Alejado del pueblo
de San Blas unos pocos kilómetros y recostado
sobre el arroyo del Jabalí, se alza el complejo
de los franciscanos,
este complejo inicia su
construcción en el año 1989 y su precursor fue
el padre Esteban Gregov, sacerdote franciscano,
junto con miembros de la comunidad Croata
Argentina.
En su
acceso se pasa debajo de un arco que posee la
inscripción "Reina de la Paz". Este complejo
está compuesto por una Ermita de San Francisco
de Asís y una Capilla a Stella Maris. Dentro de
este complejo se localizan dormitorios,
bungalows y una biblioteca.
Cabe destacar además,
una pequeña capilla dentro de las aguas de la
ría, en homenaje a los caídos en el mar,
especialmente los mártires del Crucero Manuel
Belgrano.
El comienso:Esteban Gregov con una
entonación rígida que delata su origen
extranjero, comenta que "hace unos veinte años
comenzamos a venir de campamento como mochileros
y un día me dije que por qué no hacíamos una
capilla, ya que nos gustaba tanto el lugar y
hacía tanto tiempo que veníamos en carpa".
Esa poco
pretenciosa capilla, además de permitirles
ofrecer el servicio de la misa, muchas veces les
sirvió de refugio cuando San Blas era blanco de
la furia de alguna tormenta.
El grupo mentor
está conformado por tres sacerdotes franciscanos
de origen croata, Esteban, José e Iván, que se
reparten el tiempo del verano visitando el lugar
con gente de sus parroquias, que pasan sus
vacaciones trabajando en las tareas de
mantenimiento.
Con el tiempo el
grupo originario se fue ampliando y fueron
necesarias otras comodidades, así que cada año
agregaron alguna obra. Esteban dice que este
verano "trabajaron poco". Realizaron el
campanario, trajeron palomas mensajeras,
realizaron tareas generales de mantenimiento y
plantaron cerca de dos mil plantas.
El origen de la capilla: "En el '54, con
diecisiete años, me escapé de Yugoslavia porque
no me dejaban ingresar al seminario, que eran
muy escasos allí. Y yo sentía la vocación de ser
sacerdote, de hacer algo por el prójimo",
rememora mientras apisona el tabaco de su pipa,
en el espacioso comedor.
Desde su pequeña isla natal se escapó hacia
Italia, cruzando el Mar Adriático en un pequeño
bote y, como cuenta Esteban, "cuando uno tiene
el agua hasta el cuello empieza a rezar; estando
en peligro en altamar, donde no se veía tierra
por ningún lado, le prometí a la Virgen que si
no nos ahogábamos iba a hacer algo bueno de mi
vida".
Luego de muchos años de andar por tantos lados,
y de mucho tiempo de acudir a su cita veraniega
con San Blas, un día se dijo: "me parece que
llegó el momento de cumplir, y será aquí".
"Pero yo no le doy mucha importancia a esto y
creo que debe ser la segunda vez que lo cuento",
dice en voz baja, envuelto en la nube que escapa
de la pipa.
La llegada a América: En Italia Esteban
estuvo un año y tres meses en un campo de
concentración para refugiados. Varado en aquel
país extraño y sin documentos, hizo gestiones
por medio de una organización norteamericana de
católicos, que le realizó los trámites
necesarios, le dieron el pasaporte y le pagaron
el viaje hacia Chile.
Corría el año 1955 y la iniciativa primera de
asentarse en la Argentina tuvo que cambiarse al
país trasandino, por la convulsión de la llamada
Revolución Libertadora que derrocó a Juan
Domingo Perón.
"Yo
seguía con la idea de entrar al seminario, y lo
hice en Chile. Luego realicé el noviciado y
estudié filosofía en Lima. Y en el '64 los
superiores me llamaron a la Argentina, donde
estudié teología pastoral y me ordené como
sacerdote".
Pasaría mucho tiempo hasta que este hombre que
cruzó el Atlántico para realizar su vocación
terminara de declarar su amor por estas playas y
este mar, en la "Bahía de Todos los Santos",
como se la llamaba antiguamente.
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