Típico rancho de
adobe y tejas coloniales que se
conserva de principios de siglo
XIX. Su última dueña Carlota
Martínez de Ibáñez, de ahí el
nombre con que se la conoce.
Antes de acercarse a sus muros se
deberá trasponer la puerta del
patio rodeada de rejas y tunas
chumberas, oliendo a malvones,
retamas, aromillo y cedrón.Esas
tunas que hoy son sólo flor y
fruto codiciado por los vecinos
conocedores de su dulzura,
constituyeron en tiempos de los
malones una tradición defensiva
que con el reglamentario espesor
del largo de una lanza sirvieron
de defensa en tantos pueblos de
la Provincia de Buenos Aires.

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La
Carlota es un
rancho de
estilo colonial ubicado
en el Casco Histórico de
Carmen de Patagones. Con
el paso del tiempo se ha
constituido en uno de los
rincones más queridos
por los maragatos porque
una comunidad tan
orgullosa de su pasado
histórico no podía ser
indiferente a un
testimonio pleno de
significados y a la vez
dotado de armonía y
belleza. |
La
imaginación popular la hizo
durante décadas casa de
Mitre, entendiendo que
Bartolomé Mitre había habitado
en ella.
Cuando Emma Nozzi y sus rigurosas
investigaciones descubrieron que
Don Ambrosio Mitre padre del
prócer y tesorero del Fuerte
hacia 1 822 y sus hijos habían
vivido en realidad a varias
cuadras de este sitio, no
faltaron los vecinos ofendidos
que por mucho tiempo le
retacearon el saludo.
La casa
está edificada con nobles y
rústicos materiales: gruesos
muros de adobe, vigorosa
tirantería de madera hachuelada
y tejas musleras. ¿Musieras?.
Cuando usted las vea tan
irregulares, tan desiguales en su
ancho, piense que los muslos de
los maestros tejeros que servían
de molde no eran iguales.
Pero antes de acercarse a sus
muros deberá trasponer la puerta
del patio rodeado de rejas y
tunas chumberas, oliendo a
malvones, retamas, aromillo y
cedrón. Esas tunas que hoy son
sólo flor y fruto codiciado por
los vecino conocedores de su
dulzura, constituyeron en los
tiempos de malones una tradición
defensiva que con el
reglamentario espesor del largo
de una lanza sirvieron de defensa
en tantos pueblos bonaerenses.
El calor o
el frió de la jornada de su
visita serán atemperados en el
interior por las bondades del
adobe. Podrá recorrer aliviado,
entonces, sus tres habitaciones
destinadas a sala, dormitorio y
cocina, amobladas gracias al
aporte de los vecinos. Un espejo
tallado con una amorosa
dedicatoria, una cama de hierro
bellamente labrada en la que
Dominique Sanda y Federico Luppi
rehicieron para el cine los
escarceos amorosos de antaño,
bacinillas y jarras de porcelana,
braceros, fogón, moldes de velas,
rueca de hilar, cuadros de
refinados trenzados y bordados
con cabellos de difuntos, lo
situarán junto al relato del
guía en muy lejanos tiempos.
Tiempos en que Patagones
transcurría como un milagro, al
sur de las sucesivas líneas de
frontera en pleno dominio de los
ancestrales dueños de estas
tierras.
Hacia 1820, el Patagones que
había nacido cuarenta años
atrás, comenzaba a superar una
década en la que la aldea había
estado a punto de desaparecer.
Empero, una combinación
afortunada la salvó
transformándola en una pieza
importante de la economía
rioplatense.
El auge de la economía saladeril,
encontró en las ricas salinas
maragatas una fuente crucial de
abastecimiento. Prósperos
inversores instalaron aquí
saladeros, se extendieron las
estancias ganaderas y tierras de
pan llevar, haciendo prosperar a
las viejas familias pobladoras
que hasta entonces venían
sobreviviendo penosamente. Negros
traídos por corsarios y
deportados por causas penales,
aportaron los brazos necesarios
para la formidable expansión.
A la vez, la relación con los
tehuelches atravesaba uno de sus
mejores momentos estimulada por
una interesante combinación de
intereses con los criollos de la
población más austral del mundo.
En ese marco, el entonces
comandante José Gabriel de la
Oyuela, se encontró con que
Patagones no contaba con
albañiles capaces de construir
las viviendas requeridas por los
comerciantes estancieros
foráneos. Y reclamo ante el
ministro B. Rivadavia, encontró
pronta respuesta con el envío
compulsivo de dos maestros
albañiles cuya habilidad
fructificó prontamente en las
esperadas viviendas. Una de ellas,
especulamos, fue La Carlota.
¿Porqué Carlota?. Doña Carlota
Martínez de Ibañez,
descendiente de una de las
primeras familias pobladoras,
vivió allí hasta su muerte
acaecida alrededor de 1930, Casi
veinte años después, y cuando
la casa muy deteriorada era
refugio de linyeras, la
Municipalidad adquirió este
rancho en remate por
deudas de impuestos. Una
comisión integrada por
plásticos de la comarca se
propuso restaurarla y el 22 de
Abril de 1969 se la habilitó al
público. Es un anexo del Museo
Histórico Regional
Francisco de Viedma,
organismo del Banco de la
Provincia de Buenos Aires.
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