse también (Hitchcock se conformaba con un plano detalle del ojo de Bates mirando). La desenvoltura en el movimiento de caderas de Vaughn, al trepar las escaleras, puede ser significativa. Evidencia que para Van Sant, el misterio principal de Psicosis es sólo una justificación de la "represión sexual". Además de frívola y superficial, esta interpretación es indelicada, sobre todo para con la señora Bates.

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