Este cronista quiso conocer las
entrañas de la emblemática torre que corona la
construcción ejecutada bajo la dirección del
padre Juan Aceto, por cuenta de la obra de Don
Bosco entre 1885 y 1893. El propio Sanguinetti,
conocedor de sus secretos y cada uno de los
detalles de su arquitectura excepcional, se
ofreció como guía para la visita.
La
recorrida arrancó por las amplias escalinatas
que conducen a los pisos superiores del sector
de la esquina de Colón y Rivadavia (en los altos
del sitio actualmente ocupado por la Biblioteca
Popular Bartolomé Mitre), en donde funcionaban
los dormitorios de los alumnos pupilos.
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En el
segundo piso, donde estuvo instalado un
teatro y ahora hay un depósito, nos
encontramos frente a una pequeña puerta
(celosamente cerrada con llave) que habilita
el paso hacia las escalinatas de la torre.
Allí comenzó el viaje hacia la historia.
Hacia el mirador de la inundación
"En
los tiempos del colegio, cuando yo era
alumno, aquí estaba el cuarto del cocinero,
con un baño privado y todo", comenzó Oscar
con su detallada descripción. De allí en más
hubo que ascender una empinada y estrecha
escalera de madera ("la reconstruyó
íntegramente el personal municipal hace unos
pocos años", apuntó), y después de unos 60
escalones llegamos al balcón mirador.
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En ese
lugar, con barandilla y una amplia pasarela
alrededor de la torre, se aprecia una visión
panorámica de la ciudad y todo el valle inferior
del río Negro. "Desde aquí los curas vieron cómo
crecían las aguas de la laguna El Juncal y
pudieron avisar sobre la inundación de 1899",
comentó Sanguinetti.
El
archivo de la obra de Don Bosco nos brinda,
precisamente, la emotiva y precisa crónica de un
anónimo sacerdote, en aquellos días. "La mañana
del 22 (de julio, de 1899) desde nuestro
observatorio vimos avanzar rápidamente enormes
masas de agua que, al caer sobre el pueblo,
rompieron toda barrera y en menos de media hora
todo quedó inundado", escribió en su informe a
la superioridad salesiana aquel religioso.
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Hoy, 109
años más tarde, la visión es absolutamente
distinta. Los techos de algunas
construcciones céntricas de la capital
rionegrina delatan su antigüedad, la profusa
arboleda no permite distinguir el río, pero
allá en lo alto de la barranca otras dos
torres nos vigilan. Es pequeña y casi
invisible la que levantó hacia 1780 el
gallego Pérez Brito para el fuerte que
comandaba don Francisco de Viedma; son
esbeltas y luminosas, las que terminaron de
construirse en 1937 para honrar a Nuestra
Señora del Carmen en su templo parroquial.
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Aquí,
más cerca, está la sólida construcción de
estilo ecléctico y señorial de la iglesia
catedral de Viedma, con una magnífica
terminación de ladrillo a la vista y
detalles de perfecta simetría.
El patio
del viejo colegio aparece allá abajo; fue el
escenario de tantos juegos infantiles y
juveniles, en sus tiempos salesianos y luego, en
las décadas de los ‘70 y los ‘80 como sede del
Instituto de Profesorado de Educación Física.
Hacia el
otro lado se pueden ver, en el mismo conjunto
del colegio religioso, una torre derruida
("llegaba casi hasta esta misma altura, y
remataba en almenas, que lamentablemente
desaparecieron con el tiempo", observó Oscar) y
los abandonados tejados del sector del
teatrillo.
El alma del reloj: Hubo que subir otros
cuantos escalones para llegar a la salita que
alberga el alma del reloj, cuyas luminosas
esferas dan hacia las cuatro caras de la torre.
"La antigua maquinaria funciona de maravillas,
merced a la dedicación artesanal del señor
Francisco Bruno", señaló Sanguinetti, mientras
controlaba el ajuste de la hora.
Contó que
"en el año 2004, después de que hicimos los
trabajos de reparación de la escalera y
colocación del nuevo sistema lumínico, dimos con
don Francisco, un relojero de oficio radicado
recientemente en Viedma después de haberse
dedicado durante más de 60 años al mantenimiento
del reloj de la municipalidad de la ciudad de La
Plata".
El
aparato, que se regula con cuerdas y contrapeso,
con delicadas piezas de fundición, fue fabricado
en Buenos Aires en el año 1887. Es único en su
tipo en la zona y, sin dudas, la maquinaria de
relojería más antigua de la Patagonia argentina.
Francisco
Bruno ya suma 82 años, pero sube a la torre tres
y cuatro veces por semana para lubricar el
mecanismo y asegurarse de que todo esté en
orden, fundamentalmente el sistema de ejes que
transmite el preciso movimiento de las agujas en
las cuatro esferas. En la práctica Oscar y don
Francisco son los únicos habituales visitantes
del lugar.
En el pináculo, junto a la campana: El
techo de la "sala del reloj" es abovedado, de
ladrillos, y constituye el piso de la terraza
superior, en la cúspide de la torre, un
estrecho espacio de forma octogonal, ocupado por
una inmensa campana de bronce, que se sostiene
desde una pieza de hierrro.
Nuevamente apuntó Oscar Sanguinetti: "Es toda la
instalación original, con ciento trece años de
antigüedad; la campana fue fundida en Roma, en
1893, especialmente para los salesianos; y tiene
un sistema basculante que permite agitar el
badajo; además de un martillo que golpeaba con
la acción de un tirador desde debajo de la
escalera, que actualmente no funciona".
La
campana de la torre sonó para alertar de la
crecida de 1899 y después, ya recuperada la
serenidad, en tiempos de bienestar, llamaba a
las celebraciones de las fiestas patrias y las
celebraciones religiosas. Oscar recordó que
"cuando era chico escuché el contrapunto que
hacían las campanas de esta torre y la de la
Catedral, haciendo una especie de melodía".
Hoy no
tañe el generoso bronce de la torre salesiana,
pero algún vecino está inquieto con la idea de
promover los aportes necesarios (de comerciantes
y empresarios locales) para que el mecanismo
pueda repararse. "Sí, se puede, no es un trabajo
fácil porque habría que descolgar a la campana y
hay muy poco sitio", advirtió Sanguinetti.
El recuerdo del zapatero Espinach : El
cronista no pudo evitar una ligera sensación de
vértigo al aproximarse al borde de la torre. Se
preguntó si no habrá dudado algunos instantes,
antes de arrojarse desde allí hacia el patio
interior, aquel temerario zapatero de Patagones,
llamado Matías Espinach, que el 28 de diciembre
de 1921 (tan luego, el Día de los Santos
Inocentes) experimentó desde allí su invento
revolucionario: un paracaídas con forma de
paraguas. Así lo relató la crónica del
periódico "La Capital" de aquel tiempo.
"A las
7,25 del día 28 de diciembre de 1921 se dio la
señal de que el Sr. Espinach con su paracaídas,
desde lo más alto de la torre se lanzara al
vacío. Los corazones palpitaban con violencia,
todos estábamos poseídos de terror: ¿fracasaría
el aparato? ¿se estrellaría el inventor?.
A los dos
minutos de haberse dado la orden o sea las 7,27,
apareció el Sr. Espinach en lo alto de la torre,
saludó con la mano a los que estábamos en el
patio... y se tiró al espacio. Nuestros
corazones dejaron de palpitar, algunos
caballeros que presenciaban el acto se
desmayaron, el caso era emocionante, la pluma no
puede narrar esos momentos terribles, hay que
presenciarlos para sentirlos, pero rápido se
abre algo como si un paraguas se hubiese partido
en dos y detiene al inventor en el aire, una
exclamación de alegría primero y de ¡hurra!
después, saludó al Sr. Espinach, que iba
deslizándose suavemente hacia el patio"
"Tan
pronto pisó tierra el inventor todos queríamos
ser los primeros en abrazarlo y felicitarlo, y
todavía no se había quitado el sr. Espinach su
aparato cuando el ingeniero Schubert le dijo:
Señor Espinach, como apoderado general en la
Argentina de la Casa Fhabens Rus and Co. de New
York le ofrezco 800 mil pesos si quiere vender
la patente de su aparato".
El
artículo añadía que Espinach le contestó así:
"Señor Schubert, dentro de 30 días contestaré a
usted si acepto o no su proposición, pues como
usted comprenderá es necesario que por gratitud
me aconseje con el señor Carsing quién ha
corrido con todos los gastos".
Y el
cronista de 1921 finalizó así "los inocentes
niños que presenciaron tan emocionante escena
iban estrechando la mano del inventor, mientras
nosotros nos despedíamos de los reverendos
padres, que con la fina atención peculiar en
ellos nos acompañaron hasta la puerta".
De regreso a la calle, al presente :
Unos pocos minutos más tarde Sanguinetti y el
cronista estaban nuevamente sobre la calle
Colón, apreciando desde abajo los detalles de la
torre, sus almenas, troneras, modillones y
ménsulas. "Es única, es hermosa y es nuestra,
tenemos que hacer todo el esfuerzo necesario
para conservarla", acotó el guía, sin disimular
su pasión por el patrimonio arquitectónico de la
capital de Río Negro. La visita había terminado,
el presente nos reclamaba con sus cuestiones
urgentes. Y las entrañas de la torre siguen
respirando su tiempo propio.
Fuente: Carlos Espinosa - Diario
Noticias
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