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Cambio de vida (Anywhere but here, 1999) película de
Wayne Wang. Con Susan Sarandon y Natalie Portman. |
NOTAS SOBRE LA LAGRIMA
Si tuviéramos que hacer una historia reciente de la lágrima comenzaríamos por Todo sobre mi madre, donde las lágrimas son pintadas con ánimo melodramático y con substrato esperpéntico (Almodóvar al fin y al cabo es español). Pero este artículo es mucho más modesto, y se limita a hablar de "las lágrimas envueltas en celofán" (otra ocurrencia del colombiano). Envueltas, como queda claro por Hollywood, y sostenidas sin embargo por dos monstruos. (Sarandon y Caine, cada uno por su lado). Primero un cambio de vida
Adele está construida según los tics más evidentes del icono cinematográfico de Susan Sarandon. Energía intimidante, ausencia de obstáculos (y el menor de los obstáculos para ella es el de hacer el ridículo), candidez medida de acuerdo a sus objetivos. Ante todo magisterio docto, intolerante y efectivo con sus alumnas. Se recordará a Geena Davis echándole la segunda en Thelma y Luisa (Ridley Scott, 1991), y a Julia Roberts arrollada por el huracán Sarandon en Stepmom (Chris Columbus, 1998). Como madre autoritaria de buen corazón, con fuertes tendencias a despertar la compasión que quieren despertar los cómicos, Sarandon está casi en el borde de repetirse. El contrapeso de Natalie Portman (que fue sólo un bello títere más de La Amenaza Fantasma, 1999) equilibra un poco la película, guiándola de manera más decidida a un sendero de lágrimas. De hecho, el conflicto principal de la película es entre la madre y una hija que no quiere cambiar de vida de manera tan radical. Si Adele es la voluntad, Ann es la conciencia, y por cierto una buena y delicada conciencia, que no vacilará casi nunca en oponerse a los designios de su madre. Las despedidas, que son una mezcla de abandono y liberación, la adaptación a una nueva vida, la añoranza de momentos idos, la incomprensión del ambiente, la muerte del mejor amigo de Ann, su decisión de ingresar a una Universidad, son los eslabones dramáticos que se van sobreponiendo en Cambio de vida con un ritmo y una simetría no siempre adecuada. Más bien quieta, entumida, en algunos puntos, muerta. De hecho los primeros y más sobresalientes minutos de la película (que cuentan paralelamente la despedida y el viaje en carretera) prometen desde el punto de vista argumental y formal mucho más de lo que cumplen al final. Uno comienza mirando una road movie acentuada por una muy elegante cinematografía, un realizador de mirada muy atenta y tensa (gustan esas garbosas e insistentes grúas). Pero termina mirando una historia eslabonada según el modelo de los seriales de lágrimas para televisión. Es cierto que Sarandon puede distraer esta metamorfosis, demostrar que era inevitable. Es indiscutible, en efecto, su habilidad para sacar "divismo" de argumentos que no necesariamente son los más originales. Se atiene a su identificación como mujer media, poco intelectualizada, pero asertiva y potente en el fondo. Al fin y al cabo, Cambio de vida es también un "film de mujeres", la historia de la amistad de una madre y su hija. Esta que trocará el destino, sin imposición de su madre, pero resguardando sus lecciones de coraje y sabiduría. Es para llorar, por supuesto. Pero el guionista (Alvin Sargent) creyó que bastaba con eso. Y en tiempos en que Almodóvar dictaba lecciones sobre cómo contar historias de mujeres sin dejar de divertir y sin abandonar el melodrama. Por su parte Wayne Wang (nacido en Hong Kong, en 1949) se atuvo, como todos nosotros, al talento de Sarandon, sin descuidar la mesura como realizador, pero sin lograr convertir a Cambio de vida en la suma delicadeza que pudo haber sido y no es. | |
| Las reglas de la vida(The cider house rules, 1999), película de Lasse Hällstrom, con Michael Caine y Tobey Maguire. | MAS LAGRIMAS Y OTRAS CIRUGIAS CON LAS REGLAS DE LA VIDA
Caine (Dr. Wilbur Larch) es un médico que labora en un oscuro hospicio de Maine. Ahí van a parar los niños abandonados; ahí nacen muchos otros que no fueron deseados, o son extraídos antes de nacer del vientre de las desesperadas (o hedónicas) mujeres embarazadas. Un huérfano, que tampoco logró nunca ser adoptado, es el virtual hijo adoptivo y discípulo del Dr. Larch: Homer Wells, interpretado por Tobey Maguire. Aunque ha aprendido muy bien la ciencia obstetricia, Homer no está de acuerdo con la justificación del aborto que le ofrece el Dr. Larch. Creyendo que su destino es otro que el de seguir los pasos del Dr. Larch, Homer abandona el orfanato. Va a trabajar en el proceso de la sidra, junto a obreros agrícolas negros. A la vez, conoce el amor con Candy (Charilize Theron); un amor infeliz pues Candy se ve obligada a volver con su novio que regresa incapacitado de la guerra. En la casa de la sidra, ante la realidad de un embarazo hecho por el propio padre en su hija, que es a la vez compañera en las labores agrícolas, Homer asume la necesidad del aborto. Las reglas, incluso las del aborto, reza la película, sólo funcionan en su contexto, y a veces no funcionan del todo, como esas reglas escritas en una pared para un grupo de obreros analfabetas. Homer regresa al orfanato tras la muerte del Dr. Larch, quien era de manera evidente un adicto al éter, y lo reemplaza (aunque no tiene título de médico: es otras de las reglas que se rompen) en su labor médica y paternal ante los niños abandonados. El lirismo en imágenes, el dramatismo, incluso la valentía del alegato pro aborto, debe ponerse en el haber de Las reglas de la vida. Cierta incomodidad que despierta el conformismo implícito, la idealización del orfanato (léase la pobreza) como territorio promisorio, motiva ciertas reflexiones y preguntas. ¿Es sólo una reacción al contexto, es decir, la región más puritana de los Estados Unidos, en una etapa específica? ¿O es una mirada "comprometida" con las permanentes e interminables listas de niños no deseados pero existentes? La respuesta es, una vez más, ambigua. Si por un lado cierto manierismo en el trato del desarrollo de la historia, es decididamente conservador. El conformismo de los obreros agrícolas, por ejemplo, su escogencia como parte "salvaje" (lugar del incesto); al mismo tiempo que el protagonista desarrolla su historia de amor "blanca" con Candy. Cierta manera convencional, asimismo, de manejar los actores, no deja de cantar tradición, e incluso apuesta de los productores al mercado. Por otro lado, las mejores secuencias, dentro del orfanato con niños que se emocionan ante la posibilidad de ser adoptados, o se estremecen con King Kong (versión de 1933; la única película que conocen), o viven en un presente medido por las estaciones y no por las reglas de la modernidad, y desarrollan entre ellos profundas relaciones de amistad y amor, habla de un nivel de diferente lectura. Este planteamiento no deja de inscribirse en una larga tradición cinematográfica que ha mirado a su modo a los desposeídos (y estos niños son desposeídos de sus padres y madres). Una tradición que reelaboraron los neorrealismos, pero que no necesariamente indica sumisión, y a veces simplemente trata de ajustar cuentas con "lo real". Podría ser este el caso de Las reglas de la vida. Tal vez es eso lo que ata a este pequeñísimo infierno (el orfanato) al Dr. Larch, y es lo que ensalma cada noche luego de leer un capítulo de David Copperfield a los niños. Una mirada de la realidad bruta y brutal, que se disfraza cada noche con galas paternales. Quien vea o haya visto Las reglas de la vida lo recordará en la voz del magnífico Michael Caine: "Buenas noches, Príncipes de Maine, Reyes de la Nueva Inglaterra." El resto, como dijo el poeta, son lágrimas. |
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