Las crónicas de la
época nos relatan que la fiestas
mayas de 1887 emergieron serenas
con un amanecer sumamente
apacible y el otoño patagónico
esquivo a los primeros fríos. Un
día 25 inusual como mojón
inaugural del faro del río Negro,
construido muy cerca de la
desembocadura de cara al sur, por
obreros locales y el seguimiento
técnico del comandante de la
Escuadrilla del Río Negro, don
Martín Rivadavia y colaboradores.Las
celebraciones se iniciaron cuando
el vaporcito Limay recostado al
muelle de Patagones, lanzó
amarras con proa lenta a la boca
del río, llevando un nutrido
grupo de invitados para la
jubilosa ocasión.
La
excursión continuó por tierra
ahora embarcados en dura
tracción a sangre, en dirección
a los terrenos aledaños al
flamante atalaya, y ya en lugar
se sirvió un almuerzo protocolar
presidido por el gobernador del
Territorio, general don Lorenzo
Vintter, y a los postres entre
cremosas masas , el eufórico
brindis contagiado de sabor
marítimo.
Y así
llegó el esperado momento de la
bendición del faro, donde el
padre salesiano Ángel Piccono
con discurso en mano, despachó
una alocución decididamente
insuperable.
Acompañado
por una vibrante retórica y
entremezclando un racconto
medieval entre ciencias y
descubrimientos por sapientes
religiosos, el sacerdote dejaba
sin pensarlo sobrada pieza de
oratoria en el recuerdo de aquél
día de inauguración, iluminado
por el sol festivo de mayo en las
costas patagónicas.
Y
si de oratoria hablamos: Señores:
Séame permitido antes de
proceder a la bendición
del nuevo faro, felicitar en
nombre del clero de ambas orillas
del río Negro a los ilustrados y
valientes y no menos pacientes
iniciadores, directores y
constructores de esta esbelta y
sólida torre. Cándido atalaya
de estas pampas solitarias, ojo
de luz que ilumina las
oscuridades australes, estrella
del océano, símbolo de la
Divina Providencia, que vela
armoniosamente sobre los destinos
de la humanidad.
He
dicho en nombre del clero, porque
la iglesia debe interesarse y se
interesa en toda obra buena, en
todo progreso verdadero, en todo
adelanto de la ciencia, sea esta
racional o positiva.
¿Habrá
quién crea que un faro nada
tiene que ver con el clero? Un
faro es un fiel servidor de la
náutica, un producto de la
física y de las matemáticas y
puede ser un auxiliar de la
astronomía, como se puede
esperar aquí por el amor que
tiene a los progresos
científicos, el ilustrado
gobierno de este Territorio.
He aquí pues, la relación que
pasa entre el clero y un faro.
¿No ha sido el clero, el único
faro de luz que iluminara las
tinieblas de la Edad Media?...
¿No
fue el diácono Gioia
dAmalfi que inventó la
brújula; el papa Silvestre II
que midió primero el meridiano y
la circunferencia de la tierra,
que construyó las esferas
celestes, que compuso relojes
solares?...
¿No debemos el pantelégrafo al
abad Caselli, la linterna mágica
al padre Kircher, al padre Larra
la aplicación del vapor a
locomoción y millares de otros
inventos al clero?...
Y
en estos tiempos el sacerdote
Beccaria compara la electricidad
atmosférica con la artificial;
el escolapio Inglirami ilustra el
cálculo sublime y prepara la
triangulación de la Toscana. El
benemérito Piazzi estudia la
oblicuidad de la elíptica y
aumenta el catálogo de las
estrellas fijas; el abad Richard
hidrogeólogo descubre
innumerables manantiales de
excelente agua en Francia e
Italia. El inmortal jesuita
Secchi halla la ley de la
declinación e inclinación de la
aguja magnética y hasta los
frailes oscurantistas en un
elenco que nunca se
acabaría
Tengo
pues, derecho de saludarte en
nombre del clero y en su nombre
te saludo ¡oh faro¡ que
irradias tu luz sobre el océano
para disputarle muertes y
catástrofes, sobre el desierto
para alumbrar el camino de la
civilización que se avanza.
Yo te saludo y te bendigo en
nombre de Dios todopoderoso,
creador de mares y tierras, en
cuyas manos son juguetes de
niños borrascas y tempestades.
Te saludo y te bendigo y deseo
que tus rayos pacíficos alumbren
siempre apacibles bonanzas,
derroteros seguros, canales y
puertos y nunca sangrientos
combates que enturbian y
enrojecen los mares y envuelven
la gloria en un sudario de
lágrimas.
Discurso pronunciado por el padre
Ángel Piccono en la
inauguración del faro.
Texto
publicado en el periódico El
Pueblo, 29 de mayo de 1887.
La
instalación: Los
materiales del faro son los
mismos que se destinaron y
debió colocarse en Tierra
del Fuego en el año 1884, y de
idéntica construcción al
de la isla de los Estados. La
instalación en este punto era de
necesidad urgente, pues por su
falta
reiteradamente los buques a
vela han permanecido hasta un mes
sin poder pasar la barra del río
Negro, temerosos de ser
arrastrados en horas de la noche
por las fuertes corrientes sobre
los temibles bancos del norte.
Hoy
debido a esta luz, podrán los
barcos recalar con seguridad
completa y mantenerse durante la
oscuridad a su vista, próximos a
la costa a barlovento de la barra
y por lo tanto aptos para pasar
en la primera marca favorable. El
punto donde se ha construído el
faro se encuentra a 32 metros 22cm
sobre el nivel del mar, lo que
unido a los l2 metros de la torre
y metro con 40 cm de armazón de
hierro para colocar los faroles,
da una altura total de de 45
metros y 62cm sobre el nivel
medio.
En los días claros, la torre se
verá hasta una distancia de 25
millas aproximadamente y de noche
la luz alcanzará unas l4 millas.
El Pueblo 24 de febrero de 1887.
Extractos
Fuente
Revista La Galera
|