Desde fines del
siglo XIX, el palacio Landalde
fue testigo privilegiado de la
época de mayor esplendor de
nuestra región.Patagones. A
metros del río, donde la calle
Villegas cambia su nombre,
desafiando al tiempo y al olvido
se erige la mansión Landalde. En
el amplísimo salón de baile que
tiene la inmensa casona se
sucedieron bailes al ritmo de la
orquesta de Carlos Di Sarli junto
a reuniones sociales y comidas
regadas con champagne traído
especialmente de Buenos Aires
para la ocasión.
La
mansión Landalde, como la
conocen los maragatos, debe su
nombre a su antigua dueña,
Leonor Landalde de Otaño, viuda
de Landalde, quien fuera
gobernador interino de la
provincia de Chubut.
Y
vale detenerse en la figura de
esta extravagante mujer, que
rompiendo los cánones sociales
de la época voló en el avión
que hizo el primer servicio
aéreo del sur uniendo la Capital
Federal con la Patagonia,
piloteado por Antoine de Saint
Exupery y Jean Mermoz.
Algunos
vecinos memoriosos la recuerdan
paseando en su Peugeot 404 con la
única compañía de una gallina
en la luneta trasera.
Los
Landalde la habitaron hasta
principios de la década del 40,
cuando el último de sus
habitantes se radicó en Buenos
Aires, y la casona permaneció
deshabitada largos años hasta
que fue ocupada como Distrito
Militar.
El
palacio Landalde fue claro
exponente y testigo de la época
de mayor esplendor vivido en
Patagones.
Hoy
es una atracción turística más
en el Casco Histórico maragato,
pero al observar la inmensa
fachada con sus 15 ventanales y
su gran patio interno con paseos
y escalinatas deteriorados por el
tiempo, pero fieles testigos de
una época maravillosa, se puede
percibir la majestuosidad y el
misterio de este lugar, ubicado a
metros de la mítica calle Roca.
La
casona resiste elegantemente el
paso del tiempo y con su
silenciosa estampa deja claro que,
como dijo Roberto Arlt, "Patagones
es bonito como un beso de novia y
un lugar donde todavía se puede
morir de muerte romántica".
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