Primero de
noviembre de 1929,
aeródromo de Trelew. Una
comitiva oficial presidida por el
entonces gobernador interino del
Chubut, Don Guillermo Landalde
acompañado por su esposa,
señora Landalde de Landalde,
aguardaba visiblemente emocionada
el arribo de las máquinas Laté
25 y 28 que venían cumpliendo el
viaje inaugural que en un
esfuerzo de la dirección
Aeropostal Argentina por
entrelazar la Capital Federal con
la Patagonia, uniría Bahía
Blanca con Comodoro Rivadavia. Por
obra de la casualidad o porque lo
señalo el destino, Leonor
Landalde fue quien represento a
las mujeres argentinas en aquel
inmemorable día, fue la primera
mujer que voló en el primer
servicio aéreo sureño. Los
pilotos del avión fueron los
famosos pilotos franceses Antoine
de Saint Exupéry y Jean Mermóz.
La
graciosa figura de esta mujer que
más tarde el destino
convertiría en la esposa de un
marino el capitán de fragata
Eduardo Nicolás Otaño.
Toda
su juventud se veía invadida de
diferentes sensaciones, tal vez
sus escasos años la autorizaban
a la inconciencia y le permitían,
ora estampar sus asombrados ojos
por las escotillas, para observar
el rostro de sus acompañantes,
de quien guarda algunos recuerdos.
Leonor
Landalde de Otaño viuda de
Landalde, es una persona muy
especial, cuyo vivido relato
trasunta la misma intensidad que
viviera en los momentos de ser
protagonista del histórico viaje.
Su
pasado: No
se puede hablar de esta mujer,
sin decir que habita ( como la
protagonista de una novela
romántica ) una imponente casona
dañada por la acción del tiempo,
pero que guarda en su amplísimo
salón de fiesta ya vació, el
recuerdo de gratas reuniones en
la que la sociedad maragata hacia
gala de sus mejores vestiduras,
dejándose llevar por la magia de
la música que fluía suave y
melodiosa de la antigua victrola
o de una orquesta, conformando un
bailé elegante, una reunión
galante y muy de la época.
Cuanta
veces aquella coquetas paredes
habitualmente decoradas, fueron
testigos de reuniones sociales en
la que Carlos Di Sarli
interpretaba magistrales temas,
en su calidad de amigo y
confidente del anfitrión y su
esposa. Aquella mansión cobijó
también el dolor de este
virtuoso músico bahiense, quien
llegó a Carmen de Patagones a
refugiarse de un mundo mezquino y
cruel, labro allí un camino de
amistad profunda y sincera que
continuo a través de los años y
llego a afianzarse mas tarde en
la pareja de Leonor Landalde y
Eduardo Otaño.
Una
relación permanente marcaba esta
relación que databa de una
época de tristezas par el
músico, una fluida amistad que
le permitió a Leonor Otaño
escuchar por ultima vez y
conducida por un hilo telefónico,
la voz de su querido amigo tan
solo 15 días antes de su muerte.
La
prestigiosa casa Landalde (
cobijada por sus cielorrasos,
pisos y paredes con la pureza y
tibieza del antiguo roble )
cuentas con escaleras interiores
y exteriores, pistas de baile y
plataforma para orquestas y
salones estructurados con
señorial belleza que, en
conjunto, configuraban el cofre
de recuerdos de esta distinguida
señora.
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