� Desde la colina Uni�n contemplaba con preocupaci�n el Poblado. El �ltimo contingente de soldados zul�es acababa de ser abatido en el flanco este de la muralla. Eran buenos luchadores, los zul�es. Conoc�an bien el terreno y no ten�an miedo a la muerte, as� que peleaban hasta el final. Adem�s les superaban ampliamente en n�mero: resultaba incre�ble la cantidad de negros que engendraban aquellas miserables aldeas, m�s a�n cuando en el Poblado uno de los problemas m�s habituales era la ausencia de hombres en edad de ser reclutados. Los zul�es asaltaban con simples troncos las pesadas torres ca�oneras que tanto les costaba construir a los operarios locales, y aunque despu�s de cada ataque no quedaba vivo casi ninguno, los estragos causados en el ej�rcito y en las defensas daban enormes quebraderos de cabeza al dirigente de turno, quienquiera que fuera el desdichado. Un importante sector del muro hab�a sido destruido en la �ltima contienda, y tres de las torres estaban bastante deterioradas. Nadie sab�a cu�ndo iban a volver los enemigos, lo m�s seguro era que tardaran a�n en hacerlo, pero con los pocos recursos con los que contaban apenas ten�an para reconstruir la zona, y a�n as� quedar�a la parte norte. La importancia del norte radicaba en que all� se encontraban las granjas y los yacimientos minerales, de los que depend�a el abastecimiento del ej�rcito y la supervivencia de los habitantes. Si se afanaban en proteger la entrada principal, aquel sector estrat�gico quedar�a desguarnecido. Cierto es que hab�a que dar un gran rodeo para llegar all�, y que eran varios los d�as de camino entre las escarpadas sierras, donde los v�veres y el agua escaseaban. A�n as� algunas veces los zul�es hab�an dado la vuelta, cogi�ndoles por sorpresa y causando gran n�mero de bajas. As� que lo mejor que se pod�a hacer era trasladar la maltrecha armada a las granjas, mientras los obreros reparar�an la muralla. Puede que las pocas torres que quedaban en pie en la entrada no fueran capaces de resistir un hipot�tico ataque nigeriano, pero seguro que les entretendr�an el tiempo suficiente para que el resto de las tropas volv�a al lugar.� Adem�s el Poblado ten�a a su favor la parte estrat�gica, pues los zul�es segu�an siendo una banda de indisciplinados; simplemente con que se les ocurriera dividir su ej�rcito en dos frentes podr�an decantar a su favor la batalla, pero por suerte atacaban siempre en un solo grupo: cientos de exacerbados como en trance, igual que los guerreros vikingos. En ocasiones los que se lanzaban sobre los tanques o los que trepaban por las torres consegu�an acceder al interior de esos mismos tanques y de esas mismas torres. Entonces empezaban a disparar en todas las direcciones, provocando una masacre en ambos bandos. S�, eran temibles, los negros, sin organizaci�n militar, exacerb�ndose sin ni t�ctica alguna. Uni�n se preguntaba a menudo qu� es lo que ocurrir�a cuando se organizaran. Los esp�as reportaban que hab�an desarrollado a nivel experimental armas de asedio. S�lo un par de prototipos muy arcaicos construidos con madera, que apenas supondr�an problemas para el Poblado, pero que indicaban el inicio de una evoluci�n, de un desarrollo. Hasta el momento el ej�rcito del Poblado, de menor arrojo, hab�a tenido ventaja gracias a la tecnolog�a, mas sin conseguir acumular los bienes suficientes como para seguir progresando. As� que de no acabar con los negros de una vez a la larga ellos les alcanzar�an. �Pero c�mo pod�an acumular recursos si �stos apenas daban para reparar los estragos de cada batalla? Ojal� pudiera parar la guerra -pens� Uni�n-, aunque s�lo fuera para ganar tiempo. Era una idea de lo m�s est�pida y el General se reproch� de inmediato haberla tenido. Nadie se lo hab�a dicho, pero muchos cre�an que era est�pido. Era demasiado blando. Cuando ni�o los psic�logos hab�an dicho que su inteligencia era superior a la media. La evoluci�n que sigui� luego fue siempre positiva, de hecho durante todo su periodo acad�mico hab�a destacado como estudiante. Pero luego �se volvi� tonto sin darse cuenta o era simplemente que no encajaba? Al fin y al cabo, sol�an elegir como general al m�s idiota y, sea como fuere, algunos de sus �ltimos pensamientos hab�an sido poco brillantes, consum�a demasiada energ�a en fantas�as que no llevaban a nada. Ni los m�s viejos de la aldea recordaban cu�ndo hab�a empezado el enfrentamiento contra los zul�es, y todo el mundo conoc�a que no terminar�a hasta que uno de los dos bandos resultara aniquilado. Ni siquiera se hab�an preocupado por aprender el idioma zul�, para enviar alg�n negociador a su poblado. No, imposible, all� no hab�a sitio para ambos pueblos.
� Uni�n se volvi�. Hab�a notado la mirada de su amigo Dani sobre la suya. El efecto de esa mirada era el de una mano que le apretara el hombro en se�al de apoyo. Los dos compart�an la dificultad del momento. A menudo se quedaban en silencio, pensando posiblemente las mismas cosas, como si hubieran olvidado la presencia del otro. Cuando dos personas piensan o sienten lo mismo, se convierten en un s�lo ser humano con dos cuerpos. Sus cerebros, sus almas, son iguales, al menos durante ese preciso instante. Por eso los seres humanos ocupan toda su vida en rodearse de gente que comparte sus opiniones. Uno deja de sentirse la equivocaci�n� del Universo, el vac�o solitario del mundo. Dani era el �nico amigo que ten�a, junto con Joes, sobretodo despu�s de la desaparici�n del Txusta. �Que habr�a sido del Txusta? Acaso hab�a intentado entrar en Madrid, y las torres l�ser lo hab�an fulminado al instante, como a tantos otros que perd�an el juicio y acababan por inmolarse. Con el Txusta hab�a vivido los momentos m�s gozosos de su vida, cuando fueron en coche a Mosc� a ver a su equipo, el Valencia.
� -Si pudi�ramos contar con torres l�ser, todo ser�a diferente.
� Otra vez estaba fantaseando, sin atender a la l�gica. Dani lo sab�a, y por ello emple� un tono de voz especialmente emp�tico cuando dio la r�plica que Uni�n esperaba.
� -Necesitamos mucha comida y oro para pasar a la edad digital. Para ello tendr�amos que descuidar las defensas, y los zul�es se nos jalar�an.
� El General volvi� la vista hacia el mar. Tanto espacio sin ocupar, y ellos all� peleando por dos palmos de terreno. Pero el mar nunca hab�a dado nada. Esa inmensa masa gris sin vida. Al este del Poblado quedaban los ra�les del tranv�a, que unos operarios de color azul utilizaban como camino, llevando de un lado a otro sus carretas repletas de material. Ten�an que discurrir por el carril m�s cercano al Poblado, pues de lo contrario las torres l�ser acabar�an con ellos inmediatamente. Ser�a terrible que alg�n d�a los madrile�os aumentaran el alcance de esas torres. �Era eso posible? Seguramente s�, pero por el momento prefer�an gastar sus recursos en investigar y producir otras tecnolog�as. Pero el d�a en que los madrile�os consiguieran aumentar el alcance de sus torres no les avisar�an, eso por descontado, y por mucho que la noticia se transmitiera en poco tiempo, caer�an bastantes personas hasta que toda la poblaci�n local asumiera los nuevos l�mites. (A la larga, todo el Poblado tendr�a que rendirse o ser�a cruelmente emparedado entre los negros y� los madrile�os). Hac�a mucho tiempo, los habitantes de la capital hab�an colocado varios centenares de torres l�ser alrededor de su ciudad, haciendo de la frontera un lugar tan seguro que hab�an acabado por llenarla de bosques y de jardines, que eran atravesados por los apacibles trenes de cercan�as. Desde la colina se ve�an muchas familias madrile�as que iban a pasar el d�a en los jardines, sobretodo los domingos. Dec�an los sabios del lugar que Madrid era una ciudad tranquila y segura, donde la gente no se sent�a amenazada por la posibilidad de una invasi�n. Nadie les hab�a atacado en siglos, y ello les hab�a posibilitado adquirir un alto nivel de vida. S�, en la tele hab�a visto elegantes palacios, glamurosos cines, atrayentes tiendas, restaurantes de lujo. Pero ello no ten�a por qu� ser verdad. Todo el mundo sab�a que la televisi�n ment�a, que cada canal contaba las cosas a su manera. Muchos pensaban que era imposible que cualquier asentamiento humano contara con m�s de un lugar para comprar. En el Poblado no hab�a m�s que un centro comercial, y el hecho de hacer las compras en sitios alejados se les antojaba una p�rdida de tiempo inconcebible. Pero la duda la tendr�an siempre. �No era Madrid inmensa? Nadie de ellos hab�a logrado entrar, as� que nadie sab�a qu� es lo que escond�an en realidad aquellas torres.
� Hab�a que pasar a la acci�n, as� que Uni�n y Dani se pusieron en marcha. Esa misma noche ya ten�a Uni�n que pasar revista a las tropas y empezar a organizarlas. No era frecuente, pero en ocasiones los negros atacaban dos veces seguidas. Ojal� esa posibilidad no se cumpliera, pues las consecuencias resultar�an devastadoras, supondr�a de verdad comenzar con mal pie.
� Se ve�a un ca��n de enorme profundidad, un enorme abismo que sin embargo no representaba sino una peque�a grieta en mitad del desierto, que se presum�a gigantesco; se ve�an los rayos del sol rebotar en los riscos del desierto con una violencia extrema, apabullante, como si todo estuviera a punto de fundirse como la cera de un cirio. La sola visi�n de ese desierto espantoso provocaba en el esp�ritu del espectador una dolorosa sensaci�n de terror, una angustia metaf�sica que surg�a desde el fondo de la propia alma y que acaba por quemar en silencio toda el alma, sin afectar al cuerpo, como si la humanidad entera hubiese sido condenada por ese desolador p�ramo, por ese error abominable que todo lo abarcaba. En la parte m�s cercana al ca��n, sobre el terreno agrietado y �rido, hab�a cinco o seis casas campesinas. Las casas no eran casi nada en la infinitud del paisaje; apenas unas manchas diminutas en aquella toma desde arriba. Pero cualquiera que hubiera forzado la vista habr�a distinguido la modest�sima arquitectura de madera, de un arisco color entre marr�n y gris�ceo, sin apenas ventanas ni puertas. Los tejados estaban pintados de verde, y alrededor de las casas no hab�a aceras, ni bancos, ni �rboles, ni personas.
� La segunda imagen mostraba esas mismas casas, aunque esta vez en un primer plano, de manera que el desierto y el precipicio apenas se adivinaban, y la reducida sombra de los tejados mitigaba levemente los furores solares. Eran casas tristes, muy tristes, pero de una tristeza solemne, tr�gica y muy humana. El �nico adorno que pod�a distinguirse era un florero con un par de rosas marchitas, que estaba situado en uno de los polvorientos alf�izares.
� Para la presentadora del noticiario de la cadena de televisi�n oficial, esa segunda imagen, que hab�a sido mostrada por el noticiario del canal de la oposici�n, era aterradora. Al aumentar el tama�o de las casas y reducir el precipicio, minimizaba la naturaleza, negaba la existencia de Dios y pon�a en primer plano la obra humana, lo que dejaba al hombre realmente s�lo contra el abismo: una idea pavorosa, la angustia del Ser enfrentado contra la Nada. Pero adem�s, por si eso no impactaba suficiente, la locutora a�adi� algo que todo el mundo sab�a: el telediario de la oposici�n estaba utilizando medios subliminales de terror existencial, para causar mayor impacto entre la gente. Era de sobra conocido por todos que su propio canal utilizaba tambi�n esos medios, pero de ello la comentarista no dijo nada. Luego se mostraron unas im�genes, a todas luces inmorales y poco serias, en las que el conocido presentador calvo de la competencia presentaba su telediario narrando las noticias al o�do de la otra presentadora con degradante dulzura. En algunos momentos sus labios se rozaban -inmoralidad totalmente fuera de lugar-, como demostraba la imagen congelada y ampliada por el telediario de derechas.
� A continuaci�n se volv�a a la primera visi�n: primer plano del gran desierto y del ca��n, con las casas en peque�ito. Era un ejemplo de periodismo �tico y comprometido, pues la secuencia es met�fora de la infinitud y de la inescrutabilidad de la obra de Dios, que no es desolaci�n sino amparo. El ser humano puede as� tener fe en una perdurabilidad sobrenatural m�s all� de la muerte.
� Uni�n apag� el televisor. Quiz�s el vulgo se complac�a en sufrir, pero �l no pod�a soportarlo. En el sal�n de su casa se respiraba un silencio triste, los movimientos y los latidos se ralentizaban. Su madre estaba plantada en el umbral, observ�ndole, como una sombra. Le pareci� una sombra ben�vola, que transmit�a cari�o y comprensi�n. Pero no, no era eso, no era s�lo eso. La decisi�n estaba tomada, y sus ojos irradiaban infinita compasi�n: fue como si en ese momento se desatara de ella para siempre, como si un cord�n umbilical invisible se rompiera. No estaba ya aferrado a nada, su esp�ritu helado, como un trapecista en el silencio infinito y vacuo de la galaxia, saltando hacia ninguna parte. En aquel silencio se revelaba en toda la crudeza el instinto, las relaciones directas, inmediatas, entre las personas. Uni�n hab�a llevado hasta el extremo el salto ag�nico que ya hab�a hecho su padre con anterioridad. Su padre hab�a ca�do de pie, pero consciente de que hab�a hecho trampa, pues no hab�a saltado con todas sus fuerzas. A fin de cuentas nunca les hab�a abandonado del todo. Uni�n hijo hab�a saltado m�s lejos -�o le hab�an empujado?-, y hab�a ca�do much�simo m�s bajo.��
� Uni�n anduvo toda la tarde vagando por el centro comercial, mirando a un lado y al otro, sin fijarse en realidad en nada, caminando lentamente, como un alma en pena. Eran muchos los colores, los sabores, infinitos los productos, pero de ellos pocos le atra�an. �Por qu� todo el mundo acud�a all� cuando no ten�a nada que hacer? Pens� que sus conciudadanos eran como ni�os: no ten�an dinero para reforzar la muralla y rechazar para siempre a los pobres diablos zul�es, pero manten�an despierta aquella enorme met�fora de la realidad f�sica. Aquella fastuosa y policrom�tica mentira, aquella absurda analog�a de la vida, que era a la vez la misma vida, est�pida como aquella vida. Con que pudieran construir una docena de tanques ganar�an la guerra, pero se contentaban con comprar bagatelas multicolores. Uni�n lleg� a la zona del supermercado y oy� a uno de los negros. Los negros esperaban a la salida de las cajas, y cuando las marujas sal�an con sus bolsas les susurraban:
� -Vuduuu...
� Era como los moros que ofrecen hach�s en las callejuelas, en las esquinas. Un susurro morboso, discreto pero a la vez contundente, con el que atrapan la atenci�n de los compradores. En este caso los nigerianos lo pronunciaban enfatizando el aspecto terror�fico y a la vez m�gico del asunto, con un tono de voz similar al que pondr�a un adulto que intentara asustar a un ni�o mientras le contara un cuento de miedo.
� -Vuduu...-Y la se�ora se deten�a. Por unas miserables monedas los nigerianos hac�an magia negra a quienes las amas de casa desearan. Lo hac�an all� mismo, tranquilamente, con mal disimulo, como si estuvieran compr�ndoles collares y sortijas. Los negros sacaban el mu�equito y lo torturaban in situ, las se�oras siempre se llevaban alg�n objeto para que se notara menos. Marujas contra marujas lanz�ndose sortilegios, vecinas contra porteras, madres contra suegras. Era el deporte nacional femenino, aunque nunca se hablara de ello. Mientras los hombres participaban en una contienda absurda que no ten�a ni principio ni fin, las mujeres tambi�n se daban le�a, pero de manera simb�lica. Uni�n se pregunt� si �l mismo hab�a sido objeto de magia negra. No, �l no cre�a en esas cosas, por mucho que llevara la desventura a cuestas.
� -Vuduuu..������
� Uni�n reconoci� la voz de su amigo Joes. Intercambiaron una sonrisa y luego sali� a la calle a esperar a que acabara de trabajar. Joes estaba intentando engatusar a una mujer de unos cincuenta a�os, que acababa de salir de la zona de las cajas. Como los otros vendedores de vud�, pretend�a parecer fascinante y terror�fico, pero dada la simpat�a de sus facciones y de sus modales resultaba demasiado divertido. A pesar de ello, o quiz�s precisamente por esa raz�n, la cosa le funcionaba bastante bien. La mayor�a de las se�oras lo conoc�an y lo encontraban muy simp�tico, pese a ser nigeriano, as� que se deten�an a charlar con �l y acababan compr�ndole algo de vud� para pasar el d�a.
� Desde el exterior del centro comercial, Uni�n contemplaba la transacci�n a trav�s de los escaparates. En ese momento le era imposible saber lo que Joes y la se�ora dec�an, pero Uni�n repar� en la gran expresividad del negro, que aderezaba su discurso con amplias sonrisas, y que gesticulaba con las manos de manera ostensible. Era un ni�o grande, Joes. Desde luego no era idiota, pero apenas utilizaba su inteligencia, principalmente porque no le hac�a falta. Mientras que en Uni�n todo era premeditado -intelectual, y por lo tanto artificial-, Joes tomaba decisiones correctas sin necesidad de pensar. Y el resultado de la uni�n de ambos era un d�o realmente pintoresco, pero que se complementaba y se compenetraba bastante bien. A menudo entraban juntos en alguna tienda del centro comercial, hablando en voz alta, y su conversaci�n era tan graciosa que las dependientas se desternillaban desde detr�s del mostrador. Ojal� Uni�n tuviera el arrojo y la decisi�n de su amigo. Las cosas le ir�an de otra manera.�
� Uni�n esper� a que su amigo terminara la transacci�n, luego salieron juntos a dar un paseo. Hablaron un poco de cine, de sus proyectos cinematogr�ficos. Esas estupendas historias en las que tanto confiaban y que hab�an conseguido enviar a las productoras madrile�as, pero que hab�an sido recibidas con evasivas. Joes era optimista por naturaleza y todav�a conservaba la esperanza. Uni�n no lo ten�a tan claro. Sus guiones eran muy superiores a los de las pel�culas que ve�an por ah�. Pero ello resultaba una dificultad a�adida, m�s que una baza a su favor. Si consiguieran un productor estaban salvados. Ir a Madrid con una visa oficial. Expresarse art�sticamente. Mucho dinero. Chicas f�ciles. Ten�a que darle la noticia. Y sin embargo, le pregunt�:
� -Joes, �por qu� haces vud�?
� -Soy zul�, mi padre es nigeriano.
� -T� eres muy inteligente, Joes. Y has conocido muchas personas y sitios.
� El negro replic� con tristeza:
� -Sabes que a m� no me gusta hacer vud�? �Te crees que a alguno de nosotros le gusta hacerlo?
� Hubo un silencio, se respiraba cierta amargura. Joes acostumbraba a hablar r�pido, haciendo brotar las ideas con fluidez y desenvoltura, de hecho hab�a aprendido a hablar perfectamente el espa�ol en muy poco tiempo. Pero cuando trataba temas tristes meditaba mucho su discurso. Uni�n supo enseguida que segu�a cavilando, que no esperaba una respuesta a su pregunta, as� que esper� a que prosiguiera sin apremiarle.
� -Los negros que llegamos aqu� venimos con las ideas claras -continu� Joes al fin-. Sabemos que nos bombardear�n si intentamos escapar. Nuestro sacrificio es tambi�n nuestra venganza, nuestra lucha. Al que viene aqu� lo odian en el Poblado, pero tambi�n en Nigeria. �Sabes cu�ntos nigerianos hay haciendo vud� en Madrid?
� -Yo cre�a que no hab�a ninguno.
� -Es mentira. Los telediarios no lo dicen, pero hay casi medio mill�n. Los llevan a escondidas, por los t�neles secretos. No pueden vivir sin ellos, los necesitan.
� -Se supone que en Madrid la gente es feliz.
� -Por eso mismo. La gente s�lo es feliz cuando muere. Cuando mata y cuando muere.
� Anduvieron en silencio, durante un buen rato, y antes de separarse volvieron a hablar, por momentos, de cosas banales. Uni�n se dio cuenta de que no iba a poder dec�rselo.
� Uni�n ten�a ya la cabeza en otro sitio. Su vida iba a ser desde entonces lucha. No ya lucha contra s� mismo, sino una met�fora de su propia lucha. �l no la deseaba la guerra. Es m�s, en el fondo de su conciencia ni siquiera la consideraba necesaria: hasta en eso se diferenciaba de sus conciudadanos. En el Poblado no hab�a individuos felices ni infelices, excepto los extranjeros como Joes, que viv�an en las peores condiciones y a�n as� les superaban en alegr�a. Para los dem�s la guerra era lo natural, no hab�an conocido otra forma de vida, hasta el punto de que despreciaban a aquellos que pensaban demasiado y que no serv�an para pelear, como nuestro protagonista. Incluso carec�an� del concepto de para�so que era com�n a todas las civilizaciones, una forma de pureza y de existencia id�lica que les fuera a ser restituida en la antig�edad, o que les hubiera sido arrebatada en el futuro. En cuanto a la vida de Madrid, s�, parec�a dichosa, pero todo el mundo ve�a a Madrid como algo remoto e inaccesible, por mucho que lo tuvieran pegado a su hogar: s�lo los locos aspiraban a ella. Aquellos hombres s�lo contaban con la muerte, real o simb�lica: matar y volver a matar, y volver a matar, y volver a matar. Quiz�s las �nicas personas traumatizadas del Poblado eran las amas de casa, las marujas, las que no mataban con sus propias manos. Uni�n se dijo que estaban enfermas, muy enfermas, incluso m�s que �l.
� A Helena la hab�a conocido en la playa, unas semanas atr�s, y Uni�n la consideraba la chica m�s hermosa del mundo. Pose�a una belleza alegre y encendida, en una �poca en la que en el Poblado no hab�a bellezas alegres, sino bellezas remilgosas y estiradas como barbis. Sol�an dar largos paseos por la arena, junto a las casas deshabitadas y los muelles antiguos. Nunca se citaban, simplemente a ambos les gustaba el lugar, as� que de tanto en tanto se encontraban all�. Aquel sitio era triste, lleno de ruinas, pero bien mirado ten�a su encanto, con el enorme dirigible, recuerdo de edades antiqu�simas, superviviente de mil batallas, con la fachada mar�tima de antiguas casas de estilo germ�nico que se manten�an en pie a duras penas, con los viejos muelles de madera donde anta�o los barcos se avituallaban. No hab�a otro lugar hermoso en el mundo, al menos en aquellos horrorosos alrededores de Madrid que para ellos eran el mundo. Excepto Jacaranda, claro, un lugar bello y enigm�tico. Jacaranda era encantador; un pueblo sobrenatural, m�tico, con un castillo antiguo, con murallas, adem�s no quedaba demasiado lejos. De hecho Uni�n hab�a ido andando, a trav�s las monta�as, con sus amigos, hab�a tardado tres d�as en llegar. Se hab�a enterado por casualidad de que exist�a, en unos viejos folletos tur�sticos que hab�a en su casa, entre los libros. Su familia le recrimin� ese viaje, era joven y estuvo castigado much�simo tiempo. Pues �qu� era� Jacaranda sino un pueblo en donde ya no viv�a nadie? A ninguna persona del Poblado se le hubiera ocurrido visitar aquel sitio.
� -Mi novio me llev� una vez a Jacaranda, en su coche, fue maravilloso, pero tuve que estar tres meses convenci�ndole para que fu�ramos?
� Otra vez. Uni�n not� que su coraz�n se helaba. Siempre hab�a considerado la posibilidad de que Helena tuviera pareja, pero conforme pasaban los d�as y la ve�a siempre sola, se hab�a empezado a forjar esperanzas. La esperanza es lo peor en esta vida, esperanza significa que tu vida es miserable y que no puedes cambiarla. Pero ella sent�a algo por �l, lo sab�a, lo hab�a visto en sus ojos. Adem�s, Jacaranda le tra�a muy malos recuerdos. As� que disimul�:
� -Yo tambi�n la conozco, y me gustar�a volver. Pero si pudiera, lo que m�s me gustar�a es ir a la ciudad, a ver al Valencia. Pero ya se sabe, esas malditas torres...
� -Yo tambi�n soy del Valencia -dijo Helena con tristeza-. Y me parece terrible que la mayor�a de los aficionados no podamos ir al campo. Dar�a cualquier cosa por volver a pisar Mestalla.
�Uni�n se sorprendi� por el hecho de que Helena fuera aficionada al f�tbol, y adem�s del Valencia. Pero a�n m�s le sorprendi� que hubiera estado en Madrid. Ella se dio cuenta de su perplejidad.
� -�Nunca te lo he dicho? -dijo- Yo nac� en Madrid, aunque luego mi padre se arruin� y tuvimos que escapar de la ciudad por las deudas. �bamos todas las semanas a Mestalla -se le encendieron los ojos, sonri�-, yo toda vestidita con el uniforme del equipo, la bufanda, el gorro... Me hubiera gustado ir a Mosc�, a ver la final, pero era una locura.
� -Yo fui en coche, cinco horas seguidas de camino, y a�n as� vali� la pena. Alg�n d�a averiguar� la forma de que entremos en Madrid, y te llevar� a ver al equipo.
� -Dios te oiga.
� Helena se march� pronto. Nunca prolongaban demasiado sus paseos, su afinidad era comuni�n en el instante. �l la sigui� con la mirada, sus cabellos morenos y lisos, sus graciosos andares, nerviosos, r�pidos, sincopados. Luego, cuando ella hubo desaparecido, se sent� a contemplar el mar, cosa que sol�a hacer cuando se sent�a bajo de �nimos. Una vez so�� que era marinero, pero no un marinero de guerra como esos rusos que un par de veces al a�o atacaban todav�a el Poblado antiguo, y que un tiempo atr�s les hab�an obligado a retirarse tierra adentro. Un aventurero de los mares, semejante a los robinsones que hab�a conocido en aquellos viejos libros, extra�os libros que su padre conservaba todav�a en casa, aquellos libros en el que el mar no era triste y gris sino que era azul y verde y estaba lleno de luz y de vida.
� La enso�aci�n de Uni�n se vio detenida de s�bito, pues irrumpieron en el horizonte un par de oscuras figuras que parec�an barcos. El Poblado hab�a estado mucho tiempo enfrentado en el mar con los rusos, hasta que se vio que era imposible mantener una guerra a la vez con ellos y con los zul�es. Antes de ello, hab�an construido incluso muelles y astilleros, barcos y submarinos. Pero al fin y al cabo el mar s�lo ten�a ya un valor estrat�gico, y ellos nunca podr�an atacar Rusia. As� que lo abandonaron, traslad�ndose un centenar de metros tierra adentro. Desde entonces los barcos rusos se acercaban al Poblado un par de veces al a�o, simplemente para comprobar que no se estaban rearmando y para torpedear los edificios que quedaban en pie, sin desembarcar, solo por deporte. Uni�n ya distingu�a los barcos. Dos destructores acorazados acompa�ados por sendos submarinos. Lo de siempre. Nada que hacer all�. Hab�a que huir. Pero, �por qu� no quedarse? Uni�n se pregunt� si era un cobarde. Quiz� los torpedos de defensa todav�a funcionaran. Podr�a cubrirse de gloria. �Ser�a capaz? Ech� a correr hacia la torre.
�� Muchos de los tramos de la escalera que alcanzaba la parte alta de la torre estaban impedidos o destrozados, as� que tard� varios minutos en llegar arriba, poniendo varias planchas de madera entre los vanos, y tuvo el tiempo justo para activar los torpedos, cosa que hizo sin apenas mirar, pues �stos se guiaban por el calor de los blancos. Puso el lanzamiento de torpedos en autom�tico y estos empezaron a dispararse hacia el enemigo.
� Hab�a que huir deprisa. Los barcos casi hab�an llegado a la costa, y era normal que los enemigos dispararan a la torre que les hab�a atacado a ellos. Uni�n baj� a toda prisa las escaleras. Pens� que si ca�a una bomba cerca estaba muerto. Una terrible explosi�n hizo temblar los cimientos de la torre, que se vino abajo apenas unos segundos despu�s de que nuestro protagonista se hubiera alejado de ella.
� Pudo contarlo de milagro, pero lo peor vino despu�s. Uni�n hab�a encendido los torpedos autom�ticos sin mirar, y dos �ltimos torpedos hab�an salido de la torre unos instantes antes de la explosi�n. Pues bien, los torpedos anteriores hab�an hundido a los cruceros, pero los submarinos hab�an sacado sus ruedas y discurr�an lentamente por la l�nea de playa, sobre la arena. Con ellos iba un Jumbo 747. Un escalofr�o recorri� la piel de Uni�n. Probablemente el avi�n estaba lleno de civiles.
� Cosa de los periodistas. A menudo preparaban matanzas de civiles para mostr�rselas al populacho en los telediarios y en los peri�dicos. Este tipo de maniobras nunca se reconoc�an, pero el populacho estaba seguro de que exist�an. A�n as�, nadie se quejaba. Todos deseaban espantarse contemplando el sufrimiento y la muerte de inocentes, as� que los �ndices de audiencia sub�an como la espuma.
� Los torpedos, guiados por el calor de los motores, se debat�an entre los submarinos y el avi�n, y Uni�n contemplaba atemorizado el panorama: si alcanzaba el avi�n morir�an cientos de personas. Al fin uno de los submarinos fue alcanzado. Su explosi�n alcanz� al aeroplano, que sali� disparado dando vueltas y encall� entre las casitas del poblado antiguo. El viejo zepelino salt� por los aires y empez� a botar ca�ticamente por la playa. Uni�n pens� que si le ca�a encima morir�a en el acto, pero el globo bot� en otra direcci�n y se fue al mar. Antes tir� abajo un edificio del que s�lo quedaba la fachada. La fachada cay� encima de una anciana que inexplicablemente estaba en esos momentos en el paseo, y Uni�n calcul� que la anciana pod�a tener suerte y sobrevivir, porque cuando la fachada se derrumb� de una sola pieza estaba en el lugar en donde deb�a de caer el vano de una de las ventanas. Pero probablemente los c�lculos de Uni�n hab�an sido inexactos, porque el edificio estaba en el suelo y de la anciana, que tendr�a que estar de pie como si nada, no hab�a ni rastro. Unos d�as despu�s el ej�rcito apareci� en casa de Uni�n para comunicarle su nueva situaci�n. No qued� claro si su candidatura estaba ya decidida de antemano, pues llevaba tiempo rumore�ndose, pero es bastante probable que lo acaecido en la costa precipitara los acontecimientos.
� La c�rcel blanca se encuentra junto a la playa, y desde la playa se puede ir caminando hasta la otra orilla, pues el oc�ano apenas alcanza como m�ximo un cuarto de metro de profundidad. Adem�s siempre es de d�a. Son casi tres horas de paseo bajo el sol, pero el ex presidiario las agradece, sobretodo si se ha visto obligado a permanecer por mucho tiempo entre los fr�os barrotes.
� En la ciudad se puede comer algo y dormir -all� s� que se hace de noche-. Al d�a siguiente se camina tierra adentro bordeando la selva hasta superarla, momento en el que se alcanza una especie de sabana. En la planicie, a varios kil�metros de distancia del agua, se encuentra el puerto de la isla, donde los capitanes atracan sus barcos sobre la arena, donde los estibadores descargan d�a y noche mercanc�as sin destino, donde los hombres valerosos comienzan su carreras de aventura y de gloria.
�� Era un hermoso d�a soleado. El sol incid�a sobre las cosas, se dir�a que de la realidad se ve�a brillar cada part�cula. Mientras sub�a a cubierta, Uni�n contemplaba con admiraci�n a los otros marineros, hombres recios y audaces, como esos robinsones que conoc�a de� los libros.
� S�lo un hecho provocaba cierta desaz�n a nuestro protagonista. Lo hab�a sospechado con anterioridad, pero en ese momento lo pudo comprobar: la tripulaci�n no contaba con ninguna mujer. No hab�a estado nunca con ninguna, y desde hace tiempo anhelaba hacerlo. En fin, quiz�s cuando llegaran al puerto de una gran ciudad europea. Ahora ten�a algo m�s importante: el mar, que era para �l todas las mujeres. Al d�a siguiente partir�an hacia el Mediterr�neo. Por ahora el antiguo velero estaba atracado tierra adentro, junto a la selva.
� Por la noche Uni�n no se movi� de la posici�n que ten�a asignada en el castillo de popa del velero. Tantas ganas como ten�a de iniciar sus aventuras que no le molest� ni la lluvia. Fue la t�pica lluvia marina de los d�as despejados, violenta pero ef�mera, que dura hasta que el barco supera la �nica nube. Despu�s Uni�n volvi� a ver las estrellas, las estrellas que estar�an con �l durante todo el camino, las estrellas que durante tanto tiempo hab�an guiado a los antiguos.
� Cuando estaba amaneciendo uno de los marineros le avis� de que el encargado le estaba esperando en las d�rsenas. Uni�n acudi� a las oficinas. El hombre le comunic� que deb�a cambiar de barco, pues hab�a de incorporarse al que capitaneaba su propio padre. Navegar con su padre era una buena noticia, pero el nuevo barco era moderno y carec�a del rom�ntico encanto del antiguo. Al fin el se�or Uni�n le llev� a la cabina de proa y le present� al capit�n, la �nica persona que les acompa�ar�a en sus periplos marinos. Era un hombre calvo y simp�tico, con el t�pico uniforme blanco y la gorra de marinero. Expres� su deseo de que Uni�n aprendiera pronto y fuera capaz de hacerse con los mandos. Al fin y al cabo no era dif�cil manejar ese trasto, seg�n le explic� su padre. Aunque su forma era la misma que la de cualquier ferri moderno, ten�a ruedas y se conduc�a como un coche. Por ahora, la misi�n de Uni�n consist�a echarse al agua cuando llegaran a los lagos con cataratas ascendentes de la selva, nadando por delante del bajel para ir comunic�ndole los caminos adecuados. Mientras tanto pod�a acomodarse para contemplar el paisaje castellano: kil�metros y kil�metros de llanura desolada a ambos lados de la carretera.
� Llegaron a la selva. Uni�n se lanz� al agua, tal como era su cometido. Era una especie de charca, estrecha pero muy profunda, rodeada de matorrales. En su cara not� el sol, y el agua contra su cuerpo. No estaba fr�a ni caliente, pero tampoco estaba templada: simplemente carec�a del concepto de temperatura. Uni�n sinti� que hab�a escapado de la realidad, y s�lo el sol parec�a cierto. Buce� hasta que dio con una salida por detr�s de los matorrales. Hab�a una cascada, no demasiado inclinada, por donde el agua sub�a hacia la cumbre. Esa cascada pod�a ser aprovechada por el barco para iniciar el ascenso. Volvi� la cara y lo comunic� a su padre; �ste condujo el barco hasta la charca y ascendieron.
� Los sue�os marinos de Uni�n terminan ah�. Era la �ltima jornada antes de llegar a su destino y el contingente viajero estaba formado por cuatro o cinco j�venes. Hab�an dormido muy a gusto en la posada, sobre lechos de paja, despu�s de un par de noches al aire libre. Medio d�a m�s de camino y ya lo habr�an logrado.
�� Todos re�an y bromeaban -para la mayor�a de ellos iba a ser la primera y �ltima aventura de su vida-, pero el cansancio empezaba a pasarles factura. A todos, excepto a Uni�n, claro, que no hac�a m�s que darles prisa. La posadera les hab�a dicho que no molestaran a ninguno de los caballeros que merodeaban por los caminos, si segu�an ese consejo no ten�an nada que temer. Pero a�n as� los j�venes empezaban a ponerse nerviosos.
� Uni�n y Dani apenas se separaban. Eran amigos desde la infancia, los mejores amigos. Hab�an crecido jugando juntos y juntos estaban descubriendo los primeros secretos de la vida. �ltimamente el asunto era las chicas. Hasta ahora no hab�an tenido nada. Es verdad que hab�an hecho los primeros intentos de jugar las bazas con las que contaban. Dani era muy atractivo. Ten�a los cabellos amarillos y los ojos azules y unas facciones que m�s que hermosas resultaban simp�ticas, muy vivas. Uni�n, por su parte, era bastante feo, de rostro afeminado, pero compensaba su fealdad con un admirable verbo, y ten�a tambi�n un extra�o tipo de inteligencia, as� como una cultura desmesurada para su �poca y para su edad, que a menudo causaba extra�eza incluso entre los adultos m�s cultivados del Poblado. Aunque los dos eran demasiado t�midos, y s�lo en eso se parec�an. La de Dani era una timidez natural, la de Uni�n una timidez intelectualizada. La duda metaf�sica de Hamlet, seg�n comentaba a veces �l mismo, sin que nadie supiera a que se refer�a. Pero a ambos la timidez les restaba muchos puntos. Eso y los extra�os papeles que parec�an estar destinados a ocupar en la sociedad. Uni�n estaba como fuera de la misma. Daba la impresi�n de querer que le marginaran. Dani se dejaba llevar por su amigo, que era para su familia la t�pica mala influencia. A veces Uni�n se burlaba de �l, aprovechando su superioridad intelectual, aunque �l no sol�a hacer demasiado caso. En el fondo Uni�n admiraba la espontaneidad de su compa�ero, y aunque sus bromas no fueran m�s que asunto de chiquillos, durante mucho tiempo lament� con toda el alma haberlas hecho. Pero eso corresponde al futuro.
� En el escaso hueco que existe entre dos empinadas monta�as, entre dos verdes monta�as de la sierra de Madrid, se encuentra la puerta de entrada a la antigua ciudad de Jacaranda. Esta puerta no es m�s que un peque�o arco de piedra, r�stico, sin adornos ni accesorios de ning�n tipo, que cubre el hueco entre las faldas de las dos monta�as ya mencionadas. No permite ver nada de lo que hay adentro, ni si quiera promete tener algo que ofrecer.
� Ese panorama decepcion� a los chavales, que esperaban encontrarse algo m�s espectacular. Pero adem�s, la cosa estaba envuelta en un halo de misterio. Si la ciudad era tan interesante, �por qu� nadie iba a verla a nunca? �no estar�a encantada? Era una ciudad abandonada �y por qu�, si estaba tan bien protegida? Situada entre monta�as, con una sola entrada, era perfecta. �Por qu� no hab�an trasladado el Poblado all�?
� -Los mayores no se enteran de nada -coment� Uni�n, con convicci�n- seguro que no saben ni que existe. Por eso no hablan de ella ni se les ocurre venir a verla.
� -S�, los padres s�lo piensan en el dinero y en la guerra. Mi madre siempre est� con el vud�.
� -S�, son un asco.
� -He le�do en los libros que en el pasado los padres llevaban a los ni�os a hacer cosas divertidas. Al zoo, al cine, a la monta�a.
� -!Bah! Eso s�lo es en las pel�culas.
� -Si nos llevaran por ah� morir�amos. Nosotros no sabemos luchar, como ellos.
� -Pues que nos protejan.
� -Diablos, se creen que por regalar un juguete de vez en cuando ya son buenos padres.
� -Y luego se quejan si nos escapamos.
� Al fin se decidieron a entrar. Lo hicieron despacio, mirando a todas partes. Uni�n caminaba m�s deprisa. Llevaba la c�mara fotogr�fica en una mano, y describ�a trayectorias aparentemente ca�ticas, buscando las mejores tomas. Al atravesar la puerta de Jacaranda se llega una especie de patio, de unos cuatro metros cuadrados, rodeado en tres de sus cuatros lados por modestos muros. Estos muros, pese a su modestia, provocan una sobrecogedora sensaci�n de claustrofobia. En el muro de la derecha hay una peque�a puerta de madera, con forma de arco de medio punto. Enfrente de la puerta de madera, a la izquierda conforme se atraviesa el primer umbral, est�n las enormes paredes del castillo, en las cuales hay abiertos arcos con filigranas de estilo g�tico flam�gero. En aquella especie de patio da siempre el sol, pero el aire est� inundado de una niebla densa y asfixiante. Est� niebla infundi� a los chavales un inmenso pavor. Uni�n abri� la puerta de madera, al otro lado no se v�a sino la hierba que recubre la falda de la monta�a, sobre la cual est� construida la ciudad. Se encontraba muy impaciente.
� -Venga �no me segu�s?- dijo.
� -Preferimos quedarnos.
� Permaneci� est�tico unos segundos, dudando.
� -Bueno, pues me esper�is aqu� -decidi� al fin.
� Atraves� el umbral y sigui� escalando por la colina. A la� izquierda se ve�a de nuevo el castillo. All�, al aire libre, se percib�a por primera vez su verdadera magnitud. Era el edificio m�s grande que Uni�n hab�a visto o imaginado jam�s; los muros parec�an infinitos. Delante de Uni�n, sobre el terreno inclinado, hab�a peque�os talleres, modestas capillas, algunos establos. Todo hecho de piedra y de madera, de una piedra antigua que ol�a a humedad y de una madera sorprendentemente intacta y brillante. La mayor�a de las construcciones estaban decoradas con tela azul. Un azul industrial y abstracto; limpio y perfecto como el mismo concepto de azul
� -!Eh, chicos, venid a ver esto!
� Uni�n se acord� en ese instante de sus amigos, pero ni siquiera se detuvo, ni volvi� la vista atr�s. La muralla se prolongaba a su derecha hacia las alturas. Alcanzaba por lo menos varios kil�metros de altura la muralla, una sucesi�n de muro y torre que no parec�a tener final, met�fora del infinito, representaci�n de lo inescrutable. Entonces el alma de Uni�n se hel�, y nuestro protagonista comenz� a imaginar un tortuoso mundo de terrores invisibles; personas j�venes, en perfecto estado de salud, que mor�an s�bitamente sin que nadie pudiera hallar explicaci�n alguna; madres ejemplares que de repente mataban a sus hijos sin saber el porqu�; individuos felices que de la noche a la ma�ana decid�an colgarse de un farol. Una extra�a representaci�n que se desarrollaba a nivel universal y cuyos actores, las personas, desconoc�an por completo el macabro gui�n. Uni�n comenz� a caminar ahora hacia abajo, hacia la entrada del pueblo. Su coraz�n cada vez m�s se aceleraba. Corri� desesperado hacia sus amigos, necesitaba sentirlos de nuevo a su alrededor.
� Cuando estaba a pocos metros de ellos se encontraban departiendo con tranquilidad, en corro. Uni�n constat� con absoluto espanto que Dani hab�a perdido ambos brazos: el mu��n del izquierdo estaba a la altura del codo, el mu��n derecho nac�a junto al hombro. No hab�a heridas ni sangre, es como si hubieran cicatrizado al instante. Uni�n sent�a una terrible c�lera. No sab�a como transmitirle a su amigo la compasi�n y el afecto que por �l sent�a, as� que balbuce� unas palabras torpes.
� -No te preocupes, no pasa nada, soy al�rgico -contest� Dani-. Mi familia y yo sab�amos que un d�a u otro iba a ocurrir.
� Uni�n constat� que los otros ni�os estaban tan serenos y tranquilos como Dani, cosa que redobl� su indignaci�n. Se qued� pasmado, inm�vil, como un grito silencioso en mitad de la galaxia. Los otros ni�os le miraban con extra�eza. Intent� reflexionar: no pod�a. La met�fora de lo crudo estall�, y Uni�n comenz� a gritar salvajemente, con todas sus fuerzas, como si quisiera derribar la ciudad, la realidad, con su grito, como si quisiera convocar a los dioses para batirse contra ellos, aunque supiera que la victoria fuera imposible. Supo que la existencia era espeluznante, que la vida era injusta y cruel. Y los otros chicos le segu�an mirando con incredulidad.
� -Es por haberme tendido sobre la hierba �no lo entiendes? -dijo Dani con toda normalidad-. La hierba me ha disuelto los brazos, puede ocurrirle a cualquiera.
� Hubo un silencio. En ese momento Uni�n vio en su amigo a una criatura d�bil y resignada, sometida a su triste destino. Por instantes lo odi� con toda su alma:
� -�Es qu� no veis que es injusto? -grit� con toda su rabia, con los ojos humedecidos- �Cre�is que se puede permitir algo as�?, �C�mo pod�is resignaros? �Ya no va a poder hacer nada, ni jugar, ni escribir, ni si quiera rascarse, es terrible, ni llenar de agua un vaso!
� Los chicos no se alteraron. "Volvamos a casa", dijo uno al fin. Se fueron caminando, despacio. Por el camino, hablaron mucho menos de lo normal, y bromearon en pocas ocasiones. Sin embargo no parec�an enfadados, ni tristes.
� Excepto Uni�n, que estaba sufriendo como nunca en su vida lo hab�a hecho.
� No paraban de re�r. En todo el viaje no hab�an parado de re�r, pero ahora la situaci�n era m�s c�mica. El coche en la cuneta de la carretera, estampado contra el maizal. El Txusta desternill�ndose con la cabeza entre las manos.
� -Anda, m�tele otro tiento.
� El Txusta levant� la cabeza y mir� a Uni�n con expresi�n c�mica.
� -Pero...
� M�s risas. La m�sica dej� de sonar en el radiocasete. Txusta dio la vuelta a la cinta y tom� un largo sorbo de la botella de whisky.
� -Cinco horas, t�o. �Cu�nto tiempo son cinco horas en un juego de ordenador?
� -Pueden ser d�as, a�os.
� -Pues eso.
� -Tambi�n es el tiempo que vas a estar castigado.
� -Claro que t� tienes mucha suerte. Tus padres no te quieren.
� -No es eso, simplemente pasan de mi.
� -Bueno, pues ya est�. De todas formas, yo en cuanto pueda me escapo y me largo a Jacaranda. T� vendr�s �no?
� -No s�. Si no hemos destrozado el coche antes puede que s�.
� -�No se enfadar� tu padre?
� -No, tiene otros que le coches que le gustan m�s.
� -Y si no, pues vamos andando.
� -Cinco d�as. �Cu�nto son cinco d�as en un juego de ordenador?
� -Puede ser una novela entera.
� -T� siempre pensando en los libros.
� -Anda, arranca, que al final no vamos a llegar.
� -Dame m�s whisky.
� M�s risas. Txusta arranc� el coche. Chirriaron las ruedas cuando hizo marcha atr�s. Entr� en la carretera con un golpe brusco.
� Kil�metros y kil�metros de maizales, y eso lo sab�an porque el Txusta se hab�a salido del asfalto varias veces y se hab�a estampado contra ellos, borracho como iba. En realidad� no se ve�a nada. No hab�a luces de ning�n tipo, ni cruces, ni sem�foros; un carril por sentido y ya. Hasta las ciudades por la noche eran sombr�as -las ciudades por la noche poseen una magia luminosa-. Parec�an ciudades fantasma, entre kil�metros y kil�metros de maizal invisible.
� -Txusta, no deber�as tajarte tanto.
� -�Por qu�, porque estoy conduciendo?
� -No, porque ma�ana cumples 16, y hay que celebrarlo.
� -Llevamos tres d�as celebr�ndolo.
� -Pues entonces est�mpate otra vez, por favor.
� -Vale, pero si t� te tiras whisky por encima.
� -Bien, bebe un poco m�s.
� Txusta dio un volantazo brusco y Uni�n lleg� a pensar que se volv�an a salir de la carretera. Pero s�lo era una broma. As� que volvieron a desternillarse.
� -Qu� divertido. Estamos entrando en la boca del lobo. Nunca me lo hab�a pasado tan bien.
� -S�, claro, ya ver�s cuando nos pillen los espartacos.
� -En fin, llevamos whisky como para emborrachar a toda Rusia. Los sobornaremos.
� Se callaron, y en el silencio, acaso durante un solo instante, tuvieron conciencia del panorama que les envolv�a. Era como si hubieran entrado en la misma Noche. La noche total, la noche metaf�sica, la noche como noci�n absoluta de la noche. Hab�a pocas horas de luz, en aquellas latitudes, y adem�s hab�an trastornado por completo sus ritmos de sue�o,� durante las �ltimas dos jornadas hab�an dormido por el d�a. Kil�metros y kil�metros de maizales invisibles, un solo carril por sentido. Pero para ellos la gran aventura, la maravillosa Odisea desde el fondo del esp�ritu.
� -Txusta �est�s seguro de que la �ltima ciudad era Minsk?
� -No s�, no tengo ni puta idea de leer ruso.
� -Pero igual estamos en otra parte. Kiev, por ejemplo. O tal vez San Petersburgo.
� -Confiemos en tus malditos mapas antiguos.
� -Est� bien, pero que por lo menos se escuche el himno del Valencia. Hay que empezar a meterse en el partido.
� Siguieron adentr�ndose en la noche rusa, rodeados de maizales, ahora sonando el himno del Valencia. Todo ese esfuerzo por un partido de f�tbol, pero vaya partido de f�tbol. Otra vez en la final de la Champions,� �sta ten�a que ser la buena.
� Aunque todas las aldeas y ciudades espa�olas estaban oficialmente en guerra con Rusia, la UEFA hab�a conseguido del Ayuntamiento de Mosc� y de la federaci�n rusa la garant�a de que ning�n seguidor del Valencia iba a ser agredido. A�n as�, s�lo se atrevieron a ir ellos. Ten�an el salvoconducto de la FIFA. Se lo hab�an mandado v�a Internet junto con las entradas, y lo hab�an utilizado para atravesar pa�ses hostiles, el m�s hostil de todos Espa�a. Pero estaban los seguidores del Spartak, para quienes no serv�a salvoconducto alguno. Un grupo de animaci�n casi paramilitar de ideolog�a nacionalista, c�lebre por su vandalismo y por sus peleas con grupos rivales. El gobierno dec�a que no pod�a controlarlos, pero muchos aseguraban que en realidad los apoyaba a trav�s de las mafias. Ten�an fama de ser el peor grupo ultra del f�tbol europeo. Llevaban uniformes de combate negros, y siempre la armaban en los partidos importantes. Eran la principal preocupaci�n para Uni�n y para Txusta. En varias ocasiones hab�an so�ado que se los encontraban en la carretera. En el sue�o de Uni�n estaban escondidos entre los maizales, como una guerrilla, y de repente sal�an de todas partes, pon�an una barricada en la carretera y asaltaban el coche salvajemente, quem�ndolo con ellos dentro.
� -�Cu�nto tiempo hace que no nos cruzamos con un autom�vil?
� -M�s de un d�a, supongo.
� -Esto es lo m�s parecido a la Muerte que hay en el mundo. Soledad y vac�o por todas partes. Estamos viajando al centro de la tierra, al fondo de la mente, al final de la noche?.
� -No te apalanques el whisky.
�Siguieron pasando las horas y los kil�metros. Las estrellas brillaban en la noche como faros, s�lo en Rusia hab�an visto estrellas tan brillantes. Uni�n coment� que si en un futuro los hombres navegaban por el universo, las estrellas ser�an para ellos como islas. Luego coment� que lo que estaban haciendo era tambi�n una odisea espacial. Seg�n sus c�lculos ya hab�an dejado atr�s Smolensk, en el sector alfa. Si forzaban la m�quina podr�an llegar a Mosc� esa misma noche. Pero hab�an decidido dormir por la noche, para el d�a siguiente disfrutar otra vez del sol. �No era siempre oscuro el espacio?� Media jornada en Mosc� y al otro d�a el partido. Metieron el coche entre los maizales.
� -Oye, Rafa, �T� crees que volveremos a ver un partido del Valencia?
� -No lo s�. Yo creo que si esta vez casi lo hemos conseguido tambi�n nos las ingeniaremos en otra ocasi�n. No en Espa�a, eso est� claro. Supongo que en Espa�a la gente estar� d�ndose de hostias durante varios siglos.
� -Yo creo que la putada son los partidos de Champions fuera de casa, porque a otra final es dif�cil llegar. Ben�tez sale con siete centrales, y te pasas noventa minutos sufriendo para sacar un cero a cero.
� -La vida es sufrimiento.
� -S�, por eso Angulo se queda.
� -Ni de co�a. Lo dices para hacerme rabiar. A ti te mola menos que a m�.
� -Bueno, mientras clave chufos.
� -Ves, lo sab�a. Si Dani estuviera aqu� me la dar�ais tambi�n con el joven S�nchez. Pero t� solo no tienes huevos. De todas formas, lo hecho de menos. Ojal� hubiera podido venir.
� -Ya, pero a ese no lo castigan como a ti. Bueno, te castigan pero a�n as� sales. A este tipo lo encierran en la habitaci�n y lo dejan una semana dentro, llev�ndole la comida como a un presidiario. Al octavo d�a llegas t� y lo vuelves a pinchar, y ya lo tenemos otra vez castigado.
� Al fin se quedaron dormidos, y al d�a siguiente vieron el sol. Era un d�a espl�ndido, los maizales brillaban como rayos de oro, el cielo era un azul rutilante. Txusta y Uni�n iban deleit�ndose en el paisaje, as� que el coche circulaba a un ritmo bastante m�s lento de lo habitual.
� -Oye t�o -dijo el Txusta- creo que he visto un tipo entre los maizales.
� -No te rayes.
� Prosiguieron su camino. Ahora la entrada a Mosc� se present�a.
� -Oye, que s�, que tienes raz�n.
� En uno el siguiente de los cruces de la carretera, desde la inmensa llanura que les rodeaba, comenzaron a surgir cabezas pintadas de negro, individuos con traje militar, todo exactamente como Uni�n lo hab�a so�ado.
� -Los putos espartacos negros- dijo el Txusta preocupado- �Qu� demonios hago, acelero?
� -Si aceleras nos van a cazar igual, estamos en su territorio, son un mazo y seguro que tienen coches. Quiz�s les podamos sobornar con unas botellas de whisky europeo.
� Les hicieron se�ales para que se detuvieran. Txusta par� el coche en la cuneta. Un hombre se acerc� a la ventanilla. Ten�a cara de bruto, calvo y con una cresta que atravesaba por la mitad su cabeza, estilo Travis.
� -Serr bienvenidos.
� El Txusta se mostr� sorprendido.
� -�No es una trampa? -pens�.
� -Nosotrros resibir con corrdialidad a nuestrros amigos espa�oles. Nosotros reechasarr la guerra contra Espa�a orrquestarr por las mafias gobierrno neocomunistas. Nosotros esperrarr con el tiempo Espa�a volverr a serr Una, Grrande y Librre.
� -As� sea.
� -Perro �qu� es esto? -dijo el ruso, sonriendo- Son ustedes mucho j�venes. Tener ustedes muchos cojones de venir para aqu� solos. Merrecer todo nuestrro respeto. Ustedes darr la vuelta y entrrar porr la dirrecsi�n surr de la siudad. All� el pueblo es mayorr�a nasionalista y tratarr ustedes bien.
� -Dale unas cuantas botellas de whisky.
� Txusta sac� tres botellas de la guantera.
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