Bubby
Wasserman, el magnate de San Blas, fue un
extravagante cuya auténtica personalidad es casi
desconocida
Las paredes del abandonado caserón del casco de
San Blas guardan celosamente sus secretos. Kurt
"Bubby" Waserman, su habitante principal entre
fines de la década del treinta y los años
sesenta, aparece en el imaginario popular como
un magnate extravagante, pero los auténticos
matices de su personalidad permanecen
desconocidos. ¿Su agitada vida fue sólo movida
por el hedonismo o buscó una imposible fórmula
perfecta que nunca pudo lograr?
El tres de febrero, se celebra la fecha patronal
de San Blas y en la memoria de viejos pobladores
estarán presentes aquellos festejos masivos,
impulsados precisamente por Bubby. Cuentan que
se preparaban abundantes asados para todos los
empleados de la estancia y los habitantes del
poblado; sin que faltaran los fuegos de
artificio y los regalos.
En una de esas fiestas el encargado del correo,
Evaristo Echeverría, se casó con la maestra del
pueblo y el propio Wasserman fue obsequioso
padrino de la boda, pero hay quienes solamente
destacan que hubo alguna situación bochornosa
como consecuencia del entrevero de la pirotecnia
con la cola del vestido de la novia. (Una de las
fotos publicadas ilustra un momento de la
ceremonia religiosa).
En cambio Bettina Degiorgi Uriburu, sobrina
nieta de Kurt Wasserman por el lado de su esposa
Luisa Mc Loughlin (que era hermana de su abuela
materna Catalina Mc Loughlin, casada con Pedro
Uriburu) pinta la imagen de un caballero de
refinadas costumbres mundanas y ocurrencias
generosas de carácter solidario.
"Era un hombre de una profundidad humana muy
poco común, que sufrió muchísimo y por eso mismo
trataba por todos los medios que la gente que él
quería no pasara sufrimientos", recordó en
diálogo con este cronista la mujer que pasó los
primeros años de su infancia criada por Bubby y
Luisa como una especie de "nieta postiza" en la
lujosa casa de la calle Gelly y Obes, en Buenos
Aires.
Rescató después una anécdota singular: durante
uno de los viajes en tren de Buenos Aires a José
B. Casás, en donde se apeaban del vagón especial
presidencial y pasaban a la caravana de
lustrosos autos que los llevaba hasta San Blas.
"Estábamos Bubby, su esposa Luisa y yo
almorzando en el coche comedor, comiendo un buen
plato de comida. En Bahía Blanca subió un
contingente de soldados conscriptos, que tenían
mucho frío y hambre. Bubby averiguó que esos
muchachos seguían viaje hasta Bariloche y no
tenían plata para comer.
Entonces ordenó que a cada uno se le sirviera la
misma comida que disfrutábamos nosotros, y que
le pasaran la cuenta, pero sin decirles a los
soldados quién era el favorecedor. De todas
maneras seguramente algún empleado del
ferrocarril, que lo conocía muy bien a
Wasserman, se encargó de hacérselos saber, y
cuando en Casás nosotros bajamos del tren, todos
los conscriptos que eran como cincuenta, también
bajaron al andén para aplaudirlo y agradecerle",
relató.
También destacó que "otras veces, cuando llegaba
a Casás, en el almacén de ramos generales de don
Pablo compraba zapatillas para la mayoría de los
chicos que veía descalzos; y además ayudó a
alguna gente para la compra de un molino o de un
auto. Los empleados de San Blas ganaban muy bien
y se les daba trabajo a familias enteras".
Sólo quedaron la casona y la
capilla :
Los árboles descuidados y las ruinas de lo que
pudo haber sido un elegante jardín rodean ahora
la envejecida estructura de la mansión, cuya
construcción inició hacia 1910 el inglés
(algunos dicen que era escocés) Eduardo Mulhall.
que fue corresponsal del diario londinense "The
Times" durante la guerra del Paraguay, más tarde
propietario del cotidiano "The Standard" que se
editaba en Buenos Aires en inglés para la
creciente colonia de empresarios británicos y
sus empleados jerarquizados.
Vino a San Blas para hacer negocios con la sal,
instaló un conducto que la transportaba por
bombeo, con agua, barro y todo, desde la Salina
de Piedra ( cerca de Cardenal Cagliero) hasta la
costa del mar, en donde la secaban y cargaban en
barcos para enviarla a los saladeros de Buenos
Aires.
En la década del veinte la estancia y el casco
cambiaron de dueño, pues los Mulhall cayeron en
bancarrota por distintos problemas financieros.
Una abultada deuda en papel, por la impresión
del diario "La Argentina" que por entonces
editaba Eduardo Mulhall, terminó pagándose con
la transferencia de esos bienes inmobiliarios a
manos de su acreedor, el importador papelero
Bruno Wasserman.
Don Bruno hizo construir el puente sobre un
brazo del mar, en el año 1928, al que le puso
una placa: Puerto Wasserman. De esta manera se
rompió el aislamiento de la península y comenzó
el progreso del pueblo. También empezó la
transformación de la casona, con revestimientos
de madera traídos desde Europa, magníficos
portones, rejas artísticas y mayólicas, que aún
hoy después de cuatro décadas de descuido lucen
maravillosas.
La felicidad de Bruno Wasserman duró poco,
porque en 1932 murió su esposa Cristina Berta,
en cuya memoria mandó edificar la capilla , que
la historiadora sanblaseña Susana Castelnuovo
describió con lujo de detalles.
"Luego de subir una escalinata una ancha puerta
de metal se abre paso hacia un pequeño atrio
desde donde una puerta tallada en madera nos
introduce directamente en la nave central,
presidida desde el altar por la bella imagen de
la Inmaculada Concepción, obra realizada por
Joska en 1938. Desde el cielo raso, cruzado por
gruesas vigas de madera, pende una enorme araña
de hierro cuyo decorado acompaña el de los
candelabros de pie del mismo material (...) el
confesionario y los bancos tallados en madera
son también de origen europeo..." (de la
publicación: Bahía San Blas, la historia).
Para entonces don Bruno, judío de nacimiento, se
había convertido al catolicismo (en Alemania el
nazismo hacía estragos) y en el subsuelo del
templo, detrás de otra gruesa puerta de metal,
con la leyenda en latín "Adimple pos ea petis"
(Cumple, luego exige), instaló la cripta
mortuoria cuyo primera moradora fue,
precisamente, la propia Cristina Berta Bornberg
de Waserman.
Cuando su esposa murió, muy deprimido se
envenenó, hizo falta una dispensa eclesiástica
especial a los efectos de autorizar la sepultura
de sus restos en ese lugar sagrado. El
matrimonio había tenido tres hijos, Erwin, Kurt
y Mario. El primero de ellos, el famoso Bubby de
quien nos ocupamos al principio, se convirtió
con el correr de los años en el rey de la casa.
De la manteca al techo a la ruina
:
Bubby era aficionado al turf y decidió montar el
haras de la estancia, con las mejores
instalaciones de la época y, por supuesto,
reproductores de pura sangre; pero fue la casona
el escenario de las festicholas que todavía
ahora se recuerdan.
En 1942 la mansión se llenó de técnicos y
actores de cine (unos juveniles Fernando Lamas y
Diana Maggi, entre ellos) porque Bubby quiso
darse el gusto de producir una película, una
historia de indios y soldados que se llamó
'Frontera Sur' y fue un tremendo fracaso en las
carteleras.
Como el casco principal estaba a casi un
kilómetro del mar, en un lugar donde la costa es
de puro pedregullo, los Wasserman mandaron
levantar una "casa para los baños" junto a la
playa de arena, en medio de una frondosa
arboleda. La llamaron "La Rebeca" y la tradición
fabulesca indica que allí se evaporaban cajones
de whisky y champán, y aprovechando la soledad
del lugar algunos de los visitantes practicaban
el nudismo entre las olas.
En los años cincuenta las cosas ya no andaban
muy bien con el negocio familiar del papel
(dicen que Bubby se enfrentó con el presidente
Juan Domingo Perón y le sacaron el cupo de la
importación) y el derroche de manteca tirada al
techo se acabó. Además, para entonces, empezó a
sufrir problemas de salud y, finalmente, murió
en la ruina el 14 de junio de 1966, en Buenos
Aires.
Bettina Degiorgi Uriburu reseñó así aquellos
tiempos finales: "Como estaba casi ciego me
pedía que yo (apenas una preadolescente) lo
acompañara en algunos trámites; fue muy
abandonado por toda su familia, menos por mi
madre (Susana Uriburu) y mi abuelo Pedro Uriburu
(que tenía cáncer y murió poco después de
Bubby); todos los que disfrutaron de los viajes
a Estados Unidos y las fantásticas vacaciones en
San Blas le dieron la espalda y no lo
acompañaron en sus últimos tiempos ni estuvieron
en el sepelio. En el velatorio éramos no más de
cinco personas".
Agregó que Bubby "murió de tristeza, sin que su
mujer se enterara de que tenía todos sus bienes
embargados. La angustia lo llevó a tal
desesperación que su corazón dejó de funcionar,
vivió los últimos días en una carpa de oxígeno.
Cuando murió yo estaba al lado suyo; y su mujer
Luisita venía de jugar al bridge ajena a todo,
porque vivía en un mundo irreal, que le había
creado a su alrededor su propio esposo".
Ahora la casona está en venta (Susana Uriburu
levantó una pesada hipoteca y se convirtió en
propietaria) y quizás sería bueno que el
Gobierno de la Provincia de Buenos Aires
reparara en ella, para adquirirla, reconstruirla
con su pasado esplendor y convertirla en un
museo, o centro cultural.
El arquitecto Héctor Banzato sostuvo que "el
estilo es claramente español colonial y (la
obra) no la realizó un improvisado; lo que se
refleja fundamentalmente en el estilo despojado
y austero que caracterizó este tipo de
realizaciones en el medio de la nada con la
presencia de una fachada que remite a la escala
pretendidamente monumental de los conventos
jesuíticos pero que también es el lenguaje de
las haciendas andaluzas".
En el pórtico principal el escudo de armas de
los Wasserman se expresa en alemán: "Pflicht vor
Recht", máxima del filósofo germano Oswald
Spengler (1880-1936), que puede traducirse como
"las obligaciones están antes que los derechos".
Toda una definición que, seguramente, marcó el
perfil poco conocido del legendario Bubby.
Fuente: Diario Noticias de la Costa
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