Cuenta en su memorial
Francisco de Viedma y Narváez,
que los descubridores del río
Negro se impresionaron tanto ante
el aspecto de su barra que
retrocedieron al puerto de
San José más al sur y dieron
por imposible su entrada.Fue
Basilio Villarino el piloto de la
armada real, que demostró lo
contrario y salvando los peligros
de la desembocadura remontó sus
corrientes en 1782 y 1783,
llegando un poco más arriba de
la confluencia del Limay con el
Collón Curá.
De aquella
expedición bastó para que
Viedma fundador, expresara que
la navegación del río
Negro no se presenta imposible
sino dificultosa, y esto es
accesorio a todos los
principios.
Medio siglo
después, en 1833, la goleta
Encarnación al mando de Nicolás
Descalzi con pocos elementos,
remonta el casi desconocido río
levantando un croquis a varias
millas norte, de la punta
occidental de la isla Choele
Choel.
Olvidada por
años, la idea de proseguir las
exploraciones del gran río de
los Sauces como lo denominaron
los españoles en sus derroteros,
en 1869 el gobierno recomienda
otro reconocimiento con el vapor
Transporte, capitaneado por el
oficial de marina Ceferino
Ramírez, debiendo detenerse por
circunstancias técnicas en el
extremo oriental de Choele Choel.
En 1872 una
nueva misión se encomienda al
teniente coronel de marina
Martín Guerrico a bordo del
vapor Itapirú en un recorrido
accidentado no superando el
trayecto de Ramírez y
posteriormente el periplo del
comandante Enrique Howard, hasta
la altura de la travesía de
Chichinal.
Sería el
comandante Erasmo
Obligado el que
determinaría con aproximada
exactitud las condiciones de
navegabilidad del río,
concluyendo en 1884 el período
de las exploraciones con el total
reconocimiento de su curso y del
lago Nahuel Huapí, por el
teniente de marina Eduardo
O´Connor.
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